ANDER MAIS

Capítulo 19

Reencuentros

y Pasión Nocturna

De repente, nos despertó el ruido de dos coches que aparecían en el jardín de la casa. Eran los padres de Erika. Parecían venir de hacer la compra. Entraron en casa, con bolsas en la mano, y discutiendo algo entre ellos. Acaricié a Natalia, que también se había despertado con el ruido y, entre susurros, le dije:

—Han llegado tus tíos. ¿Nos vamos? ¿Salimos a dar un paseo? ¡No me mola nada estar aquí solos con ellos, y sabiendo encima que Erika anda por ahí con sabe dios quién!

—Sí, vamos a dar una vuelta… ¡Espera que me cambio!

Inmediatamente, se levantó y se vistió una faldita y una camiseta de tirantes. Yo también me levanté, y me puse la misma ropa que traía antes. Bajamos abajo y nos encontramos a Luisa en la entrada de la casa mientras nos íbamos…

—Hasta luego, tía. Nos vamos a dar una vuelta —le dijo Natalia mientras salíamos de casa.

—Vale, chicos. A ver si viene pronto Erika, debe andar con ese novio nuevo que tiene. ¡Creo que tú le conoces, Natalia! Era amigo vuestro hace años…

Mi chica se hizo la loca y, mostrando prisa por salir, dejó a su tía allí plantada, casi con la palabra en la boca, y contestándole con un escueto:

—La verdad es que ya casi ni me acuerdo de nadie de aquí. Hace tantos años…

Natalia tiró de mí y nos largamos.

Comenzamos a caminar por la carretera, paseando en dirección al pueblo. Yo saqué el móvil para mirar la hora: eran casi las 7:30 de la tarde. También vi que tenía unwhatsapp sin leer. Lo miré, de forma disimulada, y comprobé que era de Víctor, aunque no lo quise leer en aquel momento.

Seguimos caminando y, de forma pensativa e inquieta, Natalia me dijo:

—¡Qué apuro me metió mi tía, joder! ¡Su nuevo novio me dice! Y encima, me pregunta si yo le conozco… ¡Tendrá narices! —Natalia esbozó una media sonrisa incomoda.

—Venga, cariño, olvida eso. ¡Que tu prima haga lo que quiera! Nosotros no tenemos nada que ver en eso. Tú dime, ¿te gustó lo de hace un momento? —le dije, refiriéndome al polvo y al juego de roles que acabábamos de tener.

—Sí, como morbo y fantasía esta bien. Si a ti te gusta eso, pues lo hacemos de vez en cuando. Recreamos historietas, fantasías y follamos —me respondió ella, pero aún claramente con la cabeza en otro sitio. Parecía, que incluso ni me estaba escuchando realmente lo que yo le decía.

—Pero… lo que te dije de que me excita que otros te miren y se calienten contigo, ¿te parece bien? ¿Vas a seguir haciéndolo? —insistí, a ver si realmente me lo decía en serio.

—Sí, amor… Si a ti te gusta eso, lo haré. Pero cuando yo me sienta cómoda, ¡eh!, no con cualquiera…

—Sí, eso por supuesto, amor —le dije mientras le daba un beso en las mejillas.

A la vez que manteníamos esta charla, llegamos hasta el cruce donde comienza la subida al pinar.

—¿Subimos hasta allí? Hoy por la mañana no me apeteció. Pero ahora, contigo, sería bonito y romántico ¿Te apetece? Recuerdo, del verano pasado, unas vistas espectaculares desde allí —Pensé que se negaría de nuevo, pero me sorprendió…

—Vale, vamos. Me apetece un rato tranquilos, tú y yo solos.

Fuimos caminando y, otra vez, me sorprendió lo solitario de aquel sitio. Solo vimos un único coche bajar, durante los primeros 15 minutos de subida.

Cuando ya iríamos más o menos por la mitad del trayecto, saqué mi móvil y decidí mostrarle a mi chica algo que llevaba deseando enseñarle desde esta mañana. Busqué las fotos de ella, de hace años, las que me había pasado Erika, y fui pasándoselas una a una, frente a sus ojos, las cinco que tenía…

—Pero… ¿cómo coño tienes tu esto? ¿Te las ha pasado Erika, no? ¡Qué bruja! —Natalia las miraba como incrédula—. ¿Por qué narices te enseñará a ti esto ahora?

—No lo sé… A mí también me sonó bastante raro. ¿Éste es Alberto, no?, ¿tu rollete de hace años?… ¿el que me contaste? —le pregunté, mientras me detenía a enseñarle, con detalle, esa foto en la que se besaban.

—Sí. ¡Pero borra eso! ¡No quiero ni verlo ahora! Eso ya pasó hace muchos años —exclamó ella, apartándome el móvil.

A mí, me estaba rondando por la mente una idea. No pude evitar contársela:

—Se me ocurre una idea Natalia: podíamos seguir, con esté tío, con el Alberto este, nuestros morbos… ¿El viernes hay una fiesta aquí en el pueblo, no? —le dije, acordándome de que este fin de semana eran las fiestas de allí—. ¿Podíamos salir y tú calentarle? ¿Hacer con él lo mismo que hiciste con Riqui? Seguro me va a dar mucho morbo ver cómo te deseará, después de tantos años. Tú sólo tienes que bailar con él y eso. A ver qué hace él.

—No, Luis, que va, eso no puedo hecerlo —aseveró ella, algo incómoda.

—¿Por qué? ¿Qué va a pasar?… ¿Será como con Riqui?: le calientas, y luego nosotros nos excitamos, de tal modo, que follamos luego como locos al volver a casa… como esta tarde. ¿No te encantó cómo nos lo hicimos? —insistí, intentando venderle las bondades que nos traería todo esto.

—Pufff —resopló—, no sé, es que esto es muy distinto; Riqui era un completo desconocido. Alberto ya estuvo conmigo hace años… Y si se cree que quiero de verdad follar con él, ¿qué? ¡A ver si vamos a armar un lio gordo! —respondió, con rostro de enormes dudas.

—¡Pues te lo follas!… y ya está —añadí, con semblante firme, pero para mis adentros sabía que era una broma; sólo era por provocarla.

—¡Estas loco…! ¡¡NOOO!!

—Ya, cariño, todo era broma. Tú haz lo que te apetezca, lo que te sientas cómoda… Yo no te voy a obligar a nada. ¡Estaría bueno!

Seguimos el paseo, y conseguimos llegar al comienzo de la zona del pinar.

Al fondo, en la zona del aparcamiento, se veían dos coches. De dentro del pinar, salían dos parejas que parecían emprender el paseo de vuelta hacia abajo. Íbamos a adentrarnos en el prado, cuando vimos aparecer tras de nosotros, a un hombre corriendo…

¡Dios, era Juanma!, el baboso mirón de esta mañana. ¡Estaba allí de nuevo!

Al vernos, giró la cabeza y miró hacia mí, recordándome de esta mañana. Pero fue otro detalle el que le hizo clavar su vista en nosotros: Natalia. Se quedó embobado mirándola. Le echó un buen vistazo de arriba abajo, y esbozó una sonrisa. Ella se paró de pronto y me agarró fuerte de la mano, tirando de mí.

Con voz casi de pánico, me dijo:

—¡Vámonos de aquí, Luis, por dios! ¡¡Vámonos!! ¡No me gusta nada este tío!

—¿Qué pasa? ¿Quién es ese tipo? ¿Tú le conoces?… —le pregunté, muy nervioso también.

—No… pero me da muy mala espina. ¡Vámonos, por favor!

Dicho esto, me dio la vuelta, agarrándome del brazo y nos largamos de allí. Volteé mi cabeza y volví a mirar al tal Juanma, que no apartaba su mirada de nosotros. Parecía en una mezcla entre excitado y extrañado. Por un lado, tendría la excitación de encontrarse de nuevo con Natalia, después de tanto años, pero luego, por otro, tendría que estar extrañado al verme a mí con ella, después de encontrarme allí solo esta mañana.

Natalia aceleró mucho el paso y, casi corriendo y sin decir nada, fuimos bajando la cuesta de regreso. Yo no quise decirle nada. Ya era demasiado. Ambos teníamos que descansar y reponernos de tantos sobresaltos y revelaciones de hoy.

Pero… íbamos por la mitad de la bajada, cuando vimos aparecer un coche: un Seat León azul oscuro. Con nuestras prisas por bajar, no nos fijamos en quién podía ser. Nos adelantó, a gran velocidad, pero se detuvo luego unos metros más adelante. Se abrió la ventanilla del copiloto y por allí asomó Erika, sacando su cabeza por ella y llamando a su prima:

—¡Natalia, venid, que os llevamos! —comentó una sonriente Erika.

Mi chica se acercó hacía ella. Yo me quedé mirando, quieto, unos metros detrás del coche. Al llegar junto a la ventanilla, Natalia miró hacia adentro. Algo debió descubrir que no le gustó mucho. Cambió de golpe el semblante de su rostro y le dijo a su prima:

—Tranquila, Erika, nosotros seguimos andando, que hemos venido a dar un paseo… Nos apetece caminar. ¡Marchaos!

De dentro del coche, se oyó la voz de un tío que parecía saludar a Natalia… Ella, aunque mirando antes hacia mí, le contestó:

—Hola, Alberto, ¿cómo estas?… Cuanto tiempo…

Se reclinó sobre la ventanilla y, metiendo su cabeza hacia el interior del coche, pareció darle dos besos. Yo no podía verle, los cristales tintados del coche me lo impidieron. Sólo pude distinguirle un poco, por su reflejo en uno de los retrovisores laterales.

Al momento, cerraron las ventanilla y se fueron. Volví junto a Natalia y le pregunté:

—¿Quiénes eran?: ¿Erika con el Alberto ese?

—Sí… —afirmó Natalia de forma rotunda—. ¡Esto ya no hay quien lo entienda! —añadió pensativa, observando a ese coche bajar por la cuesta.

Continuamos nuestro paseo de vuelta a casa, y casi no hablamos nada más en todo el resto del trayecto. Ella parecía darle vueltas en su cabeza a todo aquello. Como si eso le rompiese todos sus esquemas.

Llegamos a casa, y Erika y sus padres estaban en el jardín preparando una nueva barbacoa para cenar. Nada más llegar, Natalia se acercó a Erika y, disimuladamente, la cogió del brazo y se fueron juntas para dentro de la casa. Yo me quedé allí, sin moverme, esperando a que volviesen, disimulando, charlando con los tíos…

Como 10 minutos después, retornaron ambas de vuelta. Natalia me hizo un gesto con la mano como de: «luego te cuento», y nos pusimos a cenar todos tranquilamente. Al terminar, vimos una película con Erika pero sin hablar nada sobre ese tema. Más tarde, ya en la cama, le pregunté sobre ello a Natalia entre susurros:

—Dime, ¿qué te contó tu prima?

—No, cariño, ahora no puedo contártelo. Ésta… —dijo en referencia a Erika—, seguro que está escuchándonos desde la habitación. Mañana en cuanto salga de casa te lo cuento todo…

—¡Vamos! —insistí—, no me puedes dejar así hasta mañana. Dime algo ahora…

—Bueno, solo te diré —Natalia continuó, entre tenues susurros, pidiéndome con gestos no levantar la voz—, que sus padres creen que ella sale con Alberto. Todo es una tapadera de ellos dos para Erika verse con Juanjo y que nadie sospeche, al estar casado. Mañana te cuento más cositas… ¡Ahora cállate y duerme! ¡Que nos pueden oír!

Me dejó totalmente intrigado. Quería saber más. Y casi no pude dormir esa noche. ¿Me estaría diciendo la verdad? ¿O estarían tramando juntas algo más?

Con dificultad para dormir, por culpa del intenso calor y de mi mente que no paraba de darle vueltas a todo, me desperté a media madrugada. Natalia parecía completamente dormida. Me tuve que levantar al baño. Me estaba orinando. Cogí el móvil y, en dirección al servicio, me puse a leer el whatssapp de Víctor que había dejado sin leer antes, a la tarde.

—Cuando puedas, me contestas, que tengo varias cosas de este mediodía, que creo te van a encantar. O no tanto… tú me dirás…

Guardé el móvil y me fui hasta baño. Lo hice con sigilo. Parecía que todos dormían. El silencio sólo lo cortaban los sonidos de la respiración de Erika y Natalia.

Todavía sigiloso, regresé del baño a la cama junto a Natalia. Seguía dormida profundamente, y observé un ratito su lindo e inocente rostro. Intenté dormirme de nuevo, pero no podía. Todo los sucedido estos días me tenía excitado y nervioso al mismo tiempo. Sólo deseaba que pasase la noche, llegase la mañana y pudiese escuchar, de boca de mi chica, todo lo que Erika le hubiese contado. Yo no hacía nada más que darle vueltas a todo. No conseguía dormir. No había forma.

Entonces, decidí volver a levantarme, poniéndome antes los calcetines para no pisar el suelo descalzo pero, sobre todo, para evitar hacer ruido al caminar. El suelo de parqué propiciaba que se te pegaran los pies a él como ventosas. Bajé las escaleras y, mientras pasaba por al lado de la habitación de Erika, me pregunté cómo habría salido tan “promiscua”, y si habría sido ella la que habría pervertido a Natalia en el pasado, o incluso sí, ahora, estaría intentando hacerlo de nuevo…

Conseguí llegar sin hacer ruido a la cocina, y decidí tomarme un vaso de leche o algo. Necesitaba comprobar si así conseguiría conciliar de nuevo el sueño. Además, el fuerte calor veraniego no ayudaba para nada. No entendía, en aquel momento, cómo Natalia hacía para poder dormir como un tronco…

En la cocina, cogí leche de la nevera y rellené un vaso. La tomé tranquilamente con unas galletas, sentado en la mesa de la cocina. Decidí, minutos después, cuando parecía haber despejado ya algo mi mente, con pasos sigilosos volver a subir las escaleras y regresar a la habitación.

Pero, cuando estaba embocando ya los primeros escalones, escuché un extraño sonido que parecía venir del cuarto de los padres de Erika. Un ligero rechineo de muelles me hizo detenerme de golpe…

—¡No jodas que estarán follando Luisa y Arturo! —pensé para mis adentros.

Nervioso, iba a regresar a nuestro cuarto, olvidando todo aquello, cuando un leve pero claro gemido femenino volvió a despertar mi curiosidad voyeur. No lo pude evitar, y decidí probar si podía salir fuera, al jardín. La llave estaba enganchada en la puerta, por lo que decidí girarla y abrir la puerta haciendo el menor ruido posible. Agarré la llave en mi mano, arrimé la puerta lentamente y, sin llegar a cerrarla del todo, dejándola ligeramente abierta, salí fuera y me dirigí al jardín, a la zona de la barbacoa.

El silencio envolvía los árboles de alrededor de la casa. No corría absolutamente ni pizca de viento. Las aves nocturnas y, a lo lejos algún que otro grillo, eran los únicos que daban señales de vida en esos momentos.

Los padres de Erika dormían solos en la planta de abajo, al otro lado del jardín. Comencé a dar un paseo alrededor de la casa. Por la parte posterior, la oscuridad era absoluta, pues, aunque existían unos plafones que iluminaban el entorno, a esas horas se apagaban de forma automática dejando solo encendidos los de la entrada principal y los de un lateral. Al pasear por la acera de la fachada posterior, observé que, en el suelo, se proyectaba algo de luz del cuarto de los tíos. Parecía que la ventana estaba a media altura. Ralenticé mi marcha para ir acercándome poco a poco. Incluso dejé hasta de respirar por un momento. No quería asustarlos, y se me pasó por la cabeza el dar la vuelta… Pero no. La curiosidad era tanta que me pudo…

Me extrañó que a esas horas estuviesen todavía despiertos. Por sus trabajos, no tenían que madrugar en exceso, pero el día siguiente era laboral, y eran casi las dos y media de la madrugada…

Faltarían menos de dos metros para alcanzar la ventana, cuando un gemido me alertó. Hice una pausa, quedándome de nuevo inmóvil, y otro gemido llegó a mis oídos. Esta vez, mi corazón se aceleró de pronto. No me lo podía creer, los tíos debían estar follando, o bueno, bien podría ser también un simple masaje. No lo tenía claro. Me quedé intrigado. Necesitaba saber qué ocurría…

Al acercarme, efectivamente, la ventana estaba a media altura y ligeramente abierta. Unos finos visillos intentaban impedir que se viese el interior, pero al estar la luz de las mesitas encendida, la visión era casi transparente, casi perfecta…

Con el corazón en un puño, me agaché, para ver mejor lo que ocurría en el interior. Y así, allí estaba yo, contemplado anonadado a los tíos de mi novia, a un metro y medio de mí.

Sobre la cama, Arturo estaba tumbado con la polla tiesa y apuntando al techo, mientras Luisa se la mamaba al mismo tiempo que se dejaba comer el coño. Practicaban un 69. ¡No me lo podía creer! ¿Pero qué estaba pasando en estas vacaciones, que no hacía más que encontrarme con cosas de estas? ¡Dios, estaba excitadísimo de nuevo!

Ambos jadeaban a muy bajo volumen, pero a Luisa se le escapaba algún que otro gemido de vez en cuando…

«¡Vaya día de fuertes sensaciones que estoy teniendo!», volví a pensar para mis adentros.

Luisa llevaba un camisón puesto. Observé su cuerpo, no muy mayor, unos 52 años le calculaba, y todavía conservaba una buena figura y un buen trasero para su edad. Por su trabajo, sabía que se cuidaba y tenía los medios a su alcance pero, ni por asomo, hasta ahora, había pensado en fijarme en ella con lujuria. Sus pechos, aunque aplastados contra el cuerpo de su marido y a través del camisón, mostraban unas más que admirables dimensiones.

«Debe ser de familia», pensé, imaginando que algo de sus genes habría heredado mi novia.

Hasta ahora no me había fijado en Luisa, pero desde este momento mi visión iba a ser distinta respecto a ella, algo más que puramente familiar.

Continuaron durante varios minutos. ¡Menudo festín se estaba dando Arturo!, con su pequeña cabeza metida en la entrepierna de su mujer. Daba la sensación que iba a ser engullida por el coño de su esposa.

Luisa decidió cambiar de postura, dándose la vuelta y dejando su culo mirando hacia mí. Pude ver sus nalgas y sus labios vaginales abiertos, chorreantes de flujo y de saliva. Me sorprendió que no se apreciase casi nada de vello, ni siquiera en la zona del ano. Su culo era grande, ancho, con rotundas nalgas; con algo de celulitis pero aún totalmente apetecible. Ahí, también comprobé, que los genes habían pasado a su hija Erika; ese tipo de culo también era algo de familia.

Poco después, en cuanto se echó a un lado, comprobé que, como buena peluquera y esteticien que era, llevaba el coño totalmente depilado al laser, a excepción de un pequeño triangulito de diseño en el pubis. Lo tenía totalmente preparado, tal y como lo llevan su hija y sobrina. Empecé a comprender que, quizás ser un poco “sueltita”, venía ya de familia también…

Luisa parecía muy excitada y, de forma enérgica, se subió el camisón y se sentó encima del miembro de su marido, dejándola que la penetrase, poco a poco, al mismo tiempo que su rostro demostraba el placer que le estaba proporcionando el tenerla dentro. Comenzó un movimiento de sube-baja. Yo solamente veía sus cuerpos moviéndose y oía pequeños resoplidos de él, mientras le metía la mano bajo el camisón para magrear sus tetas. Ella se esforzaba en no hacer ruido ni gemir. Pero el somier los delataba; las respiraciones profundas y jadeantes llegaban hasta mis oídos. Disfrutaban del sexo como lo había disfrutado yo con Natalia, cuando ellos no estaban en casa, esa tarde.

El movimiento de la pareja era rítmico, al igual que sus sincronizados jadeos. Luisa dejó de removerse, se quitó el camisón, apoyó las manos sobre la almohada, y dejó que sus hermosos pechos colgasen sobre la cara de su marido. Él aprovechó para chuparlos y morderlos, de forma compulsiva. En ese momento, mientras se los miraba, no pude sino compararlos con los de Natalia: de forma, eran bastante similares, mucho más caídos que los de mi chica, algo lógico por la edad, pero de tamaño muy aproximados; algo más pequeños los de Luisa, quizá, pero muy parecidos. Lo que sí me sorprendió, fueron sus pezones: eran casi una réplica exacta de los de Natalia, grandes y redondos como galletas.

La tía gemía sin parar de mover las caderas. No podía controlar su cuerpo. Yo sonreí ante semejante visión, y empecé a comprender la herencia genética de Erika y, por qué no decirlo, también de su sobrina Natalia. Se entregaba igual que ellas ante el sexo. Dominaba la situación. Deseaba que su hombre disfrutase del sexo y que lo viviese tanto como lo vivía ella. En este caso, no existían cambios generacionales. Luisa se corrió entre espasmos, aplastando su cara contra la almohada para intentar ahogar así sus gemidos. Luego, aplastó todo su cuerpo contra el de su marido inmóvil, que abrazándola, intentó respirar mientras Luisa tenía convulsiones espontáneas. No paraba de mover su pelvis rítmicamente, quería más…

Arturo, sudoroso y casi sin aliento, aguantó el segundo envite. Ahora ella, volvió aplastar su cara contra la almohada, le vino un segundo orgasmo. Pero esta vez, lo acompañaban los resoplidos del marido, que se corría al mismo tiempo. ¡Vaya final que acababa de presenciar!

Con mi corazón todavía a mil pulsaciones, vi cómo se descabalgaba Luisa, mostrando su cuerpo totalmente sudado y con un reguero de semen, que brotaba de su coño y salpicaba parte de sus muslos.

Ella se tumbó en la cama, boca arriba con las piernas abiertas y la respiración agitada, y miró a su marido que se encontraba en una situación similar, diciéndole:

—¡Vaya polvo! No podía aguantar más ya. Espero que no nos hayan oído mi sobrina y su novio. Pero bueno, ¡qué más da!, ya son mayores. ¡A saber qué quedaron haciendo ellos a la tarde!

Luisa se fue al baño a limpiarse lo que le quedaba de corrida por sus muslos y vagina, mientras el marido hacía lo mismo con una toalla húmeda. Al regresar ella, y justo antes de acostarse, arrimó su boca a la polla de Arturo y le dijo:

—Buenas noches, polla mía. Hasta mañana, campeona.

Apagaron las luces y se acostaron.

Esperé un rato por el jardín y, sigiloso, volví a entrar en la casa. Subí arriba, dejando la puerta cerrada como estaba.

Al llegar junto a la puerta y entrar en nuestra habitación, la respiración de Natalia me indicaba que seguía profundamente dormida. Salí otra vez de la habitación.

No pude ni quise evitarlo, y entré de nuevo al baño, recordando todo lo que me había pasado en ese día y el inesperado polvo de los tíos que acababa de presenciar. ¡Me comencé a hacer una tremenda paja! El enorme calentón que llevaba me obligaba.

La verdad, que esta vez la corrida fue en honor a Luisa. El recuerdo de la visión de su culazo, ancho y algo celulítico de cincuentona, me hizo soltar rápido un gran reguero de lefa que salpicó toda la mampara de la ducha. ¡Que corridón me pegué en honor a la tía de mi novia! Iba a limpiar los goterones de corrida, pero decidí dejarlos allí. Sabía que Erika sería la primera en entrar al día siguiente y los dejé en su honor. Después de la tremenda paja, y acurrucado en la cama al lado de Natalia, relajado, por fin conseguí dormir…

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