GABRIEL B

IV

Los días son cada vez más extraños. O quizá lo correcto sea decir que son cada vez más comunes. Es muy difícil diferenciar un lunes de un viernes. La llegada del fin de semana ya no genera ningún cambio de ánimo en la familia. No es más que otro día parecido a los anteriores. Ni siquiera en los programas de televisión hay gran diferencia. Todo el tiempo dándonos sin piedad con el Covid 19. Tal vez esta monotonía es la que nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos, a ver la imagen que realmente nos devuelve el reflejo del espejo. El ajetreo de las zonas céntricas, los agotadores días laborales, la vorágine de la ciudad, y la aglomeración de los barrios, nos hace tener las mentes ocupadas, distraídos de lo que realmente habita en nuestro interior. Pero ahora, presos de esa monotonía, es imposible escaparnos de nuestras sombras.

Me gustaría decir que en estos días en los que me llamé a silencio, Lelu me demostró que el morbo que iba in crescendo en mis entrañas, se hacía eco en su juvenil persona. Que las fantasías traicioneras que me asaltaban en los momentos menos esperados, la acosaban a ella también, y con la misma intensidad. Que mis miradas subrepticias, rebosantes de lujuria, eran retribuidas con la misma deshonestidad de su parte. Me encantaría decir todo eso, pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que el único con la mente sucia y el alma corrompida soy yo.

Si bien nunca llegaré a ser un padre para Lelu, desde hace tiempo que ocupo, en parte, ese lugar. Probablemente fui demasiado entusiasta al iniciar este relato. Quizás estas sean las últimas líneas de una historia que nunca existió más que en mi cabeza.

Pero ¿por qué me estoy lamentando? Debería estar contento, debería sentirme liberado. Algo que podría haber culminado en una ruptura, o incluso peor, en una tragedia —porque estas historias nunca terminan bien—, llegaba a su fin sin siquiera haber comenzado. Mi matrimonio estaba a salvo de mis impulsos inmaduros; Lelu estaba a salvo de mi pasajero oscuro, de ese que me instaba a dejar la razón y la decencia de lado; y yo estaba a salvo de mí mismo.

No obstante, hay un hecho que vale la pena ser relatado.

Mi puerilismo galopante me había hecho actuar como un depravado en los últimos días.

El jueves ¿o acaso fue el viernes? Me levanté, como siempre, a eso de las ocho, a prepararle el desayuno a Carmen, quien no tardaría en llegar, agotadísima, después de una extenuante jornada en el hospital. Cuando bajé, me encontré con que Lelu se había quedado dormida en el sofá de la sala de estar.

Estaba boca abajo. Llevaba la misma calza gris que se había puesto en nuestra pseudo cita algunos días atrás. Su cara estaba hundida en una manta amarilla que usaba como almohada. Su remera, también gris, era muy corta, y dejaba parte de su espalda desnuda. Su cuerpo blanco, dibujaba un sutil arco, y sus sustanciosos glúteos se levantaban descaradamente, desbordantes de sensualidad.

Escuché su suave respiración. Estaba profundamente dormida. Me quedé mirándola. Sentí compasión por mí mismo. ¿Cómo podía evitar que tantos pensamientos obscenos se agolpen en mi cabeza? Estaba seguro de que cualquier hombre que estuviese en mi lugar se sentiría igual de contrariado que yo. Y muchos de ellos no tolerarían ni la mitad de lo que yo soportaba, sin hacer alguna insensatez en el camino.

Me senté frente a ella. Cada tanto su respiración era intercalada con un débil gemido. ¿Qué estaría soñando? El sonido que largaban sus carnosos labios era difícil de descifrar. Bien podría ser el reflejo de un padecimiento, producto de una pesadilla, o de la excitación, proveniente de un sueño húmedo.

Lelu se retorció en el sofá, y su cuerpo giró levemente. Uno de sus turgentes pechos dejó de estar oculto. Lo miré, con ansiedad. No parecía estar duro. El pezón se marcaba en la remera, pero no tanto como aquella vez, cuando vimos la escena de sexo de esa horrible película.

Balbuceó algo, pero seguía dormida. No sé qué fue lo que se me cruzó por la mente en ese instante. Quizás fue el hecho de que lo que parecía haber pronunciado era ze ze —¿Eze quizás?—, o tal vez el problema fue que no pensé en absolutamente nada. Solo actué por instinto.

Me levanté y me acerqué a Lelu. Me puse en cuclillas. Acaricié su cabello, apenas rozándolo con la yema de mis dedos. Sentí su olor. La transpiración del cuero cabelludo, mezclado con el perfume del shampoo invadió mis fosas nasales, y me pareció el aroma más exquisito que haya sentido en la vida.

Mi mano se deslizó, con suavidad, dibujando su silueta. Pasé por su espalda arqueada. Me atreví a tocar su piel desnuda. Lelu se removió otra vez. Mi corazón se paralizó. Pero ella sólo se limitó a hundir su cara nuevamente. Entonces, mis dedos, ufanos y curiosos, bajaron aún más. Por primera vez sentí la rigidez de sus nalgas. No ejercí presión en esos redondos y prominentes glúteos. Apenas los rocé, descubriendo cómo cada fibra de mi cuerpo enloquecía al sentir la tersura a través de la tela. Las piernas eran duras. Dignas de una chica que ejercitaba a diario. Sus muslos eran la mismísima perdición. Lelu tenía las piernas separadas. Si quisiese, podía tocar su sexo, apenas rozarlo, pero tocarlo al fin, a través de la calza. Los labios vaginales se marcaban en el tela, y en su rajita se enterraba una parte de la provocativa prenda.

Pero sabía que sería el colmo de la imprudencia meter mano ahí. ¿Y si justo se despertaba en ese instante?

En un momento, después de haberme deleitado bastante, y aunque estaba lejos de haber saciado mis más bajos instintos, decidí que ya había jugado con fuego lo suficiente. La tomé del hombro y la sacudí. Di algunos pasos atrás. Y entonces Lelu abrió los ojos.

Y entonces me di cuenta del terrible error que acababa de cometer. La parte delantera de mi pantalón, hacía mucha presión sobre mi sexo. Tenía una erección y estaba parado frente a mi hijastra.

Me senté inmediatamente. Con mucha suerte, Lelu, con sus ojos borrosos por haber acabado de despertar, como mucho habría notado mi rostro. Pero hasta el día de hoy que no sé si mi excitación fue percibida o no por Lelu. En todo caso, nada dijo en ese momento, y nada insinuó hasta ahora.

—¿Qué hacés dormida acá bebé? —le dije.

Lo de Bebé me había salido del alma, y me sorprendió a mí mismo pronunciar ese mote.

—Hace mucho que no me decís así. —Dijo Lelu.

—A veces me acuerdo de cuando eras una nena, toda redondita. —Le contesté—. Creo que ahora al verte así dormida me acordé de eso. —Mentí descaradamente.

—Qué cursi Eze.

—Y vos que tonta. Andá a dormir a tu cama querés.

—Ya me voy, ya me voy. Ya sé que soy una molestia para la pareja del año.

—No seas boba, vos nunca vas a ser una molestia.

—¿Ves? Sos un cursi.

V

Carmen llegó tarde. No mucho, pero tarde al fin. En una persona que es un relojito, como ella, ese detalle es bastante significativo. No le quise hacer preguntas, porque a mí tampoco me gusta andar dando explicaciones.

Apenas entró, le di una nalgada. A falta de besos, ese era nuestro saludo últimamente.

—Hoy no tengo ganas de nada gordo. Me voy a dormir. —Me dijo.

—Pero si el café con leche ya está servido. No seas tonta, vení a desayunar. —La agarré de la mano y la llevé en dirección a la cocina.

—¡Te digo que no quiero, cortala! —Me gritó mi dulce mujercita.

—¿Qué te pasa?

—Nada gordo, tuve un mal día. Me voy a dormir.

Al rato fui al cuarto a buscar mi celular, el cual lo había dejado cargando batería. Entré sin golpear, como es natural. Entonces me encontré con Carmen, muy sonriente enviando un mensaje de texto.

—Qué bueno que se te pasó el mal humor —dije, con ironía.

Lo que me chocó no fue encontrarla enviando un mensaje a quien sabe quién, ni tampoco el hecho de que estuviera sonriendo. Pero el gesto de irritación que puso inmediatamente después; gesto que ocultaba otro que había aparecido inmediatamente antes: el de asombro al sentirse atrapada in fraganti, como una niña descubierta en plena travesura; me dio muy mala espina.

—¿Qué querés? —me preguntó.

—Nada Carmen, vine a buscar mi celular. ¿Qué te pasa? Estás muy nerviosa.

Carmen pareció meditar un rato.

—Perdoná mi amor. Es que fue un día muy difícil en el hospital.

¿Debía creerle? Parecía un discurso armando más que una verdadera disculpa. Me preguntaba qué encontraría si revisaba su celular.

Luego, pensándolo mejor, me dije que las sospechas que estaba teniendo hacia mi mujer, no eran más que mi inconsciente tratando de justificar, de alguna manera, mi actitud reprobable. Al inventar una villana, una traidora, mis sentimientos y mis actos, ya no serían tan viles ante mis propios ojos.

Decidí que estaba errado. Tanto Carmen como yo nos habíamos unido después de terminar, cada uno, un largo y tóxico matrimonio. Ella no pondría en riesgo nuestra relación por alguna calentura pasajera.

Sin embargo, ese mismo día, cuando se levantó, tuvo que irse temprano al trabajo.

—Surgió un problema, tengo que irme ya mismo. —fueron sus únicas palabras.

Pero bien que tuvo tiempo de maquillarse y perfumarse.

Lelu estovo todo el día dando vueltas por la casa, sacándose fotos y charlando por mensajes y por audio.

Para mi desgracia —o por mi bien—, no se repitió aquello de pedirme que le sacara una foto. Al menos tenía la tranquilidad de que no parecía haber notado nada aquella mañana donde crucé el límite entre la fantasía y el acto inmoral. Pero de todas formas, me resultaba difícil considerarlo un buen día.

VI

No sé si mi problema es que tengo una tendencia a no cumplir con mis promesas, o simplemente me gusta mentirme a mí mismo.

Cada vez que tomo la decisión de ser una persona seria y respetable, de ocupar dentro de mi familia el rol que me cabe: el de jefe de familia, el pasajero oscuro me empuja de nuevo hacia el abismo.

Y lo peor es que por momentos parece que la opción más acertada es mandar todo a la mierda y dejarme llevar por mis impulsos libidinosos. Llevarme a Lelu muy lejos, donde nadie pueda atraparnos, y aparearnos como animales día y noche, hasta que me muera de felicidad.

Varias veces me jacté de mi cautela, de mi mirada invisible, de saber ver sin que me vean. Pero ayer caí como un principiante.

Eran las diez de la mañana, así que estaba convencido de que tanto Carmen como Lelu estarían dormidas.

A esas horas suelo aprovechar para ordenar una pequeña habitación rudimentaria que tengo en el fondo, donde guardo todas mis herramientas, y un montón de cosas que no me decido —para horror de Carmen— si son objetos útiles o chatarra.

Cuando volví a la casa, con un poco de sed, me encontré con que Lelu estaba despierta.

Este no debería ser un hecho fuera de lo común, más allá de que no era un horario habitual en el que se encontrara despierta. Pero Lelu estaba en la cocina, buscando algo para desayunar, en una de las alacenas. Llevaba puesto uno de esos diminutos short tipo culote que ya parecían su marca registrada ¡¿Por qué tenía que vestirse así entre casa?! Esta prenda era color salmón y arriba vestía una remera blanca.

No pude evitar quedarme impactado, viendo su cimbreante figura. Y mucho menos, no pude evitar desviar la mirada a ese pulposo y delicioso culo que me había atrevido a tocar unos días atrás.

En ese mismo instante, sin darme tiempo a disimular, Lelu se dio la vuelta, enganchándome con las manos en la maza.

—¿Todo bien Eze? —Preguntó, mirándome inquisitiva.

Era la primera vez que me miraba así, como reprochándome algo, pero sin animarse a decírmelo.

—Sí, todo bien —contesté, haciéndome el tonto—. Vine a tomar algo nomás.

—Bueno, sentite como en tu casa —ironizó.

Traté de recomponerme de esa situación bochornosa.

—Veo que te está yendo muy bien en Instagram. —Comenté, sólo para cambiar el tema.

—Ah, sí… así que me revisás el Instagram. —Contestó ella, aún con el tono irónico.

—No te lo reviso… Te sigo, y bueno, veo lo que publicás.

—Ay, qué incómodo Eze, creo que te voy a bloquear —dijo, jocosa.

—Nunca hubo secretos entre nosotros, no veo el motivo de que tengas que privarme de ver las cosas que hacés públicamente.

Lelu se sentó. Se había servido un vaso de leche, y en un platito puso cinco galletitas de vainilla que había encontrado en la alacena.

—Es verdad, entre nosotros nunca hubo secretos. —Me miró fijo, y yo me sentí desarmado. En ese momento Lelu podría pedirme lo que quisiese. Yo no sabría cómo decirle que no—. Que rara que está mamá ¿No? —dijo, inesperadamente.

Me llamó la atención el cambio de tema. Más aún cuando justamente estábamos hablando de no ocultarnos nada. Tal vez Lelu quería ocultar algo, pensé en ese momento.

—El mundo está raro —contesté—. Es la “nueva normalidad”.

—¿Pensás que es sólo por eso?

—¿A qué te referís?

Lelu miró hacia arriba y luego a la izquierda. Según un programa de televisión que había mirado hace años, era un claro gesto de alguien que estaba a punto de mentir, o cuanto menos, de alguien que no diría toda la verdad.

—Nada… No me gusta cómo te trata a veces —dijo, ahora agachando la cabeza.

Estaba contento por haber revertido la situación. Lelu parecía no recordar que me había descubierto mirándola con lujuria. Tal vez ya ni siquiera estaba segura de que eso fue lo que sucedió. Pero me tomó por sorpresa descubrir esa mirada crítica hacia su madre. Después de todo, yo no era el único que había notado lo irritable y escurridiza que actuaba Carmen en los últimos días.

—¿Y cómo me trata a veces? —inquirí.

—No sé… pero siento que no te trata con el mismo cariño con el que la tratás vos.

—¿Ah, sí? —Sentí la necesidad de defender a Carmen—. Mirá, cada uno es como es. Yo estoy seguro de que tu mamá me quiere. Quizá lo expresa de otra manera… Además tiene mucha presión en el trabajo en estos tiempos.

—Sí, debe ser eso —dijo, sin sonar convencida.

Tomó el vaso de leche. Yo presté exagerada atención a cómo el líquido blanco entraba en su boca, manchando sus labios.

Fue a lavar el vaso. Hice un esfuerzo sobrehumano para no mirarla, ahora que me daba la espalda.

—Voy a salir a comprar algo, así aprovecho para tomar aire —dijo Lelu. Acto seguido me estampó un beso en la mejilla, sin decir nada. ¿Había compasión en ese acto?

Esa misma tarde Lelu se encerró en su cuarto para hacer ejercicio. Salió, después de una hora, totalmente transpirada. Su piel brillaba, y gotitas de sudor se deslizaban por su cuello. La remera estaba totalmente adherida a su torso.

—Voy a bañarme acá abajo porque la ducha de mi baño no funciona bien. ¿Podés revisarla Eze? —me dijo.

—Sí, claro, después lo hago.

Me quedé en el living, escuchando cómo el agua caía sobre el impresionante cuerpo de mi hijastra. Me acerqué a la puerta. Desde la vez que la acaricié mientras dormía, no había hecho nada fuera de lo normal. Casi parecía un verdadero padrastro. Pero una vez que uno le agarra el gusto al peligro, es difícil no tentarse cuando se presenta la oportunidad.

Me acerqué al baño, evitando hacer ruido. Me incliné. Mis ojos se alinearon con la abertura de la cerradura. El sol entraba a raudales. Detrás de la cortina se veía la silueta de Lelu. Una sombra curvilínea. Noté que una mano, con la cual supuse que sostenía el jabón, se metía entre las piernas y frotaba el muslo, o tal vez el sexo. Mi verga comenzó a despertarse. No había vapor, seguramente se estaba bañando con agua apenas tibia. Lelu frotaba su cabello, enjuagándolo una y otra vez.

Cada instante que pasaba me decía a mí mismo que ya era hora de dejar de espiarla, porque era muy riesgoso, y después de todo, solo estaba viendo una sombra. Sin embargo, me resultaba imposible apartar la mirada de ahí. ¿Qué pasaría si Carmen, habiéndose olvidado algo, volvía a casa y me descubría espiando a su hija? Sería el final de todo, sin dudas. Ya nunca volvería a ver a Lelu.

Ahora me sorprendo, mientras escribo estas líneas en plena medianoche, del hecho de que la posible ruptura de mi matrimonio, no me preocupaba ni la cuarta parte de lo que me horrorizaba la idea de no volver a ver a mi hijastra.

Lelu descorrió la cortina. Estaba acostumbrado a verla con prendas diminutas, que dejaban más piel al desnudo de la que cubrían. Pero nunca imaginé poder observarla, de tan cerca, completamente desnuda.

Dio un paso para salir de la bañera. Se había secado el pelo con una de las toallas, pero ahora, frente al espejo, frotaba cada parte de su cuerpo para secarlo. Sus pechos turgentes y enormes, estaban tan firmes como solo una chica de dieciocho años puede tenerlos. Por primera vez en mucho tiempo descubrí algo que no conocía de ella: sus pezones eran rosados.

La toalla se frotó en su cuello y en sus tetas. Luego Lelu se secó la espalda y la tela rasposa también tuvo el honor de restregarse en los enormes cachetes del culo.

Se inclinó. La toalla se metió entre sus piernas. En un momento giró un poco a la derecha y pude ver la hermosa mata de pelo oscuro de su pubis.

Cuando estuvo totalmente seca, salvo por el pelo que, aplastado, estaba corrido a un costado, descansando sobre su hombro, se miró fijamente en el espejo.

Imitó algunas de las poses que solía hacer para sacarse fotos. Particularmente esas donde, estando de perfil, se las arreglaba para que el culo salga perfectamente en la imagen. Lelu parecía estar muy orgullosa de su físico, y no era para menos. Su figura de cintura de avispa y nalgas y pechos generosos, eran el estereotipo ideal de belleza.

Mi sexo estaba duro como una roca. Esta vez no podría disimular mi erección. No me quedaba otra, tenía que retirarme. De todas formas, lo que acababa de ver quedaría grabado en mi retina para siempre.

Cinco minutos después, con mi erección controlada a medias, Lelu salió del baño con una toalla envolviendo su cuerpo, y otra en el pelo.

Creo que, después de tanto maquinarme, ese fue el preciso momento en que pensé que no tenía por qué dejar que todo quedase en mi imaginación.

Continuará

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