LOLA BARNON

Mi vuelta de la fiesta

(Nico)

Mamen estaba insoportable. Desde que me veía con Patricia. Más concretamente, desde que quedábamos regularmente casi todos los días para correr. ¿Lo podría haber evitado? Sí, claro que sí. Pero algo en mi interior me decía que debía continuar así. Cada vez que flaqueaba, los consejos de Jorge volvían a retumbar en mi cabeza. Yo me debía situar al mismo nivel de Mamen en el tema del sexo. Si queríamos ser una pareja, podríamos decir, liberal, yo también debía tener mis oportunidades. ¿Una de ellas era Patricia? No lo sabía. Quizás, y muy posiblemente, no. O hasta ese momento, no.

Ella acababa de salir de una experiencia muy traumática con un exnovio muy celoso, que la había maltratado sicológicamente de una forma constante durante casi un año. Yo intuía que a Mamen lo que la pasaba era que estaba celosa. Era evidente que Patricia no le caía nada bien. De eso estaba seguro, pero tampoco podía, ni debía renunciar a aquello solo porque a mi novia se le antojase. No había hecho nada, ni tenía en la cabeza hacerlo. Mi idea, si llegábamos a ese estadio, era compartirlo con ella. Llegar a un acuerdo sobre cómo actuar. Yo prefería verla con otro y, de alguna forma, ser partícipe de esa experiencia. Cierto era que el trío con Tania o el cuarteto con ella y el tal Sergio, fueron mayúsculos. Plenos de disfrute por mi parte. Pero no estaba en mis planes ascender o avanzar en ese sentido, en nuestra sexualidad.

Yo podía entender que Mamen tuviera ciertos celos, pero ¿era normal después de lo que yo había permitido? ¿En mi propia casa? Sobre todo, después de que, volviéramos a estar juntos tras lo de Ibiza.

Aquella última reflexión, nuestro retorno a la vida en común tras lo sucedido en Ibiza con aquel chico, esa noche de la discoteca, me hizo detenerme por unos instantes. En realidad habíamos vuelto, ¿pero totalmente? Quiero decir, ¿seguíamos siendo la misma pareja? ¿Teníamos los mismos objetivos? Yo, en cierta medida, quería abrirnos a nuevas experiencias, pero siempre desde un punto del acuerdo. Me seguía atrayendo ver a Mamen con otros, pero, quizá influenciado por Jorge, yo ya quería más. Y desde luego tras lo vivido con Tania, más. ¿Quería Mamen lo mismo?

Y yo, exactamente, ¿qué deseaba?

Había algo en mí que me había envenenado. Esas ganas de verla con otro seguían intactas. No podía negar, tampoco, que me asustaba que ese juego se nos fuera de las manos, y que, como decía Jorge, termináramos mal. Pero por alguna extraña razón que no terminaba de adivinar, me sentía relativamente seguro. Quizás, me dije, era porque había encontrado los celos de Mamen en Patricia. ¿Y eso era lo que me hacía sentirme seguro? No estaba convencido, pero algo dentro de mí, me decía que el camino era ese.

Yo no quería hacer sufrir a Mamen. Era mi novia y la amaba. De eso no tenía dudas. Pero, por complicado que pareciera pensarlo de esa manera, desde lo ocurrido en Ibiza y mi conversación con Jorge, me sentía algo más seguro.

¿Tenía que ver Patricia algo en todo esto? No podía contestar con firmeza. Si decía que no, algo en mi interior me avisaba de que no era enteramente cierta esa negación. Y si contestaba que sí, de la misma forma que antes, sabía que exageraba. Pero sería hacerme trampas si descartaba completamente ambas. Había algo de Patricia que me llamaba la atención. ¿Gustarme? No lo sé. O sea, estaba bien, era bastante atractiva, pero no en el sentido de atraerme como lo hacía Mamen. ¿Era solo una amiga? Pues tampoco. Era evidente que yo estaba a gusto con ella. No sé… era posible que en el fondo lo que estuviera buscando fuese, simplemente echar un polvo con ella.

Resoplé mientras conducía a casa. Mamen debía de estar ya. El mensaje me lo había enviado hacía unos cuarenta minutos y eso me había hecho acelerar mi salida quedando con Patricia en que seguiríamos hablando de su tema en otra ocasión. Tampoco era cuestión de cabrear a Mamen de forma gratuita.

A pesar de ello, muy posiblemente iba a tener enfado por su parte al día siguiente, pero le explicaría que Patricia estaba realmente asustada con su ex por las amenazas telefónicas y en mensaje de texto que le había hecho. Y sí, tal y como decía Mamen, estaba pensando en denunciarlo, pero ese temor a que todo se volviera más peligroso, le había hecho esperar para ver si él reaccionaba. Llevaba ya más de dos semanas sin recibir nada amenazante, por lo que parecía que la estrategia de dejar enfriar el tema había dado resultado, o iba camino de hacerlo.

Subí a nuestro piso y entré despacio, sin hacer ruido. Todo estaba a oscuras y en completo silencio. Me descalcé y entré a nuestro dormitorio para no despertar a Mamen. Pero en cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, me percaté de que nuestra cama estaba vacía

Con Tania, después de la fiesta

—Vamos a ver, Mamen… que yo me aclare. ¿Tú quieres o no seguir con esa vida de libertad en la pareja?, ¿sí, o no?

—Tania… no lo tengo claro.

—Si no lo tienes claro, es que no quieres seguir o que no lo ves conveniente.

La lógica de Tania era aplastante.

—Ya te he dicho, mi niña, que esto es muy complicado. Debes aprender a querer de una forma diferente y, sinceramente, eres demasiado buena para ello.

—¿Tú crees?

—Sí, Mamen. No conozco a Nico más que de las tres veces que nos hemos visto y de lo que tú me cuentas. Y tampoco es un hombre que yo vea adentrado en este mundo.

—¿Por qué? Él fue quien me empujó a esto —pregunté a Tania realmente extrañada.

Yo veía que Nico estaba más adelantado que yo. A él sí le gustaba verme con otros, y él disfrutaba —o mejor dicho, reclamaba— estar con otras. Era lo que se suponía que había que hacer. Un acuerdo de que todos hicieran lo mismo. Pero yo no estaba a ese nivel. Sí, de acuerdo que me atraía tener esa libertad sexual. Pero no podía ver a Nico con otra. Así de simple y así de extraño.

—Nico es un fetichista, mi niña. Un hombre al que le gusta ese tipo de morbo. Pero no está preparado para tener la libertad que pide. Quiero decir… tú me has dicho que se enfadó contigo y que hasta lo dejasteis por un tiempo por lo se ese chico de Ibiza, ¿no?

—Sí… Y no le conté que estuve la segunda noche con él. Ni que con Sergio, cuando nos conocimos… ya sabes. —Coloqué un gesto afligido.

—¿Y eso no te dice nada? —Me preguntó Tania con los ojos muy abiertos y los brazos y manos extendidos.

—No sé a qué te refieres…

—Vamos a ver, Mamen, mi niña… Si tú misma te estás respondiendo. Nico, en algún momento, y es cuando no domina la situación o no está en la misma dimensión que tú, rechaza que estés con otro.

—Pero… —empecé a decir, aunque lo que me describía Tania parecía tener sentido.

—Mamen, piensa en ello por un momento. Ni siquiera te has sincerado con Nico porque sabes que eso no es lo que él quiere.

—Ya, pero es que yo me pasé de frenada…

—¿Estás segura?

—Sí, debía haberme ido con él al apartamento —dije asintiendo.

—Eso tú sabrás… pero fíjate en que en cuanto él no te propuso hacerlo o explícitamente no te dio el permiso, se largó, mi niña. Se fue… Cortó contigo. Eso solo quiere decir que Nico no es una persona que le vaya el rollo liberal. Si fuera así, no se habría comportado de esa manera. ¿No te parece?

—No sé, Tania…

—Y tú, con esas dudas, tampoco. Si lo tuvieras claro,  dirías que, de acuerdo, Nico, tírate a quien quieras y yo haré lo mismo. Te hubieras cogido al chico ese con el que estabas hasta que has llegado aquí, y ya está. Sin remordimientos, sin problemas. Pero mírate, enfadada, molesta, cabreada como una mona… pensando en que no sabes si dar ese paso.

—Es que no es fácil, Tania… Yo no soy como tú.

—Por eso, corazón. Mi niña… —me abrazó cuando vio que me asomaba una lágrima—. No te apures, que no se termina el mundo aquí.

Me acarició un poco en la espalda y en la cabeza, mientras yo me tranquilizaba.

—Mañana vas a estar tranquila. No te enfades con Nico y habla con él. Dile que no quieres seguir. Que es mejor que ahora que estáis a tiempo, lo dejéis. Habla de tus miedos. De tus dudas. Dile lo que sientes. Los hombres suelen atender a ese aspecto sentimental, aunque pensemos que son trozos de carne con una polla… Muchas veces son sensibles y Nico no me parece que sea un tipo de mármol.

Me enjugué las lágrimas y sonreí.

—Sí… haré eso, Tania. Quizá… quizá es lo que tendría que haber hecho desde el principio.

—Pues es posible, mi niña. Es muy posible.

Bebí un ligero sorbo de mi copa. Tania pidió otra más para que nos termináramos de alegrar. Los chicos con los que estaba se acercaron y volvimos a hablar con ellos, aunque no tardamos mucho en quedarnos solas de nuevo. No era una noche para ligar.

—Menos mal que no he cogido el coche —le dije.

—Yo siempre salgo en taxi, Uber o Cabify… Solo faltaba que multaran a una subinspectora… —se rio—. Oye, por cierto… ya que te retiras de la vida de golfa, me tienes que pasar el teléfono de ese chico de Ibiza. ¿No era ese el del pollón? —Continuó con la risa.

—Sí… buff, menuda tiene… Es brutal —me contagié yo también soltando otra carcajada—. Lo que pasa es que no lo he vuelto a ver…

—Tú dale mi teléfono… —me dijo Tania poniéndose la cazadora para irnos.

—Voy a hacer una cosa mejor —le contesté sacando mi móvil y tecleando.

—¿Qué haces, mi niña? —Se acercó Tania curiosa para leer en la pantalla lo que escribía.

—Le he dicho que tengo una amiga cañón que le quiere conocer… Si me contesta, te paso el contacto.

Ambas, mientras salíamos, algo achispadas del bar, nos carcajeamos. No me costaba nada imaginarme una noche loca de Tania y Adrián.

Tania me acompañó a coger al Cabify y nos fuimos a casa. Eran las cuatro de la mañana y negué para mí muy despacio. No podía volver a equivocarme. Tenía que procurar estar muy tranquila con Nico cuando me despertara. Debía ser cariñosa y explicarle lo que me pasaba. Me vi capaz en ese momento, no sé si empujada por la falsa valentía del alcohol o un pleno convencimiento. Fuera lo que fuese, me prometí que lo iba a hacer, que con la serenidad que, muy posiblemente no había tenido hasta ahora, le explicaría a Nico mi decisión de no continuar por este sendero. 

Cuando me bajé del coche, fui pensando en varias cosas. La primera, si Nico me decía que él sí quería continuar. ¿Qué haría yo? La segunda, si le iba a decir toda la verdad; la de mi segunda noche con Adrián y la de mi primera con Sergio. ¿Eso iba a ayudarme a conseguir que nos olvidáramos de estar con otros?

Cuando abrí la puerta de nuestro piso, estaba hecha un mar de dudas. Sí, tenía la decisión de decirle a Nico que aquello se terminaba, o que, por favor, ambos pusiéramos punto final a esta locura de permitirnos estar con otros. Lo que no tenía tan claro era sincerarme al completo. Podía ser contraproducente, me dije con dudas.

Dejé mi bolso, el móvil y los zapatos en la cocina para que los tacones no hicieran ruido al subir las escaleras. Me desvestí con cuidado y coloqué mi ropa en la silla de al lado de la cama. Lo vi dormido.

Me quede pensativa. No quería perder a Nico.

Y por eso, a pesar de saber que era un riesgo si un día llegara a enterare, decidí que le ocultaría lo de Sergio y la segunda noche con Adrián. No me atrevería a decirle toda la verdad. Tenía miedo.

Me metí en la cama dándole vueltas a la cabeza a aquello. Sabía que no actuaba bien, pero no quería correr riesgos. Prefería salvar la relación, consolidar y coser las costuras que empezaban a desgajarse antes que ser absolutamente sincera.

Era arriesgado, lo sabía. Y me dormí con esa sensación de que un día, todo podría estallar…

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