SILVIA ZALER

Estoy desnuda salvo las sandalias de tacón. A Julián le va ese tipo de fetiches. A mí, la verdad, también, pero en realidad me da igual follar con ellas o no. Me tumba en la cama y empieza a lamerme el monte de venus. Primero despacio, después un poco más profundo. Yo apoyo las manos en el cabecero y muevo la cadera al compás de su lengua. Me acerco, retrocedo, me muestro y lo esquivo. Sonrío maliciosa y él se adentra más con su lengua en mí. Me abre los labios vaginales con los dedos y yo estoy caliente a más no poder. Me chupa, juega con mi clítoris. Sabe comer un coño, el cabrón…

Ronroneo de excitación, le sonrío con lujuria y él se anima. A mí no me importa la forma de alcanzar los orgasmos. Hay mujeres que prefieren con la penetración. Yo, sin embargo, soy incapaz de detener una buena comida. Y Julián lo hace bien, muy bien. Le gusta y eso, se nota. Le animo abriéndome yo los labios vaginales y le dejo más libertad para sus dedos y su lengua. Elevo un poco mis pies y los taconazos quedan en el aire, moviéndose al ritmo de mis gemidos y jadeos.

Me toca con una mano mis pechos, pellizcándome ambos pezones. Pasa la mano por mi vientre liso, plano, duro de las abdominales y los masajes. Me acaricia y me come a la vez. Y eso me encanta. No soy de sexo demasiado ligero. No me atrae tampoco la rudeza, pero cuando se trata de gozar, hay que ser un poco sucio.

Una cosa buena de Julián es que está pendiente de mis reacciones. Conoce mis sonidos, mis movimientos. Si gimo o jadeo, acelera, si cierro los ojos en señal de gusto, me acaricia. En ese sentido, es un tipo cojonudo. Un caballero del sexo. Parecido a Arturo, pero en otro estilo.

En poco tiempo, alcanzo un buen orgasmo. Intenso, que se extiende por todo mi cuerpo. Sin que Julián deje de lamerme, hace que convulsione y mi clítoris quede muy sensible. Me retuerzo con las últimas chupadas. 

—Joder tío, ha sido buenísimo —digo complacida—, solo por esto hay que verse más a menudo…—Me río divertida, franca, estirándome en la cama mientras él gatea hasta situarse a mi lado. Me coloco el pelo y me entran ganas de fumarme un buen porro de maría. Pero a Julián no le gusta. Tengo algo de coca y me apetece excitarme, pero debo disimular. La guardo junto a la bolsa de la maría, varios condones y un espermicida. Mi set completo. Lo abrazo y mis zapatos rozan su piel. Se que eso le pone y es mi turno, pero quiero excitarlo besándolo y lamiéndolo.

—Voy un momento al baño…

Me levanto y los tacones suenan con mis pasos. Julián no puede evitar mirarlos y yo avanzo pausadamente dejándole que contemple mi culo, mis piernas y a la altura que están por el alto tacón. Entro en el baño y saco lo que busco. No me queda mucha coca. Jaime estuvo hace un par de semanas y con el sí le pego más fuerte. Con la uña de mi dedo meñique cojo un poco y aspiro. Me pellizco la nariz y noto que empieza a entran la tropa de soldaditos colombianos que tanto me excitan.

Bebo un poco de agua para disimular, me retoco el pelo y me paso las manos por los senos. No hace falta tocarme mucho. Tengo los pezones durísimos. No son grandes, más bien pequeños y la areola es sonrosada. Los prefiero así a los grandes y morenos, la verdad.

Salgo del baño y noto los primeros síntomas de la coca. Me arrodillo en los pies de mi cama y le hago un gesto con mi dedo índice a Julián, atrayéndolo. Tiene la polla totalmente empalmada. Curiosamente, salvo el magreo en el coche, no se la he tocado aún. Y eso es raro en mí. Suelo empezar yo con mi boca, porque me pierde su pollón.

Apoya el culo —lo tiene muy bonito— en la cama y estira las piernas dejándome hueco. Me coloco y mientras le miro, empiezo a lamerle muy despacio los huevos. Me encanta esa sensación de abarcarlos enteros con mi boca. Son muy grandes, los mayores que he visto nunca. Pasar la lengua por ellos y notar como se eriza la piel y se contraen, es espléndido. A Julián le vuelve loco.

Le miro mientras juego con mi lengua en sus testículos. Veo su torso poderoso, bien cincelado, sin exageraciones. Sus tribales de la espalda que asoman ligeramente por sus trapecios bien tonificados. Mientras sigo lamiendo despacio sus huevos, agarro la polla con la mano izquierda. La derecha le acaricia el vientre y el pecho. Asciendo la lengua por el tronco, muy despacio, sintiendo la enormidad de su pene. Gruñe de excitación y me acaricia el pelo. Estoy excitada, desinhibida al máximo y la coca me ha terminado de encender.

Abro la boca y me trago la mitad de su polla en medio de un suspiro largo de Julián. Gimo. La mantengo ahí dentro, y cierro los ojos, concentrándome en que mi lengua pueda moverse en el poco espacio que deja su falo. Es bonita. Ya sé que lo he dicho, pero para mí eso hace que haya un plus de morbo en las mamadas que le suelo dar.

Suspiro yo también mientras se la chupo. No me la saco de la boca en ningún momento, salvo para lamerle el glande mojado por mi saliva. Lo rozo ligeramente con los dientes y vuelvo a tragarme su polla hasta más la mitad. Me toca la garganta. Me recoloco en el suelo y empiezo a masajearle los huevos. Están durísimos. Quiero que me la meta y no sé si provocar su orgasmo. Julián prefiere alcanzarlo mientras me penetra, pero yo estoy gozando la mamada. Chupar una polla como la de Julián es una delicia. Probadlo sin demora, nenas. Sea de quien sea, en serio.

Es él quien en un momento dado me hace incorporarme y me tumba en la cama. Estamos en el misionero, que la verdad, me gusta si el hombre es capaz de imprimir fuerza y velocidad.

—¿Voy a por un condón?

—No hace falta, cariño.

Con él tengo confianza y sé que no se folla lo que pilla por ahí. No es como Jaime que se cepilla a cualquier inglesa borracha las veces que sea. Julián, aunque ahora no lo parezca, es un padre de familia divorciado con niños más pequeños que los míos. Trabaja en una asesoría en Sevilla de jefe de equipo y le cuesta dinero venir a ver a sus hijos. Paga un alquiler, la pensión a su ex y aunque no tiene mal sueldo, es impensable alcanzar mi nivel de vida.

Dirige su polla a la entrada de mi coño. Está húmedo, deseoso, hambriento. Me la mete. Primero despacio. Gimo de placer mientras me penetra. Se queda un par de segundos para comprobar que estoy acoplada y dispuesta a aguantar sus embestidas. Julián folla fuerte, a buen ritmo. Tiene una forma física que se lo permite y a mí me alucina las veces que me ha hecho correrme así. Es mi polla preferida. Mi mejor amante. ¿Lo entendéis, no?

Tras mirarme un segundo y sonreír, empieza a mover las caderas. Lo hace de forma progresiva. Yo estoy con las piernas algo elevadas y él me coge de los tacones. Le gusta verme así. Está de rodillas y cierra un poco los ojos mientras empieza a acelerar sus movimientos. Medio minuto más tarde, el ritmo es perfecto. Mantiene, además, la profundidad de la follada. Al ser tan largo su aparato, puede permitirse imprimir algo más de fuerza y distancia, sin temor a que se salga. Eso hace que mi excitación, ayudada por la coca que me he metido, vaya en aumento. 

Hago que ralentice un poco el ritmo. Quiero aguantar y que él también alargue su disfrute. Me salgo de él y le ofrezco mientras le miro con lascivia mi culo que lame, besa y muerde. Con la mano, me introduzco su pollón y empiezo a ser yo la que se acompasa a sus acometidas. Un minuto después, ya solo me muevo yo, follándomelo a una velocidad no demasiado alta, pero sí consiguiendo una profundidad y un roce máximo. Estoy excitada y me implico al máximo.

Noto que empieza a tensarse y que se acerca su orgasmo. Quiero que se corra en mi cara y en mis tetas. Le miro.

—¿En mi cara…? —le sonrío perversa.

—Sí… —me dice muy próximo al orgasmo y moviendo su mano para sacársela.

Yo, mientras me salgo de él con rapidez y me tumbo. Julián se mueve de rodillas hasta el hueco que le he dejado entre mis piernas. Empieza a pajearse y acerca aún más el cuerpo, mientras yo elevo mi torso para que me llegue su descarga.

La primera andanada de semen alcanza mi garganta y parte de la barbilla. Lo demás se queda por mis tetas. Mientras se pajea emite un jadeo intenso, ronco, y acerca un poco más su polla al haber yo elevado mis piernas y dejarle un mayor hueco entre ellas. La última descarga me alcanza la mejilla derecha.

Sonríe tensando un poco la espalda y yo me observo toda salpicada de esperma. Han caído en las sábanas de la cama varias gotas que se esparcen en el lugar en donde yo suelo dormir. Me gusta ese tipo de morbo…

Echo el cuello para atrás, respiro con fuerza y le agarro la polla que sigue muy tiesa. Me la trago y succiono los últimos restos de semen que le quedan. Julián se estremece ligeramente y vuelve a jadear de gusto. Yo, paseo la lengua por su glande y trago lo que le queda. No sabe mal. En realidad, no me importa si el sabor es un poco agrio, salado o intenso. Si el hombre me gusta, no tengo inconveniente en meterme la polla en la boca después de una buena corrida. Lo hago con mi marido también, por cierto.

Le sonrío y él a mí. Me quito los taconazos que suenan cayendo al suelo, cada uno a un lado de la cama.

—Cómo me gusta tu polla…

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