ISA HDEZ
Deseaba verla con premura, a toda costa, pero no la hallaba. La buscaba por toda la casa hasta que la encontró detrás del piano, entretenida, embobada y abstraída, jugando con la casita de muñecas como si fuera una niña. Él le traía una muñeca, y cuando se la mostró resbalaron unas lágrimas por sus mejillas arreboladas, la asió hacia su pecho y le susurró una nana. Estaba vestida de colores pastel y se había peinado dos coletas adornadas con un lazo plateado del color del pelo. Sus ojos color miel estaban muy abiertos y miraba a la muñeca con asombro como si no la esperara. La depositó en la casita plateada donde guardaba las otras dos, y se la enseñó a su nieto como si fuera un extraño. Él no había pronunciado palabra, no podía soportar que, ella que tantas veces lo cuidó, le contó historias y le cantó canciones de la vida, ahora ni siquiera se acordara de su nombre, le parecía incomprensible, triste y cruel. Sabía que le gustaban las muñecas, se lo había contado ella tiempo atrás, y también que estaba algo olvidadiza, le había advertido su madre, pero no hasta ese punto de no reconocerlo, solo habían pasado diez meses desde que se marchó a estudiar a otro país. Ella lo tocaba y le sonreía una y otra vez y, él, le miraba la carita aniñada con desconsuelo. Atrás quedaron los recuerdos evocados del tiempo vivido. La acarició, la besó entristecido y se marchó porque no soportaba contemplar el deterioro de su memoria. ©

4 comentarios sobre “La casita de muñecas

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