GABRIEL B

I

Si tuviese que atribuirle a algo en concreto, lo que me está sucediendo en la cabeza desde hace algunas semanas, probablemente elegiría como culpable a la maldita cuarentena. Tanto tiempo libre me obligan a pensar en estupideces. O quizás mi mujer tiene razón. Me está agarrando el viejazo. En mi cabeza aparecen cada vez más canas, y mi cuerpo ya no reacciona con la agilidad de antes.

No es que siempre haya sido un deportista, ni mucho menos. Pero no suelo extralimitarme con la comida, ni tampoco con el alcohol. No fumo, y sólo tomo refrescos muy de vez en cuando. Sin embargo, como dicen, los años no vienen solos. Cuando tengo que realizar alguna tarea pesada en casa, mi cuerpo se agota enseguida. Hasta hace unos meses mi barriga había aumentado, casi sin que me diera cuenta, hasta el punto en que mis camisas y remeras comenzaban a sentirse incómodas. A esto último pude revertirlo, ya que salía a trotar dos o tres veces por semana. Pero los otros signos de vejez se mantienen ahí, implacables.

Durante un tiempo pude calmar a mis demonios internos. Incluso por momentos me convencía de que no existían. Esas criaturas perversas que te susurran al oído, y te instan a actuar por instinto, antes que con la cabeza, parecían haber desaparecido.

Pero ahora me doy cuenta de que había pecado de optimista.

Mi nombre es Ezequiel, tengo cuarenta y dos años, y decidí contar esta historia, a pesar de que, por el momento, la mayor parte de ella sólo sucede en mi imaginación. Iré largando algunas páginas cada semana, relatándoles los avances de esta trama incierta. Quizá publicar esta historia sirva de catarsis, y me impida hacer alguna idiotez que tire por la borda ocho años de matrimonio.

Toda historia tiene un comienzo, y digamos que la de esta en particular fue el viernes a la noche. Yo ya estaba en la cama, a punto de dormir. Mi mujer estaba en el hospital, trabajando. Como es médica, la cuarentena no corre para ella. Yo, en cambio, al ser un electricista cuentapropista, vi mi trabajo reducido a la nada debido a la cuarentena. Me dio sed, así que bajé a tomar un vaso de agua.

En el living estaba Lelu, desparramada sobre el sofá, sacándose una selfie.

Luciana, o como le decimos nosotros, Lelu, es la hija de Carmen, mi mujer. Es decir, es mi hijastra —Ya se dan cuenta de por dónde viene la cosa, ¿cierto?

Si yo estaba sufriendo un deterioro físico irreparable, Lelu había experimentado un cambio drástico en su fisionomía, pero en sentido inverso al mío.

Desde que me Junté con Carmen, a los tiernos diez años de Lelu, y hasta hace poco más de medio año, ella era una linda y regordeta niña. Su piel blanca, expresivos ojos marrones, y pelo castaño larguísimo y brilloso, la hacían resaltar por sobre las demás chicas de su edad. Sin embargo, su sobrepeso le impedía sentirse segura de sí misma, y le había costado el rechazo y el acoso por parte de muchos de sus compañeros.

Pero en su último año de escuela empezó su metamorfosis, casi imperceptible si se la observaba día a día. Su prominente panza, de a poco, se fue achatando. Sus tiernos cachetes, que tanto me gustaban pellizcar cuando aún era una niña, se fueron desinflando. Sus pechos, antes opacados por tanta grasa que le sobraba, ahora eran imponentes. Sus piernas se tornearon. Sus nalgas habían conservado algo de su gordura. Eran grandes y redondas, pero ahora contaban con una firmeza rayana a la perfección.

—¿No podés dormir? —Me preguntó, cambiando de perfil para sacarse otra foto.

Su cambio físico vino acompañado de una seguridad y una vanidad antes inexistentes. Si bien aún conservaba algo del pudor de la chica poco agraciada que solía ser, de a poquito se iba desinhibiendo. Ahora su guardarropa estaba lleno de prendas diminutas y ajustadas.

—No, es que me agarró sed —dije, intentando no mirar fijamente su voluptuoso cuerpo—. ¿Y vos qué hacés acá?

Lelu vestía un top negro, y un diminuto short blanco. Hacía poco había empezado a subir fotos sugerentes a su cuenta de Instagram, ganando miles de seguidores en cuestión de semanas. Marcas de ropa le enviaban sus prendas para que pose con ellas. Seguramente eso era lo que estaba haciendo. Pensé en decirle que me parecía demasiado exagerado su atuendo. Pero preferí no comentar nada. En mi matrimonio había un pacto implícito que estipulaba que Carmen era la encargada de la crianza de Lelu. Después de todo, ella era la madre. Yo sólo la acompañaba, y le hacía sugerencias. Hasta el momento, no habíamos tenido problemas al respecto.

—Nada, me saco fotos —dijo ella.

Fui hasta la heladera. Me serví un vaso de agua. A estas alturas de mi vida, ya había aprendido a disimular la mirada lasciva, y ciertamente soy muy hábil en ello. Nunca me doy vuelta a mirar a mujeres por la calle. Es un gesto muy feo, y hoy en día, incluso muchos hombres me tacharían de “pajillero” si hiciera eso. Pero me era extremadamente difícil no revolear los ojos, aunque sea durante unos instantes, hacía el tremendo culo de mi hijastra.

—¿Me hacés un favor, Eze? —Me preguntó Lelu, cuando estaba a punto de volver a mi cuarto.

—Sí, ¿Qué necesitás?

—¿Me sacarías una foto?

—¿No te las estás sacando vos acaso? —Pregunté, desconcertado.

—Sí, pero me quiero sacar una parada, de cuerpo entero, y me da mucha paja acomodar el celular para sacármela bien. ¿Me ayudás? Porfa.

Lelu siempre fue una chica sumisa y obediente. Incluso ahora, habiendo sufrido tantos cambios en su persona, conservaba su personalidad de niña buena. Así que nunca pude decirle que no a nada, y mucho menos ahora. Además ¿Qué excusas iba a poner? No podía decirle que si estaba cierto tiempo viendo su sinuoso cuerpo, seguramente tendría una erección.

—Sí, dale —dije, fingiendo total naturalidad—. ¿Dónde te la querés sacar?

Se paró y se puso contra la pared, en una parte donde estaba completamente lisa. Sólo se vería un fondo blanco.

—Pará que me acomodo. —Dijo.

Se puso de perfil. Flexionó la pierna derecha, sacando cola. Miró a la cámara con una expresión provocadora. Sentí cómo el calor me subía al rostro. Tenía que controlarme. Lelu no podía saber que sentía vergüenza e incomodidad al verla con tan poca ropa. Seguramente confiaba en mí. Tal vez era el único hombre en el mundo al que le pediría que le saque una foto en esas condiciones. Se suponía que yo era lo más parecido que tenía a un padre. No podía perder esa confianza.

Le saqué cuatro o cinco fotos.

—Bueno, voy a subir, que me dieron ganas de ir al baño. —Mentí.

Le entregué el celular y hui.

Cuando llegué a mi cuarto, mi sexo ya se había empinado, formando una carpa en el pijama. Puse la televisión, como para distraerme. Pero no me podía sacar de la cabeza a Lelu posando, tan cerquita de mí, para que yo refleje en una foto, la terrible hermosura de la que hacía gala desde hacía tan poco tiempo.

Traté de ordenar mis ideas. Esa chica que estaba abajo, era la misma que, años atrás, se sentaba en mi regazo para que yo le contara historias.

Tomé el celular, y le envié un mensaje a Carmen “¿Todo bien por allá?”, le puse.

Carmen no contestaba. Mientras esperaba su respuesta chequeé mis e-mails, mi Facebook y mi Instagram. En este último apareció la foto que le acababa de sacar a Lelu. Ya acumulaba ciento treinta likes, y más de veinte comentarios. La mayoría de ellos eran de hombres que le decían piropos. Los leí uno por uno. No había nada demasiado agresivo. “Eres una bomba”, “Qué linda bebota”, y otros de ese estilo. De todas formas, era raro ver a mi hijastra como un objeto sexual, que se exponía ante todos. Debía hablar con Carmen, no me terminaba de decidir si estaba bien que permitamos eso. Aunque también era cierto que ya contaba con dieciocho años. Debería poder hacer lo que quisiera con su vida.

Seguí chequeando sus fotos. Sólo tenía unas cuantas decenas. Casi todas en una pose similar a la que yo le acababa de sacar. La mayoría con diferentes shorts, los cuales dejaban parte de sus nalgas desnudas. Las fotos solían estar sacadas desde abajo, por lo que sus piernas y glúteos parecían a punto de traspasar la pantalla. Mi erección volvió con más fuerza que nunca. Sentía cómo mi sexo tiraba del elástico del bóxer.

Me toqué. Lelu estaría ya en su cuarto. Tal vez hablando con alguno de todos los pajeros que le habían mandado un mensaje privado con la esperanza de llevársela a la cama. Quizás charlando con sus amigas, perversamente jóvenes, y casi tan bellas como ella. Mi polla ya estaba chorreando presemen, que manchó la ropa interior. Me llegó un mensaje. Pensé que sería de mi esposa. Pero era de Lelu. Me había mandado un audio. Su voz, todavía aniñada, aterciopelada, y un poco melosa, salió del parlante del celular. “Salieron muy bien las fotos Eze”. “Qué bueno”, le escribí con mi mano libre, empezando a acariciarme frenéticamente. Puse el audio una y otra vez. El tono de su voz, por sí sólo, me excitaba. Pero además me traía la imagen de su cuerpo perfecto, cubierto apenas por prendas diminutas y ceñidas.

Eyaculé. Mi semen cayó en mi ombligo, y en mis vellos púbicos. Fui al baño a limpiarme.

Estaba perdido. Siendo ya un hombre maduro, me estaba dejando llevar por fantasías, como si fuese un adolescente. Tenía que ponerle fin a esta locura.

II

Carmen llegó a las ocho de la mañana. Yo le había preparado el desayuno. Cuando se sentó, le hice masajes en el hombro. Me arrimé para darle un beso. Pero ella sacó la cara.

—Basta Eze. Ya hablamos de esto. Nada de besos.

Si había alguien que podía matar las mariposas que revoloteaban por mi cabeza, esa era Carmen. A sus treinta y ocho años todavía se mantenía como la mujer sensual que conocí. Lelu sólo se parecía a ella en algunos gestos que se le habían pegado. Pero si no fuera por eso, sería difícil afirmar que son madre e hija. Carmen es alta, delgada, de pelo rubio, con una contextura física de una modelo; sin muchas voluptuosidades, pero armónica. A diferencia de su hija, que tenía el físico más tipo vedette, lleno de curvas, además de ser bastante más bajita que su progenitora.

Pero desde que empezó la cuarentena, Carmen se había puesto muy rígida con todo lo referente al contacto físico. Supongo que mantener la distancia es lo correcto. Pero hacía un mes que no habíamos tenido relaciones de manera convencional. Me tenía que conformar con una rápida mamada, o con una copulación donde nuestros cuerpos se unían lo justo y necesario. Carmen no quería saber nada de besos, cuerpos pegados, mezclando fluidos y transpiración. Al ser médica, y tratar todos los días con muchos pacientes, sabía que no sería difícil que eventualmente resultara contagiada de Covid.

Como dije más arriba, probablemente debo atribuirle mi estado mental inestable a la maldita cuarentena. O para ser más justos, a la maldita pandemia.

Carmen tomó el desayuno que yo le había preparado, y fue a bañarse. Puso la ropa que había traído de la calle en el lavarropas.

—¿Cómo la ves a Lelu? —Me preguntó antes de irse a dormir.

—¿Que cómo la veo? —dije, absurdamente paranoico—. ¿A qué te referís?

—Y no sé, en general te digo. —Estábamos en el cuatro. Carmen se quedó en ropa interior. El pelo rubio estaba húmedo—. Viste cómo son las chicas de esa edad. Quieren salir todo el tiempo. Y la pobre de Lelu recién ahora empezaba a gozar de su adolescencia. La agarró en el peor momento la pandemia.

—¿Que empezó a gozar? —pregunté, intrigado.

—No seas tonto Eze ¿Te pensás que no tiene pretendientes? Igual no me refería a eso. Justo empezaba a hacerse amigas, y ahora no puede salir con ellas, ya no va a la escuela, ni a las clases de zumba. Su vida social casi desaparece.

—Los chicos llevan mejor estas cosas. —le contesté. Me acerqué y apoyé mis manos en sus caderas—. Se relacionan mejor que los adultos con la tecnología. Puede hacer cualquier curso por internet. —Tiré del elástico de la bombacha, sin poder sacarme a Lelu de la cabeza—. Seguro que lleva la cuarentena mejor que nosotros.

Le bajé la ropa interior. Carmen se inclinó y frotó sus nalgas con mi pelvis.

—Cómo estamos. —Exclamó, sintiendo mi erección—. Vení, uno rapidito antes de dormir.

Se colocó boca abajo, con las piernas abiertas. Flexionó las rodillas. Apoyé mis manos en sus nalgas. Las pellizqué. Aún se sentían tersas. No necesitaba más que eso: mi mujer en cuatro patas, dispuesta a complacerme. Cualquier tontería que cruzara por mi imaginación en relación con Lelu, no eran más que fantasías. ¿Qué hombre no tenía fantasías? ¿Qué hombre no deseaba a otras mujeres? Yo sólo tenía la mala suerte de que mi objeto de deseo era una adolescente despampanante que convivía conmigo.

Penetré a mi mujer. Carmen gimió. ¿Cómo sería penetrar a Lelu? Sus nalgas eran mucho más carnosas. Mis manos no darían abasto con semejante culo. Su cuerpo era más compacto que el de su madre, y también más maleable. Penetré con más intensidad.

—Despacito —susurró Carmen.

Apenas la escuché. ¿Lelu sería virgen? ¿Qué cosas sabría sobre el sexo? Si la tuviese a mi merced, su cuerpo se movería con más agilidad. No le haría asco a cambiar de poses —supongo—, ni a saborear nuestras lenguas, ni a sentir nuestro sudor. Las adolescentes no suelen hacerse problemas por nada.

—¡Despacio Ezequiel!

Había hecho un movimiento pélvico con el que enterré mi sexo por completo.

—Perdón, mi amor. —Me disculpé.

—Acabá rápido y dejame dormir —dijo, irritada.

Eyaculé, con dos pobres chorros de semen. Carmen, por supuesto, se quedó con las ganas.

—¿Qué te pasa? Estás hecho un bruto.

Besé sus muslos, pero cuando estuve a punto de llegar a su sexo, se apartó.

—Dejá, quiero dormir.

—Pero mi amor…

—No estoy enojada, pero ya no tengo ganas. Dejame dormir por favor.

III

De todas formas, si bien convivimos, no es que pase todo el día con Lelu. Lo cierto es que ella duerme en horarios intempestivos. Se queda hasta altas horas de madrugada mirando series de Netflix, y subiendo fotos a su Instagram, o bien, revisando los likes y comentarios que suscitaban las mismas.

Yo, por el contrario, no podía seguir durmiendo más allá de las ocho de la mañana, horario en el que mi mujer volvía a casa. Lelu dormía hasta las tres o cuatro de la tarde. Se levantaba a comer algo de lo que yo le había dejado, generalmente junto a Carmen que se levantaba a esa misma hora, y luego volvía a lo suyo.

Sin embargo, de vez en cuando compartimos algunos momentos.

Aquella vez Carmen se estaba preparando para irse a trabajar.

—¿Le decís a Lelu que me devuelva el perfume que le presté a fin de año? Se debe pensar que me olvidé. —Comentó.

—No creo que lo haga a propósito. Se habrá olvidado —contesté, defendiendo a la inocente de mi hijastra. 

Golpeé la puerta de la habitación de Lelu.

—Adelante —gritó ella.

Entré. Lelu estaba vestida con un short azul y una remera musculosa blanca. Estaba boca abajo, sobre la cama. Como siempre, con el celular en la mano.

—Ay, pensé que era mami.

Se arrodilló sobre el colchón. Me miró con una expresión que si me la hiciera cualquier otra mujer, juraría que era provocadora —Imaginaciones mías seguramente—, y se mantuvo un rato en esa pose extraña, arrodillada sobre el colchón, acariciando su cabello despeinado, mirándome de espaldas, hasta que finalmente se acomodó en una postura normal, sentándose al borde de la cama.

—Tu mamá quiere que le devuelvas el perfume que te prestó para fin de año.

—Ah, cierto, pobre mami, soy una colgada.

Pegó un salto de la cama, mostrando una agilidad admirable. En el mueble del espejo había frascos, aerosoles, y un montón de cosas que tienen las mujeres, sabrá dios por qué. Estaba de espaldas, pero tuve mucho cuidado de no revolear los ojos de más, ya que podría descubrirme a través del espejo.

—¿Cómo estás llevando el encierro Lelu? —Le pregunté, recordando la preocupación de Carmen.

—Qué se yo… es muy aburrido todo. —Resopló—. Extraño a Prisci y a las chicas. Encima dicen que va para mucho.

—Bueno, me imagino que tendrás tus cosas. Hablarás con tus amigas, y eso de las redes sociales te tiene muy ocupada…

—Sí, siempre hacemos un zoom con las chicas. Y lo las redes sociales… no sé, es raro, pero me divierte.

—Mientras a vos te haga bien, y no le des datos de más a ningún degenerado…

—No soy tonta Eze…

—Ya lo sé, pero no está de más aclararlo. Perdón si la ofendí señorita.

Lelu rio.

—No me ofendí, además me gusta cuando te hacés el papá responsable.

Vaya golpe bajo, pensé para mí. Aunque sabía que no lo había dicho con malas intenciones. Más bien ese comentario debería hacerme entender que para ella soy una imagen paterna y nuca sería otra cosa.

—¿Vemos una peli hoy? —Me preguntó después.

—Sí, claro. —le respondí ¿Y cómo iba a negarme?

Le llevé el perfume a mi mujer. Noté que estaba más linda que de costumbre. Se había puesto un pantalón de jean muy ceñido y una blusa blanca que se adhería a su esbelta figura, y le marcaba sus pequeños pero erguidos pechos. Se fue al trabajo, dejando una estela de perfume importado en la sala.

A las nueve Lelu bajó al living. No pude dejar de notar cómo la calza gris que llevaba puesta resaltaba su despampanante físico. Era casi como verla desnuda. Me estaba costando acostumbrarme a su renovada e intimidante figura. Y mucho más me costaba desviar la mirada de ella.

—¿Pedimos una pizza? —preguntó.

Así lo hicimos, y mientras esperábamos a que llegara el pedido, buscamos qué mirar.

Finalmente le di el gusto —como siempre—, y nos decidimos por una comedia romántica, a pesar de que es el género que más detesto.

Lelu se sentó a mi lado, a pesar de tener varios lugares para elegir. Cenamos y miramos la que para mí era una pésima película para adolescentes. En principio me sentí algo incómodo. Los sentimientos encontrados no me dejaban en paz. La fuerte atracción que sentía últimamente hacia mi hijastra, el cariño fraternal que ella sentía por mí, la culpa de serle infiel, en mi imaginación, a Carmen, con la persona menos indicada para traicionarla. La lujuria, el cargo de conciencia, la hombría, la moral. Un torbellino de sentimientos que me hacían retorcer el estómago.

Pero la actitud amena de Lelu, totalmente ajena a los retorcidos secretos que albergaba en los rincones más oscuros de mi mente, me relajaron. Pronto estábamos bromeando sobre los personajes y la trama de la película. Su sonrisa estridente era todo lo bello que había en el mundo. Sus rodillas tocaban a cada rato mi pierna. Cuando se levantaba para agarrar un pedazo de pizza o para tomar un trago de refresco, sus turgentes glúteos quedaban a centímetros de mi rostro. Qué no daría por mordérselos y comerlos a besos. Pero apenas los miraba de reojo, fiel a mi filosofía de no acosar con la mirada.

En un momento, muy cerca del final de la bochornosa película, los protagonistas tuvieron una escena subida de tono. La pareja —quienes no eran mucho mayores que Lelu—, se había desnudado. La cámara los enfocaban de perfil, mientras el muchacho, delgado y de músculos marcados, hacía movimientos pélvicos sobre la chica, una rubiecita carilinda que gemía exageradamente.

Me preguntaba si no era oportuno adelantar esa escena. Pero pensé que si lo hacía pondría en evidencia mi mente podrida. Lelu ya estaba grande, y la escena culminaría en cuestión de minutos. Qué más daba mirarla.

Escuché la respiración agitada de Lelu. Yo estaba con el torso recostado sobre el respaldo del sofá, así que podía verla de perfil sin que ella lo notase. Su pecho se inflaba y desinflaba, cada vez que aspiraba y exhalaba por la nariz. Sus manos estaban apretadas entre sus piernas, como si tuviese frío. En un momento, en un gesto instintivo, se mordió el labio inferior. Observé su remera, y noté, tan maravillado como escandalizado, que sus pezones estaban duros y se marcaban debajo de la tela. Sus labios carnosos, se movían lentamente, como susurrando algo, sin darse cuenta. Sus muslos apretaban con fuerza las manos. Lelu se inclinó hacia atrás. Giró su cabeza. Me miró y sonrió, un tanto avergonzada. Pero fingió que no había pasado nada. En ese momento se estableció un pacto tácito entre nosotros. Acordamos hacer de cuenta que ella no estaba excitada y que yo no lo había notado.

—Uf, no termina más esto. —Dijo Lelu.

La escena finalmente terminó. Y la película finalizó diez minutos después. Lelu me dio un beso en la mejilla y volvió a su cuarto. Me quedé con una duda. No estaba seguro de si ella había notado mi erección.

Continuará

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