LOLA BARNON

Lo cierto era que no fue la primera vez que charlé de esto con mi amiga. Me llevaba enfadando la actitud de Nico con la tal Patricia, desde hacía algún tiempo. No era solo que saliera a correr, sino que notaba una extraña sensación de peligro. Las mujeres creo que somos capaces de ver cosas que los hombres ni por lo más remoto. Nico vivía feliz, y la verdad, no daba sensación de que Patricia fuera algo más allá que una compañera de running o de gimnasio. Pero yo tenía la luz encendida.

No podía asegurarlo fehacientemente, pero esa intuición femenina que es como el sentido arácnido de Spiderman, me avisaba de que algo había en ese interés de Patricia. Lo vi un par de días que coincidí con ellos cuando iban a correr. Yo, en ambas ocasiones, llegaba a nuestra casa del trabajo. Aquel saludo, casi excesivo hacia mí, junto con las ganas de irse a correr «para que no se hiciera tarde», me mosqueaba. La segunda ocasión, me plantó dos besos y encima me dijo que le encantaba mi bolso. Yo sé que los hombres esas cosas no las ven, que entienden, dentro de su simple honestidad, que son conversaciones normales, como se las dirían ellos en la barra de un bar tomando una cerveza. Pero nosotras sabemos que no es sí. Hay un brillo en la mirada, un rictus en los gestos, y un lenguaje corporal que ellos no procesan, mientras que para nosotras es muy sencillo hacerlo.

En definitiva, Nico no se daba cuenta de que Patricia era como la gota malaya. Sin descanso, sin que se notara, sin aspavientos ni excesos. Pero firme en su cometido.

Se lo comenté a Tania, que en esas fechas ya era mi confidente más cercano. En estos aspectos, no se podía ni siquiera comparar con Nico. La única vez que le expuse mis dudas sobre Patricia, casi se molestó. No de una forma que hiciera que me sintiera celosa o fastidiada. Sino por la escasa capacidad de análisis que tenía. Para mí, era evidente. Para él, una chorrada. La primera vez que hablamos de esto fue aquella tarde…

—Tendría que verla, mi niña —me decía Tania, sonriendo mientras le daba un buen sorbo a la cerveza.

—Te lo digo yo… Que esa es una golfa que no para de tirarle la caña a Nico. Lo que pasa es que no se nota mucho. Es muy sibilina, muy astuta… Muy zorra, vamos —finalicé dando yo también un sorbo a mi bebida, un vino blanco.

Esa tarde, casi noche, habíamos quedado Tania y yo a tomar algo, con la intención de, si se terciaba y la conversación fluía, quedarnos a cenar de tapas en uno de los bares cercanos a donde vivíamos. A final, y también provocado por el cabreo de que la tarde anterior había sido la segunda que había visto a Patricia con Nico, pedimos algo para cenar.

—¿No estarás viendo fantasmas? Por eso de que no puedes ver a Nico con nadie… quiero decir, con ninguna.

—Que no, Tania… de verdad. Que sé lo que me digo.

Ella se quedó en silencio, mirándome mientras asentía despacio.

—¿Por qué no lo paraste cuando lo hicisteis con Sergio y conmigo…? ¿Qué es lo que te impide decir lo que piensas de verdad? Si no te pone ver a Nico con nadie más, coges, me lo dices, y se hubiera acabado en ese momento…

—Te lo dije… —me defendí, un poco hosca.

No por ella, porque fue cabal y honesta conmigo. Me preguntó de forma clara y directa hasta dónde podía llegar. Pero yo, a pesar de hacerle ver que me molestaba ver a nadie con Nico, no tuve los ovarios suficientes como para detener todo, y pasar de la experiencia.

—No lo sé… —continué—. Es que… joder, Tania, no le puedo decir a Nico que yo sí, y él no…

—¿Pero tú quieres estar con alguien más?

—No lo sé… 

En verdad, no lo sabía. Me daba miedo engancharme como lo había hecho con Jorge. Y también me asustaba que alguien como Adrián, con esa dotación que la naturaleza le había dado, me atrapara, aunque él, en el fondo, no me gustara. En ambos casos, me parecía peligroso. Nico podía, incluso, llegar a admitirlo, pero algo me alertaba de que si continuábamos con esa línea, terminaríamos quemándonos.

—Si me dices que no lo sabes, es que sí te apetece. O de vez en cuando te apetece… ¿No es así? —me apunto Tania con el tenedor y un ojo guiñado mientras mordía una croqueta.

—De verdad Tania que no lo sé. Sí… no te lo puedo negar que me atrae. O que en su momento me atrajo… Es… tú ya lo sabes… muy excitante. Pero me da cosa, miedo… Y si eso significa que Nico pueda tirarse a otras, pues no. Ya no quiero.

—Díselo…

Arrugué el entrecejo y dudé.

—¿Y si le molesta…? No puedo pedirle nada. Él me dejó hacerlo… —protesté con un mohín de fastidio—. No sé, Tania, tengo la sensación de que nos estamos alejando Nico y yo… Y no sé si ya puedo pararlo.

Se me escaparon unas lágrimas que intenté atajar con rapidez.

—Venga no seas tonta… creo que estás haciendo un mundo de todo esto. Siempre se pueden parar estas cosas. Mi consejo es que os cojáis un fin de semana, os vayáis a una casa en mitad de la nada, no paréis de follar como leones y habléis. Os falta deciros las cosas a la cara… Nico es un buen tío.

—Sí… es posible —dije secándome las lágrimas—. Pero es que noto que nos alejamos Tania, de verdad. Eres, además, a la única a la que se lo puedo contar, porque el resto de nuestros amigos no saben nada de lo… de lo nuestro. De que yo podía follar con otros.

—¿Eso te preocupa…? —me inquirió llevándose la otra media croqueta a la boca tras un sorbo de su caña.

—Sí… Yo no soy como tú Tania. Tú puedes con todo…

Ella se echó a reír, para luego negar con la cabeza lentamente.

—Mi niña… eres tan dulce que no te das cuenta de lo que sucede a tu alrededor. Entiendo que te pueda preocupar. Vale, no entro ahí. Cada cual que en ese sentido actúe como quiera. Pero si es verdad lo que me cuentas, y no lo pongo en duda, es posible que Nico haya dado un paso… que no sé, cómo decirlo, que haya evolucionado y quiera probar lo que tú tuviste. 

—Joder… yo eso no lo quiero… —me quejé.

—Ya… pues habla con él. Dejad este mundo. Es peligroso. Y, sinceramente, no estáis hechos para él.

—¿Por qué? No parece tan complicado si ambos tenemos las ideas claras… —objeté sin otro ánimo que indagar la opinión de Tania.

—Mi niña… —respiro con profundidad—, tener una pareja abierta es como… no sé cómo decirlo… ¿querer de forma diferente? —se preguntó a sí misma—. Sí… eso más o menos.

—¿Diferente? No sé… Yo diría que es tener claras las cosas…

—Llámalo como quieras… En el fondo creo que es lo mismo. Puedes tener todo lo claro que quieras, pero debes compartir a alguien. Y eso, es diferente a lo normal. ¿No te parece? Luego, por así decirlo, dentro de esa forma de vida, hay varios niveles. En el que estabais, que él te vea y disfrute mientras tú follas con otro, ya no le vale. En ese, sigues tú, pero Nico ya no. Lo ha superado. Es posible que aún le siga gustando, pero ya quiere tríos, cuartetos… Lo siguiente será abrir totalmente la pareja, que os podáis ir algún fin de semana con otros, sin que os acompañéis.

—Yo me fui un día a un hotel con Jorge sin decírselo a Nico…

Tania me miró. Luego, cogió un poco del revuelto de huevos con trigueros que también habíamso pedido ese día, y se me quedó mirando.

—Mamen, mi niña… has quemado etapas demasiado pronto. Sin tener las reglas claras, sin que Nico fuera parte de ese juego…

—Ya… Joder Tania, sé que me equivoqué. ¿No me estará haciendo pasar por esto por venganza, no?

—No creo… Pero, lo mismo, él también ha alcanzado el nivel final… Ese de irse con otras personas sin contar con la pareja —comentó Tania como una posibilidad.

—¿Lo dices por lo de Patricia? —indagué extrañada.

No me imaginaba a Nico contándole a su amiga nuestra vida sexual. Nuestra permisividad para hacer cosas fuera de la fidelidad de una pareja.

—No lo sé… —se encogió de hombros y cruzó los brazos encima de la mesa—. Pero puede estar ahí… Ese último nivel… Mi niña, es muy complicado, y… —se detuvo, me miró y mantuvo el silencio

—¿Y…? —pregunté al verla que se quedaba con la continuación en la boca sin atreverse a seguir.

Observé que no le apetecía seguir. Rehuía la respuesta e hizo al principio como que no me oyó.

—Tania… dime, por favor —le exigí acariciándola una mano y su antebrazo derecho.

—…ese siguiente nivel, como te he dicho, mi niña, es que en la pareja existan espacios de absoluta libertad. Compartimentos estancos, si lo quieres llamar así. Que tú un día… hoy, por ejemplo, te tires a uno, y él a otra. Los dos lo sabéis, pero no actuáis de forma conjunta. Cada cual es libre de hacerlo cuando quiera… solo que, bueno, con ciertas reglas como siempre. Pero ya todo mucho más extenso y… no sé… permitido, que en los niveles anteriores. Eso exige asumir todo esto de forma completa, sin excepción. Tanto es así, como que, aunque lo planeéis, habrá momentos en que lo necesites y él se vaya a follar con otra. O tú. Significa, y te voy a ser muy sincera, romper un poco la pareja. Exponerse a que alguien se introduzca y se quede en ella.

—¿Y crees que Nico ha llegado ahí? —pregunté casi con miedo.

—¿Tú no…?

—No —negué con vehemencia.

—Estuviste con un chico en Ibiza a solas… y un fin de semana con ese tal Jorge, y otra tarde sin que él lo supiera… ¿no? —me enumeró.

Chasqueé la lengua. Yo no lo veía así, con esa desnaturalización de la que Tania hacía gala para que yo lo entendiera sin dificultad alguna. Nico, en el caso de Jorge, y del fin de semana, me animó. Incluso con vídeos… Y lo de Ibiza, pues también lo veía diferente. La primera noche, él no me detuvo y la segunda, además de cabreada y dolida, ¿seguíamos juntos Nico y yo? Esa mañana se había ido dejándome sola en Ibiza.

Me parecía hasta raro, que yo me hiciera esas preguntas. Y me di cuenta, mirando a los ojos de Tania, de que me estaba buscando excusas. Yo, por otro camino, de otra manera, ya había actuado a espaldas de Nico, o sorteando a Nico, dejándole fuera de mis apetitos sexuales. La primera noche en Ibiza, al no proponerle participar, por ejemplo. Y la segunda, porque, sencillamente, me dejé llevar al recordar la polla tan tremenda de Adrián. Y con Jorge, igual. Incluso la noche en que conocí a Tania y estuve con Javier y con Sergio.

—Joder… —suspiré

Yo ya había dado ese paso. De forma inconsciente, casi involuntaria o sin sentir que lo estaba haciendo. Pero, la verdad, clara, diáfana y concisa, era que yo, sin contar con Nico, estaba o había estado ya en ese nivel.

¿Era justo que yo se lo permitiera a él?

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