SILVIA ZALER

Julián

Si tuviera que escoger la mejor noche de sexo con Julián, sin duda, me quedaría con el del mes de octubre. A finales. Me refiero a unos meses después del verano que ya os he contado. El que conocí a Marcos, el de la maría que me pone a mil, y que rompiendo una de mis reglas, me tiré ese agosto en Jávea.

Con Julián tengo una relación un poco más especial que con el resto. No os engañéis, que sigue siendo sexo y solo sexo. Pero me mima, me atiende y me piropea. Y eso, chicas, pone. No lo neguéis. También es verdad que como ya sabéis, es mi polla preferida y que folla como un animal, provocándome unos orgasmos brutales.

Julián es un cielo. Lo malo, que creo que le gusto o al menos, en algunos momentos se siente atraído hacia mí. Yo no. Yo sé muy bien lo que busco y por qué hago lo que hago. Me gusta el sexo, follar y disfrutar. Y si es con un tío como él, alto, musculado, deportista, atractivo y de buena polla, no lo voy a soltar. Pero eso no significa que me vaya a enganchar ni a colgar de él.

No es tan guapo como Jaime, ni tan musculado, y el tribal de su espalda, un poco ostentoso. Pero me folla divinamente y yo me pierdo con su polla. Ya os he dicho que tengo una manía con medirlas. La de Jaime son casi diecisiete, pero muy ancha. La de Julián, le falta muy poco para los diecinueve, y con el grosor justo. Lo digo por el anal, so perras.

No sé, pero he leído muchos relatos eróticos y porno, en donde todos los chicos tienes aparatos de más de veinte centímetros. ¿Habéis cogido una regla y comprobado lo que realmente significa esa cantidad de polla? No hay tantos hombres así. De hecho, yo no me he encontrado con ninguno de más de veinte. Solamente un negro o chico de color o morenito o afroamericano, que no soy racista y quiero que se me entienda bien. Tal y como está el mundo, una ya no sabe cómo acertar. Ese chico sí la tenía de veinte centímetros. Incluso más. Pero era de carne, no de sangre. Y aunque me cueste admitirlo, no se le llegaba a poner totalmente dura de verdad, y se le curvaba para abajo. Muy fea, además. No quiero decir que no haya gente que le atraiga un pollón negro así. Me parece perfecto. Menchu se los come a pares si tiene ocasión y a ella le va bien. Por cierto, creo que empieza a tener un serio problema con la coca.

Os decía. No es tan sencillo encontrar un tío con una polla tan bonita y de esas dimensiones como la de Julián. Y yo lo encontré en una web de contactos. Así de simple. Quedamos, nos gustamos, y cuando se sacó la tranca, ya me dije que con este chulazo iba a repetir muchas veces.

Nos conocimos hace casi dos años. Como digo, a través de una web de contactos. Vamos, de citas para follar. Ese día, quedamos para vernos en una discoteca. Llegué y me pedí una copa en la barra. No soy de beber mucho, que el alcohol engorda y se folla mal con él.

A los pocos minutos, se presentó él. Enseguida lo vi atractivo pero, salvo en las fiestas de Menchu, donde ya todos sabemos a lo que vamos, con quien quedo para conocer, procuro dar un tiempo para saber si nos gustamos. Nos tomamos una copa mientras mi cabeza ya empezaba a verlo como un firme candidato a que me follara esa noche. Veinte minutos después, como yo misma ya suponía, nos estábamos besando. Ese día follamos en un hotel cercano. Y a la semana siguiente, me volvió a llamar. Y acudí. Y volvimos a follar. Y así, durante dos años.

Cuando digo que tengo una relación especial, es que es, junto con Arturo y Jaime, los únicos que tienen mi número privado. Y con Jaime, quizá me precipité. Es un buen chico y me adora, pero un poco cabra loca. Se mete mucho por la nariz y folla a todas horas con niñatas o con la que se le cruce. Julián, en cambio, es similar a Arturo, pero en otro estilo. Es un hombre educado, caballero, de los que ceden el paso y están pendientes de ti. No sé, me inspira confianza. Casi desde el principio. Es discreto, no se droga, ni bebe y es un amor con sus hijos.

 Y a eso, súmale el sexo, que es muy bueno. Con Julián suelo tener orgasmos espectaculares. No sé si es la polla, su ímpetu, las ganas de satisfacerme, su experiencia o que le gusto. O mis ganas. La necesidad de un hombre fornido, bien cincelado, que me empotre con delicada decisión.

Está menos musculado que Jaime, pero es más atlético y deportista. Siempre he pensado que le quedaría muy bien una barba de tres días…Tiene el pelo negro, bastante oscuro y suele ir con gel que le da aspecto de mojado. Su cabello es de anuncio de peluquería, abundante y fuerte. Los ojos son azules, y el contraste con su tono de piel y su pelo, muy atractivo. Su mandíbula, prominente, fuerte. Quizá algo adelantada. Y lo que menos me gusta es la nariz, que si ya fuera recta y bien dibujada, sería un verdadero adonis. En resumen, es un hombre que está bien y tiene un buen número de polvos.

Pero vamos a la noche de la que os hablo, esa que elegiría de él como la de mejor sexo. Ha sido este año, a finales de octubre. Mi marido está de viaje fuera de España y los niños se acaban de ir a un campamento de convivencias del colegio. Estoy sola, es decir, tengo mi casa para hartarme de follar, y Julián está en Madrid. El resultado no podía ser otro que noche fantástica de sexo.

Ese viernes hemos quedado en una discoteca a la que vamos de vez en cuando Las Guarris. Bueno, Marta va siempre y Menchu, bastante. Gabriela, mucho menos, y yo, de vez en cuando. No me gusta exponerme, porque nunca sabes quién puede entrar allí. Está alejada de donde vivo y tiene reservados en donde nos guarecemos y estamos con quien queremos o nos metemos lo que sea. Menchu corre con los gastos de casi todo. La bebida, el éxtasis, la coca… Es como si quisiera pulirse el dinero de su ex a toda prisa. Aquí debo hacer un apunte. Es verdad que últimamente se me va la mano un poco con la coca y la maría. Pero solamente es en situaciones especiales o que yo intuyo como tal. La presencia de Menchu siempre es una tentación, porque cada vez que sale es para desparramar. Y, sin echarla la culpa de nada, que ya somos todas mayorcitas, nos pone muy fácil caer en tentaciones y pasotes.

Hoy no he quedado con ninguna de mis amigas. No sé si están. Bueno, Gabriela, seguro que no. Tiene una cena. Yo la he llamado para quedar y que se venga con alguno si quiere y nos montamos algo si se tercia, pero ni me ha contestado.

Ya he entrado en la discoteca. Aún no hay mucha gente. No entiendo, la verdad, eso de lo de los jóvenes de empezar a salir a la una de la mañana. A esa hora, yo ya espero estar desnuda con la polla de Julián en mi boca o en mi coño.

Le veo tomándose una copa en la barra. De lejos me sonríe. Voy espectacular. Con un vestido ceñido, sin sujetador porque la espalda la llevo al aire, y sandalias de tacón muy alto. Ando hacia él, sin apartar la vista de sus ojos y diciéndole que nos vamos a quedar muy poco tiempo allí. Ni siquiera me pido una copa y bebo directamente de la de él. Hablamos un poco, le pongo la mano en la pierna y él la suya en la mía. Me acaricia y siento ya el primer escalofrío en la piel. Me pone muy cachonda este hombre. En poco más de cuarenta minutos, le digo de irnos a mi casa. En ese tiempo con él, tengo las bragas bastante mojadas.

—¿Qué tal estás? —le digo acariciándole la mejilla.

—Mejor desde que has entrado —me contesta galante.

Yo sonrío. Julián es muy de piropos, pero me cuesta seguirle el rollo porque algo me dice que tiene un cuelgue conmigo. Vuelvo a acariciarle la mejilla.

 —Te deberías dejar barbita… Estarías monísimo. Una de esas de tres o cuatro días.

—Mañana mismo, si tú me lo pides. —Me acaricia el muslo cuando monto una pierna sobre la otra en el taburete alto de la discoteca. Estoy recién depilada, me mantengo morena, con la piel suavísima… Su toque me pone más cachonda de lo que ya estoy.

Nunca salimos a la vez de un sitio público si hemos quedado de vernos en él. Cada uno por su lado. Para que nadie nos pueda relacionar. Así hicimos ese día, también.

Yo le recojo con mi coche en la esquina siguiente a la entrada de la discoteca. Y mientras nos vamos a La Moraleja, le voy tocando el paquete y él a mí me acaricia la entrada de mi coño. Nos encanta calentarnos así.

Antes de llegar a mi casa, él se baja y se encamina al callejón vecinal, un camino para las bicis de los niños y los servicios de poda o barrenderos. Es estrecho y empalma dos calles, pero se utiliza poco. Una puerta, que puse yo ahí en contra de mi marido y con la excusa de que si sucedía algo era una vía de escape —no le estaba mintiendo…—, aunque nunca describió a qué me estaba refiriendo en concreto.

Llego a mi casa. Guardo el coche en el garaje y me voy a la puerta del camino vecinal. Atravieso el porche, donde tenemos la barbacoa y unos bancos de madera. Los taconazos me molestan un poco y me hacen andar despacio. Abro la puerta y veo a Julián sonriente. No puedo reprimirme y le estampo un beso de loba.

Entramos en casa y nos desnudamos por el salón y las escaleras besándonos y tocándonos. Ya desnudos, vamos directamente al dormitorio. Me gusta follar en mi casa, la verdad. Es una sensación de morbo infinita, de atracción por lo prohibido. Y lo he hecho en casi todos los sitios y habitaciones, menos las de los niños. Pero, especialmente, me trae el salón y nuestro dormitorio con su baño. Me puede saber que estoy en la cama de mi matrimonio con otros hombres. Gozando, follando, chupando, transgrediendo…

Lo único que hago es que vuelco las fotografías de mi marido conmigo y mis hijos. Las de mi boda, sin embargo, no suelo moverlas. No están en primera línea, pero no me afectan. Y no es por mi marido, al que en serio, quiero. La razón está en que lo más sucio o turbio sería que mis hijos supieran la clase de madre que tienen.

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