ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Parado junto a las vías del tren, a esa hora en que ya están todas las tareas hechas y el sol cae lento, perdiéndose entre las nubes, buscando el descanso tras las montañas del oeste, la vida se torna menos pesada y resulta fácil entregarse a suaves pensamientos, románticos y evocadores. Con la mirada fija en las vías, que uno nunca sabe si vienen o si van, se entremezclan los recuerdos del pasado con las vivencias del presente, de manera que uno puede rememorar con indulgencia los amores que se fueron, los errores cometidos, los caminos por los que no nos animamos a entrar, por miedo o por vergüenza, a la vez que se puede soñar con futuros mejores y más cómodos. El mundo, la vida, las vidas y el tiempo se diluyen y se mezclan frente a las vías del tren.

Por detrás mía pasa una chica joven, a la que la obligada mascarilla bajo la que todos estamos obligados a vivir, escondiendo nuestros rostros y nuestras emociones, le resta belleza y le suma misterio. Por un momento desvío la atención de las vías y me fijo en ella, puedo hacerlo sin pudor y sin miedo a ser descubierto, pues toda su atención la lleva puesta en la pantalla de doce pulgadas de su teléfono móvil, que la mantiene ajena a las vías y a mi; pasea un perro pequeño, saltarín y ladrador, que lleva la felicidad de un lado a otro con su rabo. Ambos remolonean por el descampado que precede a los edificios de esta ciudad, que hasta no hace mucho presumía de la belleza que la convertía en destino obligado para coleccionistas de sellos en el pasaporte. Ella camina pendiente de las luces y sonidos de su teléfono móvil, mientras el perro corretea libre, husmeando y miccionando en cada montón de tierra. Viéndola me acuerdo de mis años de adolescente, cuando las calles eran nuestras, nuestras por entero, sin llamadas, sin móviles, sin vigilancia, cuando éramos libres para el bien y para el mal. La vida estaba en las calles, en estas mismas calles ahora ausentes de juegos y de juventud. ¡Cuánto ha cambiado todo en tan poco tiempo!

De un árbol cercano levanta el vuelo una paloma, arrastrando a otras como ella, que la siguen sin saber adónde van, o tal vez sí, tal vez solo siguiéndola, tal vez solo volando.

Un poco más allá, por las calles aceradas y salpicadas de las farolas que pronto pondrán una luz tenue a la asoladora soledad de los toques de queda y los cierres prematuros de las persianas de los negocios, la masa trabajadora regresa al hogar, en silencio, tratando de mantener las distancias, mirándose con recelo, viendo el virus en el otro, posponiendo encuentros y conversaciones.

Cuánto más me acuerdo del presente vírico y desolador que domina nuestros días, más deseos tengo de quedarme junto al ensoñamiento de las vías, imaginando trenes, soñando destinos, alejándome, aunque solo sea con el pensamiento, de este mundo al que cuesta trabajo querer pertenecer, donde unos personajes de pelo ralo, caras alargadas y pálidas, narices afiladas y dedos cartilaginosos y escurridizos han tomado el control de una sociedad que no les pertenece, pero a la que subyugan con sus tipos de interés, sus siglas políticas y sus amenazas de pobreza y desahucio.

La chica se pierde ya por el descampado camino de la civilización, dejando tras de sí el misterio de su pelo negro y un rastro de olores intensos que su perro ha dispersado para dar pistas a otros como él.

Las palomas que salieron en bandada del árbol están ahora paradas sobre mí, mirando a las vías desde un cable de alta tensión, y yo me quedo aquí con ellas, pese al día que se acaba, pese al toque de queda, pese a quien pese. Me quedo imaginando trenes que van y vienen, llevando y trayendo principios y finales, escapadas, huidas, encuentros, amores, tristezas y alegrías. Me quedo junto a las vías, apenas echando de menos un trago de ron.

Un comentario sobre “Junto a las vías

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