JUAN LUIS HENARES

La vista desde la ventana de mi departamento, octavo piso en la torre de viviendas para empleados bancarios, es de las mejores que se pueden disfrutar en la ciudad. Aquí puedo ver el parque que nos separa del bloque de los obreros ferroviarios; contemplar el sol surgir tras los árboles en el amanecer es un espectáculo único. Y qué decir de los días lluviosos, como el de hoy, en que al desayunar aprecio los árboles mojados y la copa de los pinos en constante danza al compás de la música del viento. Son placeres que Dios nos regala; gracias a él y a sus representantes en la tierra vivimos rebosantes de amor y felicidad: despertamos, rezamos, cumplimos con las ocho horas del trabajo fijo y las cuatro del rotativo, vamos a misa, volvemos a casa, miramos programas en la televisión, cenamos y, antes de dormir, oramos a la medianoche. ¿Qué más podemos desear? La sociedad en la tercera década del siglo es un paraíso, y cada cual cumple orgulloso su rol en ella.

No siempre ha sido de esta manera; cuentan los ancianos que en el pasado reinaba el caos: inseguridad, secuestros, asaltos, asesinatos, guerras. Muchos querían tener más de lo que les correspondía, sin aceptar el lugar que Dios les otorgó en el universo; no entendían que, si aquí eran pobres, en la otra vida se los premiaría con la riqueza eterna. Es lamentable, pero transcurridos tantos años unos pocos disconformes aún quedan. Por ejemplo, meses atrás el portero del edificio se quejó de los bajos salarios que nos abonaban: según él, los miembros de la iglesia gozaban de una privilegiada existencia, con óptimas condiciones materiales y todos los placeres terrenales al alcance de sus manos. Afirmaba que no habitaban simples departamentos como los ciudadanos, sino lujosas villas junto al mar. Escépticos le exigimos traer pruebas, y para no quedar en ridículo prefirió desaparecer. Confirmó las sospechas: era solo un embustero.

Los empleos son variados. Aparte del fijo están los rotativos: limpieza de calles y de baños públicos, recolección de basura, mantenimiento de plazas, chofer de taxis y colectivos, ordenanza en escuelas y hospitales, etc. Mi puesto es de administrativo en un banco: este mes lo alterno con el de expendedor de boletos de trenes. Mi mujer es cajera en un supermercado; al terminar cumple el turno de auxiliar en un centro de salud y regresa a casa. Nuestro hijo tiene catorce años y estudia en la escuela secundaria rural que dirige la iglesia. Debería haber vuelto el viernes, sin embargo llamó y nos pidió permiso para quedarse otra semana, ya que se siente muy contento de ayudar al obispo, director del colegio, con los quehaceres en el tambo. De inmediato se lo dimos, no hay sitio en el que pueda encontrarse mejor que al cuidado de un prelado. Lo amo al igual que a mi mujer, a quien extraño pues las ocupaciones nos impiden estar más tiempo juntos; existo por ellos, aunque el sacrificio es necesario si tiene como fin servir a Dios.

Además del trabajo tenemos un acto trascendental: rezar. Al levantarnos, luego en alguna parroquia y a la noche con la misa del Papa que se transmite desde El Vaticano, en donde agradecemos a Dios habernos permitido vivir otro bello día. Sin excepción cumplimos con los tres rezos; la ley dice que si alguien desobedeciera será expulsado de la sociedad, mas nadie se niega —los buzones en las esquinas permanecen vacíos pues no hay denuncias— ya que la plegaria es una bendición. Los innumerables templos distribuidos en la ciudad tienen sus ceremonias a cada hora, así podemos elegir en cual participar. En mi caso ansío salir de la oficina e ir a ellos —si pudiera acudiría a dos o tres— y gustoso dejo en la urna sobre el altar el dinero que me sobró de la jornada anterior. No hay nada como ayudar a que la palabra de Dios arribe a todos los rincones del mundo. Confieso que un escalofrío recorre mi cuerpo; es la satisfacción y el agradecimiento que les debo al permitirme cooperar a tan noble fin.

Al retorno de las faenas diarias nos bañamos, cenamos —ayer mi esposa cocinó exquisitos ravioles de pollo con salsa bolognesa— y después oramos junto al Papa. A continuación vamos a la cama; la mayoría de las veces dormimos, las menos tenemos relaciones. No obstante anoche, no sé si fue efecto del Malbec con el que acompañamos las pastas, estaba distinta. Al finalizar la cena me pidió hacerlo; cuando le respondí que previo al placer carnal se encuentra el deber de la misa, me dijo que había tiempo suficiente y me llevó a la cama. Pronto, apurado para sentarme frente al televisor, acabé y procedí a cambiarme. Fue allí que comenzaron sus quejas, pretendía llegar al orgasmo. No comprende la palabra de Dios; el papel de la mujer es satisfacer al hombre y procrear, no gozar. Empezó con sus acusaciones: que soy machista, que solo me preocupa mi disfrute y no el suyo, que ellas también tienen deseos, que en esta sociedad las obligan a esforzarse sin descanso, que los curas se quedan con la riqueza y —ojalá no la haya escuchado Dios— llevan una vida colmada de lujuria. En un principio me contuve, pero al momento de participar en el rito se negó a hacerlo. Desnuda, con sus pechos al aire enfrentó la pantalla y blasfemó contra el Papa. Dijo que los sacerdotes en las iglesias realizan orgías en las que abusan de niños; no aguanté más y le di un cachetazo. Se encerró, con el Diablo en su cuerpo y no sin antes azotar la puerta, en la habitación. Recé —le pedí perdón a Dios—, me vestí, tomé el ascensor y salí a dar una breve caminata por el barrio, dispuesto a cumplir con mi ineludible deber moral.

Mientras preparo las oraciones matinales saboreo el café y cuento en el reloj los minutos que restan para ir al trabajo; temprano al despertar divisé a la patrulla en su recorrida matinal por los buzones de la ciudad. Ahora, tras el ventanal con gotas de lluvia observo —con la verde arboleda de fondo— cómo allá abajo, en la vereda, tres clérigos vestidos con su negra sotana arrastran e introducen a los golpes dentro del purificador furgón a mi amada mujer.

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