JORGE MARÍN

Hubo hace mucho tiempo, cuando las palabras no eran historia,
cuando la vida no conocía de formas, aún así hubo en el
firmamento la luna nueva y una estrella. Siendo seres de luz, se
acariciaban sólo a través de los milenios.
Tanto era su anhelo, que su velocidad impactó en el parabrisas
de un coche, causando un aro de diminutas grietas.
Dos personas tocaron el vidrio roto y de sus huellas emanó
descomunal energía, que por oír su corazón, les concedió un
deseo: las fantasías del ayer y del mañana, probabilidades de
una realidad inexistente.
En la cima de un camión subieron una cordillera de montañas.
Buscaban la vehemencia, la brisa, el semblante de la arena, el
aroma a las plantas. No era indispensable expresar, se sentían
cómodos en silencio porque estaban juntos.
Consientes de su suerte, accedieron a un juramento antes de ver
los primeros rayos de sol, que sería cuando el último grano de
arena sucumbiría al capricho del destino.
Existirían como un árbol y una mariposa. Terminarían nueve vidas
y en la décima, el capullo cumpliría su metamorfosis.
Desplegaría sus pequeñas alas contra inviernos, buscando el
árbol más alto y joven de todos. Al segundo día lo encontraría
para polinizarlo. Sin desear otro viaje, sus alas perderían
color y lentamente ondearían hasta desvanecer en su corteza. El
árbol no sería capaz mas que otorgar protección a sus planes.
Quizá cuando el árbol se tornara marrón y otros miles de
milenios sucedieran, sus esperanzas resucitarían en un pueblo
donde los vientos soplaran al sur, sobre labios de lenguas
indígenas.
Cuando la historia adquirió forma, se supo que un escrito tenía
dedicatoria; guardado en el anonimato; para todas las personas
que pudieron ser y flotaron en una albufera de ilusiones; para
todas las almas que encontraron paz y luego la perdieron; para
todos los soñadores:
En cualquier fibra del cosmos, un viejo descubrió a un
algaraván, un bere lele llevó. Lo metió en una jaula, dejando
siempre la puerta abierta y sin olvidarse ni un día, lo
alimentaba, sentándose en su mecedora para verlo crecer. En
agradecimiento, el bere lele mitigaba su soledad.
Un día el viejo salió al patio de su casa, buscó en la jaula y
sonrió por cuanto dos lágrimas desvanecían sus mejillas.
Para todos los soñadores, ahí va su bere lele, cargando en sus
alas la nostalgia, volando hacia el sol, cantando las melodías
del mundo, para poder regresar al mar donde una vez fueron
felices.

https://letrasymonstruos.wordpress.com/

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