SILVIA ZALER

Lo único que no me gustó de Arturo fue que no estaba rasurado ahí en la entrepierna. No es que me gusten los hombres sin un puto pelo, pero para el sexo, es mejor. La lengua y la boca trabajan sin obstáculos. Tampoco me impide hacer nada el hecho de que lo tengan, pero para mi gusto, a la hora de follar, mejor sin vello ahí. En el resto del cuerpo, es cosa de cada una. Hay hombres que depilados parecen muñecos grotescos y otras que pasarían por ser primos de Chewbacca.

Volví a introducirme su polla en mi boca y la mantuve dentro unos segundos, sintiéndole cómo me la llenaba por completo. La chupé un buen rato, a ratos despacio y otras más rápido, moviendo mi cabeza y dependiendo de cómo intuyera que iba su excitación. Quería mantenerlo a tope y que me penetrara totalmente excitado. Arturo me puso la mano en la cabeza tras unos largos segundos en los que su glande y más de la mitad de su pene no habían salido de mi boca. Supuse que quería follarme ya. Me la saqué de la boca, la besé y me incorporé hasta quedarme a la altura de sus ojos. Él seguía de pie, yo arrodillada en la cama. Me cogió los pechos y los lamió con fruición. Yo notaba su polla en mi vientre, rozándolo, aún húmeda de mi saliva. Quería que me follara.

—Métemela ya… —le susurré al oído con toda la entonación de golfa que puede imprimir 

Él sonrió.

Otra cosa que me disgusta mucho son los condones. Me parece que se folla peor, y para él hombre, sin ninguna duda, es una barrera a su disfrute. Pero hasta que no tengo confianza con ellos, y sé su vida sexual, no hay elección. Me estiré hasta mi bolso y le alargué un preservativo.

—¿Ves?, eres una mujer inteligente. Me pones mucho… —La voz de Arturo era un poco más ronca, seguramente debido a la excitación.

Con suavidad, me tumbó en la cama y mientras me besaba el cuello, las tetas y los hombros, introdujo su polla en mi vagina con un movimiento suave, pero continuado, firme y contundente. Gemí y lo abracé, sintiendo como me penetraba lenta y decididamente. Me estremecí de placer, ladeé la cabeza y cerré los ojos. Notaba a su polla entrar y salir a un ritmo adecuado, no demasiado rápido pero lo suficientemente acompasado y rápido como para que me excitara aún más de lo que estaba. Él seguía atento a mí. A mis reacciones, a mis movimientos. Me besaba el cuello, me pellizcaba los pezones con delicada lujuria.

Noté que se aceleraba y que eso, muy posiblemente, le llevaría a correrse con rapidez, pero no me apetecía que se terminara tan pronto, así que con mis piernas lo abracé por la espalda, le besé en los labios y le hice que me follara más lentamente, pero obligándole a hacerlo con la misma profundidad con que lo había hecho hasta ese momento.

Después de unos segundos y unas seis o siete buenas acometidas, me la saqué y cambié de postura. Quería que me la metiera a cuatro patas, o a veinte uñas, como decía Marta, La Guarri, que es un poco macarra cuando se pone a tono. Ahora que lo pienso, quizá pretendía mostrarle todo un catálogo de posibilidades de posturas para follar.

Lo noté excitado. Coloqué mi culo un poco elevado, esperando que me ensartara en esa posición con su pene. Arturo, de nuevo, no me falló y con destreza, me introdujo su polla hasta de nuevo hasta el fondo. Despacio y contundente. Noté su huevos prietos y tensos contra mis glúteos en su dos primeras acometidas. Apreté el coño, el culo y mis muslos para que su polla frotara todo lo posible en mi interior. Arturo no follaba con la fuerza de un tipo joven, pero sí de forma más precisa y constante. Decididamente, me gustaba aquel hombre.

 Notaba su polla muy adentro. Gemí yo y él empezó a crisparse aguantando el orgasmo ya muy cercano. Relajé un poco le presión de mis muslos y de mi coño, y su polla se deslizó con algo más de facilidad debido a mi lubricación. Se notaba que a ambos nos estaba gustando, aunque yo todavía andaba un poco lejana del orgasmo. Noté que él ya no aguantaría mucho, por lo que ya permití que hiciera lo que quisiera y se dejara llevar.

En efecto, tardó poco.

—Córrete en mi espalda… —le dije

Apenas un minuto más tarde, noté su eyaculación caliente, salpicándome en mi espalda, y logrando cierta distancia. Vi que se quitó el condón con tino, y se corría ya sin control encima de mí. Me gusta eso, mucho, la verdad. Aunque prefiero que lo hagan en mis tetas, o incluso en la cara; me excita que se derramen en mi cuerpo y me rieguen con esperma. Para mí, es la culminación del sexo sin ataduras, chicas.

Arqueé mi espalda y miré por encima del hombro. Vi su cara satisfecha y su pecho respirando con cierta rapidez por la satisfacción del momento. Me sonrió y yo vi mi espalda con sus gotas de semen encima.

—Qué buena corrida… —le sonreí picarona y morbosa.

Me palmeó el trasero divertido. Jadeaba ligeramente pero me devolvió la sonrisa. Su polla, aun dura y tiesa descansaba entre los dos carrillos de mi culo. Me volví y muy despacio, me quedé a cuatro patas con la boca delante de su pene. Lamí la gota de semen que aun colgaba de su glande y después me lo introduje con suavidad abarcando su contorno con mis labios. Él se estremeció ligeramente y me acarició la cabeza.

—Eres inteligente… Y follas de maravilla —me dijo con un susurro de inmenso bienestar.

Yo ronroneé aun con la polla en mi boca, lamiéndola con detenimiento y todo el deleite que podía imprimir. Su semen era ligeramente salado. Algo amargo, pero no muy penetrante. Cogí la polla con mi mano derecha y la di los últimos dos lametones. Empezaba a caer en su erección.

Le miré otra vez sonriente; estaba realmente satisfecho. No me dejó moverme, rodeó la cama y se colocó detrás de mí, tumbado con su cara directamente apuntando a mi sexo. Empezó a lamérmelo buscando únicamente mi disfrute, incluso en el orificio de mi culo volvió a sentir esa lengua traviesa y atrevida. Luego, a medida que me escuchaba gemir de placer, me introdujo los dedos en ambos orificios. Yo continuaba con la espalda regada con su semen, y solo de pensar en ello, me encendía un placer mayor. También tardé poco en correrme.

Nos duchamos en medio de besos, risas y caricias. Nos tumbamos en la cama, yo boca abajo, él mirando al techo. Ambos estábamos contentos, plácidos y satisfechos. Me había gustado Arturo y su manera de follar. Todo un descubrimiento.

—He conocido muy pocas mujeres que follen como tú —me dijo—. ¿Te das cuenta de por qué la inteligencia es muy sexy?

—Gracias —contesté complacida y tomándomelo como un piropo—. Tú tampoco lo haces mal.

—¿Tienes prisa? —me preguntó un par de segundos más tarde.

—No mucha, pero quiero adelantar el vuelo. Dejaré la habitación esta tarde. —Yo había llamado para cambiar el billete.

—Si me das un poco tiempo, me gustaría follarte otra vez. Te lo mereces.

Me acerqué a él y le acaricié el pecho mientras me tumbaba a su lado. Miré a su polla, ahora fláccida. La recordé dura, en mi boca, llenándola por completo. Sentí un acceso de excitación solo con imaginármela otra vez tiesa y dura.

—¿Vas a ser capaz? —inquirí entre dubitativa y tentadora, sin dejar de estirar una sonrisa picarona.

—Bueno… creo que sí podré, pero siempre con tu inestimable ayuda. —Me gustó. No era un fantasma—. Por mí, no va a quedar. Soy muy terco…

Yo le miré burlona y me acerqué a su cara.

—Si me vuelves a follar esta tarde así de bien, te prometo que volveremos a vernos. —Le di un piquito y le lamí ligeramente sus labios con mi lengua. Él la sacó también y jugueteamos un par de segundos con ellas.

—Eso es todo un reto que no pienso desaprovechar. —Su expresión lo decía todo. Iba a hacer lo que fuera necesario para volver a metérmela—. Con ese premio, ni lo dudes. Y si no soy capaz, te prometo que haré que te corras de nuevo. No te vas a quedar con las ganas si yo fallo.

Le besé ligeramente en los labios. Picarón, con un punto de guasa, caballero y sin estupideces. Nena, hay que ir a por ese segundo polvo.

—Tienes media hora, campeón… —le susurré al oído, mientras introducía mi lengua en él.

Arturo cumplió su promesa. En unos treinta minutos, quizá algo más, yo volvía a tener su polla erecta en mi boca, él me volvió a lamer el culo hasta ponerme de nuevo a cien, me penetró otra vez y termino corriéndose en mis tetas, tal y como le pedí.

Follamos primero a cuatro patas, pero luego él cambió a la postura del misionero y le vi esforzarse y concentrarse para que yo también disfrutara. Me encantaba ese hombre. No todos son así de atentos, porque al final solo buscan la animalidad de su propio placer. Arturo intentaba que yo disfrutara y eso me excitaba y me parecía un buen detalle por su parte. Me corrí una vez de manera ligera corta y eléctrica. Con la postura del misionero, mi clítoris es relativamente fácil rozarlo, con lo que no es complicado que alcanzara pequeños y cortos orgasmos. Lo bueno, que salvo que se trate de un torpe follando, yo generalmente llego. Pero hay veces que me sabe a poco.

Le deje continuar. En un momento dado y tras notar yo que se crispaba ligeramente, sacó la polla de mi vagina y se acercó un poco más a mí mientras se la sacudía con fuerza. Tres o cuatro pequeños chorros de esperma salieron disparados como pequeños manguerazos que aterrizaron sin mucho control en mi canalillo y en mis tetas.

Respiró con profundidad. Sabía que había conseguido su objetivo y eso le satisfacía enormemente. No era un chaval, y seguramente le costó alcanzar el segundo en condiciones normales y con tan corto espacio de tiempo. Me sonrió complacido. Estaba ligeramente despeinado, pero eso le hacía estar más gracioso y simpático aún. Yo acaricié su polla aún dura y volví a lamer la gota de semen que quedaba colgando en su punta. Me introduje con cuidado su glande en la boca y lo lamí despacio. Se había portado bien.

—¿Qué tal? —me preguntó

—Bien…

—Ahora voy a hacer que te corras tú.

—Me he corrido… poco, pero he llegado, no te preocupes.

—De eso nada. Te mereces un orgasmo de primera —negó con un gesto que parecía serio, pero que encerraba un deje bromista y burlón.

—Eres un sol… Te comería entero ahora mismo… —le dije francamente contenta con él.

—Ya he notado como has empezado por mi polla… —me contestó con una mueca divertida y procaz.

—Sí, es verdad… Y lo volveré a hacer —reí con ganas.

 Se acercó a mí y me tomó de las manos incorporándome hasta quedar sentada. Me indico que me colocara de rodillas en la parte lateral de la cama y saliendo él de ella, me cogió las manos manteniéndome en vilo. Al final quedé con ellas en el suelo y mis rodillas en la cama, de tal forma que mi culo y mi coño quedaban totalmente abiertos y dispuestos a ser lamidos, penetrados y a la altura de su cara, pues había vuelto a la cama y se había situado de rodillas a escasos centímetros de mis dos orificios. Al principio no estaba muy cómoda, pero tras los primeros lengüetazos y sentir como sus dedos se introducían con decisión en mi culo y en mi vulva, no tardé en coger un estado de excitación brutal. En apenas tres o cuatro minutos, y mientras él lamía mi ano e introducía dos de sus dedos por mi vagina, frotándome el clítoris, volví a correrme como una colegiala sin acordarme de la postura ni de nada más.

Terminé exhausta, complacida y plena. Tenía mi melena por la cara, estaba con las piernas abierta, mi culo en pompa con el orificio salivado y penetrado, y el coño húmedo de los lengüetazos de Arturo y mis fluidos. Tuvo que ayudarme a que me incorporara y volviera a tumbarme en la cama.

—Ha estado muy bien… —le aseguré—. Te has ganado tu premio.

—¿Volver a verte?

—Déjate de ñoñerías… a que me vuelvas a follar como hoy.

Los dos nos reímos con ganas.

—Tendré que ver mi agenda —dijo a la vez que hacía que miraba en el móvil.

—Tú veras… Yo voy a seguir follando. Contigo o sin ti —me encogí de hombros y le seguía la broma—. De hecho… voy a llamar ahora mismo a un amigo, un mulato de treinta años que me…

Me quitó el móvil de las manos y forcejeamos un rato riéndonos. Terminé a horcajadas sobre él cogiéndole de las muñecas y presionándolas contra la cama, cerca del cabecero. Era, sin duda, mucho más fuerte que yo, pero se dejaba hacer complacido. Acerqué mis tetas a su boca y las besó y lamió hasta que mis pezones empezaron a erizarse.

—No voy a poder con el tercero…

—Puedo esperar a la próxima vez que nos veamos… —le susurré tras con un suave ronroneo, por el efecto de su lengua en mis areolas. En ese momento cogió mi pezón derecho con los dientes y le dio un leve y suave mordisco. Gemí ligeramente.

—Llámame el día que me quieras ver otra vez. Estaré disponible siempre para ti —me susurró sin dejar de lamerme las tetas.

—¿Y si no te llamo?

—Me arriesgaré. No puedo obligarte, pero si lo haces, sabré que quieres estar conmigo. Lo dejo en tus manos.

Cogí el vuelo a Madrid. A mi marido le di una sorpresa cuando le dije que adelantaba el viaje y que esa noche dormiría en casa. Llegaría tarde, en el último avión, pero suficiente como para dormir allí el viernes y estar todo el fin de semana con ellos.

Cuando llegué, y entré por la puerta de mi casa, los niños estaban dormidos y mi marido me había preparado un sándwich y una copa de vino. Ya os he dicho que me cuida y se preocupa por mí. Me duché de nuevo, aunque lo había hecho nada más terminar mi sesión de sexo con Arturo, pocos minutos después de que se fuera de mi habitación. Me puse una camiseta y un pantalón para dormir, me cogí el pelo en una coleta y bajé con mi marido.

Me comí el sándwich con hambre, junto a él, en el salón, mientras le comentaba la parte de mi viaje que él podía conocer. Estaba cansada pero contenta. Descubrir a Arturo había sido algo grato. Estar en casa antes de lo esperado, también. Miré a mi marido. Es un hombre atractivo. Me descalcé y le palpé el paquete con mi pie derecho. Suavemente, mientras colocaba una sonrisa picarona

—¿Te apetece follar…? —Me preguntó mirándose el reloj extrañado por la hora que era.

—¿A ti no? —le susurré quitándome la camiseta, el pantalón, y quedándome en bragas.

Con rapidez se deshizo de su pijama. Me abrazó y me besó. Tres minutos después me estaba follando con esa cadencia de movimientos de quien conoce bien tu cuerpo y lo sabe utilizar. Comencé a jadear dejándome llevar. Era el cuarto polvo de esa tarde…

Él, tras unos buenos envites de cadera, sacó la polla de mí y se corrió en mi pecho. A mí, sin embargo, sabía que me iba a costar llegar al orgasmo, aunque no le podía decir nada a mi marido. Menos de cinco horas antes me acababa de correr tres veces.

—¿No has llegado, no?

—No… He estado cerca, cielo —le dije cariñosamente y mientras le acariciaba la cara.

Mi marido entonces, sin sospechar que había estado con dos hombres follando en mi viaje a Londres, decidió llevarme al orgasmo con los dedos y su lengua, que nunca me fallaban. Me dejé llevar y me concentré en gozar y sentir su lengua en mi clítoris. A pesar de todo, y gracias a su buen hacer, en poco tiempo me corrí por cuarta vez ese día. Me quedé muy complacida, tumbada en el sofá, con el pelo resuelto y mirando sonriente a mi marido.

—Eres un sol… —le besé en la boca con ganas y ternura.

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