LOIS SANS

Leemos mal el Mundo

i después decimos que nos engaña

Rabindranath Tagore

CAPÍTULO 7: Daños colaterales

Belén

Bajo la ducha, dejo que el agua golpee con fuerza sobre mi cabeza y, aunque me gustaría llorar, no logro que las lágrimas salgan de mi interior, solo siento ese peso en mi pecho, como si alguien me oprimiese, impidiéndome respirar.

Intento comprender por qué Edu me ha dejado, de repente, ahora que llevábamos casi un año viviendo juntos y que, a mí me parecía, que nuestra relación era casi perfecta. Lo que más me duele es que me ha dejado por otra, por una compañera de trabajo, lo cual hace que me siente abandonada.

Todo ha sido tan rápido y lento a la vez, estaba sentada en la mecedora leyendo “Los Pilares de la Tierra” cuando ha sonado el timbre. Me he levantado extrañada porque no esperaba ninguna visita, además Edu tiene sus llaves y me había dicho que no vendría a comer.

Al abrir la puerta me he encontrado con un mensajero que llevaba una caja grande, de color rojo. Me ha preguntado si era Belén López y luego, ha depositado la caja en el suelo mientras me pedía que firmase en uno de esos cacharros digitales.

He cogido la caja con cuidado, puesto que unas grandes letras negras anunciaban que en su interior se albergaba algo FRÁGIL.

Impaciente, he cogido unas tijeras para cortar el papel adhesivo y, mi sorpresa ha sido enorme cuando en su interior he encontrado una pequeña perrita blanca, acurrucada y muy asustada.  

La he cogido en brazos, he acariciado su pelo fino y suave, mientras ella, agradecida, lamía mis manos y mi cara. En su collar rosa llevaba prendido un sobre blanco, donde me he imaginado que habría la explicación de la persona que me ha regalado esta preciosidad.

Efectivamente, en el sobre había una carta de Edu, así que me he sentado en la mecedora con la perrita en mi falda para leer lo que había escrito:  

“Te regalo a Bolita para que te haga compañía y porque me siento un poco culpable. Seguramente, cuando leas esta nota estaré volando rumbo a Tenerife con Marta, la chica nueva de la oficina de la cual ya te he hablado últimamente. No te sientas mal, hemos estado casi un año juntos y lo hemos pasado muy bien, pero necesito establecer nuevos retos y tú no estás entre ellos. Espero que lo comprendas y que algún día podamos ser amigos. Con cariño, Edu”

Cuando he terminado de leer la nota, tenía ganas de tirarme por la ventana, menos mal que Bolita me ha lamido, acurrucándose se ha acurrucado en mi regazo, dándome todo el cariño que Edu acababa de llevarse.

En la ducha intento sacarme los moratones de mi cuerpo, esos golpes que me ha suministrado, de vez en cuando, alegando que los merecía, aunque yo jamás lo he comprendido y, sin embargo, los he aceptado, convencida de que formaban parte de nuestra relación.

Son marcas de diferentes medidas y colores, según su estado de ánimo, la fuerza del momento y el tiempo que llevan en mi cuerpo. Rasco con la esponja, sin embargo, no se marchan, siguen conmigo.

Salgo de la ducha, me envuelvo en una gran toalla blanca, secando mi cuerpo, poniendo especial atención a cada una de las marcas de mi cuerpo, de los cuales recuerdo detalladamente el momento en que me los regaló.

Me sobresalto cuando Bolita me lame los dedos de los pies, la cojo en brazos, me siento en la mecedora y ella se acurruca en mi regazo. Acompañada por el suave balanceo del balancín me dejo llevar por todos esos recuerdos con Edu, desde el día que le conocí, hace una eternidad, aunque también siento como si no hiciese tanto.   

Fui al teatro con Cristina, mi mejor amiga, cuando en el intermedio, en el vestíbulo, choqué con él. Iba acompañado de una chica muy guapa, la cual me pareció extremadamente sexy. Me pidió disculpas, luego me miro descaradamente mientras decía:

  • Lo siento señorita….
  • Belén – contesté picando a su picaresca de averiguar mi nombre.
  • Encantado Belén, mi nombre es Edu – replicó acercándose peligrosamente al tiempo que me besaba en las mejillas.
  • Mucho gusto – respondí un poco azorada.
  • Si me das tu número de teléfono te invitaré a cenar – me susurró al oído, descaradamente.

Y aunque de cerca no me parecía guapo ni se parecía al prototipo de chico con el que me gustaría salir, por una vez, me deje llevar por su encanto y le susurré el número de mi móvil, ante la mirada atónita de Cristina.

Sonó el móvil justo cuando llegaba a casa, era él. No recuerdo con exactitud nuestra conversación, solo sé que me hizo reír a carcajadas, con un monólogo en el que citaba los innumerables pros para que cenásemos juntos hasta que acepté y quedamos en encontrarnos el día siguiente.

Habíamos quedado en una plaza, al lado de una fuente, llegué antes que él, aunque no tuve que esperar ni cinco minutos. Cuando me vio se acercó, me besó en los labios y antes de que pudiese protestar, me cogió de la mano, tiró de mí y empezamos a correr por una calle peatonal.

Entramos en un restaurante hindú, había reservado una mesa en un rincón, con un mantel blanco, un jarrón con flores de papel y una vela perfumada. La comida era demasiado picante, el local olía a especias, el vino blanco estaba muy frío y él era encantador. Charlaba sin parar, con ocurrencias divertidas, recuerdo que me dolía la tripa, pero no sé si era de la comida picante o de tanto reír.

Después de cenar salimos a la calle, nos cogimos de la mano y paseamos por un barrio de la periferia, por calles casi desiertas, contándonos anécdotas y confiándonos secretos, como si nos conociésemos de toda la vida.

De repente, se paró y me susurró al oído:

  • Me gustas mucho, quiero que estemos siempre juntos. ¿Qué te parece si hacemos el amor como si esta fuese la última noche de nuestra vida?

Sin saber qué contestar me dejé llevar por su magnetismo y seducida por sus bonitas palabras le acompañé hasta su casa, un piso antiguo, en las afueras, que compartía con su abuela.

Nos quitamos los zapatos antes de entrar y caminamos de puntillas, intentando no hacer ruido para que no se despertase, aunque no sé si lo logramos, ya que, sin poder evitarlo, se nos escapaba la risa.

Su habitación era espaciosa y la cama bastante grande, con un enorme espejo en el techo. Me desnudó lentamente, como queriendo saborear el momento, luego me invitó a tumbarme en la cama mientras me miraba apasionadamente, haciéndome sentir deseada y excitada.

A continuación, se desnudó y se tumbó a mi lado, acariciando suavemente mi cuerpo, paseando su lengua por cada rincón hasta que logró que explotase de placer.

A partir de ese momento, todo cambió, sacó un condón de la mesita de noche, se lo colocó, y me penetró por detrás, con fuerza. Grité, me tapó la boca con su mano, siguió embistiendo como un animal, dañándome tanto física como moralmente hasta que llegó al orgasmo al mismo tiempo que yo casi perdía el conocimiento.

Cuando vio mi cara, asustada, embadurnada por las lágrimas, se disculpó diciendo:

  • Primero has gozado tú, ahora me tocaba a mí. A veces para que uno disfrute el otro tiene que sufrir, son “daños colaterales”.

Con paciencia secó mis lágrimas, me ayudó a levantarme y me acompañó hasta el cuarto de baño, donde me lavó con sumo cuidado, entretanto yo, aterrorizada, dejaba que me cuidase mientras pensaba una excusa para poder salir de lo que me parecía “la casa del terror”.

  • Voy a pedir un taxi para que me lleve a casa, es muy tarde y mis padres se preocuparan – expliqué con voz trémula.

Asintiendo, llamó a un taxi y me acompañó hasta la puerta, donde me besó, tiernamente, en la boca, como si no hubiese pasado nada, logrando que me sintiese decepcionada y asustada.

Al día siguiente me llamó varias veces, aunque yo no contesté. Insistió varios días, llamando a diferentes horas y, no sé cómo explicarlo, cuando recordaba la cena, el paseo por las calles, lo bien que lo había pasado con él, me hacían dudar, creo que pesaban más los buenos recuerdos, puesto que, al final, después de mucho insistir, acepté su llamada:

  • Belén, por fin contestas. Estaba preocupado, creía que estabas enferma.
  • No, es que he tenido mucho trabajo en la fábrica.
  • ¿Cómo estás?
  • Bien. ¿Y tú?
  • Deseando verte. ¿Qué te parece si te invito a cenar?
  • Es que, no sé…
  • Venga, decídete, te llevaré a un lugar sorprendente. Te va a gustar, ya verás.
  • Bueno, pero solo a cenar. Quiero llegar pronto a casa.
  • ¿Por qué? ¿Acaso te han reñido tus padres?
  • No, es que estoy muy cansada y quiero irme a dormir pronto.
  • ¿Y eso?
  • Ya te he dicho que tengo mucho trabajo en la fábrica.
  • Pero si estás en una oficina, no será tanto.
  • Hemos tenido problemas para cuadrar el trimestre y estoy agotada.
  • Bueno, vale. ¿Qué te parece si te paso a buscar por tu casa a las 8?
  • De acuerdo. Te esperaré en el portal. Hasta mañana.

Cuando salí de casa me esperaba en la acera de enfrente, apoyado en un árbol, con su porte seguro y su sonrisa seductora. Al acercarme, me abrazó y me besó en la mejilla, luego me cogió de la mano y comenzamos a andar mientras él disertaba sobre cualquier tema, con su típico toque de humor que tanto me hacía reír.

Me llevó a un Restaurante Japonés que acababan de abrir, una Geisha nos esperaba en la puerta y nos acompañó hasta un comedor privado, revestido con madera roja, con dos enormes jarrones de porcelana blanca, una mesa a ras del suelo y dos cojines donde nos acomodamos.

Acompañados por la tenue luz de unas velas, no veíamos lo que comíamos, lo que le llevó a disertar sobre nuestra situación, teniendo en cuenta que no sabíamos muy bien qué habíamos pedido para comer y tenía dudas sobre el grado de cocción de los alimentos. De nuevo, logró hacerme reír, consiguiendo que me olvidase de los malos recuerdos.

Al salir del restaurante me invitó a su casa, de nuevo y, aunque estaba muy a gusto a su lado, le contesté que no podía, que necesitaba ir a casa para descansar, sin embargo, insistió tanto que, al final, cedí.

De nuevo nos quitamos los zapatos en la entrada y entramos de puntillas mientras se nos escapaba la risa floja. Todo parecía ir perfecto hasta que entramos en su habitación. Al ver la cama, el espejo en el techo, la alfombra marrón, todo ello me hizo recordar esa parte oscura, por lo que entré en pánico y empecé a temblar.  

Edu se dio cuenta y tuvo mucha paciencia conmigo, primero me beso en la boca suavemente, a continuación, me quitó la ropa lentamente y me ayudó a tumbarme en la cama. Me estremecí cuando me vendó los ojos con un pañuelo, aunque no sé si era excitación o terror.

Sinceramente, aunque mi cuerpo estaba en tensión, el no poder ver sus intenciones consiguió que me excitase más y, mientras él pasaba su lengua por mi cuerpo yo me iba relajando, así que, en el momento que rozó mi sexo húmedo exploté en un increíble orgasmo.

Sin dejar que me quitase la venda de los ojos, me obligó a ponerme a cuatro patas y, brutalmente, me penetró, lo que me hizo gritar de dolor. Enojado al oír mi alarido, me amordazó con un pañuelo y siguió con sus embestidas hasta que me desmayé.

Desperté desnuda, dentro de la cama. Me había lavado y estaba a mi lado, acariciándome con esa ternura que tenía el Edu cariñoso. Intenté levantarme, pero no tenía fuerzas y me sentía mareada, así que me obligó a quedarme en la cama mientras tanto él se levantaba para ir a la cocina a buscar un poco de comida y un vaso de leche caliente.

Estaba dolorida, tenía ganas de huir de allí, sin embargo, presentía que, de momento, no podría, así que le dejé que se ocupase de mí, rezando para que no volviese a hacerme daño. Me obligó a comer unas galletas mientras me decía:

  • Tienes que reponer fuerzas. No puedes quejarte, primero te he dado placer y, por tus gemidos, sé que lo has pasado muy bien. Después, como sabes bien, debes satisfacerme, aunque eso te duela un poco. No te preocupes, te acostumbrarás, ya sabes, son daños colaterales.

Sin decir nada, comí un par de galletas y me bebí la leche, a continuación, se acurrucó a mi lado como un enamorado tierno y gentil. Este fue el principio de nuestra relación, a partir de entonces nunca me atreví a contradecirle, hacía lo que me ordenaba. Creo que me acostumbré y llegó a gustarme ese momento en que la ternura se volvía agresiva, torturándome. Al final, conseguí desconectar para que no me doliese tanto, supongo que acepté eso de los daños colaterales.

Cuando mis padres le conocieron quedaron prendados de su simpatía y magnetismo, por lo que, a menudo, le alababan insistiendo en la suerte que había tenido.

Pasábamos los domingos en casa, mamá cocinaba los platos que más le gustaban y yo la ayudaba. Mientras tanto papá y Edu comentaban las novedades en política y futbol, tomando un vermut.

Uno de esos domingos cualquiera, mientras comíamos con mis padres, sacó unas llaves mientras comentaba:

  • Bueno, pequeña, ha llegado el momento de que nos vayamos a vivir juntos. He alquilado el piso perfecto, muy cerca de aquí.

No supe que cara poner, porque no acababa de hacerme ilusión, una cosa era ir, de vez en cuando, a casa de su abuela y la otra, muy diferente, vivir con él.

Sonreí intentando disimular, mientras él, explicaba las ventajas de vivir en ese pequeño piso, sin embargo, mamá advirtió que algo no iba del todo bien, porque cuando nos quedamos solas en la cocina preguntó:

  • ¿Qué te pasa, mi niña? No te veo ilusionada con esa iniciativa de ir a vivir con Edu.
  • Tengo miedo de no saber estar a la altura – contesté evitando su mirada.
  • No te preocupes, Edu es muy comprensivo, seguro que te ayudará a que todo salga bien.
  • Ojalá – murmuré con lágrimas en los ojos.
  • Ven, mi niña. No te preocupes, siempre podrás pedirme ayuda, aunque no estés conmigo – quiso consolarme mientras me debatía en sí debía explicarle como era realmente Edu, sin embargo, opte por no decir nada, porque sabía que no me creería, ya que lo tenía en un pedestal.

El piso es pequeño, pero muy acogedor. Está en la tercera planta de una casa antigua, sin ascensor, en una escalera estrecha y maloliente. Eso sí, tuvo el detalle de ponerlo a mi nombre, aunque él se ha ocupado de pagar el alquiler y la factura de la electricidad, mientras que yo me encargo de comprar los víveres y demás cosas necesarias para la casa.

Jamás me he atrevido a explicárselo a nadie ni siquiera a Cristina, mi mejor amiga, y eso que ella es muy atrevida, me explicó que una vez tuvo una aventura con unos vecinos adolescentes en el ascensor de su edificio.

Desnuda en el balancín, mientras acaricio a Bolita, no sé si debo llorar porque me he quedado sola o sentirme aliviada porque, por fin, se ha ido Edu, liberándome de sus frecuentes torturas. Bolita lame mis muslos, con su lengua rasposa y, relamiendo llega a mi parte más íntima, parece como si quisiese cerrar todas esas heridas que Edu me ha ido dejando. La dejo que siga, porque, gracias a ella, por fin puedo tener placer sin sentir dolor.

Edu

Al final me he decidido a hacer un cambio importante en mi vida sentimental, después de vivir un largo año con Belén. Al principio fue muy divertido, se rebelaba, lloraba, me miraba con temor y yo me esforzaba en hacerla reír, en hacerla disfrutar en la cama para que después yo pudiese llevar a cabo mis fantasías eróticas de sexo duro.

Nuestra relación iba muy bien, incluso me metí a sus padres en el bolsillo, íbamos cada domingo a comer a su casa, lo pasábamos genial, ellos me querían mucho. Por eso, decidí dejar el piso de la abuela para alquilar un pequeño piso en el centro donde vivir con Belén.

Todo se torció cuando Marta empezó a trabajar como secretaría en la oficina. Ella es completamente diferente a Belén, es alta, pechos exuberantes, los cuales muestra con su ropa sexy, esas caderas que mueve cuando camina, con un balanceo que incita al deseo. Desde que el Sr. Roldán, el jefe, me la presentó que no me la pude sacar de la cabeza y empecé a maquinar cómo me la podía camelar. Sin embargo, he de reconocer que ya no me es tan fácil como unos años atrás, que con un poco de labia y caradura me las llevaba fácilmente a la cama.

En cambio, Marta, se ha resistido y eso que la hacía reír, la piropeaba y ella me sonreía, sin embargo, cuando la invitaba a salir siempre tenía una excusa, lo que me llevó a preguntar a mis compañeros si alguien sabía si tenía un novio o marido, pero nadie sabía nada de ella, solo que está muy buena.

Recuerdo la primera vez que tuve relaciones sexuales, fue con una vecina, Carlota, vivíamos en el pueblo y desde pequeños siempre habíamos jugado juntos. Yo acababa de cumplir los dieciséis, ella debía tener doce o trece años, de repente, ya no la era aquella chiquita con quien jugaba al escondite, ahora sus pequeños pechos apuntaban a través de la ropa y eso me ponía caliente y por la noche me aliviaba pensando en ella. Un día que nos quedamos solos en casa le propuse jugar a médicos, yo era el doctor y ella una niña muy enferma a la que debía examinar.

Mi habitación era la consulta, me puse una bata blanca de mamá y le ordené que se desnudase. Al principio no quería, pero siempre he tenido muy buena labia y gracias a mis excelentes discursos la convencí de que se quitase el vestido, luego le ordené que se tumbase en mi cama, parecía una muñeca, la cara ruborizada, se tapaba los pequeños pechos con las manos y eso aún me ponía más cachondo.

Aparté sus manitas con suavidad, sugiriéndole que debía auscultarla mientras se sonrojaba un poco más, logrando que fuese más deseable. Con la yema del dedo rodeé sus pechos, siguiendo, a continuación, por los pezones. Al advertir que le gustaba decidí rozarlos con la lengua y, al mismo tiempo que ella gozaba, yo sentía que una parte de mí estaba a punto de explotar, así que me decidí a quitarle las braguitas.

Creo que enloquecí cuando vi su pubis blanco, como si de una muñeca se tratase, creo que entonces me trastoqué, me quité la ropa todo lo deprisa que pude, una voz en mi interior me ordenaba que la desvirgase. Tal vez, se me trasmudó el semblante, porque ella se asustó e intentó taparse, incluso quiso levantarse.

Me asusté cuando vi que estaba a punto de perderla, así que la abofeteé con fuerza, mientras buscaba un preservativo, pero no tenía ninguno. Debía actuar rápido, era ahora o nunca, así que la giré, le até las manos y sin ningún miramiento se la metí por el ano, moviéndome rítmicamente hasta que me desahogué. Entonces me di cuenta de que se había desmayado, me estiré a su lado para descansar un poco y luego limpié las manchas de sangre.

Aunque sabía de sobra que no había actuado correctamente, me sentía fabulosamente bien. Soñé en que el próximo día, compraría preservativos y la desvirgaría. Que bien lo íbamos a pasar juntos. Sin embargo, no hubo próxima vez, no conseguí quedarme a solas con ella, siempre tenía una excusa o iba acompañada de alguna de sus amigas.  

Me hubiese gustado mucho continuar con ella, pero, cuando vi que no podía ser, busqué a otras chicas del pueblo, que, aunque no eran vírgenes, simplemente, lo pasábamos bien, con Lola, que tenía cuatro o cinco años más que yo, aprendí muchas cosas.

Al cumplir los dieciocho, como no quería estudiar, mi padre me buscó trabajo en una fábrica de la ciudad, así que cogí dos maletas con mis cosas y me trasladé a vivir con mis abuelos maternos, ilusionado porque sabía que allí tendría más oportunidades de ligar con chicas guapas que en el pueblo, donde, por cierto, ya me las había trincado a todas.

Vivir en casa de los abuelos siempre me resultó fácil, Rosa me mimaba mucho y con Tomás me llevaba muy bien hasta que enfermó, un cáncer lo postró en una cama durante dos años y se volvió huraño. La abuela le cuidó pacientemente hasta que un día ya no despertó.

Cuando conocí a Belén sentí que era diferente a las otras mujeres con las que había salido, me recordó a Carlota, porque Belén era como una muñeca, menuda, ojos redondos, nariz pequeña y sonrisa radiante. Por eso aposté fuerte por ella, por eso decidí que debíamos ir a vivir juntos, no en casa de la abuela, sino solos, donde pudiésemos crecer como pareja, creí que con ella sería para siempre, incluso me imaginé que un día nos casaríamos y tendríamos dos o tres hijos.

Al principio todo iba de maravilla, ella siempre estaba dispuesta a todo lo que le ordenaba, probé todas mis fantasías más íntimas sin que protestase nunca por nada y, supongo que eso, fue lo que, poco a poco, me desilusionó, era demasiado fácil. Me gustaba más cuando, al principio, se resistía a quedar conmigo o gritaba si le hacía daño, total eran daños colaterales.

Supongo que Marta apareció en un momento de crisis en nuestra relación, mostrándome, con su cuerpo desbordante y su ropa sugestiva que en el sexo todo es posible, solamente con desearlo.

Al principio se resistía, sin embargo, la embauqué con mil historias inventadas hasta que claudicó, fuimos un par de veces al cine, luego a cenar, me invitó a su casa y todo fue sobre ruedas, porque Marta tiene más experiencia sexual, me parece increíble que me haya enseñado cosas que yo no conocía y he pasado de hacer realidad mis fantasías a desear que se cumplan las suyas, porque su imaginación no tiene límites y eso me encanta.

Así pues, sin que Belén se diese cuenta, fui vaciando mis cosas de nuestro piso compartido para llevarlas a casa de Marta, donde vivo desde hace algunas semanas. En cuanto a Belén creo que con la perrita que le he regalado se olvidará de mí fácilmente y, quién sabe, si encontrará a otro hombre que la haga feliz.

(Continuará)

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