LOLA BARNON

Un mensaje en el móvil

Sí, tenía un mensaje en el móvil, en donde Patricia me invitaba a una fiesta o reunión de amigos, en la casa de uno de ellos. ¿Qué buscaba yo exactamente en Patricia? Quizás, nada. O simplemente tener alguien que provocara celos en Mamen, tal y como me había aconsejado Jorge.

No sé si era lo correcto, pero parecía funcionar. Mamen estaba irascible en cuanto salía el tema de Patricia, cuando me iba a correr con ella o simplemente contestaba a sus mensajes. No habíamos tenido nada, ni parecía que, por ahora, fuere a ocurrir. Ella acababa de salir de una relación complicada y no buscaba iniciar otro. Al menos era lo que me decía y, por su forma de actuar conmigo, era cierto.

¿Qué me aportaba Patricia? No sabría explicarlo bien. Por de pronto, que Mamen regresara de ese estado de querencia por la libertad sexual casi absoluta que parecía demandarme. Por otro, mandar a mi novia una señal que consistía en que no me tenía atrapado como, quizás, pensaba. Y la tercera, una amiga. Aquí quiero matizar. Patricia no sabía nada de nuestra relación, abierta, por así decirlo. Ni la sospechaba. Y yo no iba a ser quien se la relatara. En principio, por pudor. Pero a la vez, porque no tenía claro cómo se lo tomaría. Si, por ejemplo, aquello le parecía una perversión, creo que, de forma voluntaria, se alejaría de mí. Y si lo entendía de forma favorable, podría llegar a pensar que nuestro acercamiento se debía únicamente a que yo estuviera interesada en meterla en la cama con Mamen. Y yo, al menos, en ese momento, no estaba en ese estado de necesidad o excitación.

Patricia era mona, bastante, sin llegar a ser muy guapa. De hecho, menos que Mamen. Más baja, rubia, de ojos muy claros y sonrisa de chica buena, de colegio de monjas. Un cuerpo sinuoso, compacto, de buenas curvas y con buenos pechos para su estatura y delgadez. Se podía decir que era una chica atractiva, sin ser un bellezón. Le faltaba la sensualidad de Mamen, ese punto de malicia y de inocente perversidad que la hacía tan atractiva a mi novia. Pero, eso, siendo sincero, era muy complicado de encontrar. Era consciente de ello.

Sabía que a mi novia no le iba a gustar que Patricia nos invitara a una fiesta. No por nada en concreto, sino porque ella le molestaba. Y así fue. Se lo dije a Mamen y vi que la cara que puso no era, precisamente, de alegría. Era obvio que no sentía por Patricia ningún tipo de afinidad. Yo, antes de que Mamen accediese a ir, y para que las cosas entre ellas fueran más fluidas, le había dicho a Patricia que, de acercarme, iría con mi novia, como, además, era natural.

Mi relación con Patricia era buena. Muy buena, podría decirse. Todavía pronto para considerarla mi amiga, pero algo más que una conocida cercana. Ambos teníamos caracteres tranquilos, de charlar y decir las cosas. Sin prontos ni exageraciones. Creo que por eso conectamos. Ella, menos de un año antes, había sufrido una especie de acoso por parte de un antiguo novio y eso la hacía ser bastante desconfiada y reservada. Esa era la razón por la que, en la mayoría de las veces, nuestras conversaciones eran privadas, sin que a ella le gustara que entraran a formar parte de ellas nadie más que yo.

—Me inspiras confianza —me dijo un día al salir del gimnasio para empezar nuestro recorrido de running.

Podía ser cierto que nada más existiera esa necesidad de ser escuchada, porque debo decir que nunca, en ningún momento hizo el menor movimientos, insinuación o acercamiento que pudiera ser tomado como algo de índole sexual. Sencillamente, creo que buscaba desahogarse, una persona que la escuchara y que la comprendiera. Y, aquello, lo encontró en mí.

No sé qué era lo que le hacía pensar que yo podía ser esa persona en quien confiar, pero así era. Y soy consciente de que a Mamen no le hacía ninguna gracia. La más mínima. No me decía nada, pro su mirada y su gesto hosco cuando Patricia salía en alguna de nuestras conversaciones, era evidente.

Mamen, en realidad, era como un libro abierto. No sabía disimular, y eso, para bien o para mal, era una constante en ella. Quizá, así lo sospecho, ella miraba a Patricia como a una rival. Como alguien que, de alguna forma, podría interponerse entre ella y yo. Debo confesar que mentiría si no había pensado en introducir a Patricia en nuestra relación, digamos, abierta. Pero lo intuía inviable. Lo primero, porque ella no parecía ser de ese tipo de personas. Y lo segundo, porque estaba absolutamente convencido de la negativa de Mamen a ello.

Estas reflexiones me llevaban a pensar en si Mamen y yo debíamos continuar con ese tipo de vida. Desde aquella tarde con Tania, no había vuelto a suceder. Mamen se mostraba esquiva y ni siquiera había propuesto un chico. Yo, en atención a ella, tampoco había profundizado más en aquello y lo dejaba pasar. Pero sabía que, de una forma u otra, alguna vez tendríamos que hablar sobre ello.

—Tenemos una fiesta —le dije a Mamen mientras cenábamos.

Había buscado una situación cómoda y distendida. Yo quería ir. No es que fuera el mejor de los planes, pero me apetecía cambiar de aires y, sobre todo, poder estar en un ambiente diferente al que habitualmente frecuentábamos.

—¿De quién? —me preguntó levantándose y acercando la sal que se nos había quedado olvidada en la encimera de la cocina.

—No lo conocemos…

Mamen regresó a la isla de la cocina y espolvoreó un poco con el salero que había cogido en su plato.

—¿Y nos invita a una fiesta? —Preguntó ligeramente sorprendida volviendo a comer de su plato.

Me quedé unos segundos callado. Este era el momento en el que tenía que decirle que íbamos por Patricia. Y también que, si ella se negaba, tendría que comentar que me lo había pedido expresamente. Los últimos días andaba nerviosa, y me había ido contando a trozos y de forma inconexa su experiencia con su última pareja. No fue demasiado agradable y sintió el miedo del acoso. Pero no me relató nada más.

Yo intuía que en la invitación se mostraba de forma soterrada un deseo de continuar con esa conversación o incluso de profundizarla.

—Sí… se lo ha dicho Patricia. —Mis ojos se quedaron fijos en el plato, sin enfrentarlos a los de Mamen.

No vi la reacción ni su gesto, pero fueron dos segundos de espeso silencio hasta que habló.

—Tu amiga Patricia… —El tono era de evidente desdén.

Yo podía entender que no estuviera a gusto con ella, o que la viera como una rival, pero yo le había dicho que no existía nada de eso. Debía creerme, me decía a mí mismo, siempre que surgió algún roce entre Mamen y yo por Patricia,

—Es este viernes —añadí sin querer entrar en el comentario.

—Vale…

El tono de Mamen era de desinterés total. Pero, al menos, no se había negado a ir o puesto cualquier tipo de pega. Decidí dar por zanjado el asunto y no profundizar en el tema ni continuar con la conversación.

La Fiesta

(Mamen)

La fiesta, tal y como me lo había imaginado, estaba siendo bastante aburrida. Al principio, Nico estuvo conmigo, vimos a Patricia y debo admitir que ella se comportó de forma simpática y agradable. Pero yo soy mujer y veo las intenciones. Esta era la tercera vez que coincidíamos ella y yo.

Le gustaba Nico, y no puedo decir que se propasara ni que, al menos en mi presencia, se comportara de forma inadecuada. Nico, por supuesto, no se enteraba, o si lo hacía, lo disimulaba muy bien. Pero era evidente que Patricia estaba detrás de él. Tanto fue así como que, en un momento dado, aprovechando que yo estaba hablando con algunos de los que estaban en la fiesta, ella consiguió llevárselo a un apartado. No sé de qué hablarían, pero saltaba a la vista que era un tema suyo personal y casi diría que íntimo. Ella le hablaba con una gesto casi contraído o sentido. Él, asintiendo despacio y repetidas veces.

—¿Estás sola?

Me giré y vi a un chico de mi edad, con una sonrisa en la cara, ojos claros y expresivos. Delgado y un poco más alto que yo. Pelo revuelto, pero cuidadosamente desordenado.

—No. —Sé que mi contestación fue algo seca.

De hecho, estaba enfadada. Ni me apetecía estar en esa fiesta ni que Nico me ignorara. Fuera lo que fuera lo que Patricia le estuviera contando.

Él, de forma exagerada y algo cómica, se giró y movió buscando alguien más en mi espalda, a mis lados o a unos metros. Al menos me hizo sonreír.

—No veo a nadie… —me dijo con un gesto que fingía preocupación.

—Mi novio no está aquí… —Señalé con la barbilla hacia donde estaban Nico y Patricia.

Él asintió despacio, abriendo mucho los ojos y dando un sorbo a su bebida. Un gintonic, parecía.

—Bueno… pues se le ve distraído. —Era evidente su sorna, pero debo decir que no me molestó.

El chico tenía gracia o al menos era capaz de imprimir en sus gestos y palabras una sensación de broma que impedía tomarlo demasiado en serio.

—Me llamo Eduardo —me dijo—. ¿Quieres tomar algo?

—¿Eso es un gintonic? —contesté con una pregunta.

—Sí, ¿quieres?

—Sí…

—Toma el mío. Solo he dado un sorbo.

—No es necesario… —le dije.

—Pues entonces, te traeré otro, si quieres.

Lo miré. Era mono. Y tenía una mirada simpática, casi burlona.

No dije nada, pero él se tomó la libertad de servirme un gintonic no demasiado cargado. Yo, mientras, miré a Nico, que seguía hablando con Patricia muy concentrado. Eduardo me alcanzó la bebida y di un sorbo. Me sentó bien el amargor y el frescor de la tónica. Miré de nuevo a Nico que esta vez, sí dirigió su vista hacia mí. Incluso se levantó y le pidió disculpas a Patricia. Yo me separé un poco de Eduardo y me acerqué a su encuentro un par de metros.

—Disculpa… es que Patricia me está contando un tema muy complicado de su ex… —me dijo a modo de disculpa.

Yo me encogí de hombros, como si no le diera importancia, aunque mi cara y gestos eran de total distancia a lo que me decía.

—¿Estás enfadada?

—No… —dije alargando mucho la última vocal de forma exagerada y llena de sarcasmo—. Para nada. ¿Cómo me voy a cabrear en una fiesta a la que invitan a mi novio una tía que le tira los tejos?

—Patricia no me…

—Por favor, Nico, no me jodas… —le corté molesta por su ceguera ante una conducta que a mí se me hacía evidente.

—Piensa lo que quieras, pero no es así.

Vi a Nico con el ceño fruncido. Casi enfadado.

—Lo que me está contando es muy duro… Como mujer deberías entenderlo.

—No, si lo entiendo de sobra… —le espeté con malicia y doble sentido—. Y si es tan grave, que vaya a una comisaría —zanjé dando un sorbo a mi gintonic volviéndome a encoger de hombros—, pero que deje a mi novio en paz.

—Mamen… no te pongas tan digna.

—Vale… Pues no me pongo digna. Estaré por aquí. Tomándome un gintonic.

Y diciendo esto me di la vuelta y me acerqué a Eduardo que observaba la escena de forma disimulada a unos pasos. Ya no vi a Nico volver hacia donde estaba con Patricia.

—No sé qué me decías… —le dije a Eduardo nada más acercarme.

—No te estaba diciendo nada.

—Pues venga, estás a tiempo. —Sonreí con cierta malicia.

Colocó una sonrisa muy elástica. Miró un momento hacia abajo y luego, manteniendo esa expresión que mezclaba la simpatía y el tono burlón, me dijo en tono bajo:

—Esta fiesta es un coñazo…

—Y tanto…

Él me miró. Tenía un cierto brillo en los ojos que lo hacía atractivo. Al menos, me dije, no era el típico pesado que a la mínima intenta meterte fichas de forma tosca y torpe aprovechando que estás sola.

—Supongo que me iré pronto… —dije dando un pequeño sorbo al gintonic—. ¿Tú eres amigo de Patricia?

—Sí, la conozco. Es amiga de un amigo mío. —Me señaló con la barbilla a un grupo de chicos que reía a pocos metros de donde estábamos nosotros

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