ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Esta mañana los cuerpos han amanecido entumecidos por la humedad que ha dejado la lluvia de la noche. Han vuelto los abrigos a tomar las calles y se ven tiritar de nuevo los esqueletos de los árboles, donde las últimas gotas que aún no han llegado al suelo se resisten a caer y resbalan lentamente, de nudo en nudo, de rama en rama. Los bancos del parque, con sus tableros mojados,  parecen repeler a los caminantes más madrugadores, que solapados y encogidos sobre sí mismos, han salido pronto a tratar de espantar una soledad que más les persigue cuanto más huyen de ella. Así, apenas dos bancos están ocupados: uno por una abuelilla embutida en lana, de pelo gris y edad indescifrable, que mira al cielo como esperando ver asomar un rayito de sol con el que calentar sus doloridos huesos, o tal vez esté esperando una llamada que tarda en llegar para alguien que ya lo vivió todo y cuyos compañeros de viaje ya partieron, dejándola sola y a la deriva en un mundo donde no se reconoce, en un tiempo que no es el suyo; frente a ella, en otro banco, un hombre encorvado sobre una libreta la mira de reojo, tomando la medida de sus muchos años, robando de sus arrugas la inspiración con la que crear historias en las hojas de su cuaderno, y camuflar así una soledad que con el tiempo y la costumbre se ha vuelto crónica, y a la que solo se ve capaz de paliar con la tinta de sus bolígrafos.

A una esquina del parque, junto a la fuente, al lado de una de las entradas, llega un músico ambulante, que enciende un altavoz portátil e hincha sus mejillas haciendo sonar un saxofón entre dorado y oxidado, llenando el recinto del parque con una de esas melodías que están en la memoria colectiva de todos, que obliga a la abuelilla a entrecerrar los ojos y al solitario a tornear la cabeza y abrir los oídos a las notas que traen el recuerdo de un tiempo mejor y más lejano, cuando una juventud exhultante prometía un sinfín de posibilidades, y el amor, siempre nuevo, prometía lunas y eternidades.

De repente una mirla sale de detrás de las gayombas, chiflando, reclamando protagonismo, espantando a las musas y sacando a todos de su ensoñamiento, rompiendo la música y el momento, y silbando se pierde por detrás de un ciprés, dejando el ambiente cambiado cuando por fin calla, a la abuelilla confundida, mirando a los lados, sin saber si marcharse o quedarse, y al solitario escritor fuera de su libreta y de sus pensamientos, mientras el músico, empujado por la falta de entusiasmo de su escaso público, recoge el saxo y el altavoz y se marcha por donde había llegado, por una puerta que antes era de entrada y ahora es de salida, llevándose consigo el recuerdo de un pasado mejor, dejando a su espalda, como único sonido, el murmullo incesante del agua de la fuente.

Después del músico, perdida ya toda inspiración, sale el escritor, seguido de cerca por su soledad, escogiendo un camino al azar y cruzando los dedos para que la suerte le lleve por el sendero que eligieron las musas.

Atrás quedan el parque, la abuelilla y la fuente, dando sentido a esta mañana fría de domingo y a la tinta gastada en garabatear estas páginas.

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

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