SILVIA ZALER

—Eres inteligente.

Me gustó su respuesta. Era obvio que pensaba más en mis tetas y en mi culo que en mi intelecto, pero que me mientan con aplomo mientras me dedican una sonrisa bonita, me halaga. Y también me pone cachonda, no voy a negarlo. Sonreí muy despacio y apuré mi copa de vino. Un Sauvignon Blanc delicioso que Arturo me había aconsejado.

Tardé un par de segundos en volver a hablar, noté que llegaba el momento decisivo para saber si terminaríamos en la cama o no.

—Dime algo que me convenza para no ir a trabajar cuando terminemos de comer —le dije al fin, adelantando mi cuerpo, apoyando los codos en la mesa y dejándole una mirada que le insinuó una tarde magnifica si acertaba.

Se lo pensó también un par de segundos, pero sin quitarme sus ojos de encima. Seguía sonriendo con ese toque de dominio de la situación.

—Las mujeres inteligentes suelen dar miedo a los hombres. A mí, sin embargo, me atrae ese reto. —Y casi se puso serio.

Me miró un instante calibrando sus opciones. Debió concluir que las tenía, porque con pasmosa tranquilidad, terminó su cerveza y llamó al camarero con un discreto movimiento de su mano derecha.

—La inteligencia es lo más sexy que existe. —Continuaba con aplomo—. Tienes una cara preciosa, un buen culo y unas tetas muy bonitas. Pero lo que me pone de ti es que tengo la impresión de que siempre dominas la situación. Y a mí me gusta ser yo quien controla. —Se quedó en silencio un instante, valorando mi reacción, y sin dejar de mirarme—. Por eso me gustas.

Volví a sonreír. Jugó bien sus cartas. Puede que fuera un tipo inteligente, de los que ven las intenciones de la gente a la primera, o simplemente, un buen jugador de póker. Sea como fuera, me pareció valiente.

—Tomaré el lenguado. A la plancha —comenté cambiando la conversación, pero dejando un rastro pícaro en mis pupilas

—¿Quieres algo de picar? Unas ostras, por ejemplo…

—Bien… media docena. Pero nada más. Si como mucho, no follo bien.

Arturo se limitó a mirarme y a sonreír. Volvió a llamar al camarero sin apartar sus ojos de los míos Le aguanté la mirada. Londres volvía a prometer.

Aquella tarde disfruté de lo lindo, no lo voy a negar. Incluso más de lo esperado. Nos fuimos a mi hotel. En el camino en el taxi me entró un nuevo mensaje de Adam que ni siquiera me digné a leer, y el de un nuevo ligue con el que no me había acostado aún. Me decía a través de una aplicación de citas una grosería que debía parecerle graciosa. Vi que un par de chicos me habían hecho un match. Uno de ellos, un mulato dominicano de nombre Evaristo, que trabajaba en la embajada de su país y al que me apetecía catar. Pensé en Madrid. Al de la vulgaridad, lo bloqueé.

Arturo resultó ser activo y un muy buen amante. Poseía un miembro nada pequeño, pero no exagerado. Quince centímetros, cuando se lo medí unas semanas más tarde. Y lo que más me importaba, no era fino ni demasiado estrecho. Todo parecía ir a las mil maravillas. A las dos y media de la tarde ya estábamos desnudos en la cama. Habíamos comido ligero y apenas bebido un par de copas de vino blanco. Del caro Sauvignon Blanc que pidió, quedó en la mesa algo menos de la mitad de la botella. Y ni siquiera pedimos postre. Yo, porque me cuido y solamente permito en muy contadas ocasiones algo con azúcar. Él, seguramente, acuciado por las prisas sexuales, se lo saltó.

Desnudo no era como Julián o Jaime, y que me tenían loca pensando continuamente en sus cuerpos y pollas. No tenía sus tabletas casi perfectas, ni su pecho depilado, ni la musculatura perfilada de gimnasio, ni sus tatuajes de chico malo barriobajero. Ni sus pollas. Pero Arturo fue alguien que me dejó muy buen sabor de boca. De hecho, a partir de ese día, no he dejado de verle. Gracias, Adam. Que te vaya bien con la pecosa rubia de Gales…

Arturo no tenía tripa, o al menos no le sobran más allá de dos o tres kilos, pero no estaba en la forma de un chaval de veinte años. Un fofisano maduro. Pero era inteligente. Sabía pulsar las teclas necesarias y se atrevía a probar. Un buen amante, de verdad.

Me acarició con tranquilidad, chupó mis pezones suavemente y se bajó hacia a mi pubis mientras me besaba y lamía el vientre. Siempre despacio, atento a mis reacciones. Explorando y tomando nota de lo que me gustaba.

Su lengua jugueteó unos segundos con mi clítoris y me acarició los labios vaginales con sus dedos. Lo hacía bien; pausado, sin prisas ni estridencias. Me gustó. Cuidaba los preliminares y eso, amigas, todas sabemos que es muy importante.

Acarició mis muslos y paseó su lengua por el interior de ellos, llegando a mis pies. Me gasto una pasta en cuidarlos y tenerlos siempre bonitos. Pedicura cara, cremas y cuidados al máximo.

Tomó el derecho con su mano izquierda y lo besó despacio, haciéndome sentir unas ligeras cosquillas y un deseo que se me encendía de forma constante y paulatina. Él no dejaba de sonreírme de forma traviesa. Yo empezaba a ronronear como una gata en celo

Yo le miraba y él, a la vez que jugueteaba conmigo, también me posaba sus pupilas en las mías, pícaro y revoltoso. Sonrió despacio mientras seguía acariciándome y besándome los pies. Le gustaban, sin duda. En ese momento, me volví y me puse a cuatro patas, acercando mi culo y mi pubis a su boca. Aceptó el reto sin moverse un milímetro mientras continuaba con esa sonrisa de dominio y saber estar.

Me encanta que me laman el ano. Eso lo hace muy bien mi marido, por ejemplo. Me lleva al paroxismo, al deseo encendido y desde ese momento me convierto en una golfa de primera. Y amigas mías, os aseguro que puedo llegar a ser muy zorra, de verdad.

Cuando noté su lengua pasear primero en mi pubis, bajé un poco las caderas mostrándole dónde quería exactamente que me hiciera lo mismo. No me falló y empecé a sentir como la punta húmeda de su lengua entraba y salía de mi culo. Gemí una y varias veces. Él, enseguida, notó que me encantaba. Con las manos me lo abrió ligeramente y continuó con su exploración un poco más adentro. Me estaba encendiendo de verdad. Arturo había descubierto una espita inmensa de mi placer. Y debo decir que con el paso del tiempo, en todas las ocasiones en que follamos, siempre fue mejorando. Un puto crack.

Estoy totalmente depilada y cuido mis partes íntimas como si fueran un templo sagrado. Bueno, en verdad lo son, y bien que merecen todos los cariños y cuidados que les doy. Noté que se animaba y en un momento sentí su pene rozando mi vulva. Pero yo no quería aún la penetración. Estaba a cien y en ese momento, quería comerme su polla, así que me volví despacio, mirándole a los ojos y con todo el sexo y desenfreno que era capaz de transmitir en mi mirada. A cuatro patas, mientras él se alzaba de pie, me acerqué como una gata en celo. Me esperaba con el miembro erecto, enhiesto y firme. Me encantan las pollas operadas de fimosis. Son mucho más bonitas que las que no lo están, al menos para mí. Creo que ya os lo he dicho, pero bueno, por si alguna no se había enterado todavía.

La acaricié y agarré con mi mano derecha. Me la tragué sin pensármelo. La chupé, primero despacio, solo por el glande, luego, más profundamente, llegando hasta un poco menos de la mitad, sintiéndola alcanzar mi garganta. Él empezó a gemir y yo noté que le gustaba mi forma de comerle la polla. Eso me hizo sacármela de la boca y empezar a lamerla despacio, con mi lengua en la punta, dando lentos círculos en su capullo. Luego, llegué a sus huevos, ya compactados por el deseo.

Y aquí, permitidme que haga un ligero inciso. Cuando hagáis una mamada, olvidaos de esas cosas de mirar a los ojos a quien se la hacéis. Son bobadas y gilipolleces. Limpiad la mente de todo y pensad en la polla, únicamente en ella. Yo, al menos, prefiero cerrar los ojos, porque así me concentro más y mejor. Soy capaz de imaginarme nuevos estímulos aún mayores que los de sentir un pene en mi boca o el gustillo salado del líquido preseminal. A mí, particularmente, no me gusta humedecerla más de lo que mi lengua y boca hacen por sí mismas. Prefiero chupar de forma normal, no escupir ni dejar a la polla toda babosa cayéndole goterones de saliva.

Y es bueno ayudarse de las manos, pero sin llegar a pajear, eso puede ser contraproducente, porque, amigas, una mamada es tan atrayente para el hombre como para nosotras. Yo, al menos, las disfruto mucho. Vamos, que me gusta chupar una buena polla y sentirla en mi mano. Y no olvidéis que les encanta que los lametones en sus huevos, pero con delicadeza y suavidad. Si se hace mal, puede arruinar un buen polvo. Así que, si no estáis seguras o no sabéis cómo, mejor dejarlos y acariciarlos con las manos. Los pone a cien, os lo aseguro.

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