LOIS SANS

En todo encuentro erótico

hay siempre un personaje invisible:

la imaginación

(Octavio Paz)

CAPITULO 5: El armario

Tina

Salgo de casa nerviosa, tengo una reunión con el jefe de zona y quiero dar buena impresión. Espero conseguir ese ascenso por el que me he esforzado tanto, sin embargo, parece que hoy no voy a tener un buen día, puesto que acabo de chocar con un chaval que va en monopatín y me ha tirado un café encima.

Me pregunto cómo se le ocurre llevar un café en una taza de cartón viajando en un vehículo con tan poca estabilidad. Cuando he visto la mancha que me ha dejado en la blusa, le he gritado todos los insultos que me han venido a la cabeza. Ahora no tengo más remedio que volver a casa para cambiarme de ropa y, sinceramente, no me sobra tiempo.

Estoy tan alterada que no atino a meter la llave en la cerradura y cuando lo logro se me encasquilla y no gira. Por fin se abre la puerta, subo las escaleras corriendo hasta la habitación mientras me voy desabrochando la blusa y pensando qué me voy a poner. Mientras rebusco en el armario oigo cómo se abre la puerta de la calle, escucho voces y risas, reconozco la voz de Fernando que sube las escaleras con alguien más.

No sé por qué se me ocurre esconderme en el armario, así puedo espiar con quién va y qué hacen, para salir, de repente, y darles un buen susto.

Por las rendijas de la puerta puedo ver a Fernando, el otro es Jorge, uno de nuestros mejores amigos. Me pregunto por qué han venido a casa y para qué.

Dudo si salir de mi escondite, cuando, observo, boquiabierta, como se besan en la boca, apasionadamente, mientras siento una punzada de celos que me paraliza física y mentalmente.

A continuación, se quitan la ropa uno al otro, con prisas, como si se fuese a acabar el mundo. Luego embadurnan sus cuerpos musculosos con un ungüento mentolado que lleva un toque de canela. No me atrevo a moverme, aunque se me ha dormido un pie, sin embargo, ver esos dos bellos cuerpos engrasados abrazándose y acariciándose me pone a cien, así que no puedo evitar tocarme, al mismo tiempo que intento no perder detalle.

Los veo reír felices, susurrándose al oído, con una complicidad que no recuerdo haber tenido, últimamente, con Fernando, lo cual me provoca una cierta envidia por todo eso que comparten.

Siguen acariciándose, se acoplan, siento el olor que emanan sus cuerpos, mezclado con el ungüento y puedo escuchar como disfrutan hasta alcanzar el éxtasis.

Está situación me supera y no puedo evitar acariciarme, no tardo nada en llegar al clímax, intentando ser lo más silenciosa posible.

Se han quedado tumbados en la cama, abrazados, parecen muy relajados. Y yo, a oscuras, dentro del armario empotrado, tengo que espabilarme, porque sé que llegaré tarde.

A oscuras, rebusco entre mi ropa, escojo una falda azul y una blusa blanca. Me visto cómo puedo, intentando no hacer ruido.

Espío entre las rendijas y rezo para que se duerman o se levanten para poder salir del armario. Por fin, se han levantado y, cogidos de la mano, se meten en el cuarto de baño. Aprovecho para abrir la puerta, lentamente, salir del escondite, coger unos zapatos y, de puntillas, bajar corriendo hasta el recibidor, donde me calzo, abro la puerta y salgo corriendo.

De camino a la oficina intento quitarme las imágenes de dos hombres amándose para inventar una excusa razonable, puesto que llego tarde a esa reunión tan importante.

Cuando subo al ascensor me percato de que, con las prisas, no me he puesto ropa interior, pero eso, ahora, es un mal menor. Me miro al espejo y aprovecho para arreglarme el pelo, luego observo mi cuerpo, esperando que no se note que mis grandes tetas están un poco sueltas, aunque, he de reconocer que eso me pone cachonda.

Llamo a la puerta de la sala de reuniones y, sin esperar respuesta, entro. Están todos sentados alrededor de la larga mesa, el jefe de zona también. Me disculpo con una excusa que no tiene mucho sentido, diciendo que he acompañado a mi hermana al hospital, mientras rezo para que no me lo tengan en cuenta.

A pesar de todo, la reunión sigue su curso normal, aprovecho para explicar las ventajas del nuevo producto en cuestión, luego entramos en debate, me hacen preguntas y yo, tengo que poner mis ideas en orden porque, sin querer, de vez en cuando, desconecto para recordar la imagen de mi marido y su mejor amigo juntos.

Supongo que no ha ido tan mal como temía, porque el Sr. Rodríguez, el jefe de zona, me ha felicitado y hemos quedado que seguiremos hablando del tema.

Ahora, sentada en mi despacho, le pido a Sonia, mi secretaria, que no me pase llamadas ni visitas, porque tengo un trabajo importante que hacer.

Repaso mentalmente todo lo que ha ocurrido hace unas horas en casa, decido que debo explicárselo a Nuria, la pareja de Jorge, que es una de mis mejores amigas. No puedo esconderle que Jorge le pone los cuernos con Fernando, ¿o esto no son cuernos? Sin querer recuerdo que muchas veces salimos juntos a cenar, al cine, a la ópera o a bailar. En una arrebato, cojo el teléfono y llamo a Nuria.

  • Hola. ¿Te va bien que me pase por tu casa cuando salga de la oficina?
  • Claro, por supuesto. ¿Va todo bien? Te noto tensa.
  • Quiero comentarte algo que me ha pasado.
  • Puedo hacerte un masaje.
  • Claro, me irá genial, porque he tenido un día un poco alocado.

Salgo más puntual que de costumbre, voy deprisa a casa de Nuria y Jorge, esperando que él no esté. Viven cerca, así que llego enseguida, llamo al timbre. Me abre Nuria, con una bata de seda estampada, observo que va descalza. Nos besamos en la mejilla y me hace pasar a la habitación donde trabaja como fisioterapeuta. Aparta la camilla, pone una alfombra en el suelo y me invita a quitarme la ropa para hacerme un relajante masaje mientras le explico lo que me pasa.

Me pongo desnuda, boca abajo, en la alfombra mientras ella se unta las manos con un ungüento que, para mi sorpresa, huele igual que el que han utilizado Fernando y Jorge.

Empieza a masajearme los hombros mientras le digo:

  • Me ha pasado algo increíble.
  • Deja tu mente en blanco, estás demasiado tensa. Ahora relájate y luego me lo cuentas mientras nos tomamos un té.

Suspiro y expiro al son de las voces relajantes de los monjes budistas, intentando desconectar de ese día tan exaltado, sin embargo, mi mente siempre vuelve a mi habitación donde Fernando y Jorge se han amado mientras yo les espiaba desde el interior del armario.

Nuria

Conozco a Tina desde que teníamos uso de razón, nuestras madres ya eran amigas, así que crecimos juntas, por lo que la considero como la hermana que nunca he tenido.

Fuimos juntas al colegio, luego al instituto, nuestros caminos se separaron cuando ella fue a estudiar a la Universidad, sin embargo, siempre hemos mantenido el contacto, encontrándonos para salir a cenar, bailar, incluso hemos ido juntas de vacaciones.

No sabría decir cuando empecé a mirarla con otros ojos, creo que fue el día que cumplió los dieciséis, en su fiesta de cumpleaños. Cuando cerró los ojos para apagar las velas, me di cuenta de que era la chica más guapa, inteligente y divertida del mundo.

Seguimos siendo amigas íntimas, ella me explicaba que estaba enamorada de algún chico de la clase, yo disimulaba mostrando interés por otro compañero, sin embargo, la verdad era que, cada vez estaba más loca por ella.

Mi corazón latía descompasado cuando íbamos de compras, ya que nos metíamos juntas en el probador, nos desnudábamos, me mostraba su bonito cuerpo, el cual mejoraba con el paso de los años, consiguiendo que, cada vez, la desease con más intensidad.

Nuestros caminos se separaron cuando ella decidió estudiar Relaciones Públicas y yo Fisioterapia. Durante algunos años perdimos el contacto, por lo que me pude centrar en mi carrera. Conocí a gente nueva, tuve algunas experiencias, unas buenas, otras no tanto. Un día me llamó pidiéndome que nos encontrásemos porque tenía que darme una gran noticia.

Nos encontramos en Blue, la cafetería donde solíamos ir cuando íbamos al instituto. Cuando la vi sentada en nuestra mesa de siempre, la de la esquina, con el pelo recogido en una coleta medio deshecha, esa sonrisa traviesa y la mirada inquieta, percibí que nada entre nosotras había cambiado, estaba preciosa y yo seguía loca por ella.

Cuando me vio, se levantó y nos abrazamos con fuerza al tiempo que notaba como las piernas me temblaban.

Nos sentamos, me cogió de las manos y habló suave pero firmemente:

  • Estoy enamorada. Se llama Fernando y nos vamos a casar.

Me quedé muda de la impresión, la miré forzando una sonrisa mientras ella seguía explicando:

  • Quiero que seas mi Dama de Honor. Eres mi mejor amiga.

Salí de la situación como pude, conocí a Fernando y reconozco que pensé que, si en verdad cada una tenía su otra mitad esperando, ellos se complementaban perfectamente, por lo que me sentía como si la hubiese recuperado, aunque no tenía nada que hacer.

Su boda fue de cuento de hadas, Fernando llevaba un chaqué hecho a medida y Tina era una princesa vestida de blanco, con una larga cola, del brazo de su padre caminando sobre una alfombra roja. Todos pensábamos que su amor duraría para siempre.

Conocí a Jorge en un bar de copas, él era el barman que preparaba cualquier mezcla, guapo, simpático y un poco caradura, tenía a todas las chicas loquitas. Lo pillé en los servicios montándoselo con un cliente que estaba casi tan bueno como él.

Me buscó y me pidió discreción, le dije que le entendía y, supongo que, debido al efecto de la bebida, le confesé que estaba enamorada de mi mejor amiga. Esperé a que terminase el turno, salimos del local a las tres de la madrugada, él iba cargado con una gran bolsa de deporte. Desayunamos chocolate con churros en un after cerca de mi casa mientras me confiaba que hacía días que se había quedado sin casa porque su pareja le pillo montándoselo con su prima.

Me dejo claro que era bisexual y, al parecer por su historial, demasiado promiscuo. Solo tenía la bolsa de deporte con sus pocas pertenencias y el trabajo en el bar de copas.

No sé si fue porque estaba un poco bebida, tal vez porque tenía sueño o, realmente, me dio pena, así que le ofrecí una habitación en mi casa hasta que encontrase un trabajo mejor y un lugar decente donde vivir.

De eso fue hace cinco años, ahora somos compañeros de piso, él trabaja como comercial en una Inmobiliaria, yo hago masajes en casa o a domicilio. Además de compartir gastos, somos amigos que nos confiamos secretos y, de vez en cuando, también tenemos sexo, aunque los dos tenemos nuestras preferencias sexuales particulares.

Todo el mundo cree que somos pareja, empezando por nuestros padres y familiares. Incluso Fernando y Tina, con quienes salimos a menudo, vamos a su casa, vienen a la nuestra o salimos juntos de vacaciones.

Hace unos meses Jorge llegó a casa alterado, había coincidido con Fernando en el gimnasio y, en las duchas, se habían liado. Primero pensé en decírselo a Tina, pero luego, decidí que ese trabajo le correspondía a Fernando, así que hice como los tres monos, taparme los ojos, los oídos y la boca. Sé que de vez en cuando se encuentran, tienen un rato de sexo y luego todo sigue su curso.

Cuando me ha llamado Tina, nerviosa, rogándome que nos encontrásemos, me he percatado de que ha ocurrido algo grave, quizás les ha sorprendido, no lo sé, sin embargo, he cogido las riendas de la situación y le he dicho que la esperaba en mi casa dentro de una hora. Se ha despedido con voz trémula, así que debo prepararme por si me monta una escena.

Preparo la salita donde comparto las clases de yoga con algunas amigas, bajo la persiana para que no entre tanta luz, coloco una alfombra en el suelo, pongo algunas velas estratégicamente y enciendo incienso, segura de que todo, en conjunto, la relajará y podremos conversar tranquilamente.

Cuando escucho el timbre enciendo las velas y pongo música relajante, repite la llamada, parece que está impaciente, así que, no la hago esperar más y voy, descalza, a abrir la puerta. Aquí está, tan guapa como siempre, la abrazo y la beso la mejilla.

Entra en casa como un remolino, ahora sé seguro que los ha descubierto, no sé cómo se lo va a tomar, porque siempre ha estado muy enamorada de él.

Le conduzco hasta la sala, se gira, con lágrimas en los ojos. Por un lado, siento pena al verla triste, sin embargo, la miro, sonrío y le pregunto:

  • ¿Qué te parece si te quitas la ropa, te tumbas en la alfombra y de doy un masaje relajante?
  • Es que tengo que hablar contigo, es urgente – contesta atropelladamente.
  • Bueno, primero el masaje y luego hablamos mientras tomamos un té.
  • Tal vez tengas razón – contesta mientras se quita los zapatos.

Preparo la poción mágica afrodisiaca, por si acaso, pongo una toalla suave encima de la alfombra y se tumba boca abajo.

Me unto bien las manos, siento un leve escalofrío cuando pongo mis manos sobre su espalda, está muy agarrotada, aunque poco a poco se va relajando mientras no puedo dejar de admirar ese cuerpo que tanto me gusta, aunque han pasado los años y ha tenido dos hijos. Sin embargo, la encuentro más bella que nunca. Me dejo llevar por la suave música de los monjes budistas y le sugiero un masaje cuerpo a cuerpo, levanta la cabeza sorprendida y, dejándose ir, comenta:

  • Haz lo que quieras, estoy a tu disposición.

Me quito la bata, me unto el cuerpo con el ungüento afrodisiaco y me pongo encima de ella frotando mi cuerpo contra el suyo. Le beso suavemente en el cuello y ella se gira respondiendo, dulcemente, a mis mimos. Nuestros cuerpos se entrelazan y, por fin, empieza la historia de amor que siempre había soñado.

(Continuará)

Un comentario sobre “El templo de los sentidos (5)

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