JUAN LUIS HENARES

Leí el mensaje que me dejaron en la puerta del casillero y un frío sudor recorrió mi espalda:

—Pérez pasar urgente por Administración.

Sabemos aquí en la fábrica lo que eso significa. El jefe de personal confirmó mi suposición: me despidieron. Intenté que me diera algún motivo que justifique la determinación que tomaron, pero lo único que recibí fue su lacónica respuesta:

 —Cumplo órdenes.

A continuación lo consulté acerca de la liquidación de mis haberes.

—Ayer cobraste la quincena, no tenemos nada que pagarte —contestó sin mirarme.

Ni siquiera cobraría indemnización, pues trabajaba en negro, sin estar inscripto en registro alguno ni poder gozar de los beneficios sociales que corresponden a todo trabajador. No recibiría ni un peso, y luego de pagar el alquiler de la casa y otras deudas, nos quedaríamos sin un centavo. La bronca me invadió; en el preciso momento en que me debatía entre irme callado o gritarle, lo vi salir del ascensor rodeado de su inseparable séquito de asistentes: Anchorena —dueño de la fábrica—, el responsable de que me quedara sin trabajo. Me acerqué a pedirle explicaciones, no obstante alguien de su escolta se interpuso en mi camino. Igual creo que notó mi presencia, al menos eso me dejó entrever su mirada de reojo. El guardia de seguridad me llevó del brazo directo a la salida, y allí me dijo al oído:

—Te echan porque sos un jetón, acá queremos trabajadores obedientes.

Afuera del edificio recordé que al día siguiente Carlos, mi hijo, cumpliría ocho años: ahora no podría sacar un adelanto de sueldo que me permitiera comprarle uno de esos bellos, aunque costosos, muñecos de la película Toy Story con los que sueña al pegar su cara a la vidriera de las jugueterías.

Absorto en mis pensamientos admito que casi no la vi; la brisa que corría, que al mover las hojas de un árbol dio paso a los rayos de sol, me permitió descubrirla. Su aplique dorado brilló de repente ante la luz y se reflejó en mis ojos: una hermosa billetera, enganchada en la rejilla del desagüe a la salida de la fábrica. Miré alrededor y nadie observaba; me agaché, la tomé sigiloso, la coloqué en el bolsillo de la campera y seguí mi camino. A las pocas cuadras me refugié detrás de un frondoso árbol y mayúscula fue mi sorpresa al abrirla: tarjetas de crédito, carnet de conducir y medicina prepaga, documento de identidad y —lo más importante— un fajo de billetes. Los conté; si en el apuro no lo hice mal, eran cincuenta mil pesos, el equivalente a tres meses de sueldo. Sin embargo, lo asombroso fue conocer a quien pertenecía: Alfredo Anchorena, el dueño de la fábrica.

En casa discutí con mi mujer; devolverla era mi intención: sería buena manera de que, en agradecimiento, Anchorena me dijera que había sido un mal entendido y que el lunes volvería a trabajar. Ana insistía en que nos guardáramos la plata y buscara un nuevo trabajo.

—Dejá de soñar, ni siquiera te dará las gracias; vos sos un número, otro obrero sin nombre que deja su vida en la fábrica para que él llene sus bolsillos —me dijo convencida.

Durante la noche poco pude dormir. Al día siguiente me dirigí a su residencia; al llegar encontré la mansión oculta entre los pinos. Detrás de la reja de entrada, el custodio —rubio, pelo corto y ojos claros— conversaba por su teléfono celular. Cuando al fin me atendió pedí hablar con el dueño de casa.

—No —me respondió.

Insistí y repitió su negativa en tono prepotente. De pronto a lo lejos apareció Anchorena, vestido con ropa deportiva rumbo a su caminata matinal. A los gritos se dirigió hacia mí:

—¿Vos que querés? Ya tengo quien me corte el pasto.

No me reconoció. Su cerebro relacionó persona que lo busca con alguien que pretende conseguir changas, y un morocho como yo solo se hallaba calificado para cortar el pasto. No pude evitar esbozar una irónica sonrisa, la que provocó su airada réplica:

—¿De qué te reís negro de mierda?

Lo miré en silencio, di media vuelta y me alejé sin hacer caso a sus alaridos; Ana estaba en lo cierto.

Pensativo llegué a la costanera; bajo la sombra de un árbol junto al barranco saqué la billetera del bolso, guardé el dinero en mis bolsillos, dejé en ella los documentos y tarjetas y la arrojé con fuerza: la observé flotar sobre las tranquilas y sucias aguas del río Paraná.

No podría asegurar si fue realidad o la imaginación que me jugó una broma, pero juraría que, mientras la empleada de la juguetería los envolvía en un colorido papel para regalo, noté alegría en los rostros del vaquero Woody y el guardián espacial Buzz Lightyear. Incluso me pareció escuchar que este último murmuraba:

—Hasta el infinito… ¡y más allá!

La famosa frase del astronauta intergaláctico.

—Qué tenga un buen día señor —dijo la cordial vendedora, y sus palabras dieron fin así a mis fantasías. Si es que eso fueron.

Retribuí sus deseos y sonriente regresé a la calle.

2 comentarios sobre “La billetera

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