LOIS SANS

Vivir no es solo existir,
si no existir y crear,
saber gozar y sufrir
y no dormir sin soñar.
Descansar, es empezar a morir.

(Gregorio Marañón)

CAPITULO 4: La hora del recreo

Raquel

Camino deprisa por la calle, feliz y nerviosa a la vez. Dentro de media hora tengo una entrevista de trabajo en la escuela donde estudié, desde párvulos hasta secundaria.

He de reconocer que estoy impaciente por averiguar si ha habido cambios, si los pasillos siguen siendo igual de estrechos, las clases espaciosas y si la larga escalinata llega hasta la capilla situada en la última planta.

Recuerdo que la capilla era uno de mis lugares favoritos, estaba muy bien iluminada gracias a los amplios ventanales por los que se colaba la luz del sol, que iluminaban los viejos bancos de madera. Al fondo, un gran crucifijo presidía el pequeño altar, decorado siempre con centros de flores blancas. A la izquierda una imagen de cerámica de la Virgen con un ramo de rosas frescas en sus manos. Los viernes, Mosén Telesforo ofrecía una Misa a todas aquellas personas que mostraban interés y, aunque en mi casa nunca han sido practicantes de la religión católica, a mí siempre me gustaba asistir, porque me sentía más cerca de la abuela Matilde, que nos dejó por culpa de una gripe mal curada y a la que echaba mucho de menos.

Las aulas eran muy grandes, con altos techos, muy antiguos, enormes pizarras de cera, donde escribíamos con yeso blanco. Las paredes vacías de principio de curso se iban llenando con dibujos y murales hasta que, el último día ya no cabía nada más. Las mesas de madera de pino blanco, alineadas enfrente de la mesa cuadrada de la maestra.

En el sótano se encontraba el gimnasio, mi lugar preferido. Con el suelo de madera, las paredes revestidas con largas espalderas, colchonetas azules apiladas en un rincón y una cesta al fondo donde se almacenaban las pelotas, de diferentes medidas para cada deporte en concreto.

A la derecha había los vestidores de las niñas y a la izquierda los de los niños, con su peculiar olor a sudor y humedad. Al fondo, las duchas y los servicios, en el centro bancos de madera con colgadores para dejar la ropa.

He llegado demasiado pronto, no sé si esperarme en la cafetería que hay enfrente. Sin querer he empujado la enorme puerta de hierro negro, la cual parece pintada desde hace poco.

Camino despacio por el paseo que llega hasta la puerta principal, giro a la izquierda para pasear por la zona de recreo. La pista polideportiva sigue en el mismo sitio, con sus canchas de baloncesto y las porterías de balonmano. Aquí celebrábamos una fiesta a final de curso, donde participábamos todos los alumnos, era una obra de teatro o un musical que representábamos delante de padres, familiares y amigos. Recuerdo que el último año interpretamos a Peter Pan y a mí me tocó el papel de Campanilla.

Hay un parque infantil cercado con una valla de madera, con el suelo pintado de amarillo con unos columpios de colores, un pequeño tobogán, una flor y un caballo con un muelle para que los párvulos se distraigan a la hora del recreo. Recuerdo que, antiguamente, el parque infantil estaba abierto, tenía varios columpios de diferentes tipos, un largo tobogán que acababa en un arenero y una especie de rueda donde nos montábamos seis a la vez para girar cada vez más deprisa.

Me dejo caer en un banco de madera, cerrando los ojos, dejando que la leve brisa de finales de verano acaricie mi cuerpo, entretanto me dejo mecer por unos recuerdos que luchan por salir del fondo de mi subconsciente, en una época de la adolescencia olvidada.

Acababa de cumplir catorce años, era una jovencita de largas piernas, pechos redondos y atrayentes ojos azules. Junto con Sara y Daniela formábamos un trío imparable, éramos las más listas, las más guapas y las mejores en la cancha de baloncesto. Sin embargo, Sara estaba celosa de mí porque Toni, el chico que le gustaba no le hacía caso y ella insistía en que era culpa mía, estaba convencida de que se lo quería quitar, aunque yo le aseguraba, y era cierto, que no tenía ningún interés por ese chico, pero ella no me creía, así que iba contando mentiras sobre mí logrando que me enfadase y nos peleásemos cada vez más a menudo. Entretanto, Daniela se debatía en mi favor o en el suyo, dejando nuestra amistad a tres bandas resentida.

A medida que pasaba el curso, nuestras disputas eran más frecuentes hasta que un día en el recreo me sacó de mis casillas y le dije que era insoportable y que me dejase en paz. Sara se lo tomó muy mal, se abrazó a Daniela llorando desconsoladamente, quedando como la mala. Enojada, me largué, sintiéndome furiosa y satisfecha a la vez, convencida de que, esta vez, había ganado.

Sin embargo, a medida que marchaba, sin saber hacia dónde, mi insatisfacción ganaba a mi orgullo sintiéndome abatida, con un nudo en la garganta que me impedía respirar mientras unos grandes lagrimones bajaban por mis mejillas acaloradas.

Caminé deprisa, luego corrí, sin rumbo fijo hasta que llegué a un rincón que, hasta entonces, había pasado desapercibido para mí. De repente, en medio de unos altos ciprés encontré unas escaleras que bajaban formando una espiral, a continuación, topé con una pequeña puerta de metal bastante oxidada y, me sorprendí cuando, al girar el viejo pomo, la puerta se abrió.

Asombrada y temerosa me adentré a lo que parecía un pequeño jardín escondido, con una fuente de piedra sin agua, una alta palmera a un lado y un banco de madera carcomida en el otro.

Escudriñé todos los rincones de ese maravilloso vergel oculto hasta que vi, desnuda y tendida sobre una manta a Marina, una compañera de clase muy tímida y solitaria.

Me acerqué sigilosamente, observando como entonaba, con su voz extremadamente melodiosa, una preciosa canción con los ojos cerrados. Sentada en el viejo banco de madera, sin saber muy bien que esperar de esa insólita situación, la miré descaradamente, empezando por su cara redonda, sus pequeños pechos destacaban en un cuerpo redondo, pero bien compensado, asombrándome de lo bella que me parecía sin esa ropa holgada, de señora mayor, que siempre llevaba.

Estuvimos un buen rato así, ella cantando y yo mirando hasta que abrió los ojos y, sorprendida, me dedicó su mejor sonrisa.

Se sentó en un rincón de la manta y con la mano me ordenó que me sentase a su lado mientras decía:

  • Ven a mi lado, quien entra en mi casa debe despojarse de los bienes materiales, solo pueden entrar las almas desnudas.

Sin saber por qué le hice caso, me senté a su lado y dejé que me quitase la ropa lentamente, tranquilizándome del estrés que había sufrido por la pelea.

Nos tendimos sobre la manta, desnudas, dejando que el sol nos acariciase suavemente, luego me besó en los labios con ternura, rozó mis pezones con las yemas de sus dedos logrando que me olvidase de todo y yo, me dejé mimar por esas pequeñas manos que tenían una destreza que no me esperaba.

Cuando sonó la alarma avisando del final del recreo se levantó de un salto y empezó a vestirse rápidamente mientras decía:

  • Si te ha gustado, vuelve mañana y seguiremos.

Empecé a vestirme torpemente, como un autómata, mientras ella, ya vestida, doblaba su manta y la dejaba bajo el banco. A continuación, me besó en la mejilla mientras decía:

  • Acuérdate de cerrar la puerta cuando te marches.

 Y empezó a correr hacia la puerta dejándome boquiabierta mientras, torpemente, me calzaba los zapatos, intentando espabilarme para no llegar tarde a clase.

Esa noche no pude dormir recreándome en esa insólita y maravillosa situación por la que había pasado en el rincón secreto del colegio.

Al día siguiente, Sara se hizo la víctima arrastrando a Daniela a su terreno, aprovechando para dejarme en evidencia delante del resto de nuestras compañeras. Por lo que cuando llegó la hora del recreo, ni siquiera me planteé la posibilidad de ir con ellas, solo tenía en la cabeza encontrarme con Marina en el jardín secreto, así que salí de clase antes que ellas, sin dirigirles la palabra.

Delante de la puerta oxidada, mientras intentaba recobrar la respiración, miré hacia atrás para descartar que me hubiese seguido alguien, luego tomé aire, giré el pomo gastado y abrí la puerta, lentamente, dejándome acompañar por su suave gruñido.  Me asomé, examiné cada rincón del pequeño jardín, deteniéndome al lado del banco, en el suelo, sentada encima de la manta, Marina me estaba esperando.

Cuando me vio sonrió, me guiñó un ojo y me invitó a sentarme a su lado, con una picaresca que me hizo sonrojar. Me acerqué despacio, me senté donde ella me indicaba, luego me besó en los labios y, a continuación, todo fue más deprisa de lo que esperaba, nos desvestimos la una a la otra, con prisa, como si se nos acabase el tiempo. Acariciamos lentamente nuestra piel tersa, exploramos nuestros cuerpos mientras descubríamos las intimidades de nuestros cuerpos, cada uno con sus peculiaridades, adentrándonos en los secretos de una sexualidad que nos era desconocida. Así seguimos el resto del curso, cada día, a la hora del recreo, desaparecíamos en nuestro jardín secreto hasta que llegó el último día de curso. Ante el estupor de Daniela y Sara, nos abrazamos y lloramos juntas prometiéndonos que el curso siguiente nos encontraríamos en nuestro rincón preferido.

Aquel verano fue muy intenso, mis padres me apuntaron a unas colonias de baloncesto, luego fuimos de vacaciones a Mallorca y una semana a Port Aventura, conocí mucha gente nueva, chicas y chicos de otras ciudades, incluso de otros países, con distintas costumbres, personas muy interesantes, sin embargo, ninguna era como ella, nada podía conseguir que me olvidase de Marina y de nuestras horas de recreo tan felices, solo podía contar los días que quedaban para empezar un nuevo curso.

Por fin llegó ese día tan esperado, entré en el colegio entusiasmada, temiendo el encuentro con Sara y Daniela y deseando ver de nuevo a Marina, sin embargo, todo fue muy diferente a como lo había imaginado. Tanto Daniela como Sara se abalanzaron sobre mí insistiendo en que me habían echado mucho de menos y Marina no apareció. A la hora del recreo fui al jardín secreto, pero la puerta estaba cerrada con llave, incluso una cadena con un candado sellaba la entrada. Fui a Secretaría y pregunté a Magda, la secretaria, por Marina López. No sabía mucho, solo que a su padre le habían hecho una buena oferta de trabajo y se habían trasladado a otro país, ni siquiera sabía cuál.

Repentinamente siento como si estuviese a mi lado, incluso creo oler su colonia a lavanda, abro los ojos lentamente, me siento decepcionada al encontrarme sola en ese viejo banco. Miro el reloj, faltan cinco minutos para la cita.  

Me levanto, me arreglo un poco el pelo y llamo a la puerta de entrada. Me abre Antonio, el mismo conserje que había entonces, aunque ahora tiene el pelo cano, está un poco más gordo y ya no me parece tan alto. Me reconoce y me sonríe mientras le explico que tengo una entrevista de trabajo para el puesto de profesora de gimnasia. Me hace pasar a la sala de espera, donde me entretengo mirando las fotografías colgadas en las paredes de diferentes celebraciones que se han ido haciendo en la escuela a lo largo de los años.

Se abre la puerta y entra una mujer alta, muy guapa, con el pelo rizado, una bonita sonrisa y una brillante mirada. Me quedo embobada, observándola, casi no me lo puedo creer, esa mujer que me mira sonriendo es Marina. Nos cogemos de las manos, nuestro corazón late al unísono cuando nos abrazamos felices de reencontrarnos, aunque, estoy segura de que ella ya sabía que era yo la que me presentaba para la vacante.

Marina

Cuando leí los diferentes currículos para el puesto de Educación Física y vi su fotografía en la parte superior del documento, no tuve ninguna duda de a quién le correspondería el empleo.

Al leer sus credenciales y observar su fisonomía actual, sentí como algo se removía en mi interior, unos recuerdos que creía olvidados, aunque, realmente, luchaban por salir del baúl de los recuerdos donde habían permanecido encerrados.

En aquella época, al principio de la adolescencia, me sentía diferente de las demás, era excesivamente tímida, por lo que no conseguía hacer amigas. Y físicamente, ser bajita y con algunos kilos de más no ayudaba a mi baja autoestima. Además, en casa no nos sobraba el dinero y mamá me obligaba a ponerme ropa heredada de mi prima Antonia, la cual no me favorecía nada.

Me inventé una amiga imaginaria que se llamaba Clara y un novio, Roberto, para poder montarme mis propias historias, sin necesidad de depender de nadie. Después de vagar sola por los rincones del patio a la hora del recreo, un día descubrí una escalera de caracol que bajaba hasta una puerta metálica, cerrada por una cadena y un candado. El primer día no conseguí deshacerme de esa molesta cerradura, sin embargo, cogí algunas herramientas de papá y el día siguiente hice saltar el cerrojo.

Al otro lado se encontraba un pequeño jardín, con una fuente seca, una palmera y un banco de madera carcomida, un lugar perfecto para crear mi refugio donde soñaba con fiestas privadas en las que era la anfitriona de mis mejores amigas y mis muchos admiradores, todos imaginarios.

Fantaseaba que Raquel, Daniela y Sara, las mejores de la clase, eran mis amigas, íbamos juntas de compras, al cine y asistían a mis fiestas privadas en el jardín del colegio.

Hasta que un día, que aprovechaba para tomar el sol, acostada sobre mi manta gris, cantando una de mis canciones favoritas, abrí los ojos y allí estaba Raquel, tan guapa como siempre, mirándome.

Me parecía increíble que accediese a sentarse a mi lado y, mucho más, que aceptase quitarse la ropa. Era tan perfecta que solo podía desear parecerme a ella.

A partir de aquel día, pasamos las horas de recreo en nuestro rincón favorito, explorando nuestros cuerpos, descubriendo el sexo. Cuando llegó final de curso, nos abrazamos y nos juramos que, pasado el verano, nos volveríamos a encontrar, que seguiríamos juntas para siempre, sin embargo, no sabíamos que el destino nos separaría.

Aquel verano viví una nueva experiencia, ya que, a primeros de julio, Margarita, una amiga de mamá, me invitó a las fiestas de un pequeño pueblo de montaña. Al principio no quería ir, pensando que me iba a aburrir, sin embargo, allí conocí a su hija, Carmen, una chica de mi edad con quien tuve una experiencia tan maravillosa como la de Raquel.

Me sentía feliz, porque mi vida había dado un giro positivo poniendo a esas personas en mi camino, pero, al volver a casa, después de este fin de semana perfecto, papá nos comunicó que le habían ofrecido un ascenso con la condición de que se trasladase a una sucursal en Constanza.

Fue muy duro, tanto para mi hermano Alberto como para mí, cargar todas nuestras cosas en un camión y viajar hasta un país lejano, del que no conocíamos ni sus costumbres ni su idioma.

Aunque he de reconocer que nuestra nueva casa era más grande y bonita, pasamos el resto del verano aprendiendo el nuevo idioma y, a primeros de setiembre, empezamos en el Instituto.

Para Alberto, que era un par de años mayor que yo, además de alto, guapo y simpático, todo fue relativamente fácil y pronto estuvo integrado en un grupo de chicos deportistas de su clase.

Sin embargo, yo seguía siendo tímida, bajita y con algunos kilos de más, por lo que vagaba sola, como en mi anterior colegio, hasta que encontré mi lugar con algunas personas tan diferentes como yo.

Nos llamaban “tocilari”, que significa friki, nos unimos cinco personas completamente diferentes que nos complementábamos perfectamente. Viorica era extremadamente delgada, con la cara muy pálida y el pelo rubio, casi blanco, sus ojos eran pequeños puntos de luz azul que resaltaban encima de su minúscula nariz redonda, su cualidad era el dibujo, era una artista en potencia. Nicoleta, al contrario, era alta y apersonada, con grandes senos que intentaba disimular con sudaderas anchas, llevaba el pelo muy corto y sus grandes ojos color miel observaban inquietos a su alrededor, tenía un don con la poesía, capaz de crear un poema a partir de una palabra cualquiera. Mihai, tenía el pelo largo, castaño y muy rizado, una intensa mirada gris, era el mejor en cálculo mental. Vasile, alto, delgado, mirada negra penetrante detrás de sus enormes gafas de pasta negra, su pelo liso y rubio, vestía siempre con pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, muy inteligente, era el mejor en matemáticas, lengua, física, química, biología, en fin, era único. Y yo, la quinta rarita, bajita, un poco regordeta, mirada verde y con habilidad para aprender cualquier idioma en poco tiempo, gracias a eso pude sobrevivir en un país tan extraño para mí como Rumanía.

No recuerdo muy bien cómo empezó la historia de amor entre Vasile y yo. Me conquistó regalándome rosas que robaba en un jardín cuando venía a buscarme para ir al instituto, luego me invitó a pasear, más adelante a merendar y se fue colando en mi vida sin que me diese cuenta. Nunca había estado con un chico, solo tenía experiencia con chicas y estaba impaciente por probar.

Por mi cumpleaños me regalo una experiencia “entre estrellas”. Pidió una moto a un amigo suyo para llevarme, de noche, a un mirador desde donde podíamos contemplar las estrellas mientras las luces de la ciudad se alojaban bajo nuestros pies. Un espectáculo maravilloso que jamás olvidaré. Tendidos encima de una manta contemplamos el espectáculo mientras le quitaba sus gruesas gafas y contemplaba su bonita oscura mirada. Nos besamos suavemente, al tiempo que nos quitábamos la ropa el uno al otro, con un poco de torpeza, demasiado deseo y la inevitable vergüenza de la primera vez.

Recorrí su cuerpo con la yema de mis dedos mientras él masajeaba torpemente mis pechos y chupaba con avidez mis pezones. No puedo evitar pensar que el descubrimiento del cuerpo ajeno es más erótico que el sexo en sí.

De repente, ante mi sorpresa, se levantó, cogió su cartera y sacó un preservativo. Le ayudé a que me penetrase suavemente mientras me susurraba al oído que me amaba locamente, que era el amor de su vida, luego nos mecimos torpemente y sin poder aguantar más, se corrió. Para nuestra sorpresa, cuando se retiró observamos horrorizados que el condón estaba roto. En resumen, se había corrido sin lograr que yo tuviese un orgasmo y, además, tal vez, me había dejado embarazada.

Los días siguientes pasaron demasiado despacio, esperando a que me bajase la regla, intentando reconocer síntomas de un posible embarazo, pensando cómo se lo diría a mis padres y de qué manera lo afrontaría.

Vasile insistía en que me quería, por lo que estaba decidido a casarse conmigo, sin embargo, para mí, esta no era la solución, no sabía si le quería lo suficiente como para pasar el resto de mi vida con él, era mi amigo, nada más, de ninguna manera me casaría a los dieciséis.

Después de unos días complicados, por fin me bajo la regla y todo quedó en un susto, un recuerdo y una mala experiencia. Aunque él continuó buscando nuevos encuentros, poco a poco, me fui alejando de él.

Llaman a la puerta, es Antonio que me avisa de que Raquel está en la sala de espera. Camino deprisa, con los nervios a flor de piel por el reencuentro y el temor de su reacción.

Cuando abro la puerta y me asomo, ella se gira, nos miramos a los ojos sonriendo. Nos abrazamos fuertemente con la certeza de que nuestra historia de amor todavía no ha empezado.

(Continuará)

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