LOLA BARNON

Finales de agosto

(Nico)

Llegué a El Escorial al día siguiente de dejar Ibiza. Pasé por nuestra casa, recogí algo de ropa y me fui a pasar unos días con mi madre. Allí, solos los dos en aquel caserón, únicamente acompañados por la chica que vivía con mi madre para ayudarla y estar con ella, pude pensar suficientemente en lo que había sucedido en Ibiza.

Bueno, si era sincero conmigo mismo, el principio estaba en aquella tarde que Mamen y Jorge habían estado en un hotel ellos dos solos. O mejor aún, esa noche en que cuando regresé de jugar al póker con mis amigos, ella ni siquiera salió a recibirme y continuó follando con él. Sí, me di cuenta de que no era solo lo de Ibiza o en casa de Javier. Yo sabía cómo era Mamen. Tozuda, excitante, atractiva, sensible, orgullosa, directa, valiente, atrevida, algo caprichosa y, sobre todo, pasional. Y morbosa. Era una mezcla complicada, pero bestialmente sexy para mí. Y yo no me quitaba la sensación de que la estaba perdiendo. De que había algo que me ocultaba o me decía con claridad. Sospechaba que esa decisión de ser la dueña de sus actos me impedía conocer una parte de esos hechos.

Tenía dudas, pero tenía la razonable sospecha de que había cosas que no me decía. No conocía cuáles, pero me lo imaginaba…

Aunque había más. De alguna forma, ella había tomado unas riendas que en principio me pertenecían. Dicho así, suena mal, machista y sin sentido. Pero no se alejaba de la realidad. Aunque a la gente le pueda parecer mal, aquella fantasía hecha realidad, era más mía que suya. Había sido yo el que dio el primer paso y atreverse a permitir que Jorge y Mamen disfrutaran el uno del otro sin problemas.

No pensé en reglas, ni condiciones ni límites. Y ahí, quizás, residió el principio de mi error. Debería haber cogido a Mamen aquella noche del póker que no salió a saludarme siquiera, y haberla dicho lo que sentía. Y a la mañana siguiente con sus pullas graciosas que me hicieron sentir algo de humillación. Posiblemente, no hubiera sucedido ni lo de Sergio, o lo del chico de Ibiza, me dije para mí. Porque yo no era un cornudo sumiso. O al menos, no lo que se entiende como tal.

Me atraía la idea de verla con otros, eso era indudable. Pero no significaba que pudiera hacerlo con quién, dónde y cuando quisiera. Al menos, sin hablarlo conmigo o llegar a una especie de acuerdo. Yo era su novio, yo había iniciado esto y mis reflexiones me indicaban que merecía algo más de compenetración con ella.

Lo que había leído sobre esto, siempre indicaba que las cosas había que hablarlas desde el minuto uno. No pude o no quise. O no me había percatado aún de que era algo tan esencial. Pero necesitaba a alguien para aclararme. Por eso llamé a Andrés en el mismo ferry camino de la península. No estaba en Madrid. Había salido a París y estaría allí al menos cuatro o cinco día más. Quedamos en hablar a su vuelta.

Transcurridos esos días, le envié un mensaje por WhatsApp pidiéndole que habláramos. Me respondió que «En seguida. Dame 5 min.» Nos emplazamos, vía mensaje de texto, a una llamada unas horas después. En el momento indicado, marqué el número de teléfono. Las dos primeras llamadas no me las cogió. A la tercera, unos minutos más tarde, sí lo hizo.

—Hola Nico. ¿Qué tal estás?

—Hola… Andrés —me seguía constando llamarlo por su verdadero nombre—. ¿Qué tal todo?

—Vamos tirando. Todo razonablemente bien. ¿Tú?

Noté que aquel «tú», aunque no fuera explícito, incluía a Mamen.

—Bien, bien… todo bien —contesté sabiendo que no parecería convincente.

—Dime… —dijo finalmente.

—Necesito verte. Tengo… ciertas dudas y creo que sólo puedo recurrir a ti.

Él se quedó en silencio. No me contestó y seguro que se percató o intuyó que aquello tenía que ver con mi novia.

—¿Estás en Madrid? —insistí.

—Sí… bueno, en este momento no. Pero mañana regreso.

—¿Podríamos vernos?

—Sí… ¿sobre qué es?

Noté su extrañeza. Incluso sus dudas o temores. Pero algo me dijo que no le iba a sorprender cuando le contara lo que nos había pasado a Mamen y a mí.

—Me da cosa por teléfono… —reí algo nervioso—. ¿Te apetece subir al Escorial?

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También finales de agosto…

(Andrés)

Era un día de calor en la sierra de Madrid. Nico le había invitado a comer en un restaurante nada barato, de cierta solera y nombre. Andrés escuchó atentamente lo que Nico le dijo acerca de su relación. ¿Por qué confiaba en él? Menos después de haberle dicho que se había enganchado con su novia, aunque no fuera cierto, o con mucha menor intensidad de la que le expresó en aquella tarde de julio en Madrid. También calurosa y donde aquellas jóvenes que estaban tomando algo en la mesa de al lado, lo miraron de aquella manera.

A veces le molestaba ser guapo. Si no hubiera sido por su físico, nunca hubiera conocido a Alessia en la pasarela Cibeles a la que él fue de modelo segundón. Nunca tuvo ni el donaire, ni la gracia, para posar o desfilar. Solo tenía un físico envidiable y poco más. Bueno, en aquella época, los favores de una mujer francesa que le granjearon el desfile de una firma española no demasiado conocida. Y si no hubiera conocido a Alessia, Marco ni hubiera nacido. No tendría esa enfermedad eterna y complicada que exigía múltiples y continuos cuidados y atenciones.

Él sería un chico normal, que seguramente trabajaría de profesor o en una empresa. Qué más daba. Con una novia normal, una vida normal y un futuro normal. Por muy aburrido que aquello sonara, le parecía mejor que sacarse un dinero por acostarse con mujeres ricas, caprichosas y la gran mayoría, infieles. Respiró y abrió la puerta de su coche.

¿Había aconsejado bien a Nico? ¿Sería capaz de llevarlo a cabo? ¿Mamen lo soportaría? Y lo que era más intrigante o dudoso… ¿conseguirían salir adelante Nico y Mamen? ¿Esa atracción de Nico y la nueva faceta descubierta de Mamen los arruinaría como pareja? Muy posiblemente, se dijo.

Y por eso había aconsejado a Nico que viera a otras mujeres. Que le pidiera a Mamen tener su misma libertad. Si aquello conseguía encender los celos de Mamen, posiblemente abandonarían esa atracción tan peligrosa de estar con otros. No era una pareja que pudiera vivir con aquello. Ni él, ni posiblemente ella. Y si aquello no resultaba, y terminaban por naufragar, Nico, al menos, habría podido conocer a otras mujeres.

Si continuaba con ellas o no, ya era cosa suya. Pero tendría una posibilidad de desatarse de Mamen. Porque de lo que sí estaba seguro Andrés, en verdad completamente seguro, era que a Mamen le atraía mucho aquello. Lo había probado y lo disfrutaba. Y Nico, a pesar de su aparente seguridad, estaba a merced de ella. De si en un futuro, Mamen decidía tener sus propias aventuras sin contar con él. Ni siquiera tenerlo en consideración para su disfrute.

Él conocía la evolución de varias parejas en este sentido. Muchas, quizá la mayoría, terminaban mal tarde o temprano. Era muy complicado aguantar los devaneos, quedadas, infidelidades consentidas o no, en una pareja cuando ya han probado muchas cosas. Se terminaban convirtiendo en seres ajenos, muchas veces únicamente preocupas en disfrutar ellos, aunque se disfrazara de alguna forma para que la pareja también pareciese que lo hacía.

Como Madeleine. La francesa que lo introdujo a él en su oficio. Una ejecutiva francesa, en principio con un marido consentidor y finalmente una pareja abierta en donde ella mandaba, sin ninguna a duda, y él iba a remolque, aguantando como podía aquellos inmensos cuernos que su mujer le ponía.

Si un día Mamen y Nico decidían romper, al menos que Nico tuviera una oportunidad de conocer gente y tener la perspectiva de que el mundo no se acababa en Mamen. No como le sucedía al marido de Madeleine, encerrado en una relación que ya era completamente tóxica y de la que no podría salir sin ayuda externa.

Él sabía que Nico y Mamen estaban enamorados y se querían. Sí, seguramente, era así. Pero él también conocía que esos vínculos, cuando no se cuidan de la forma correcta, por muy sólidos que sean, terminan rompiéndose.

Arrancó el coche y enfiló la salida de El Escorial camino de la carretera de La Coruña hacia Madrid. Nuria, una catalana de cuerpo sinuoso, cara angelical y con el pecado impreso en la mirada, le esperaba en su hotel. Pensó en su hijo, en sus padres y se esforzó en no llorar.

Hacía casi mes y medio que no sabía nada de Alessia ni de ningún dinero que le ayudara a paliar la enfermedad de su hijo. Lo último que supo, fue que había empezado a salir con un músico, pero por su cuenta de Facebook, no parecía que aquello continuara. Quizá estaba en Milán, con sus padres. O con alguien intentando rehacer su vida y dejando atrás el pasado. Nunca tuvo deseos de ser madre y fue él quien la convenció para que no abortara.

No podía culparla por no estar allí con él. Marco, y así habían quedado, era cosa de Andrés. Ella, como madre, ayudaría, pero solo eso. Eso era lo acordado y no podía reprocharle nada. La vida era muy dura. A veces demasiado y eso le hacía ver las cosas con alguna negatividad y pesimismo. Era inevitable.

Por eso, quizás, incluso antes de que Mamen le pusiera aquellos mensajes íntimos, o le dijera en su coche que «estaba empezando a quererlo» ya sabía que no podía continuar mezclado con esa pareja. Se detuvo en un semáforo y vio a Nico avanzar espacio, pensativo. Sintió lástima por él y por Mamen. Por alguna razón, veía un futuro muy incierto en aquella pareja…  

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El cambio

Nico

Me asomé a nuestro dormitorio. Mamen dormía respirando con suavidad. Vi su pecho elevarse despacio, tranquilo. Habían sido días muy complejos, con evidentes cambios en nuestra relación.

Salí a la terraza y respiré el aire de Madrid. Ya no hacía el calor de julio o principios de agosto y por las noches refrescaba algo más. Se estaba bien. Me senté en una de las sillas que allí teníamos y en las que, habitualmente, tomábamos el té de después de cenar.

Cerré los ojos y empecé a reflexionar… Tenía que agradecerle a Jorge —Andrés— sus consejos. A mí no se me hubiera ocurrido pedirle a Mamen estar con otras. No, quizá, y en el mejor de los casos, seguiríamos igual. Y eso, aunque me doliera, sabía que tarde o temprano, iba a explotar. Sin ser muy directo, Jorge me había dado a entender que Mamen había descubierto una nueva sexualidad para ella. Y que, por lo que yo decía, le resultaba muy atractiva. Ahí, tenía razón. Ese cambio que yo había visto en mi novia se reducía a eso. A un nuevo descubrimiento que había prendido en ella.

Según Jorge, y en esto yo no sabía si iba a estar acertado o no, era necesario que Mamen volviera al lugar de partida si queríamos continuar con nuestra fantasía. Una de las formas, era hacerla sentirse insegura. Mamen era celosa… O no sé si ese es el calificativo adecuado. Más bien orgullosa, un punto caprichosa y posesiva. Cuando le conté a Jorge la reacción que había tenido un día que nos encontramos a una exnovia mía, lo tuvo claro. Me miró a los ojos, respiró hondo y me explicó lo que para él podía ser una salida.

—Mamen tiene que sentirse incómoda… Si no, va a ser difícil que arregles esto.

—¿Tú crees?

—Sí Nico. Es muy guapa, gusta a los hombres… Y tiene un don para atraerlos… —Se encogió de hombros—. O ella ve peligro o va a ser complicado. Y ese peligro solo puede venir de ti.

—Pero ¿de verdad piensas que si le pido estar con otras, ella se replanteará todo esto?

—No lo sé… No puedo asegurarte nada. Pero es una estrategia que te podría ayudar. Si a ella no le gusta que tú veas a otras, en algún momento te lo dirá. Te será fácil reconducir la situación. Pídele lo mismo…

Recuerdo que asentí. Sin que por aquello estuviera convencido. Más bien decidido a utilizar esa estrategia en mi provecho, para facilitar mis deseos, y ya veríamos en un futuro lo que nos deparase.

Miré las estrellas desde nuestra terraza. Sí, Jorge tenía razón. A Mamen no le había hecho ninguna gracia que yo pudiera ver a otras. Había acertado en eso. En lo que yo disentía con él, era en otras dos cosas. La primera que en el fondo la única reconducción que yo deseaba era que mi novia se acostara con algún otro en determinadas circunstancias y bajo mi control o conocimiento. No cuando ella decidiera y le apeteciera.

La segunda cuestión en la que no estaba totalmente de acuerdo con él era otra muy diferente: me había gustado, y mucho follar con Tania. Me había sentido liberado, poderoso, importante, atractivo, decisivo, dominador… No sé si era en efecto todo aquello, o simplemente, mi ego se había fortalecido. Daba igual, me había gustado. Pero aquello chocaba frontalmente con lo que ambos, Mamen y yo, deseábamos.

Miré mi móvil. Sí, volvía a tener un mensaje… Y no me desagradaba.

Continuará…

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