JORGE MARÍN

Tuve un sueño extraño,
soñé en negro.
Era un ente vagando por la oscuridad,
cuestionándome principios que repetía desde el génesis.
Esencialmente:
Acariciar el nirvana.
Fui una metáfora escrita en el papiro de la Alejandría,
ardiendo a manos de una estirpe extranjera.
Fui un tigre recargado sobre mis patas delanteras,
bebiendo sabiduría del lago cristalino,
corriendo entre la fauna silvestre,
sigiloso ante la moharra de obsidiana.
Fui un tigre arrastrándome en las ramas de un árbol,
jadeando por el sufrimiento adquirido.
Fui ese árbol,
el más alto de todo el bosque,
de hojas flotantes,
de pacífica energía.
De longeva existencia
hasta que fui talado a la mitad,
desconsolado.
Fui el polvo de una estrella naciente
ofreciendo brillo al firmamento,
guiando a los seres que buscaban el camino.
Fui la misma estrella disipándome en el cosmos.
Tuve un sueño extraño.
Al mostrarse el ocaso,
soñé el quid de mi entierro:
Mi corazón había desistido a la vida.

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