GAMBITO DANÉS

Adriana Alonso, así se llama mi madre. Actriz y madre coraje, diría ella de sí misma. Probablemente ambas afirmaciones sean ciertas. Actriz sin duda, con más de treinta películas en su haber. Eso sí, ninguna como protagonista. ¿Madre coraje? Bueno, madre soltera más bien. Mi padre, un productor de cine veinte años mayor que ella, nunca ejerció de padre devoto, pero sí ayudó económicamente en mi educación. El pobre diablo murió el año pasado de un infarto fulminante, según la prensa rosa, con la sangre llena de viagra y “bien acompañado”.

No sé si mi madre es una gran actriz. Cuando el mundo del cine te encasilla es muy difícil librarte de la etiqueta, y ella era, según los entendidos, “la secundaria pechugona que enseña las tetas”. Así se llama el blog que le dedica su mayor fan. En otro foro más socarrón la ponían en el top 3 de “famosas feas, pero con morbo”. Este titular me llegó al alma, con miles de usuarios votando entre diez candidatas propuestas por los moderadores.

Mi madre no es fea en absoluto, lo que no tiene es una de esas bellezas clásicas, perfectas. Es una mujer exagerada en todo, tanto en rasgos como en curvas. Sus facciones extremadas, con nariz algo grande, enormes ojos y gruesos labios. Lleva siempre el pelo bastante corto, lo que potencia las características de su rostro. Su cuerpo es lo que, sin duda, nos daba de comer. No es la típica modelo escuálida y enfermiza, es una fémina voluptuosa, de grandes pechos y nalgas prominentes. Supongo que el conjunto la hace perfecta para el papel de “boba facilona” o “viciosa impenitente”.

Pero a sus cuarenta y cinco años la crisis le ha golpeado por todas partes. Sin mi padre que le pudiera ofrecer algún que otro papel en alguna de sus producciones o la de algún colega. Con el maldito virus reduciendo los rodajes a su mínima expresión. Y, por supuesto, los nuevos tiempos. Aburrido y mojigato nuevo siglo dominado por las feministas que actuaban como las perfectas censoras en pos de la libertad y el empoderamiento.

Vivíamos en un chalet en una urbanización a las afueras de Madrid que, por suerte, estaba pagado. Lo difícil era pagar todo lo demás…

1

Me despertó el sonido del móvil y maldije no haberlo silenciado. A las nueve de la mañana recibía la primera provocación en forma de Whatsapp de mi supuesto mejor amigo Max:

Max: Mira quién ha ganado una posición:

Famosas feas, pero con morbo

Macarena Gómez

Adriana Alonso

Ana Morgade

Nathalie Seseña

Eva Hache

Sara Escudero

Alaska

Carmen Ruíz

Yibing

María Patiño

Puta lista el juego que daba, llevábamos años igual. Respondí:

Alejandro: Eres un cabrón, un degenerado y un mal amigo.

Max: Gracias, yo también te quiero. ¿Me puedo venir a tu casa en un rato?

Alejandro: No te lo mereces…

Max: Ya.

Alejandro: Ok, que me dé tiempo a desayunar, estaba en la cama aún, perro.

Max: ¿Estará tu madre?

Alejandro: Vete a la mierda.

A la hora en punto Max llamaba el timbre de casa, aprovechando que aún era verano venía vestido directamente con bañador y camiseta y la toalla en el hombro. Si había algo que le gustaba más que provocarme era mi piscina.

—Anda que te ha faltado tiempo —le increpé.

—Joder Ale, es que hace un calor que flipas en mi casa.

Cogí un par de cervezas y nos apalancamos en el césped del jardín. Nos conocíamos desde los cinco años, compañeros en clase de siempre el siguiente era el primer año que nos íbamos a separar para ir a la universidad.

—¿Ya sabes cuándo empiezas las clases? —me preguntó.

—Ni idea, con esto de la pandemia es todo un puto caos.

—A mí me han dicho que hasta octubre nada.

—No entiendo como a un degenerado como tú le dejan estudiar farmacia, están creando un pequeño Breaking Bad en potencia —bromeé.

—¿Y tú de abogado? No me jodas…

Ambos sonreímos. Los dos habíamos elegido carreras por eliminación o tradición familiar, dejando de lado las vocaciones si es que las teníamos.

—Joder, qué calor hace, me termino la birra y de cabeza a la piscina —avisó.

—Disfrútala mientras puedas, que al paso que vamos nos queda poco de piscina.

—¿Tan mal está la cosa?

—Peor. Se nos acaban los ahorros, mi padre poco nos pudo dejar. Y no se rueda ni una puta peli y menos con mi madre, no le salen ni anuncios de televisión.

—No puede ser, ¿la segunda fea con más morbo de España?

—Cállate cabrón, o te vas a refrescar en tu bañera hoy.

Hubo un pequeño silencio después de su maligna risa y añadió:

—Podría pasarse al porno, ahora a las MILFS les va muy bien.

—¡Que te calles!

—Joder, algo tendréis que hacer, ¿no?

—Te lo juro tío, un día te va a caer una hostia.

Otro silencio que fue interrumpido esta vez por mi madre.

—Buenos días Max, ¿qué tal están tus padres? —preguntó ella toda feliz y dicharachera como siempre.

—Muy bien, gracias señora Alonso, por suerte las farmacias están resistiendo bien.

—Mira que te he dicho veces que no me llames señora Alonso, jodío —dijo ella librándose de su pareo y metiéndose en la piscina en bikini.

El bochorno estaba servido. Adriana Alonso zambulléndose delante del saco de hormonas de mi mejor amigo, me pareció ver sus ojos saliendo de las órbitas. Me miró con cara pícara y me susurró:

—¿Porno?

—Te partiré la cara y un juez me dará la razón, so-cerdo.

Max no dejaba de observarla, se rascó el muslo compulsivamente y sentenció:

—Pues de alguna manera vas a tener que amortizar a tu madre.

2

Me desperté de madrugada caliente en todos los sentidos. El cuerpo sudado por el calor y la entrepierna dura. Sabía que en ese estado no me iba a volver a dormir y decidí encender el portátil en busca de alguna motivación. Sin poder evitarlo recordé la famosa lista que Max se encargaba de actualizarme periódicamente. A Macarena Gómez la tenía muy vista, así que pasé directamente al número tres: La deliciosamente morbosa Ana Morgade.

Jo, cómo me ponía la humorista, era una especie de bibliotecaria cachonda y tetona. Quizás sí era fea, pero me daba igual. Busqué fotos suyas desnuda, pero no encontré nada. Tan solo alguna en camisón o ropa interior, además claro de los habituales fotomontajes cutres que no me daban ningún morbo. Con una mano clicaba con el ratón mientras que la otra ya me acariciaba el miembro por encima del pijama.

Recurrí a algunas fotos de Alaska en topless, era una búsqueda sencilla. Hubo una época en la que me excitaba con ella, pero cada vez me costaba más mantener el interés. Pasé a la chinita Yibing, la colaboradora de El Hormiguero. Para muchos un engendro, pero esa pose inocente de colegiala oriental despertaba en mí un retorcido instinto animal. Fue otro fracaso, yo creo que la china no se desnudaba ni para ducharse.

Decidí ir a lo fácil y busqué a mi recurrente musa Nathalie Seseña. Quizás una de las más feas de la lista, pero con abundante material. Pasando de foto en foto, estudiando sus generosos melones, liberé ya mi erección y empecé a masturbarme lentamente. Era fea, pero con una innegable cara de viciosa. Terminé en el celebrado clip de Airbag, donde con acento argentino y en topless recitaba su famoso: “Sístole, diástole”. Me imaginé apretujándole los senos mientras ella seguía con sus clases de relajación.

—Mmm…

Terminando la colección de vídeos que la misma web se encargaba de suceder me salió una nueva lista de recomendaciones. La segunda tiró por tierra mi improvisada noche de culto a Onán:

Vídeo Adriana Alonso –Tetas –Follando

—¡Joder!

Malditos sean todos, debería estar penado por la ley que te estés haciendo una paja y te pongan un pedazo de la película más caliente de tu madre. Bastardos. A medida que odiaba a Max al imaginármelo dándose placer compulsivamente con las imágenes de mi madre bajaba mi erección a extremos preocupantes. Cerré la web y entré en otra, en busca de jovencitas anónimas o parejas amateurs, nada que se pudiera relacionar con mi madre. Aumenté el ritmo de los tocamientos, pero no hubo manera, mi falo languidecía entre mis dedos irremediablemente. Insatisfecho, cerré el portátil y volví a la cama.

3

—Ayer estuve hablando con mi madre, me parece que vamos a pedir un crédito, pero ya me dirás quién nos puede avalar. Habrá que hipotecar la casa o algo —le explicaba a Max mientras tomábamos el sol en el jardín como cada mañana.

—Estoy preocupado tío, mi madre es optimista por naturaleza, pero creo que esta vez no se entera de la gravedad de la situación —seguí —. He estado haciendo cuentas y el mes que viene vamos a acabar alimentándonos de mortadela, es desesperante, y el puto gobierno que no hace nada, nos han tirado al agujero. No nos dan opciones.

Miré a Max y vi al momento que no me estaba prestando ninguna atención, con sus obscenos ojos clavados en mi madre que hacía sus matutinos largos en la piscina.

—100-67-102 —dijo al fin.

—¿Qué? —pregunté.

—100-67-102 tío, estas son las medidas actuales de tu madre, lo vi ayer en una página web. Tiene más tetas que Kim Kardashian, pero menos culo.

—¿Pero qué coño dices? ¿Qué sabrán ellos?

—Te lo juro Ale, está siempre actualizada, saben lo que hacen.

—¡Vete a la mierda! ¡Coño! ¿Hablo yo de las tetas de tu madre?

—No, porque es gorda y vieja, por eso.

—Te estás pasando, menuda mierda de amigos tengo.

—Amigo, que solo me tienes a mí —dijo mirándome con una maliciosa sonrisa—. Joder, no te cabrees hombre, que era un dato.

—¡Un dato mis cojones! Te cuento un problema y tu aquí violando a mi madre con la mirada, ya no se puede ni hablar contigo.

—Shhh, no grites, que nos oirá la Diosa —argumentó.

—Mejor, así sabrá la razón por la que ya no te invito a venir más a casa.

—Ale…es que no me entiendes. Imagínate que mi madre fuera, no sé, Salma Hayek, ¿qué harías tú?

—¿Quieres parar de comparar a mi madre con todas las tetonas del mundo? Te estaba hablando en serio, hostias, que estoy preocupado.

—Bueno, vale, vale…perdona… —se disculpó—. Pero es que ya sabes lo que pienso.

—¿El qué? —pregunté cabreado incluso antes de que respondiera.

—Que teniendo unas medidas de 100-67-102 no es difícil ganar dinero, y más tu madre que tiene una legión de seguidores en la sombra.

—Muy bien, pues nada, allí la tienes. Ves y dile si le interesa hacer porno, y ya de paso le presentas a algunos productores y eso.

—Vale, a lo mejor eso es un poco fuerte, pero no sé.

—¿Qué pues? ¿La prostituimos? —pregunté subiendo de nuevo el tono.

—Ok, ok, tranquilo —me dijo tapándome la boca con la mano y mirando a su alrededor—. Algo se nos ocurrirá.

4

Entré en el salón dispuesto a ver un poco la TV, pocas cosas mejores se podían hacer en época de pandemia, y la vi en una mesa rodeada de papeles.

—¿Haciendo cuentas, mamá?

—Pues sí. Otra vez. Pero no te lo creerás, me sale siempre lo mismo —bromeó.

—Necesitamos dinero, lo sé.

—Sí hijo, yo también lo sé…

Me senté a su lado. Vestía solo con un pequeño short vaquero y una camiseta de tirantes blanca que no cubría ni su cintura. Sus piernas, firmes y rotundas, lucían espectaculares como siempre. Sus pechos parecían pelear por ser liberados, embutidos dentro de esa diabólica prenda. Respiré profundamente y la tanteé:

—Quizás podríamos hacer algo.

—Sí, vamos a tener que hipotecar.

—No, antes de eso, podríamos probar algo.

—¿No estarás pensando en ponerte a trabajar? —me dijo mirándome fijamente y arqueando la ceja.

—No, no, ni que quisiera hay mucho que hacer en estos tiempos. Pero…pero Max ha tenido una idea.

—¿Ah sí? ¿Necesitan gente en la farmacia?

—No, no es eso…

—¿De qué se trata?

—Ha encontrado…o…bueno, conoce una web dónde por lo visto te dan dinero por…

—Hijo, ¿Qué es tanto misterio?

—¡Por ropa interior femenina usada! —exclamé al fin.

Mi madre se rio, casi aguantando la carcajada.

—Este amigo tuyo es rarito, ¿eh?

—Sí, lo sé, pero lo he estado mirando y no es ninguna coña. Es una web muy exclusiva, solo aceptan prendas de gente famosa. Empieza en un precio fijo y se subasta, se puede ganar mucho dinero.

—Me suena a estafa, además de a asqueroso claro —dijo ella volviendo la vista a los papeles.

—¡Que no! Que incluso han hablado de ello por la tele. Hay mucha privacidad, pero se ha filtrado que pagaron hasta quinientos euros por unas bragas de Yola Berrocal.

—Jajajajaja.

—No te rías mamá, joder, que te lo estoy diciendo en serio. Es dinero fácil y rápido.

—¿Entonces qué? ¿Te doy una de mis bragas y empezamos a pagar facturas? Hijo, ya sé cómo es este mundo.

—Lo sé, por eso mismo. Podemos hacer una prueba, lo probamos una vez y a ver. Pero no es tan fácil, tengo que hacerte fotos con la ropa puesta en cuestión y luego mandarla firmada, es una página muy exclusiva.

—¡Jaja! ¡Ni hablar!

—Mamá, pero, ¿qué pasa?

—¿Posar yo para una panda de degenerados que quieren olisquear mi ropa interior? ¡No!

—¡¿Pero qué me estás contando?! —me indigné—. ¡Si lo has enseñado todo en tus películas ya! ¿Ahora te pones pudorosa?

—¡No es lo mismo!

—Claro que no, es más fácil. No tienes que enseñar nada y te ve menos gente.

—Es sucio, decadente, oscuro…

—Es dinero fácil, mamá —insistí ahora con voz reconciliadora.

La conversación duró más, incluso le enseñé algunos ejemplos que la web ponía como muestra con modelos desconocidas. Lo creáis o no, un par de horas después, los dos estábamos dispuestos a intentarlo.

5

Habilitamos una de las habitaciones para las fotos y me encontraba ya armado con el móvil como cámara fotográfica. Max me suplicó acudir a la sesión, pero le dije un rotundo no.

—Mamá, ¿Estás lista? —pregunté desde el otro lado de la puerta del baño de la habitación.

—¡Ya salgo!

—¡Va, mujer! Que tampoco son para la Vanity Fair.

Salió al fin de su escondite, vestía un bikini amarillo chillón. No era de esos pequeños, pero en el voluptuoso cuerpo de mi madre lo parecía. Con su voluminoso busto y las carnosas pero firmes nalgas. Giró sobre sí misma, mostrándose.

—¿Así bien?

—Que sí, que no creo que sean muy entendidos en nada los pujantes.

Contesté con desdén, pero lo cierto es que pensé que nos íbamos a forrar con esas dos prendas del bikini. Adriana Alonso era, sin duda, carne de fetiche. Comencé a fotografiarla mientras ella me regalaba algunas posturitas: De frente, de espaldas, de lado, sonriendo, seria, guiñando un ojo. Se la veía francamente profesional y estupenda a sus cuarenta y cinco años. Los pechos botaban descontrolados con los movimientos, la edad y la maternidad los había incluso agrandado. Seguí con la sesión de fotos como un autómata, disparando a diestro y siniestro.

—¿Ya? —dijo ella sin dejar de moverse.

Se mostraba ahora de espaldas, pero contorsionando la parte superior del cuerpo para enseñar su mejor sonrisa, con un plano perfecto de sus glúteos y los pechos de perfil desafiando a la gravedad.

—Ya me has hecho muchas, ¿no? —insistió ella.

Tenía la mente aturdida y el corazón me latía fuerte. Por un momento imaginé la habitación inundada de leche, del semen de los miles de pajilleros compulsivos que veían sus películas o las páginas porno en busca de un trocito de Adriana Alonso.

—¿Alejandro?

Pensé en la cantidad de viejos verdes como mi padre que le habrían prometido un pequeño papel a cambio de vete tú a saber qué. Las clases de arte dramático malgastadas ingenuamente por mi madre, negando la evidencia de que su fuerte no era la interpretación, sino su pecaminoso cuerpo y la cara de viciosa, con los labios grandes y carnosos, los ojos grandes y los pómulos marcados.

Sentí una extraña, inclasificable y desconcertante congoja en mi entrepierna, escondido detrás del móvil como si este pudiera protegerme de mis peores temores.

—¡¿Ale?! —se quejó de nuevo alzando la voz y poniendo los brazos en jarra.

—Sí, sí, perdona que estaba concentrado —me excusé—. Creo que tengo fotos de sobra.

—¡Eso espero! ¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora me tienes que dar las bragas y el sujetador firmados.

—Vale, voy a cambiarme. Madre mía, cómo nos tenemos que ver.

A pesar de las quejas obedeció diligentemente. Con el material y las fotos me reuní con Max para que se ocupara del resto, sabía muy bien cómo tramitarlo todo, los envíos, las fotos, la ficha…y lo más sorprendente es que no quería nada a cambio. Decía que lo hacía para ayudarnos, aunque supongo que todo aquello era una auténtica fantasía para él.

Pasaron cinco días exactos cuando recibimos una notificación en la web y el pago en cuenta. Novecientos euros por un bikini firmado de mi madre y cuatro fotografías bien elegidas.

Sonreí.

6

Estábamos eufóricos. Reservamos una tarde entera para preparar el nuevo material y esta vez, en recompensa por su ayuda e idea, invitamos también a Max. Los modelitos elegidos fueron dos bikinis, tres conjuntos de ropa interior, un body y un camisón. Decoramos incluso la habitación con unas flores como si lo nuestro fuera un trabajo artístico. Max sugirió hacer él fotografías también con su móvil, para tener siempre varios ángulos. A mí me pareció una aberración que aquel escuálido cerdo tuviera semejante material de mi madre, pero ella se me adelantó accediendo efusivamente.

Empezamos con los bikinis, uno azul y otro naranja con un estampado de flores. Posturas de todo tipo, algunas incluso algo picaronas, en pompa o simplemente con coquetas sonrisas. De reojo podía ver a mi mejor amigo tragando saliva, me dio hasta una cierta ternura. Las expectativas del dinero que podíamos ganar me habían puesto de buen humor. Cuando seguimos con el primer conjunto de ropa interior, un básico de color negro, pude observar como Max se rascaba el interior del muslo, e incluso me pareció detectar un ligero bulto debajo de su bañador.

—¿Voy bien chicos?

—Sí, muy bien señora Alonso.

—Adriana —recordó mi madre.

Max dijo “muy bien señora Alonso”, pero seguramente lo que pensó es “a punto de reventar, señora Alonso”. Cuando casi una hora después llegamos al body la tienda de campaña de mi secuaz era escandalosa, no sé cómo se le ocurrió venir en bañador. Aproveché que mi madre se adecentaba en el baño para increparle:

—Eres un puto pervertido, joder. ¿Tú te has visto?

—Joder, ¿y qué quieres? —susurró él abochornado.

—Eres un pequeño mierda.

—Sí, pero un mierda con suerte —dijo sonriendo a sabiendas de que mi madre ya salía del improvisado probador.

Cuando la vi me sonrojé. Sus muslos resaltaban especialmente, carnosos y provocativos, firmes y generosos, y sus pechos eran dos melones a punto de explotar por el pequeño efecto corsé de la prenda. Max balbuceó algo e incluso se frotó disimuladamente el bulto de su entrepierna.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre extrañada al vernos obnubilados—. ¿Seguimos o no?

Retomamos las fotografías ambos conscientes de que el body acompañado de esas imágenes era un escándalo. Mi madre se inclinó ligeramente hacia nosotros mostrando el esplendoroso canalillo, casi inabarcable para los mortales. La sesión se alargó hasta un punto en el que fue difícil justificar que necesitásemos más material. Cuando creí que no podíamos ir a peor dijo las palabras que jamás habría querido oír:

—Chicos, solo falta el camisón, ¿no os importa que me cambie aquí rápido no? En el baño hace un calor infernal y este body ya me ha hecho sudar demasiado.

—Claro —tartamudeó en forma de susurro mi impresentable amigo.

Ante mi estupor no perdió el tiempo. Se puso de espaldas a nosotros y bajó la cremallera de la parte de detrás, deslizando la ropa hasta la cintura con cierta dificultad por lo ceñida de esta, descubriendo su espalda y mostrando, de refilón, sus impresionantes mamas. Yo empujé disimuladamente a Max, exigiéndole que se diera la vuelta o se tapara los ojos, pero no estaba dispuesto a hacerme caso. Comenzó entonces a bajárselo de la cintura, liberando poco a poco las preponderantes nalgas. Lo arrapado del tejido y el sudor dificultaban aún más la operación, erotizándola hasta extremos ridículos. Forcejeando incluso pude verle uno de sus pezones en forma de misil, incomprensiblemente erecto. Mi lascivo amigo incluso movía el cuello y la cabeza buscando el mejor ángulo y, recibiendo por mi parte, un par de sonoras collejas.

Consiguió librarse al fin de él, levantando graciosamente los pies y regalándonos una imagen increíble de su respingón trasero, con ambos pechos cayendo hasta tocar casi el suelo. Se puso entonces con mucha más agilidad el camisón, de color plateado y corto, llegando solo medio palmo por debajo de los glúteos.

—Bueno, ya casi estamos —anunció.

Yo no sabía qué hacer. Si matarla a ella o matarle a él. O mi madre se había convertido en una inocente con los años o era una provocadora empedernida, por lo menos Max iba de frente. Por un momento creí que se le rompería el bañador y asomaría el glande, armado y dispuesto para lo que se ofreciera. Mi madre, desatada, volvió a inclinarse para mostrar el escote e incluso subió una pierna sobre la cama para que la imagen fuera más sensual. Ambos sabíamos que no llevaba bragas, así que la posibilidad de que hiciera un Sharon Stone planeó por toda la estancia.

Diez fotografías después decidí dar por terminada la sesión, recordándole a mi madre que debía firmar toda la ropa y sacando, casi a empujones, a mi mejor amigo de la habitación. No hablamos del tema, la situación nos había superado a ambos. Nos dedicamos, simplemente, a catalogar y elegir las mejores fotografías.

Una semana después ingresamos casi cinco mil euros en la cuenta corriente.

7

Nos dimos cuenta de algo evidente, pasada la novedad se pagaban precios inferiores por las prendas. Decidimos descansar un par de semanas para que volviera la expectativa, subastamos entonces un bonito conjunto de encaje, pero solo recibimos doscientos cincuenta euros a cambio. La gallina de los huevos de oro empezaba a llegar a su fin.

Encarrilábamos la primera semana de septiembre con el mismo calor que nos había azotado el resto del verano. Por la tarde decidí ir a buscar a Max a su casa, con la esperanza de que tuviera alguna idea para remontar el negocio. Me abrió la puerta su madre, extrañada, ya que solía ser él quien venía a la mía. Me saludo un tanto distante, cosas de las distancias de seguridad, las mascarillas y la pandemia en general. Ya en su habitación lo sorprendí en el ordenador jugando a un juego de estrategia.

—Qué raro, creí que estarías viendo porno de enanas o algo así.

Él hizo un respingo en la butaca, no me había oído entrar.

—Ale, cabrón, casi me da un infarto.

Me acomodé en su cama, observando su refugio sobrecargado de tías desnudas y posters mangas, predominando las tetonas y el material sobre el Dr. Slump. En su ambiente aún parecía más friki, extremadamente delgado y con las gafas negras de pasta.

—Hoy no te has pasado por casa —le dije.

—Me ha tocado ayudar a mi padre en la farmacia, la gente compra mascarillas de veinte en veinte es una auténtica locura. ¿Qué tal la señora Alonso?

—Que te den. Pero bueno, de hecho, te vengo a hablar de ella. Se nos acaba el chollo tío.

—Sí, es normal. Siempre es más lucrativo al principio. Además, con la crisis está lleno de estrellitas venidas a menos dispuestas a cualquier cosa por pasta.

Vio mi cara de desaprobación y rectificó:

—Que no lo digo por tu madre eh, tu madre es la Diosa.

—Ya, bueno —continué yo—. El caso es que pasará el tiempo y nos habremos gastado el dinero, y encima tengo que pagar la matrícula de la universidad.

—Esperemos que los tiempos mejoren —respondió él volviendo la atención al videojuego.

Tumbado en su cama, con mi mejor amigo distraído con los ojos en el monitor, puse instintivamente la mano debajo de su almohada y, sorprendido, saqué algo escondido. Casi me vuelvo loco al ver que era el sujetador del último conjunto de mi madre subastado, perfectamente firmado por ella y arrugado.

—¿Pero qué coño?

Max volvió la atención en mí y al verme la cara, lejos de vacilarme, puso cara de circunstancias.

—¡¿Tú?!

—Joder Ale, era solo un recuerdo de nuestra pequeña aventura.

—¿Tú has pagado por la ropa de mi madre?

—No hombre, no. Ni que fuera Rockefeller. Solo por esta al ver que apenas había pujas, fue demasiado tentador tío.

—¿Encima de ser un puto degenerado, tacaño?

—No me sobra el dinero, ¿vale?

—Lo que te sobra es cara dura, cabrón. ¿Qué más tienes? ¿Un collage con sus fotos?

—No aún, pero lo que si te aseguro es que tengo copias de todas a buen recaudo.

Fue la gota que colmó el vaso, le levanté impulsado por la rabia y lo agarré del cuello de la camiseta, levantándolo de la silla y estampándolo contra la pared.

—Te voy a partir la puta cara, ¿te enteras?

Él se recolocó como pudo las gafas, me miro con aires de superioridad y me dijo:

—¿Y qué ganas con eso? ¿Qué te denuncie mi madre y acabes debiendo más dinero? No seas inocente. Hombre, la web está llena de videos de tu madre follando. Enseñando las tetas en un probador, tirándose al jefe por dinero, pagando el alquiler con especies…dejemos la ingenuidad, ¿no crees?

Lo apreté con fuerza contra la pared, respirando profundamente para intentar controlarme hasta que conseguí soltarlo. A punto de salir por la puerta le dije:

—No quiero amigos como tú.

Ya en el pasillo oí su molesta voz contestar:

—Vale, pero si aún necesitas dinero quizás tenga la solución.

8

Llegué a casa anocheciendo, con la cara aún desencajada. Me encontré a mi madre viendo la tele con una cerveza en la mano, vestida con un diminuto pantaloncito del pijama y una camiseta de tirantes anudada en la cintura. Me pareció que aún estaba más voluptuosa que de costumbre, recordándome por un instante a la explosiva Christina Hendricks.  Tragué saliva.

—Hola —dije anunciando mi llegada.

—¿Dónde estabas?

—En casa de Max.

—No me gusta que estés mucho fuera, dicen que las cosas han mejorado, pero no me fio nada de los políticos.

—Ya…

—¿Y qué? ¿Qué se cuenta el rarito de tu novio? —bromeó ella.

No respondí. Cuando después de un silencio incómodo giró la cabeza para ver qué me pasaba dije:

—Max ha tenido una idea.

La siguiente hora de conversación os la voy a ahorrar. Hubo gritos, indignación, insultos. Paseos nerviosos por todo el salón, nueva indignación, enfado, silencio, otra vez gritos. Pedagogía acompañada de enojo, algo de ira…

No, no es fácil decirle a tu madre que lo que nos puede sacar de la crisis definitivamente es que se preste para un bukkake.

—¡Enfermos! ¡Estoy harta de vivir en un mundo de enfermos! ¡De machistas de mierda!!

—Sí, lo sé, lo sé…

Mi madre seguía con su particular desahogo, pero la conocía lo suficientemente bien como para saber que poco a poco estaba cediendo.

—¿Qué os creéis que soy? ¿Una puta? ¡Yo soy actriz!

—Mamá, no me metas a mí, yo soy solo el mensajero.

—A la rata cuatro ojos de tu amigo no quiero volver a verlo por aquí.

—Yo tampoco.

—¿Y qué hará? ¿Poner un anuncio en internet como si fuera una yegua buscando semental?

La cosa se complicaba.

—¿Sabes esa página web que se llama “la secundaria pechugona que enseña las tetas”? —pregunté con la voz titubeante.

—¿La que se dedica a decir las medidas de las famosas?

—No, la que solo habla de ti. La que la lleva un tal Dr. Mashirito.

—Me suena —respondió ella al fin.

—Pues bien, el pervertido en cuestión es Max. ¡Y no! Te juro que hasta esta tarde no tenía ni idea. Dice que tiene gente de fiar y discreta dispuesta, según él “la gente perfecta”.

A mí madre se le quedó la boca abierta, incapaz de pronunciar palabra alguna. Se puso la mano en la frente y se sentó en el sofá, abatida.

—Es mucho dinero, suficiente para que estemos tranquilos meses y pensemos en otras soluciones.

Ella miró el suelo desconsolada.

—Sera solo una vez —insistí yo.

Terminó aceptando de manera implícita, la proposición era demasiado salvaje para verbalizar un rotundo sí. Después de cenar redactamos las normas, las cuales eran absolutamente innegociables.

Máximo de cuatro personas

Mil euros por persona

Irán con mascarilla

Irá en Bikini, en ningún caso desnuda

Solo alguna caricia suave

No hará pajas

No hará felaciones

Se podrá eyacular sobre ella, pero evitando la cara

De ninguna manera se tragará nada

Cuando le envié las condiciones a Max en un Whatsapp este intentó pactar, pero me mostré firme y terminó cediendo. Dijo que lo tendría todo listo en tres días, iban a ser los más largos de mi vida.

9

No dormí nada, me levanté aquella extraña mañana con un nudo en el estómago. Mi madre estaba incluso pálida, el malestar por lo que iba a acontecer se había comido el trabajado bronceado de todo el verano. Se puso un vestido de playa e iba descalza, ya preparada. Cuando, puntual, sonó el timbre de la puerta a las diez en punto, pensé que me iba a desmayar.

Abrimos los dos y nos encontramos a cuatro clones con mascarilla. Tipejos delgados, extremadamente jóvenes. Ni la mascarilla podía esconder el acné onanístico de dos de ellos. Diferentes alturas, eso sí, convirtiéndolos en una versión bizarra de los hermanos Dalton. Reconocí a Max detrás de las ridículas gafas.

—¿Qué haces aquí? ¿De guía?

—Yo…yo participo. Somos cuatro —respondió él.

Mi madre me miró enfurecida y se fue haciendo aspavientos, dejándome solo frente al pelotón de pajilleros. Agarré a Max por el cuello y lo entré por la fuerza en el chalet.

—¿Quieres que te mate?

—Es lo que hay —dijo él esquivando mi mirada.

—¡Mis cojones es lo que hay! ¿Qué pasa? ¿Has atracado un banco solo por correrte encima de mi madre?

—Me invitan ellos, por ser el conseguidor.

—¡Lo que vas a conseguir es que te acabe dando una hostia de verdad!

—Es lo que hay —repitió.

Intenté tranquilizarme, pero era demasiado el estrés acumulado. Por una parte quería partirle los dientes, pero por otra necesitaba la tranquilidad que nos daría el dinero. Volví al diálogo:

—No puede ser.

—Vienen conmigo Ale, o todos o ninguno.

—Mi madre no lo permitirá nunca, gilipollas —le dije volviendo a apretar su cuello como si fuera un conejo.

—Tu madre no ha dicho nada —replicó él liberándose de mí—. Te lo repito, ¡es lo que hay!

Lo miré con auténtico odio. Puse intimidantemente mi cara a un palmo de la suya y le dije:

—El dinero.

Me entregó un sobre lleno de billetes que conté pacientemente. Estaba todo. Volví a observar a aquellos ridículos seres, como si fuera el sargento de la Chaqueta Metálica. Les mostré por dónde se salía al jardín y les dije:

—Un solo aviso de mi madre, una sola queja, y os juro que os castraré con un cúter.

Mientras los cuatro intimidados muchachos avanzaron lentamente por la casa subí yo las escaleras y me aposté en la ventana de mi habitación. Según mis cálculos iba a tener una visión perfecta de todo lo que pasaba por si había que intervenir. Abrí sigilosamente la ventana, no solo les veía, los oía perfectamente. Los Dalton se colocaron alrededor de mi madre, observándola como hienas a la carroña. Podía oler su nerviosismo y emoción desde allí. Mi madre se quitó el vestido y les mostró su espectacular cuerpo, cubierto solo por un bikini rojo. Nuevamente, el conjunto era normal, pero en las carnes de mi madre no podía ser más sugerente.

—Bueno, ya os podéis quitar la ropa —dijo mi madre intentando contener la amargura.

A Max ni siquiera podía mirarle, a la humillación de tener que venderse se le sumaba el ultraje de mi mejor amigo. O, mejor dicho, ex mejor amigo. Empezaron a desnudarse los pervertidos, en una especie de improvisado concurso de patosería. El más alto y espigado incluso estuvo a punto de caer al suelo víctima de la trampa en la que se había convertido su pantalón en los tobillos. Con los cuatro sin ropa, por un momento sentí que estaba en una barbacoa, en un auténtico festival de costillas y huesos por roer.

La miraban. Con deseo, pero flácidos, intimidados. Mi madre se arrodilló sobre el césped y dijo:

—Cuando ustedes quieran.

Uno de ellos rompió el hielo, comenzando a acariciarse mientras con la mano libre acariciaba, tímidamente, el cabello de mi madre. Se le unieron los otros tres, haciendo lo mismo, pero aún a distancia. Max pilló entonces la delantera, poniendo su sucia zarpa sobre su cuello y el hombro, manoseándolos.

«Te mataré, bastardo».

Se animó también el alto, toqueteando con cuidado el canalillo e incluso un pecho por encima del bikini. Minutos después los cuatro magreaban el cuerpo de mi madre, su cabello, los pechos, alguno incluso se agachaba para manosearle las nalgas. Mi jardín estaba lleno de ropa tirada por todas partes y el cuerpo de mi madre de manos lascivas.

—Muy bien, eso es, eso es —se obligó a decir mi madre como si fuera una prostituta callejera—. Con cuidado chicos, con cuidado.

Sentí que el punto en el que se especificaba que solo podían ser “Caricias suaves” se estaba vulnerando, pero decidí no intervenir aún. Al ver que no se oponía fueron aumentando los tocamientos, turnándose ahora para sobarle los enormes pechos y colocando sus erectos falos cada vez más cerca del rostro de ella. Pude ver entonces a Max como desabrochaba deliberadamente el sujetador y lo dejaba caer ante la sorpresa de mi madre.

Los cuatro se lanzaron a por las enormes tetas desprotegidas, como vagabundos sobre un banquete real, magreándoselas y pellizcando incluso los pezones.

—Shhh, vale, vale, tranquilos —dijo ella inquieta al ver que también se saltaban el punto de “Irá en Bikini, en ningún caso desnuda”.

Mientras tres de los pajilleros jugaban con los pechos hasta incluso hacerlos botar, pude ver como Max, bayoneta en mano, se ponía también de rodillas y colocaba sus dedos sobre el sexo de mi madre, acariciándolo por encima de la braga del bikini, frotándolo descaradamente.

«Te mataré, hijo de puta».

—Chicos… ¡Chicos!

Me puse de pie sobresaltado, dispuesto a terminar con todo, y me di cuenta entonces de que yo también estaba erecto. La vergüenza me bajó de golpe los humos, acomodándome de nuevo en la ventana desconcertado. Max seguía metiéndole mano mientras acercaba su miembro hasta apretujarlo contra sus nalgas, todo sin dejar de masturbarse.

Un gemido hizo que todos nos fijásemos en el bajito de los Dalton, que eyaculó sin previo aviso sobre el pelo corto de mi madre, embadurnándolo entero.

—¡Joder! ¡Allí no! —Exclamé desde la ventana.

El alto se puso justo delante, colocando su glande a escasos centímetros de la boa de mi madre y pajeándose con fruición. Se le veía desesperado, con ganas de terminar la experiencia, pero incapaz de terminar. Entre tanto, el otro le agarraba ambos senos a mi madre, olvidándose incluso de su polla, y Max colaba sus largos y repugnantes dedos dentro de la prenda, buscando el contacto directo con el coño de mi madre. Ella, con un movimiento de cadera y apretando los muslos, creo que consiguió evitarlo.

—¡Ey! ¡Tranquilitos eh! —advirtió subiendo el tono.

Siguieron los tocamientos y el espigado, que seguía dándole a la zambomba, suplicó:

—No puedo, no puedo. No puedo jolín…

Mi madre, al darse cuenta de la situación, comenzó a acariciarle suavemente por el vientre para motivarle. Deslizó la yema de los dedos sensualmente por su ingle, rodeando incluso los testículos. La maniobra causó un extraño efecto en mí, que casi sin pensarlo me sorprendí con la polla en la mano, acariciándome también.

—Mmm, mmm —gimió agónico, pero sin lograr llegar al clímax.

El pajillero que llevaba rato obsesionado con sus pechos se corrió también, cumpliendo con lo establecido e impactando sobre su espalda para después quedar exhausto tumbado sobre el césped. Max aprovechó la vacante y decidió desatender su miembro para hacer un ataque tierra-aire, manoseándole pechos y culo simultáneamente. El alto, agobiado, pareció por un momento que se fuera a poner a llorar. Adriana Alonso, en un acto de profesionalidad y piadoso, le agarró el pedazo de carne y comenzó a masturbarlo, saldándose ella misma sus propias normas.

—Avísame eh, avísame —advirtió consciente de que tenía el instrumento delante de su cara.

—Sí, sí, mmm. Lo haré, lo haré.

Intensificó el ritmo, pajeándole a gran velocidad mientras le agarraba una mano y se la colocaba en una de sus inmensas tetas.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Venga!

No avisó. El pobre diablo eyaculó con todas sus fuerzas. Esquivándole como pudo mi madre, pero aun así siendo impactada en la frente por uno de los chorros.

—¡Joder! —se quejó mientras se limpiaba la cara con el sujetador recuperado del suelo.

Solo faltaba Max, que parecía tenerlo todo perfectamente estudiado para sacarle el máximo provecho a la experiencia. Yo seguía tocándome, excitado sin saber exactamente la razón. El instigador se puso frente a ella, observándola. Casi desafiándola. Volvió a acariciarse el pene con cuidado mientras lo acercaba a su cara hasta el punto de rozarle la mejilla. Mi madre se apartó ligeramente con auténtico desagrado. El siguió tocándose mientras le agarraba el pelo por el cogote de manera algo dominante.

«Te aplastaré, pulga».

Le puso entonces el glande en los labios, presionando, intentando que abriera la boca sin soltarle el cabello. Pidiéndoselo sin necesidad de hablar. Mi madre negaba con la cabeza, intentándose separar. Mi ira crecía, pero también mi excitación, sacudiéndome ahora con todas mis fuerzas. Max insistía ante la negativa de mi madre. Le agarró aún más fuerte, obligándole a tener la cabeza quieta. Finalmente, violentada y con ganas de terminar, mi madre abrió sus gruesos labios y, de manera casi mística, dejó que el depravado le metiera lentamente la polla en el interior de la boca.

—¡Cabrón! —grité desde la ventana sin ser atendido por nadie.

Comenzó entonces una tímida y desmotivada felación, suficiente para que pudiera oír los gemidos del cuatro ojos.

—¡Oh sí! ¡Oh sí! Adriana Alonso me la está chupando. ¡Mm!

El resto de los Dalton veían, como yo, la situación estupefactos. Mi madre aumentaba el ritmo de la mamada, obligado por la dominante mano de Max. Podía ver como esta era cada vez más profunda e intensa, metiéndole entero el falo en cada una de las acometidas. Gemía como un puerco, que es lo que era, y yo sincronizaba el ritmo con mis propios tocamientos, excitado ahora como pocas veces recordaba.

Pasó entonces algo impensable. Max se corrió enseguida, incapaz de disfrutar un poco más del que era, sin duda, su gran sueño erótico. Sin avisar y llenándola de su leche infecta. Me vacié también yo, impactando mi vergonzante simiente contra el marco de la ventana y la pared. Podríamos decir que Max y yo llegamos al orgasmo a la vez, en perfecta armonía.

Mi madre se deshizo de él de un empujón, tosiendo y con arcadas. Estuvo un par de minutos escupiendo sobre la hierba, vaciando su boca del repugnante brebaje. Los cuatro pajilleros se recuperaban en el suelo de la mejor experiencia de su vida cuando la gran Anabel Alonso dijo:

—Vestiros y largaos de mi casa. ¡Ya!

Pensé en interceptarlos en la puerta de entrada. Exigirles explicaciones, cobrarles un suplemento o simplemente liarme a hostias, pero estaba demasiado cansado y abochornado. Decidí hacer como si nunca hubiera estado viendo esa escena. Al fin y al cabo, nadie se había dado cuenta de mi presencia.

10

Mi madre y yo no hablamos de lo sucedido. Pasaron un par de días, recuerdo que me desperté tarde y algo confuso. Tenía el cuerpo dolorido a pesar de haber dormido más de diez horas. Revisé el móvil y me encontré un nuevo mensaje de Max, en él se veía una foto de mi madre y un miembro viril eyaculando en su cara, uno de sus mejores fotomontajes debo decir. Luego ponía:

Dos mil euros por follármela.

No le hice caso, no tenía fuerzas ni para enfadarme. Tampoco hambre para desayunar, así que fui directamente al salón. Mi madre estaba barriendo, especialmente debajo de uno de los muebles que siempre complicaba su limpieza. Al empezar la pandemia tuvimos que despedir a nuestra asistenta, así que nos solíamos turnar en las tareas de la casa.

—Hola —dije colocándome detrás de ella.

—Hola hijo, has dormido mucho, ¿no? —me dijo ella con voz cariñosa sin darse la vuelta, disimulando como la actriz que era el recuerdo del otro día.

—Sí —contesté.

Mi madre siguió limpiando el mueble después de barrer debajo, armada con un trapo y el abrillantador. Llevaba unas sandalias, una minifalda vaquera cortísima y una camiseta de tirantes blancos, por un momento deseé que terminase el verano. Forcejeando con la madera, me obsequiaba una perfecta imagen de su trasero en pompa, moviéndose graciosamente por los fregoteos. La falda era tan corta que podía verle perfectamente las braguitas blancas en alguno de los movimientos, y sus grandes y redondas nalgas bailando al compás de la limpieza.

—¿Pero te encuentras bien? —preguntó ella ajena a mis confundidos ojos.

—Sí, sí, tan solo estoy un poco cansado.

—¿Cuándo empiezas la Universidad? Recuerda esta semana ir a pagar la matrícula.

No contesté. Hipnotizado por su espectacular y pecaminoso culo noté una inevitable congoja debajo del fino pantalón del pijama. Avancé medio pasito, el justo y milimetrado para acercarme lo suficiente. Comprobé enseguida que los cálculos mentales y la ejecución eran perfectos, ya que mi madre me rozó con su firme glúteo enseguida, frotando el bulto que crecía en mi entrepierna. Siguió abrillantando el mueble mientras me frotaba de vez en cuando de manera inocente. El pequeño bulto se convirtió rápidamente en un tieso bote de laca.

—¿Alejandro? —insistió al ver que no respondía.

—Sí, mañana iré —dije mientras avanzaba un par de centímetros más, suficientes para incrustar definitivamente mi erección contra sus posaderas.

Sus nalgas seguían moviéndose, vibrando, masajeándome involuntariamente el miembro. Se incorporó entonces, alejándose un palmo para comenzar a limpiar el espejo de encima del mueble. Pensé que acercarme de nuevo sería demasiado descarado y sentí una frustración inmensa. Me encontraba peor, pero la excitación apaciguaba los síntomas. Mis libidinosos ojos ya no estudiaban su culo, sino que se centraban en las inmensas tetas comprimidas dentro del top. Botaban por los movimientos del brazo con el trapo, tentándome, retándome incluso.

—Vale —dijo ella distraída—. ¿Has desayunado?

“¿Quieres tocarme las tetas?”, fue lo que yo quise entender. “No te preocupes, si tus amigos pueden tú también”. Estaba tan excitado, tan lleno de fantasías…y demasiado débil para debates morales. Sin poder evitarlo, y sabiendo que era una maniobra peligrosa, me acerqué de nuevo hasta que mi polla chocó de nuevo contra sus glúteos, separados solo por la ropa. La pude notar algo incómoda, pero no le di ni tiempo a reubicarse que la abracé por la cintura reteniéndola.

—¿Cariño? —dijo ella sorprendida.

Mi erección era tan sobresaliente que, como si fuera un gancho, pude incluso subirle la faldita con ella e incrustarlo sobre sus impolutas braguitas blancas.

—Perdona mamá, ya sé que no lo suelo estar, pero después de todo lo que ha pasado estoy un poco cariñoso.

Ella había dejado de limpiar, dejando incluso el abrillantador y el trapo sobre el mueble, y permanecía impasible ante la nueva situación. Yo froté disimuladamente mi bulto sobre sus carnes, con la suficiente inocencia como para pensar que no se estaba dando cuenta.

—Te quiero, mamá.

—¿Me quieres? —preguntó en una risita—. Ahora sí que me estás preocupando.

Pero yo no podía parar, la abrazaba con fuerza, subí entonces mis manos y le agarré ambos pechos por encima de la camiseta, sintiendo por una fracción de segundo las enormes mamas entre mis dedos. Ella se dio la vuelta, liberó de mí y me abofeteó en un mismo movimiento. Un sonoro y doloroso tortazo que incluso casi me lesiona el cuello.

—¡¿Mamá?!

—Mi mamá ni leches, ¿tú estás tonto?

—Pero, ¿qué pasa?

—¿Que qué pasa? ¿Cómo que qué pasa? Estás muy confundido eh.

—¿Pero tú estás loca? ¿Se puede saber qué he hecho?

Mi madre me pegó un par de collejas, indignada y cabreada a partes iguales.

—¿Tú crees que me puedes tocar las tetas? ¿Qué es? ¿Una apuesta con el monstruo de tu amiguito o qué? ¿Cuánto dinero te da por esto?

—¡¡Mamá por favor!!

—Anda, vete a tu cuarto y no salgas en un rato antes de que, de que, de que… ¡de que yo qué sé!

Obedecí. Que pensara que todo esto era una especie de acuerdo con Max hasta me pareció bien. Ella misma me había dado la excusa perfecta en caso de que su enfado fuera a más. Con dolor de cabeza y el cuerpo dolorido me volví a meter en la cama. Me despertó ella hablándome desde la puerta rato después:

—¿Alejandro?

—¿Sí? —Dije con la voz aún narcotizada.

—Hijo, ¿estás bien?

—No mucho, me duele todo, como si me hubieran atropellado.

—Llevas tres horas encerrado —dijo ella acercándose y sentándose en el borde de la cama—. Hijo, pero si estás ardiendo —me informó poniéndome la mano en la frente.

El termómetro nos sacó de dudas, marcando algo más de treinta y ocho grados.

—Mamá —dije asustado—. No habré pillado el puto virus, ¿no?

—No lo sé hijo, pero no te preocupes. Mientras no te afecte a los bronquios estaremos bien.

—¿Y tú? ¿No tendría que aislarme en mi habitación?

—Vivimos juntos cariño, lo que tenga que ser será. Tú no te preocupes. Descansa y avísame para cualquier cosa, ¿vale? Alejandro, sobre todo, avísame. Yo iré viniendo a cada rato.

Como pude busqué información en internet con el móvil. Era cierto, si no me atacaba la tos o me faltaba el aire lo más probable es que desarrollara una de sus versiones leves, pero el caso es que la fiebre y el dolor muscular me estaban machacando. Comí como los bebés, cucharadas de caldo que mi madre depositaba delicadamente en mi boca, todo sin salir siquiera de la cama. Por la tarde mi madre decidió darme un antipirético y ponerme un trapo frío en la frente con tal de mantener la fiebre a raya. Por la noche fui incapaz de cenar.

Sobre las once de la noche algo me despertó, era mi madre metiéndose en la cama conmigo.

—¿Mamá?

—Shh, descansa hijo. Hoy me quedaré aquí, o no estaré tranquila.

—Joder —dije débil y enfebrecido—. No cabemos, esta cama es individual.

—¿Quieres que vayamos mejor a la mía? —preguntó sabiendo que la suya era de matrimonio.

—No, no, da igual, da igual —accedí casi sin voluntad.

Dos horas más tarde me desperté, estaba a mi lado, tumbada de espaldas a mí. Llevaba solo un culot y un sujetador deportivo

«Joder, lo que me faltaba».

Roncaba ligeramente. Me puse el termómetro, iluminé con cuidado con el móvil para no despertarla y ver lo que ponía. Treinta y siete, siete. Lo cierto es que me sentía mejor, aunque aturdido y cansado. Como pude me hice hueco de nuevo en el escaso espacio, acabando haciendo la cucharita con mi propia madre. Ni el parentesco ni la fiebre controlaron mi reacción, teniendo una erección casi al momento como el protagonista de la mejor fantasía de Freud. Volvía a estar como por la mañana, empalmado y con la polla apretujada contra las bragas de mi madre.

El culot era especialmente fino, pensado para dormir. Mi brazo rodeaba sutilmente sus pechos, luchaba para no apretujarlos, movilizar mis manos contra su pecaminoso busto.

Con mi mástil apretujado contra sus nalgas moví ligeramente las caderas, restregando mi herramienta por su anatomía. Separé lentamente el brazo que apresaba sus pechos y lo dirigí hacia abajo, aprovechando el pausado camino para rozarle el seno izquierdo por encima de la tela del sujetador, recorriendo su vientre, esquivando su sexo pasando por la ingle, y deteniéndome finalmente en su muslo. Mi mano le manoseaba la pierna, subiéndole ligeramente el culot incluso, mientras con la otra mano me bajaba ligeramente el pantalón, liberando el falo pétreo y juguetón.

Con el mástil desenvainado y el glande húmedo, seguí frotándome con su despampanante culo sin dejar de manosearle el muslo, ella se movió inquieta, pero sin llegar a despertarse.

Mi madre interpretaba a la perfección su papel de sumisa dormida mientras mi sucia alma seguía disfrutando de su anatomía, y es que el inconsciente siempre ha sido más divertido que la parte racional que coarta nuestras vidas. Presionaba tanto su trasero con mi sable que podía notar incluso la separación de sus nalgas, colocando entre ellas mi monolito como el pisón que hace la picada en el mortero.

—Mmm…

Agarré la goma de la ropa interior con mis dedos, dispuesto a deshacerme de ella cuando un movimiento brusco de la bella durmiente, como un pequeño respingo, me lo impidió. Mi madre separó su cuerpo del mío como pudo y me apartó el miembro con la mano susurrándome:

—Ya está hijo, ya está. Duérmete, shhhhh…

Aquella reacción me dejó helado, pero notar sus delicados dedos de uñas perfectas agarrándome el falo, aunque fuera solo para separarlo, me prendió como una cerilla a la gasolina. De nuevo me pegué a ella, en una mezcla de delirio febril y pasión descontrolada, con la polla salvajemente erecta perforando su culot y mi mano acariciándole la entrepierna por encima de la ropa con total descaro.

—Mmm, mamá… mamá…

Pude sentir su cuerpo contraerse, colocarse en posición fetal como defensa a mis impúdicos tocamientos. Maldije tener solo una mano, teniendo la otra atrapada entre el colchón y mi propio cuerpo, pero con la libre me las apañaba para frotarle el sexo.

—Alejandro.

—Sí mamá, ¿qué pasa? ¿Qué pasa? —pregunté completamente ido.

Mi madre apretó con fuerza los muslos para impedirme seguir tocándola y aproveché para atacar sus pechos, sobándolos con osadía, esquivando la telaraña que formaban sus brazos, indefensos con tanta carne a la que proteger.

—Alejandro…

Le magreé todo lo que pude, los muslos, los pechos, el culo. Con el miembro fuera restregándose contra las nalgas. Finalmente terminó por empujarme, con la suficiente fuerza como para que chocara contra la pared y diciendo:

—Basta.

Su voz fue serena pero firme, entendí entonces que el recreo había terminado. Frustrado, podía seguir viendo su cuerpo en la oscuridad. Con el culot aún mal puesto y arrugado debido a mis ataques, mostrándome casi la totalidad de una de sus nalgas. Ella no se dio la vuelta en ningún momento, tan solo los instantes en los que me apartó, y me pareció que intentaba conciliar el sueño de nuevo. Yo seguía con la polla libre y erecta, y más caliente por la excitación que por la fiebre. Apoyado en la pared, comencé entonces a masturbarme, recordando los tocamientos y con la sugerente imagen de la pedazo de mujer que era mi madre. Me pajeé con rabia, desesperado, notando como el colchón vibraba y crujía debajo, viendo incluso el cuerpo de mi madre moverse por mis violentos movimientos.

Suponía que no se habría dormido, o que lo habría hecho y la vibración la habría despertado, pero no me importaba. Seguí subiendo y bajando pieles hasta que me sentí a punto de explotar. Entonces, en una mezcla de enfado y desenfreno, le agarre la goma de la ropa interior y la bajé lo suficiente para que se viera la raja de su culo, descargando entonces sobre ella toda mi leche, expulsada a base de incontrolados y potentes espasmos y gimiendo sin disimulo.

Con los ojos acostumbrados a la oscuridad y la poca luz que entraba desde la calle pude ver perfectamente mi pringoso elixir sobre su desnuda piel. Ella permaneció inmóvil un par de minutos hasta que, sin decir ni una palabra, se adecentó el culot sin limpiarse siquiera.

Conseguí entonces dormir, aún desnudo, pero realmente satisfecho.

11

Me desperté de un sobresalto, como si me hubiera caído desde una distancia de diez metros sobre el colchón. Miré a mi lado y no estaba mi madre, vi entonces que eran las once de la mañana. El termómetro marcó treinta y siete con cuatro, pero yo me seguía encontrando bastante mal. Sin tos, ni ahogos, pero con bastante dolor muscular y de cabeza. Vi que estaba desnudo de cintura para abajo y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, recordando como en una revelación lo sucedido por la noche. Bajé les escaleras del chalet y mi a mi madre sentada en el sofá leyendo una revista de decoración. Estuve a punto de desmayarme.

—Buenos días, ¿cómo te encuentras hoy? —me preguntó ella como si tal cosa.

Me senté a su lado con alguna dificultad, mermado por el virus y la vergüenza.

—Quizás algo mejor.

—¿Te has puesto el termómetro?

Le informé. Siguió un rato interrogándome sin despegar la vista de la revista hasta que me dijo:

—Bueno. Es normal que estés aún mal, pero creo que lo vas a pasar leve. Yo de momento me encuentro perfectamente, o no me has contagiado aún o soy asintomática.

Mi cabeza daba vueltas, apenas oía su voz de fondo. Recordaba mi acoso mientras limpiaba, el posterior bofetón, el acoso nocturno, todo.

—Mamá…yo…

No pude continuar hasta que ella me animó:

—Dime hijo, ¿qué pasa?

—Ayer no era yo —solté casi a modo de catarsis—. Deliraba, no sabía lo que hacía ni nada.

—Lo sé cariño, lo sé —respondió con voz natural pero incapaz de mirarme—. Tenías mucha fiebre mi amor, ayer no pasó nada.

Me tranquilicé un poco. Me quedé un rato sentado a su lado, aliviado hasta cierto punto. La vi entonces, allí sentada, vestida con un diminuto pantaloncito azul y, de nuevo, una camiseta de tirantes azul clarito. Comencé a pensar que el verano era una maldición, con mi madre y sus modelitos, todos parecidos, todos sugerentes. Pantaloncitos, falditas, bikinis, tops, vestiditos, era realmente insoportable. La camiseta era holgada y uno de sus tirantes, el más cercano a mí, se había deslizado coquetamente por su hombro, regalándome una visión perfecta de su escote. Frenada la prenda en su pezón.

«No empieces, Ale», me dije a mí mismo.

Ya era tarde. Desde el día en el que mi madre fue vejada por los cuatro pajilleros algo había cambiado dentro de mí. O quizás fue incluso antes, en las largas sesiones de fotos en paños menores. El caso es que ahora se había convertido en algo automático, era mirarla y empalmarme, como si apretaran un botón. Como una ecuación matemática: Mamá tetona sexy = Polla tiesa. No hacía falta aislar la X para saber el resultado, era un cálculo sencillo.

Noté como crecía mi miembro en tiempo récord, pasando de flácido a porra en un par de segundos. Si mi pantalón hubiera hablado habría dicho algo así como: “¿Si vas a estar así para qué me haces trabajar?”. Mi mirada se debatía entre recrearse en el canalillo o en sus piernas descubiertas. Piernas firmes, rotundas y deseables, carnosas, pero sin rastro de celulitis. Mi madre me miró al fin, sonriendo. Supongo que interpretando el mejor papel de su vida, el de madre comprensiva. Entonces vi cómo cambiaba su semblante, ruborizada al fijarse en mi tremenda erección. No había pijama capaz de disimular semejante bulto. Visiblemente incómoda se obligó a fijarse de nuevo en la revista.

Puse mi mano sobre su muslo, casi de manera instintiva. Acariciándole la cara interior del mismo, notando su piel suave y tersa entre mis dedos.

—Yo te quiero mucho, mamá, la fiebre me tiene muy confundido, pero sabes que te quiero —dije mientras mi mano ganaba algunos centímetros en dirección a su sexo.

Era la segunda vez que le decía que la quería en dos días, supongo que lo podríamos catalogar como otro síntoma del virus. Continué palpando su pierna, como si fuera para mí un descubrimiento, notando sus músculos tensionados. Ella estaba cada vez más perturbada por los tocamientos, no era capaz ni de pasar página de la revista. Subí de nuevo la mano, deslizando los dedos hacia su sexo, protegido por el pantalón y las bragas como un muro inexpugnable. Cuando llegué a rozarla aproveché también para deslizar aún más su caído tirante, resbalando este por su brazo hasta mostrar su pecho.

Comencé a besarle el cuello y el hombro, despacio, suave, amorosamente, todo sin dejar de frotarle con la misma suavidad la entrepierna. Mi progenitora había dejado la revista y se concentraba en cerrar los muslos, dificultándome como de costumbre el meterle mano, pero desatendiendo la parte de arriba, con mis labios ahora recorriendo su enorme seno.

—¿Te acuerdas cuando de niño me amantabas? —le pregunté mientras besaba un par de veces su areola y el pezón—. Seguro que era la sensación más increíble del mundo.

Ella estaba bastante parada, casi en shock, sin más defensa que apretujar las piernas. Sin recriminaciones ni bofetadas. Tenía la piel fría a pesar de que aún hacía calor, y el cuerpo rígido. Le lamí el pezón, dos, tres veces, intercalándolo con algún que otro beso más hasta que lo succioné.

—Mm, seguro que tus tetas mi hicieron muy feliz… mmm…

Insistí en el ataque a su entrepierna, intentando sobarle el sexo entre sus poderosos muslos. Mi madre se sintió tan acosada que incluso subió ambos pies al sofá, en un intento de frenarme, pero yo me excitaba aún más con su resistencia. Sin olvidarme de su pecho desnudo conseguí bajarle el otro tirante hábilmente, pasando mi otro brazo por detrás de su cuello y descubriendo ahora ambas mamas, convirtiendo su top en un improvisado cinturón. No me lo podía creer, tenía a mi madre en topless, su pezón en la boca y mis dedos jugueteando entre sus muslos. La mano que no jugaba con su cueva la empleé en manosearle el otro pecho, cubriendo ahora todas sus zonas erógenas.

—Por favor… —la oí susurrar por primera vez.

Satisfecho de cintura para arriba forcejeé con sus piernas con ímpetu, dispuesto a arriesgarlo todo, frotándole ahora el coño por encima de la ropa con desesperación.

—Vamos mamá, vamos.

Logré meter mis dedos dentro de su ropa, esquivando bragas y pantalón, pero cuando rocé al fin su monte de venus recibí un fuerte empujón que me tiró incluso del sofá.

—¡Que pares ya! —gritó sin añadir nada más.

Desde el suelo pude ver como se adecentaba el top, tapando de nuevo sus codiciadas tetas. Frustrado como nunca, me deshice de mi pijama poniéndome en pie y diciéndole mientras le mostraba el miembro:

—Mira cómo me tienes, joder.

Ella se puso en pie con intención de irse, pero le agarré la mano y la llevé hasta la erección, obligándola a notarla.

—¡Mira! Mira como me pones, mamá.

Se puso la mano que no tenía en mi falo agarrándose el principio de la nariz, en una mezcla de paciencia y desesperación.

—Esto me pasa por jugar con fuego —dijo.

—¿La notas? —insistí yo frotándome la polla con sus dedos.

—Alejandro…

—Mira como estoy mamá, ¡mira! ¿Es normal no? A eso te dedicas, a poner cachondo al personal.

Me pareció que incluso estaba menos tensa, más resignada que enfadada. Su voz era de derrota y paciencia a pesar de la desaprobación.

—Deja que me vaya, Alejandro —me pidió casi sin convencimiento.

—¿Irte? ¿Y que me quede así? ¿Cómo que irte? Cuando se la chupaste a Max no te fuiste, ¿verdad?

Era incapaz de mirarme, de espaldas a mí hacía algún amago de escaparse mientras yo seguía acariciándome el nabo con su mano “muerta”. Le agarré entonces la nalga, manoseándola por encima de aquella pesadilla de pantalón impenetrable.

—Pues cómo debe ser el culo de la Kardashian… —susurré sin dejar de sobarle el trasero.

Cambié entonces de estrategia, dejando a un lado los reproches para volver a la súplica, la desgastante táctica del vamos-vamos-vamos.

—Vamos mamá, vamos. Por favor no me dejes así, no estoy nada bien.

Más toqueteos, culo, tetas desde detrás, sus dedos frotando mi carne.

—Vamos, por favor, por favor…

Volví a intentar bajarle el pantalón con la mano libre y juguetona, me di cuenta entonces de que la suya me agarraba completamente el falo sin necesidad de ayuda, comenzando incluso a subir y bajar el prepucio.

—¡Oh! —gemí como si fuera la primera vez que me tocaba una mujer.

Sentir su mano cogiéndome la polla, y esta vez sin intención de separarme, era la sensación más mágica del mundo. En esa extraña posición, de espaldas a mí, agarrado mi mandoble como si fuera un joystick, con ese estilo tan poco ortodoxo, siguió pajeándome lentamente.

—¡Oh! ¡Oh! Mmm.

Su ritmo era constante, subiéndolo tan solo cada cierto tiempo con auténtica maestría. Aproveché entonces para magrearle de nuevo todo lo que pude, agarrándole las tetas desde detrás y manoseándole su espectacular culo. Fui intensificando mis tocamientos igual que ella subió paulatinamente las revoluciones, era maravilloso. Intenté concentrarme para durar un poco más, sintiéndome cerca del clímax. En un movimiento valiente y decidido, le agarré simultáneamente la goma del pantalón y las bragas y conseguí bajárselos lo suficiente para ver sus despampanantes posaderas desnudas. Gemía y mi cuerpo se contraía por el placer, la señorita Adriana Alonso sabía perfectamente lo que hacía.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

Conseguí colar mi mano entre sus carnes y la ropa a medio bajar, como un conejo en la madriguera, y con los dedos en forma de gancho llegué a acariciarle el sexo desnudo. Pude notar como se estremecía, pero no dejó de masturbarme en ningún momento. Mientras ella subía y bajaba pieles yo le frotaba el ansiado coño, en un intento desesperado y patoso de masturbarla también, con la yema de mis dedos en su clítoris. Mis piernas temblando y pasó lo inevitable, me corrí entre gemidos y espasmos, alcanzando con mi leche su desnudo trasero por segunda vez en menos de veinticuatro horas.

Me salió el cansancio de golpe, sentándome incluso en el suelo del salón. Ella no dijo nada, nuevamente se vistió como pudo y se fue sin ni siquiera mirarme.

12

El día quedó grabado a fuego en mi mente como “El día de la paja”. Pero después del orgasmo viene lo más complicado: Convivir. La esquivé durante un par de días, supongo que ella haría lo mismo. Jugando al ridículo juego del gato y el ratón. Me sentía mucho mejor, casi recuperado, y aprovechaba que ella no estuviese para todo. Comer, ver la tv, etc. Vivía en un estado de alerta constante, con mis oídos entrenados para oír los pasos, espiando detrás de las puertas y muchas más estupideces.

Al tercer día bajé a desayunar tarde, convencido de que no estaba en la cocina, pero me la encontré en la encimera de espaldas a mí. Llevaba un vestido corto y veraniego, pero me afectó tanto encontrármela después de lo sucedido que no reaccioné. Me acerqué sigilosamente y la besé en la mejilla desde atrás diciéndole:

—Buenos días, mamá.

Mi tono fue cariñoso y reconciliador, diría que incluso sincero. Pretendí hacer como si nada, como si lo acontecido días antes hubiera sido, realmente, fruto del delirio febril, de la afectación del misterioso virus que azotaba el mundo. Pero no me dio opción. A la que sintió mis labios se giró y me empujó diciéndome:

—Aparta de aquí, pervertido.

Su cara estaba desencajada, nunca la había visto así. Me hice el tonto.

—¿Mamá?

—Ni mamá ni leches, déjame en paz, ¿ok? No me encuentro bien.

Me la quedé observando, realmente su cara era enfermiza. Le puse la mano en la frente y comprobé al momento que estaba ardiendo, contagiada, casi seguro, de lo mismo que yo. Quizás nos contagió alguno de los Dalton a pesar de llevar mascarilla, eso es algo que nunca sabríamos. Ella me apartó la mano de un manotazo al sentirla en su frente, insistiendo:

—Déjame.

—Mamá, estás ardiendo, no sabes lo que dices.

—Cállate.

—Mamá… —susurré acercándome a ella en son de paz.

Seguía rehuyéndome, acorralada entre mi cuerpo y el mármol de la encimera estudiaba por donde se podía ir.

—¡Que me dejes!

—¡Mamá joder! —exclamé agarrándola de las muñecas— ¿Qué no ves que estás delirando?

—¿Delirando? Entonces debo haber soñado que me metes mano por los rincones, supongo.

Yo intenté tranquilizarla, soltándola y haciendo gestos con las manos, intentando convencerla de que todo era fruto de la enfermedad.

—Llevas días muy rara, mamá, supongo que es el maldito bicho chino este. Los dos hemos estado muy raros. ¿Te encuentras bien? ¿Respiras bien? ¿Solo notas la fiebre?

—Estoy agotada, no puedo ni pensar —respondió bajando la cabeza, mostrándose por fin más dócil.

La abracé, rodeándola con mis protectores brazos y tranquilizándola.

—No pasa nada, no pasa nada. Han sido días infernales, yo te cuidaré, ¿vale? Solo estás un poco confundida.

No me devolvió el abrazo, pero se dejó hacer. Sabía que era la mejor opción que tendría de librarme de todo lo que había hecho, pero el cuerpo es sucio y traicionero, no entiende de lógica. Fue sentirla, con su voluptuoso cuerpo de nuevo pegado al mío, con sus piernas nuevamente descubiertas al llegarle el vestido un palmo por debajo de los glúteos, que empecé a sentir como crecía la calentura.

—Seguro que también lo pasarás leve, ya verás. Dolor muscular, fiebre, confusión, pero nada más. Yo te cuidaré —repetí.

Tan solo tenía que soltarla y lo sabía. Dejar que se fuera, meterla en la cama y atenderla. Pajearme por las noches con los vídeos que inundaban la red de sus películas y actuar como un hijo normal. Pero no lo hice.

Fui incapaz de separarme, estrechándola aún con más fuerza mientras intentaba venderle la improvisada milonga.

—En tres o cuatro días como nueva, mamá.

Estaba atrapada entre la espada y la pared, o, mejor dicho, entre mi palpitante falo que ya reaccionaba y la cocina. Ella había bajado las defensas y yo noté como el bulto del pijama se incrustaba contra su ingle. Alzó la cabeza y me miró con auténtica sorpresa, volvió a empujarme para separarme y señalándome la entrepierna me dijo:

—¿La confundida soy yo?

Con las manos en alto en un gesto de repugnancia, me esquivó y abandonó la estancia, supe entonces que había vuelto a meter la pata.

No supe nada de ella en horas, ni siquiera a la hora de comer. Sobre las cinco de la tarde reuní el valor para subir a su dormitorio. Abrí la puerta con cuidado y allí la vi, tumbada en la cama en la penumbra. Tenía un trapo en la frente y estaba casi desnuda, con sus enormes tetas caídas ligeramente hacia los lados por el efecto de la gravedad y tan solo unas braguitas puestas. Su vestido estaba tirado en el suelo, deduje que se lo quitó en un arrebato de calor. Me senté en el borde de la cama, le retiré el pañuelo y comprobé que seguía ardiendo. Tenía los ojos entreabiertos, no estoy seguro ni de que fuera consciente de que estuviera allí.

—Joder, mamá. Estás fatal.

Fui a su baño y mojé de nuevo el trapo con agua para volver enseguida y mojarle la frente.

—Tenemos que bajarte la fiebre. ¿Te has tomado algo?

No contestó.

Juro que intenté ser un buen hijo, pero mi hiperactivo miembro creció otra vez ante la perspectiva de la Diosa desnuda y frágil. Recorrí su canalillo con el trapo, pasando entre medio de los dos volcanes. Ella tiritó y ante mí pude ver como sus pezones se ponían erectos. Rodeé entonces sus pechos, enormes y turgentes.

—Ya lo dijo Max, 100-67-102.

Ella siguió inmóvil, completamente derrotada. Seguí yo mi excursión, refrescando todo su cuerpo: la cintura, los senos, los muslos.

Agarré la ropa interior y se la retiré con bastante facilidad, sacándosela por los pies y deshaciéndome al fin de ella. Vi entonces por primera vez su sexo, rasurado en forma de pequeño triangulito. Lo acaricié también con el trapo, humedeciéndolo, notando como ella se estremecía cerrando ahora los ojos.

—Estás demasiado caliente, mami.

Dejé el trapo en la mesilla de noche y seguí con la yema de los dedos, rodeando los pezones, rozándole el ombligo y aterrizando en su clítoris. Comencé a acariciárselo, con suavidad, con mimo, delicadamente. Ella gimió de manera casi imperceptible y subió ligeramente las rodillas tensando todo el cuerpo.

—¿Te gusta?

Pensé de nuevo en Max y en aquella felación que yo nunca tuve, en sus diversos amantes y los pervertidos que veían sus películas para recrearse en su anatomía e incluso en mi padre concibiéndome, probablemente aprovechándose de las ganas de triunfar de mi madre en el mundo del cine. Seguí acariciándola, adentrándome en la pequeña cavidad para jugar con su pepita del placer, aumentando ligeramente el ritmo de los tocamientos. Ella gemía entre sueños, probablemente ajena a lo que realmente estaba pasando. La masturbé durante unos minutos en los que su respiración se aceleró, vibrando incluso su cuerpo. Me desnudé entonces completamente y me acomodé sobre ella abriéndole ligeramente las piernas en busca de un fugaz misionero.

Mi glande se encontró enseguida con la entrada de su cueva que no ofreció ninguna resistencia al penetrarla lentamente.

—¡Mm! Joder, ¡oh!

El placer fue inmenso desde el primer momento, con mi sable atravesándola, aprisionado dentro del anhelado túnel, moviéndose en su interior.

—¡Mm! ¡¡Mm!

Comencé a mover las caderas a un cierto ritmo, viendo como sus enormes mamas se movían con las arremetidas y besándole en la cara y los labios. Ella subió instintivamente las rodillas, colocándose como una rana y facilitándome los movimientos. Ambos gemíamos, no era yo el único. Yo del placer y el increíble morbo de tener, al fin, a mi madre, y ella envuelta de su febril delirio.

—Te amo mamá, te amo, ¡mm! ¡mm!

Oí la amplia cama crujir debajo nuestro y me excité aún más, embistiéndola ahora con fuerza y haciendo rebotar sus tetas hacia todas las direcciones. Gimió entonces ella con fuerza, ahogando con sus gritos los míos, inclinando la cabeza hacia detrás por el placer. Noté entonces como todo su cuerpo se contraía varias veces, apretando sus muslos contra mí, aprisionándome, llegando al que pareció ser un potente orgasmo. Se relajó entonces entera, dejando de gemir y calmando poco a poco la respiración mientras yo la observaba expectante. Sentí orgullo al comprobar que se había corrido antes que yo.

—Eres una cachonda.

Aquel pequeño parón me dio fuerzas de nuevo, retrasando un poco mi clímax y permitiéndome jugar un poco más. Salí con cuidado de su interior y le di la vuelta, acomodándome ahora en sus posaderas y buscando de nuevo su madriguera desde detrás. La penetré entonces en esta nueva posición, agarrándole de las ingles y sintiendo su perfecto culo contra mi piel.

—¡Mm! ¡Mm! ¡Ah! ¡Ah! —gemí mientras la acometía en la extraña posición del perrito tumbado.

La penetraba hasta lo más profundo, estrellándose mis testículos contra sus nalgas, alargando ahora una mano para estrujarle su tremenda teta como si fuera una gigantesca pelota anti estrés. Gemía y me la follaba salvajemente, estando incluso a punto de perder el equilibrio varias veces y rodar los dos al suelo, la cama parecía que fuera a ceder en cualquier momento, golpeando el cabezal contra la pared con violencia. Finalmente me corrí, llenándola de mi simiente, teniendo seis o siete potentes espasmos y alcanzando el mejor orgasmo de mi vida.

Me dejé caer entonces hacia un lado, exhausto sobre la cama intentando recuperar el aliento. Estaba sudado, mojado y caliente. Cuando me recuperé un poco coloqué de nuevo a mi madre boca arriba y me aseguré de que estuviera bien. Su cara era de relajación total. Mojé de nuevo el trapo y recorrí su cuerpo para enfriarlo.

—¿Lo ves mamá? No todo lo que nos ha traído el virus es malo.

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