ROSA LIÑARES

Esperó a que el parque hubiese quedado prácticamente vacío para acercarse, como
cada noche, a la fuente de los deseos. No se sabía muy bien por qué, pero en los
últimos años se había convertido en lugar de peregrinación donde todo visitante que
se preciara echaba una moneda al fondo pidiendo un deseo. Alguna fábula, historia
inventada o superstición había obrado el milagro que en los últimos meses se había
convertido en el sustento de Simón.
No dejaba de sorprenderle que hubiese tantos ilusos que creyesen que aquella antigua
fuente de piedra podía convertir en realidad sus deseos. Pero no sería él quien les
dijese lo contrario. Faltaría más. Cuantos más locos ilusionados, mejor. Sobre todo,
cuando en lugar de pequeños céntimos, echaban monedas de euro.
Aquella noche era fría. Demasiado. La más fría que recordaba desde que había
empezado a dedicarse a recoger las monedas del fondo de la antigua fontana. Pero no
se había imaginado hasta qué punto. Cuando llegó, observó consternado que el agua
se había congelado. Al intentar introducir la mano se topó con una capa cristalina.
Mientras contemplaba azorado la estampa, un golpe brusco a su izquierda le
sobresaltó. Al momento, la capa de hielo que estaba observando, se resquebrajó y
comenzó a hundirse a pedazos. Al volverse, le dio tiempo a ver cómo un hombre
sujetaba un bastón con fuerza; el que segundos antes había hecho chocar
bruscamente contra el agua congelada. Por unos instantes, Simón no reaccionó.
-Vamos, muchacho… ¿a qué esperas? Recoge tus monedas, que no tenemos toda la
noche. Y Filomena ha preparado hoy una sopa de pescado que nos sentará la mar de
bien para quitarnos de encima este frío…
Así conoció Simón a Don Esteban, su protector. Aquel día cambiaría su vida para
siempre. Lo llevó a su casa, le dio alimento y alojamiento. Le ofreció un trabajo en su
fábrica de conservas y consiguió quitarlo de la calle y de la miseria. Nunca podría llegar
a agradecerle todo lo que había hecho por él. Se sentía en deuda con él para toda la
vida. De momento, el único modo en que podía mostrarle su gratitud, era regalándole
un bastón nuevo cada vez que tenía ocasión. Nunca se sabe cuánto hielo necesitaría
romper aún…
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