SILVIA ZALER

—¿Cuántos días te quedas en Londres?

Sonreí y moví la cabeza. La verdad que ligaba bien, sin presionar.

—¿Por qué lo quieres saber?

—Si tengo algo de tiempo libre me gustaría disfrutarlo contigo.

Su mirada no era dubitativa. Me acababa de decir si nos podíamos ver de una forma original y sencilla. Y directa.

—No sé si voy a tener tiempo libre.

No me dijo nada más. Solo sonrió. Me dio la sensación de que era un hombre que sabía cuándo no insistir. Eso me gustó.

—Yo voy a estar aquí. Si te apetece disfrutar de tu tiempo libre conmigo, me llamas. Seguro que estaré disponible —me dijo apuntando su número de móvil en una tarjeta de un caro hotel de la ciudad.

 Cogí la tarjeta. No pensaba llamarle, porque tenía ambas noches ocupadas con el rostro guapo y el torso trabajado, joven y depilado de Adam. Pero pensé en Madrid. Quizás un día, si aún me quedaba la sensación de simpatía y agradabilidad con él, podría llamarlo. Sonreí pero no dije nada. Me guardé la tarjeta y me fui. Arturo —lo vi en una cristalera y me hizo sonreír— se quedó mirándome el culo mientras me iba.

Aquella noche con Adam no fue demasiado bien. Follamos, claro. Y me echó un par de buenos polvos, pero fueron rápidos, un poco despegados o sin la pasión que yo había visto en él la vez anterior.

Fuimos a cenar pronto, como a las ocho, y estuvo amable y atento conmigo, pero lo noté nervioso. Pagó la cuenta y, mirando el reloj, me dijo de ir al hotel a follar. La otra vez que estuve con él en Londres me había llevado a tomar un par de copas. Y de hecho, le hice una mamada en el baño de una discoteca londinense famosa. Y esa noche, dando las dos de la mañana, empezamos a follar como leones hasta casi las cuatro y media que se fue. El día que conocí a Arturo, entramos al hotel a las diez. A la once y media se estaba vistiendo. La diferencia, obviamente, era importante.

No me puedo quejar de ambos polvos con Adam. El primero en el misionero, con ímpetu, ganas, fuerza… El segundo, fue con la boca. Y Adam no era experto. Más bien, torpe. Pero se debió ver en la obligación de corresponderme por la mamada tan espectacular que le hice, yo de rodillas en la cama, pajeándolo, engullendo y chupando como una posesa, y él con el culo apoyado en el cabecero y las manos agarradas en el dosel. Se corrió en mis tetas de forma copiosa. Se la chupé y saboreé su semen provocándole una serie de gemidos y espasmos. Me dije a mí misma que tras esta corrida, había alargado una hora más el sexo esa noche con él. Solo con la expectativa de volver a experimentar aquello, pensé, lo tenía asegurado. Pero no. Con prisa, me hizo una comida de coño vulgar, simple y rápida. Me tuve que ayudar con un dedo para correrme. Cuando Adam vio que yo alcanzaba el orgasmo, sin tiempo para decirme nada, se duchó y empezó a vestirse.

En quince minutos, me encontraba sola en mi habitación. Sí, follada por un tipo guapo a rabiar, pero con ganas de más sexo.

Aburrida, vi un poco de la televisión. Calculé la hora y puse un WhatsApp a mi marido por si seguía despierto. Me llamó directamente.

—¿Qué tal? ¿Has cenado ya? —me preguntó.

—Sí, acabo de comerme algo. Y he hecho un poco de ejercicio en el gimnasio del hotel. Ahora me iré a dormir. ¿Tú?

—Les he hecho una pizza a los niños y me he tomado un poco. Bien. No tenía mucha hambre.

—¿El trabajo?

—Pues ya sabes lo que te conté. La oferta sigue ahí, pero estoy un poco liado. Tengo dudas. Ya te diré.

Noté algo frío a mi marido. O no sé si esa es la palabra exacta. Más bien distante o menos afectivo que en otras ocasiones, cuando yo solía viajar. Algo me dijo que aunque no se imaginaba mis escapadas sexuales, sucedía algún tema del que yo no era consciente.

Era cierto que había una oferta de compra de su grupo de restauración por un fondo de inversión y achaqué a todo el lío de pensar y decidirse a esa pizca de distancia entre él y yo. Opté por pensar que esa distracción venía motivada por ello.

—Me entra una llamada, Elsa. Es del abogado… —resopló.

—Te dejo. Un beso. Chao. —Me quede tranquila. Definitivamente, corroboré para mí, era tema de trabajo e inversiones.

Me encanta decirle esas frases a mi marido con un doble sentido que él no puede entender. Es una especie de travesura, no tanto de burla, sino más bien como una gamberrada. Nunca he humillado a mi marido. Sé que es imposible que se me entienda, pero es así. Solo bromeo conmigo misma cuando hablo así, con esas palabras y frases.

Yo seguía desnuda, con la cama revuelta y claro olor a sexo en la habitación. Miré las sábanas por si había restos de corrida de Adam. Sí, varias gotas ya secas estaban en las sábanas. Pasé una toallita húmeda y las limpié. Yo seguía teniendo el sabor de su semen en mi boca y me la enjuagué con agua y un colutorio.

Esa noche me dormí relativamente pronto. No era la primera vez que la noche de sexo no terminaba como las prometía. Que se le iba a hacer, me dije.

La mañana siguiente fue de reuniones. Bastantes en realidad. Recibí un mensaje de Adam. Me decía que no podía quedar esa noche porque le había surgido un tema de trabajo y no podía cancelarlo. Me pedía disculpas y prometía recompensarme. Pero entre su comportamiento de la noche anterior y la imprecisión de ese mensaje, me pareció que mentía. ¿Una novia? Eso descubrí un par de semanas después.

Me fastidió. Yo, si el viaje escondía sexo, como eran varios de los que hacía, procuraba llevar mucho trabajo hecho. Eso me aseguraba tiempo libre para follar. Ahora me encontraba en Londres sola y con una tarde y una noche entera para mí. Y sin una polla que llevarme a la boca.

Fue cuando pensé en la expresión tiempo libre, y me acordé de él, de Arturo. Me dije que podríamos probar. Que me invitara a comer, por ejemplo, y tantearía si era factible, o no, un polvo con él. Le puse un mensaje al número de móvil que me había dado.

Soy tu compañera de vuelo. A la una estoy libre. Me invitas a comer?

Le di el nombre de un restaurante al que yo solía ir al Soho. Si se presentaba, perfecto. Pero si por el contrario no podía hacerlo, me pondría un mensaje y ya valoraría si ampliar esa posibilidad de sexo a la noche o adelantaba el vuelo a Madrid.

 Llegué al restaurante a la una menos cinco sin mensaje de Arturo. Era lo normal. Lo había leído, eso sí. Pero no tenía contestación de ningún tipo.

Pero cuando entré en el restaurante, lo vi sentado y sonriendo en una mesa, esperándome. Se levantó al verme y sonrió moviendo la silla para ayudarme a sentarme. Seguía con esa misma mirada de seguridad. De fe en sí mismo, pero sin ser excesiva.

—No sabía si vendrías… —le dije sentándome.

—Te dije que si me llamabas estaría disponible. —Volvió a sonreír y empezó con una conversación amena e interesante.

Mi estancia en Londres tenía visos de arreglarse, me dije.

El sitio no era barato precisamente, pero Arturo no puso la más mínima objeción. No soy de pizza, hamburguesa y ensalada césar. Yo prefiero lo bueno y elegante. No nos engañemos, si se puede probar el caviar, olvidaos de las huevas de mújol, queridas. No hay color, de verdad.

Arturo, como me imaginaba por la charla en el avión, resultó ser un tipo audaz, sugestivo, divertido, con buena conversación y de los que no ocultan sus intenciones. Me miraba las tetas sin disimulo, pero con corrección. Sé que puede sonar absurdo, pero es así. Hay hombres que te desnudan con la mirada, pero no por ello dejan de ser galantes. Arturo es uno de ellos. En los aperitivos, él una cerveza y yo un vino blanco, ya no dejaba de mirarme con esa media sonrisa de niño travieso y sin apenas disimulo. Como os he dicho, no es guapo en el sentido estricto de la palabra, pero tiene algo. No sé, esa apostura, esa seguridad, su sonrisa y la ligera chispa burlona en sus ojos, y, sobre todo, que siendo comedido y elegante, no se cortaba en sus intenciones. Este folla mucho, pensé…

—Te tendría que hacer una foto y subirla al Facebook o al Twitter para presumir que un tipo como yo pueda comer con una mujer como tú… —Dijo apurando la cerveza.

—¿Tienes Twitter o Facebook? —le pregunté sorprendida. No le pegaba.

—No… Pero me abriría una cuenta solo para ponerte.

—¿Es un piropo?

—No lo dudes… —Volvió a mirarme deteniéndose en mis tetas. Luego volvió a sonreír ligeramente de lado.

—Se agradece —contesté cambiando de postura y cruzando las piernas con lentitud mientras miraba a Arturo sintiendo que se despertaba mi interés en terminar con él en la cama.

Es un movimiento estudiado, queridas. Aunque estés en una mesa con mantel y no se vean las piernas, aseguro que funciona, porque imprimes al cuerpo un movimiento lento, elástico y sensual. Si lo haces despacio y resbalas la mirada por tu compañero, es apuesta segura. A mí, nunca, jamás, me ha fallado.

—Eres una mujer espectacular —me dijo bajando un poco la voz y mientras seguía desnudándome con los ojos.

—¿Y eso? ¿Por qué lo dices? —Temí en ese momento que me soltara un piropo de albañil, con todos los respetos que ese gremio de la construcción me merece.

—Eres inteligente.

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