MOISÉS ESTÉEVZ

Los días transcurrían rápidos, señal inequívoca de que todo iba sobre
ruedas. La convivencia era casi perfecta, estaban bien el uno con el otro, no
tenían problemas a la hora de repartir las tareas que demandaba el hecho de
compartir un hogar, y cada vez que tenían la oportunidad, hacían el amor como
locos.
Mientras María hacía frente a su rutina diaria en la oficina, Vincent ponía
en orden el apartamento, hacía la compra y preparaba el almuerzo, la cena era
cosa de ella, y el resto del tiempo se dedicaba a buscar trabajo.
Su currículum era bastante bueno, aunque no reflejaba una laguna
temporal en el apartado de ‘experiencia profesional’. No quedaría muy ortodoxo
reflejar que durante varios años había sido un asesino a sueldo, por lo que
dicha laguna la suplía con un hipotético empleo en el que habría ejercido como
abogado en un prestigioso bufete de abogados neoyorquino. Uno de los socios
fundadores, era un viejo amigo, y si se diera el caso de que llamaran pidiendo
referencias, le cubriría las espaldas.
Podría ser un aspirante perfecto para cualquier puesto que le
propusieran. Conocía varios idiomas, poseía un par de másteres y se graduó
‘cum laude’ en la Universidad de Harvard, un hecho este último que le otorgaba
un aceptable prestigio a la hora de afrontar cualquier entrevista, que hasta ese
momento habían sido escasas, aún así, era optimista y estaba seguro que no
tardaría en emplearse.
Todavía, cuando se para a pensar y echa la mirada atrás, no encuentra
una explicación de cómo se dejó captar por la CIA. Cursaba el último año
cuando alguien se le acercó mientras repasaba unos apuntes sentado en un
banco del campus, y dirigiéndose a él por su nombre de pila le tendió una
tarjeta…

  • Llámanos si estás interesado. Nosotros lo estamos, y por favor, sé
    discreto. –
    Aquel individuo se fue tal como vino y nunca volvió a verlo. Seis meses
    después, una vez terminó el curso y habiéndose tomado un tiempo sabático, la
    curiosidad pudo con él y decidió hacer esa llamada, lo que propició el inicio de
    su etapa en La Agencia, casi cuatro años, antes de establecerse por su cuenta,
    viviendo una segunda etapa profesional menos arriesgada y mucho más
    lucrativa, aunque no fácil, ni la transición – dejar Langley – ni la serie de trabajos
    que tuvo que realizar.
    Deseaba que su tercera experiencia en el mundo laboral encajara con
    los cánones que la ley imponía a la sociedad, y que mejor forma de hacerlo, en
    la medida de lo posible, que aplicando sus conocimientos en derecho.
    Esperaba tener suerte…

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