VÍCTOR SOLÁ

Caminando por la vereda que existe entre los sueños y la realidad me topé frente a frente con una ignorada verdad. Me miró a la cara directamente, intercambiamos una profunda mirada y pude ver en sus ojos como las lágrimas se acumulaban. No supe que hacer, no supe cómo reaccionar o que decir. Me quedé perplejo, el tiempo no existe en ese limbo por lo que no sentí si pasaba el tiempo o era yo quien pasaba por él. Me incomodó aún más cuando una lágrima bajó por su mejilla y mordía sus labios para ahogar aquel llanto que tanto se esforzaba por no dejar salir.

Di un paso al frente y ella dio uno hacia atrás, le tendí mi mano derecha para que la sujetara y dio otro paso atrás. Me confundí, ¿la había lastimado en algún momento? No lo sé o no lo recuerdo. Ella tomó sus manos y las entrelazó, y apretaba fuertemente sus dedos que se veía a simple vista como cambiaba el color de sus manos cuando la presión bloqueaba el paso de sangre en su tejido. Ahora bajaban lágrimas por sus mejillas y no las podía contener. No entendía cómo escondía tanto dolor, cómo podía ahogarlo tanto, y por qué no decía nada.

Finalmente tuve el valor para hablarle y le pedí que me explicara que ocurría. Nunca esperé la voz que provino de aquella imagen, ¿Cómo podía esconder esa voz en ese cuerpo? Era delgada, de mi edad, pelo rubio en rizos bien marcados, ojos color turquesa, pecas en sus mejillas, nariz perfilada y labios color rosa un poco gruesos pero finos y alargados. Tenía un cuello un poco alargado y se le podía observar sus músculos. Sus manos eran delicadas, pero denotaban que había trabajado fuerte mucho tiempo con ellas. Tenía un camisón de lana color crema, la cubría desde las muñecas hasta sus clavículas, y llegaba justo a la cadera. Tenía una falda a mitad de muslos negra de cuero, unas botas al tobillo de lana negras. Pero, no sabía quién era.

Su voz era fuerte, estruendosa, dolieron mis oídos la primera vez que la escuché. Me tapé con las manos para limitar el sonido, pero ella se controló y su voz se suavizó un poco. Noté que a medida que sus emociones buscaban expresarse a la fuerza su voz violentaba el sonido. Un poco calmada me dijo que no era un amor perdido y mucho menos soñado, que su dolor no era por el presente, sino por el pasado, y que la frustraba mi esfuerzo de recordar las cosas y no lograrlo. Que fue testigo de mis victorias y derrotas, mi destrucción y renacer, pero que ella había estado a mi lado desde mucho antes.

Dijo que yo le había dado la vida y que yo era quién determinaba su rumbo, pero que en ocasiones se perdía en mis indecisiones que surgían de mis avaricias y entregas vanas. Dijo que en las noches trataba de hablarme pero que mis preocupaciones la silenciaban. Que trataba en ocasiones de mostrarme el camino pero que no la escuchaba. Pero que en esta ocasión se había revelado y había huido del mundo de mis sueños y acerado a la frontera de la realidad para tratar de encontrar una solución, pero que jamás imaginó encontrarme aquí.

Finalmente se presentó, soy Ideología, ¡Tu Ideología! ¡Me creaste, me diste la vida, me diste en qué creer, con que soñar! ¡Me tiraste a un lado! ¡Me olvidaste, me ignoraste, me menospreciaste! ¡Tu! ¡Tú que me diste forma! ¿Qué pensabas? ¿Por qué lo hiciste? ¿A caso lo merecía? ¡Yo que soy quien eres! ¡Yo que soy quien te define ante todos!

Mientras me gritaba todo esto se me formaba un taco en la garganta y comencé a contener el llanto. Tenía razón en todo lo que decía. No tenía respuesta, no tenía excusa, yo era el causante y único responsable de eso. No soporté más y me dejé caer al suelo, mis rodillas impactaron el suelo y el dolor hizo que mis lágrimas escaparan. Levanté la mirada lentamente y pude ver como ella se abalanzaba ahora sobre mí para sostenerme. Me abrazó tan fuerte que me crujieron los huesos. Le pedí perdón como pude, le pedí disculpas por todo y la abracé.

Nos sentamos como niños en la orilla de la vereda, observando la frontera de la realidad e ignorando al mundo de los sueños. Me dijo que estaba orgullosa de mí, pero que necesitaba mantener la mente presente en mi vida. Que el egocentrismo es la clave de la felicidad espiritual, la emocional se envenena lentamente por él, pero nada pude mantener el espíritu sano sin serlo. Me explicó que las ideas no se abandonan, pues son las semillas de los sueños que surgen en nuestras espaldas, que cuando se cuidan y manifiestan con amor y entrega se convierten en parte de nuestra realidad más allá de sus fronteras.

Me dijo que cuando una idea se colara en mi cabeza no la ignorara, que no la enviara a caminar en esa vereda entre ambos mundos, donde el tiempo no pasa y la vereda nunca llega a su destino. Que las dejara correr, que dejara que vivieran en mis sueños para que poco a poco, día a día lograran encontrar su camino a donde deberían estar. Que cuando eso ocurre ellas pasan la frontera de la realidad sin tener que pisar la vereda donde estábamos sentados. Puso su mano en el centro de mi espalda, la acaricio suavemente, y me dijo suavemente que las ideas que están en mi interior son el combustible para iniciar a cumplir mis sueños. Porque no hay nada de cierto en aquella frase de Calderón de la Barca… “La vida es un sueño y los sueños, sueños son…”

Me dijo también que prestara mucha atención a la frase de Muriel Rukeyser… “El mundo no está hecho de átomos, está hecho de historias.” No lo había pensado, pensé yo en mi interior. Sentí un suave beso en mi mejilla y escuché como su voz se alejaba mientras me decía: “Ahora estamos trabajando juntos, mejor que antes. Sigue la vida, ama como si mañana no existiera, pero sueña como si mañana dependiera de ellos. No te dejes caer, porque ya no hay incertidumbre en cuán bajo podemos vivir.” No pude despedirme, pero sentí como aquella vereda se inclinaba hace el frente y la frontera de la realidad quedaba sobre mi cabeza, cuando levanté mi mirada para apreciar aquella extraña sensación, salí disparado. Sin darme cuenta, desperté agitado y descubrí que estaba sentado en mi cama, con una solo cosa en mi cabeza… “La vida no es un sueño y el mundo no está hecho de átomos. Los sueños nacen de las ideas, pero son los sueños los que le dan forma a las historias que crean nuestro mundo, y que hacen que la vida sea mucho más que un sueño. Por tanto, nuestras ideas son las semillas de nuestros sueños, mientras que nuestros sueños le dan color a nuestra realidad, y que esa realidad nos brinda la oportunidad de vivir día a día nuestra vida.

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