JORGE MARÍN

Se manifiesta con la etimología de refracción; una esfera dimensional y de
perenne incandescencia. Al vislumbrarlo por el rabillo del ojo, se instala en
mi ser como una opresión, suscitando un intento desesperado por absorber
todo el aire de mi entorno.
Irrumpe la noche en la nube de mis ojos, en el azoramiento de mi
raciocinio. Mis párpados son obligados a levantarse por órdenes de mi pie
griego. Debido a mi inclinación por la minuciosidad, pongo en evidencia
que dichas órdenes provienen de mi aquel quinto dedo, ese bárbaro,
desdichado e insolente.
Nace en la punta como un eco de lamentos. Se prolonga como un
hormigueo por su vecina, mi pierna. El más pequeño decide hostigar a sus
hermanos. Lo sienten estorbar y ansían deshacerse de él, se conceptualiza
rabia.
Avanzo vehemente por el umbral hasta el próximo cuadro. Me filtro en la
opacidad de las telas contiguas y la oscuridad reina sola. Se extiende el
poderío de su monarquía, hasta que resurjo como un príncipe de gran
envergadura empinando mi espada de impecables puntas y agudos dientes.
Ufana termina su labor, por el cual ha sido concebida en tiempo y forma. La
maravilla del destino es esta: todo se acopla en un vector horizontal, incluso
puede permitirse correr como relucientes articulaciones sobre la madera.
Me alojo en la suave atmósfera de mi lecho. En la frialdad de su picardía,
aquel enemigo duerme a mi lado.

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