SILVIA ZALER

Tiempo después…

Han pasado varios meses desde que sucediera la fiesta de Menchu de fin del mes de agosto del año pasado. Y sucedido muchas cosas. Algunas han sido buenas. Otras, para nada.

El confinamiento por el virus COVID sigue. Continuamos con movimientos limitados y no se si el verano será el fin de esta pesadilla.

Miro a mi marido. Está de espaldas a mí. Hablando por teléfono. Sé que es ella. Su amante. La mujer con la que ha estado estos meses. No puedo culparle. Yo llevo más de cuatro años engañándole. Sin que se lo mereciera. Porque ni siquiera ahora creo que podría culparle.

Suspiro y cierro los ojos. Pienso en todo lo que he hecho. Mis amantes, mis folladas, mi historia. En mi cabeza se suceden nombres, caras y momentos.

Pero no sé si ya es tarde.

        Arturo

Arturo es diferente a todos los que me he tirado. Es el de más edad de mis amantes y el más maduro, también. Tiene cuarenta y siete años y es divorciado. Moreno con canas en los lados, de ojos marrones, profundos, de los que te miran y desnudan. Es elegante. Viste de forma impecable y los trajes y chaqueteas le sientan como un guante. Es con el único que me ido un par de veces a cenar. Por su aspecto, si alguien me viera, pasa por un autor de prestancia con el que me he tenido que ir a una cena de trabajo. Es un caballero. Nunca le he visto elevar la voz y siempre se ha portado de forma muy educada conmigo. Por eso estoy tranquila si un día alguien me sorprendiera con él. Me seguiría el cuento y no permitiría que me descubrieran. Pero, pesar de todo eso, las dos o tres veces que nos hemos ido a cenar, ha sido siempre lejos de donde yo vivo.

Sabe que estoy casada y cuida mi discreción. Tiene una sonrisa tranquila, de hombre de mundo. Es consultor y tiene a su cargo unas veinte personas, lo que le hace escuchar muy bien, pensar antes de hablar y sobre todo, pisa el terreno antes de lanzarse. Me gustan sus maneras. Como me trata y me hace sentirme deseada. Lo cierto es que en condiciones normales Arturo no sería uno de los que me follaría. De hecho, desconoce por completo mi faceta promiscua. Sabe que he podido tener algún otro rollo, pero no se imagina los pasotes que me corro, ni los colocones que me cojo para follar sin freno. Piensa que soy una mujer casada con una aventura. De las de antes. Discreta, formal, pero que ha dado el paso para estar con otro hombre además de su marido en alguna ocasión. Yo dejo que se lo crea. A mí me es indiferente y ayuda a mantener nuestra especie de relación.

 Lo conocí en octubre, en un avión. Yo visitaba a una editorial afincada en Londres con la que teníamos acuerdos, y esta vez no tuve que mentir a mi marido. De paso, aprovechaba para asistir a un congreso de mujeres escritoras en donde tenía un par de citas con dos autoras interesantes y prometedoras. Bueno, esto último era una excusa para quedarme en Londres hasta el sábado por la mañana. Mi plan era follar con Adam. Un apuesto londinense de treinta y pocos años, al que conocí con una aplicación de ligar unos meses atrás. Yo ya tenía programada la cita con él y tan solo esperaba que me llamara para confirmarme la hora y si follábamos en su casa o en mi hotel. Yo, si puedo elegir, cuando estoy fuera, prefiero siempre mi terreno, el hotel. Donde más me gusta es en mi casa, como ya he dicho. Follando en el sofá, en la cocina, en la cama de matrimonio… Me pone mucho. Los hoteles tienen una parte de impersonalidad, de lejanía y libertad. Pero es lo más parecido a mi casa cuando viajo. Siempre que entro a alguno y voy a follar, me digo que es como esa frase de lo que sucede en Las Vegas, se queda en Las Vegas.

Arturo…

 Fue una verdadera casualidad que termináramos en la cama en ese viaje.

El tío es muy interesante, jajaja

Le escribí a Gabriela desde el mismo aeropuerto de Londres cuando ya regresaba.

Te lo has tirado?

Sí, claro… jajajaja. Qué iba a hacer, jugar al ajedrez?

Qué zorra eres tía. Jajajaja

Y tú una monja, cabrona. Q tal? Me ha dicho Menchu que has tenido tema con uno. Nuevo?

En este momento hubo tres o cuatro minutos que no me dijo nada mi amiga. Yo, mientras, embarcaba en ese momento en el avión, por lo que no me percaté siquiera

No quiero que se enteren estas.

Cuenta, perra

Me da cosa…

Es casado o feliz?

Es un tipo adorable.

No me llames tonta, por favor

Te gusta?

Volvió a haber un silencio entre nosotras. Pero me dio la impresión de que aquel hombre le hacía tilín a mi amiga.

Dime cómo es el tuyo, plis

Divorciado.

Y bueno en la cama, que es lo importante

Esa fue la conversación que tuve con mi amiga en el mismo aeropuerto de Heathrow. La verdad es que, tras el trío que nos marcamos con Jaime, Gabriela estaba mucho más abierta a nuevas folladas. Pero todo pareció detenerse tras conocer a ese hombre misterioso. Del que nunca me dijo nada. Pero el hecho es que, sin apenas darnos cuenta y poco a poco, tras ese mes de octubre, Gabriela fue desapareciendo de nuestras vidas y folladas.

Arturo…

El asiento de mi lado estaba vacío y tras despegar y volar los primeros minutos, un hombre de algo más de cuarenta años se dirigió a mi lado.

—¿Le importa que me siente aquí?

Le miré. Era un tipo de sonrisa simpática. Una mirada profunda marrón oscuro. Tenía la pinta de estar muy seguro de sí mismo. Pelo frondoso, ya con canas. Piel ligeramente bronceada, no muy alto, pero de constitución delgada. Cara de rasgos varoniles y perfiles prominentes. Chaqueta cara, reloj suizo de marca, pantalón gris, impecablemente planchado y elegante. Pañuelo de color vistoso en el bolsillo, rompiendo la formalidad de la vestimenta. Los zapatos no costaban menos de trescientos euros. El traje y el reloj, cada uno, pasaban de mil, sin duda.

—No, no me importa. —Seguí leyendo en mi iPad tras el repaso al que le sometí.

Al principio no le hice demasiado caso, pero con el transcurrir de los minutos, de forma educada y simpática, me metió en una conversación ligera sobre lo incómodo de los vuelos y aeropuertos. No sé por qué, pero nos enredamos en esa charla e incluso me hizo sonreír en tres o cuatro ocasiones. Era un tipo de conversación ágil, chispeante. Incluso inteligente. Son bastantes los babosos que me tiran miradas y me sonríen, a los que por lo general, no les hago apenas caso. Salvo que me los vaya a tirar por guapos o cuerpos de escándalo, que eso, ricuras, también se puede. Quiero decir, que no me dejo engatusar por una conversación de poco interés o gracia. Si le hice caso, fue porque aquel tipo era, además de educado, simpático y galante. Buena mezcla, la verdad. Me dice que se llama Arturo en un momento dado. No es guapo, o al menos no es de los cánones de belleza que toda mujer tiene. Pero tiene un rostro varonil y transmite seguridad y carácter.

Esa facilidad para la charla y la actitud desenfadada que mezclaba con acertados comentarios, hacía que fuera un hombre atractivo. Sí, tiene su punto, me dije. Yo me he tirado a algún modelo de pasarela, bobos de belleza incuestionable y escasas luces. Al final, tras el primer o segundo polvo, te aburres. Arturo me parecía interesante, otra clase de hombre.

Yo por ese mes de octubre no estaba tan desenfrenada. Desde la fiesta de fin de verano, que fue una pasada, había estado muy tranquila. Si me pillara en otras circunstancias, a lo mejor me lo tiro en el mismo avión, que es una fantasía que siempre me ha puesto mucho. El hecho era que, en ese momento, Arturo todavía no alcanzaba las cotas para atraerme. Seguía siendo infiel a mi marido, por supuesto, pero ya buscaba algo más en el hombre con el que me acostaba. No sé, algún tipo de atracción. Bien podía ser la belleza, el cuerpo, la musculatura, la inteligencia, sus dotes amatorias, la entrepierna… Algo que me llamara la atención y me impulsara a la cama con ellos. En concreto, algo diferente. Arturo, a pesar de haber tocado con los nudillos a esa puerta, no había terminado de abrirla. Y estábamos en un vuelo a Londres, con lo que tampoco había tiempo para más. Por así decirlo, en ese momento estaba clasificado en mi mente como un tipo del montón avanzado, una promesa en ciernes, y que quizás en otras circunstancias, pero nada más.

En condiciones normales nunca hubiéramos terminado juntos, pero las casualidades también funcionan de vez en cuando. Llegamos a Londres y, aunque debo admitir que la charla fue agradable y me arrancó esas sonrisas que os contaba, seguía anclado en la carpeta de tipo del montón avanzado. A pesar de ser simpático, culto, educado y gracioso, no me terminó de convencer. Porque si no, podría haberle pedido el teléfono. Me lo hubiera dado sin dudar.

Yo seguía con mis rutinas de ejercicio, cuidados, comida sana, masajes y pequeños retoques. Me mantenía en la treinta y ocho de Zara con mi uno setenta. Hora y media al gimnasio y lo que la genética no ha tenido a bien dotarme, lo arreglaba con cirugía y dinero.

A lo que iba, que me enrollo. Me despedí de Arturo en la salida de Heathrow, camino del metro. Nos besamos en la mejilla y yo me disponía a darle la espalda e irme, cuando me dijo con esa sonrisa que tan bien sabía usar:

—¿Cuántos días te quedas en Londres?

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