ANDER MAIS

Capítulo 13

El Despertar de mis Morbos

A la mañana siguiente, dormido aún profundamente, me desperté sobresaltado al oír sonar el móvil de Natalia. La miré para comprobar que estaba totalmente dormida. Me levanté, me senté rápido en la cama, todavía algo aturdido del sueño, y le lancé un vistazo instintivo al reloj que había en una pared de aquella habitación. Eran ya las 11:20… ¡Nos habíamos dormido por completo!

Asustado, al comprobar que se nos había hecho muy tarde para dejar el hotel, me acerqué raudo a coger ese móvil que no paraba de sonar. Al mismo tiempo que me estiraba a por él, fui con la otra mano agitando el cuerpo de Natalia, intentando despertarla…

—¡¡Nataliaaaa!! ¡Natalia, cariño, despierta!, ¡que te está llamando tu prima Erika! —exclamé, casi gritando.

Ella, al instante, pegó un brinco. Se despertó también sobresaltada y, con una cara inmensa de sueño y resaca, me replicó:

—¿Qué pasa…? ¿Qué quiere ésta?

—¡Joder, amor! ¡¡Tenemos que salir para su casa!! Nos dormimos y mira que hora es ya… ¡¡Dios, ya vamos tardísimo!! —volví a exclamar, sentándome de golpe en mi esquina de la cama.

El teléfono de Natalia no dejaba se sonar…

Visto que no hacía ademán alguno por cogerlo, todavía medio dormida y totalmente aturdida, iba a cogerlo yo, cuando paró de sonar.

—Ha colgado, vida… ¡Dios, hace hora y media que deberíamos habernos levantado! —dije apurado, mientras me lanzaba fuera de la cama en calzonzillos.

—¡Déjala! Ya volverá a llamar… ¡Menuda pesada! —replicó Natalia, bostezando.

Habría casi unas tres horas de trayecto desde donde estábamos veraneando estos días hasta el pueblo donde vivían sus tíos. Y habíamos quedado con ellos para comer allí. Era súper tarde ya… No sabía si llegaríamos a tiempo. La noche loca de ayer nos había pasado factura… ¡Y de qué manera!

Rápidamente, me metí en el baño, me lavé lo más apurado que pude, y recogí todo lo que nos quedaba por allí tirado, metiéndolo en la maleta. Salí de nuevo y miré a Natalia que aún se hacía la perezosa, acurrucada sobre la cama…

—¡¡Pero vamos, cariño!! ¡Levántate por favor, que no llegamos! —le rogaba, mientras de un tirón la destapé de la única sabana con la que nos habíamos cubierto.

Observé su cuerpo desnudo sobre el colchón, con esas dos tetazas al aire y su chochitototalmente depilado. Las dos coletitas que se hizo anoche y que aún conservaba, aunque algo deshechas ya, le daban el aire de una “traviesa colegiala tetona” que se habría pasado en una fiesta.

—¡Voy… venga… jolin! Bufff ¿Ayer fue buena, no? Estoy fatal… —Natalia se retorcía con el rostro todavía desencajado.

Pero, al momento, por fin se levantó resignada y se metió al baño.

—¡Dúchate rápido!… Que no llegamos… —le rogué, mientras iba atravesando el umbral de la puerta del baño y yo observaba el movimiento de su culo de lado a lado, con ese paso algo trastabillado que llevaba.

Cerró la puerta, sin decir nada, y al segundo escuché el agua de la ducha caer. Yo, mientras tanto, me fui vistiendo rápido a la vez que recogía del suelo su vestido de anoche. Lo miré con detenimiento, dándole varias vueltas mientras lo sostenía en la mano. Al observarlo, regresaron a mi mente las escenas que había vivido hacía escasas horas. No pude evitar olerlo. El perfume de Natalia, que aún estaba intensamente prendado en él, hizo que mis morbos se volviesen a despertar, al recordar cómo, con él puesto, había calentado de tal forma a aquel chico, a Riqui, al que acababa de conocer hacía escasamente tres días. Lo doblé, lo metí en su maleta, y se la dejé abierta para que ella escogiese las prendas con las qué vestirse cuando saliera del baño.

Agarré mi móvil de la mesita y le activé el volumen de nuevo. Miré la pantalla, y vi que Víctor no me había enviado ningún mensaje más. La verdad, en aquel momento, me desilusionó un poco. Pero sentí que quizá eso fuese lo mejor: dejar la experiencia de anoche y de estos último días en una aislada y morbosa anécdota veraniega….

Sólo esperaba, que para Natalia también lo fuese.

Al momento, salió ella del baño, envuelta en una toalla. No le dije nada y, sentado en la cama, me quedé inmóvil mientras observaba cómo se vestía. Se puso un tanga rojo de encaje y un sujetador del mismo color, de esos tipo balconet, que levantaban aún más sus tremendas “perolas”. Se puso un pantalón vaquero clarito de verano, de esos de aspecto roto y desgastado, de cintura mas bien baja, pero que marcaban su culo y lo hacía lucir grande y firme. Luego vi que se buscó una camiseta estampada finita, semitransparente pero cerrada. Parecía que hoy no le apetecía lucir escote. Y bueno, para irnos a casa de sus tíos y ya el primer día, la verdad, yo pensé que era mejor así. Tampoco sería plan aparecer allí luciendotetazas delante de sus parientes. Pero bueno, con semejantes “melones”, aunque la camiseta no fuese nada escotada, al ser ajustada, el bulto que se veía era espectacular, e incluso se le transparentaba el sujetador, haciendo la visión igual de morbosa.

Recogimos bien todo lo que nos quedaba y bajamos a recepción para entregar las llaves y despedirnos. Fueron muy amables con nosotros y nos animaron efusivamente a volver el verano próximo; a lo que contestamos que seguramente sí, qué volveríamos, que nos había encantado todo…

Caminamos por la calle con las maletas hasta coger el coche y salir hacia la casa de sus tíos y su prima. Nada más entrar al vehículo, le recordé:

—Natalia, vida…. ¡llama a tu prima!, que antes te llamó y no la contestamos —le dije.

Natalia me hizo caso, y fueron hablando durante un rato, contándole que acabábamos de salir y que no sabíamos a qué hora llegaríamos para comer. Eran las 12:20, y seguramente, hasta por lo menos las 15:30, si se nos daba bien el viaje, no estaríamos allí…

Al cabo de unos diez minutos, Natalia terminó la llamada con su prima.

—¡Qué pesada! Ya no paraba de preguntarme qué tal las vacaciones y que le contase cosas… ¿No puede esperar a que lleguemos? Joder… ¡no estoy yo ahora para sus chapas.!—me comentó Natalia, nada más colgarle el teléfono a Erika, y apoyándose en el asiento como intentando dormir con sus gafas de sol puestas.

Durante gran parte del trayecto fui conduciendo solo. Natalia pronto se quedó profundamente dormida, todavía resintiéndose de la fuerte resaca de la noche de ayer.

Gran parte del camino, por supuesto, fui pensando en lo vivido todos aquellos últimos días de vacaciones en Rocablanca del Mar. Pero más tarde, a medida que íbamos avanzando kilómetros y nos acercábamos al destino, también en su prima Erika…

Érika era una chica un poco mayor que Natalia, más o menos de mi edad, unos 31 años. Por lo que mi novia me había contado de ella, tenían una relación bastante unida desde que eran muy pequeñas. Sus madres son hermanas y, desde la adolescencia, habían pasado siempre muchas temporadas juntas una en casa de la otra. Tenía entendido, que sólo habían roto su relación durante los cuatro años que Natalia estuvo con su ex. Supe que la reanudaron justamente cuando ella comenzó a salir conmigo… Eso en parte me enorgullecía.

El verano anterior ya habíamos estado allí, pasando unos días. Recuerdo que había estado mal tiempo, lloviendo durante casi toda la semana. Pero lo habíamos pasado bastante bien igualmente. Además, yo había hecho muy buenas migas con el novio de Erika, Sergio, que era un chaval más o menos de mi edad. Tenía ganas de volver a verle… Era muy buen tío.

Erika y yo, aunque no la recordé de primeras, en aquella primera ocasión que vi a Natalia cuando acudí a la gestoría donde trabaja, ya nos conocíamos un poco de años atrás, de cuando ella pasaba navidades y épocas estivales en casa de Natalia, en nuestra misma ciudad. Erika había sido durante años bastante amiga de un compañero mio de clase, Pablo, y coincidíamos en ocasiones saliendo por ahí, las veces ella venía a visitar a su prima. Recordaba que, en más de una ocasión le había tirado los trastos, pero jamás habíamos llegado a nada, ni a un triste beso, aunque siempre pensé que yo a ella le gustaba.

Erika es rubia, con el pelo liso, de la misma estatura que su prima Natalia pero con mucho menos pecho. En la época que yo la conocí tenía un culazo de impresión que con los años fue perdiendo al engordar algo, pero siempre ha conservado una cara que, aunque no excesivamente guapa, poseía cierto morbo.

Ahora mi novia había vuelto a tener muy buena relación con ella. Y bueno, eran algo así como confidentes la una de la otra, se contaban todas las cosas. Aun así, yo nunca le comenté nada a Natalia de mis tonteos años atrás con su prima. Me parecían algo sin importancia y del pasado. Suponía que Erika tampoco le habría dicho nada de eso a Natalia.

Recordando todo esto en mi cabeza, fui recorriendo parte del trayecto que faltaba a la localidad de los tíos de mi novia. Desde Rocablanca del Mar hasta Londelvalle, que era el nombre del pueblo donde vivían,había algo más de 300 kilómetros. Mi chica aún parecía sumida en un profundo sueño. Llevábamos ya casi dos horas de trayecto, sin parar, y ella seguía tan dormida…

De repente, me entraron unas ganas tremendas de orinar. Decidí parar en la primera gasolinera que me topé. Era de esas de autovía, con una tienda grande y una cafetería enorme detrás, separadas por un gran aparcamiento para camiones. Me detuve primero en el surtidor de gasolina y rellené el deposito del coche. Mientras, Natalia, que se había despertado levemente por el vaivén al acceder a la gasolinera, seguía tumbada con los ojos cerrados..

Tras pagar el carburante, me dirigí al aparcamiento y situé el coche al lado de las cabinas de los camiones, en el medio de dos que había allí estacionados. Paré el motor, le dí un toque en el brazo a Natalia y le pregunté:

—Vida, ¿quieres bajarte para tomarte algo o ir al baño? Yo voy hasta la cafetería un momento. Necesito un café…

Ella, bastante adormilada, respondió de forma atontada y sin hacerme excesivo caso:

—No, paso… Ve tú. Yo te espero aquí…. Acaba pronto.

Le hice caso; la dejé allí sola, medio dormida, me baje del coche y me fui hacia la cafetería para orinar y tomarme algo que me ayudase a recorrer el aun largo trecho que nos quedaba…

Pero, al final, para perder menos tiempo, decidí sólo entrar en la tienda de la gasolinera y mear en el baño de allí tranquilamente. Al salir de aquellos servicios, estuve un rato ojeando cosas de la tienda: la prensa y un par de revistas con intención de comprarme alguna. Pero al final pasé. Decidí solamente coger refrescos de la nevera y algo ligero de comer para llevarme al coche. Pero, justo un segundo antes de abrir la nevera de bebidas, me percaté que me había olvidado la cartera. No tuve más remedio que regresar a por ella.

Al ir aproximándome al vehículo, vislumbré desde lejos que mi chica estaba agachada fuera del coche. Me fui acercando más, sigilosamente, y estando casi llegando vi cómo, desde uno de los dos camiones que estaban a su lado, un hombre la espiaba desde la ventanilla. Sobre la marcha, se me ocurrió intentar espiar, sin que me viesen, medio escondido desde la parte trasera de otro camión que estaba aparcado justo al lado.

Desde ese pequeño e improvisado escondite, vi a Natalia completamente agachada en el suelo, con su culo en pompa, a cuatro patas y como buscando desesperadamente algo que parecía habérsele caído bajo el coche. Estaba tan agachada, que enseñaba casi completamente el tanga rojo que llevaba, que asomaba casi entero. Sus ajustados pantalones estaban bajados casi hasta la mitad de su culo.

Aquel hombre se estaban dando un gran festín observando el trasero de mi chica, desde su camión y con cara de baboso.

Natalia parecía muy nerviosa, y se agachaba cada vez más , intentando sin éxito alcanzar lo que fuese que se le había caído bajo el coche. Cada vez enseñaba más trozo de tanga y de culo…

Ese tipo, de repente, abrió la puerta del camión y, de un salto, se bajó cayendo de pie justo a su lado. Ella se levantó de golpe, como un resorte, sobresaltada por culpa de aquel hombre y su brusca aparición tras ella…

—Hola, morena, ¿qué te sucede? ¿Se te ha caído el móvil bajo el coche, no? —le dijo aquel hombre de voz grave y cazallera, y pinta de rudo camionero. Tendría unos 50 años, con abultada barriga y la camisa casi completamente abierta, enseñando su peludo torso.

—¡Sí, dios!… y no soy capaz de alcanzarlo… —le contestó Natalia, algo nerviosa y sorprendida por la presencia de aquel tipo a su lado.

—¡Espera guapa, que te ayudo! ¡Ya verás…! —intercedió él, casi al instante.

Sacó de una cajonera de su camión lo que parecía un gancho largo o algo así… Supuse que eso lo tendría para ayudarle a mover los palets de mercancía que trasportaba. Con él en la mano, se agachó, y fácilmente arrastró el teléfono de mi chica que estaba bajo el coche, dándoselo luego en la mano.

—Toma… ¡ves que fácil era! Sólo hay que tener la herramienta adecuada —dijo ese tipo, que aprovechó ese instante a menos de un palmo de ella para mirarle con descaro el abultado contorno de sus pechos.

—Gracias… —Natalia, ya con su móvil en la mano, le contestó con una tímida sonrisa.

En esto, de repente, decidí acercarme a ellos para sorprenderles. Miré directamente hacia aquel tipo, y exclamé en alto para lo dos:

—Natalia… ¿qué ha pasado?

—Nada… —respondió al instante—, que se me cayó el móvil bajo el coche y este señor me ayudó a alcanzarlo. —Su respuesta sonó un tanto avergonzada, mirando sin parar la mano que sujetaba su teléfono.

Yo, extrañado, pero sin darle demasiada importancia al asunto, proseguí:

—Ah… ¡Gracias, hombre! —miré hacia aquel tipo y me aproximé a mi novia— . Natalia, oye… he vuelto porque olvidé aquí la cartera. ¿Te vienes ahora conmigo a la cafetería? Voy a tomarme un café y a comprar algunas cosas para el camino… ¡Anda vente!

—Vale, sí…. Ahora me han entrado de repente a mí también las ganas de mear —me contestó ella, cerrando de golpe la puerta del coche y despidiéndose tímidamente con la mano de ese camionero que le había ayudado.

Yo intercedí:

—¡Oiga, buen hombre!, ¡venga a tomarse un café con nosotros o algo! Le invito. ¡Qué menos! Después de hacerle este favor a ella… —le dije al camionero. Él seguía observando disimuladamente a mi chica de arriba abajo cada vez que tenía una pequeña ocasión.

—Vale, pues sí… ¡Gracias! Además tenía ya pensado acercarme hasta allí ahora… —respondió agradecido.

Sin perder más tiempo, caminamos los tres hasta la cafetería. Entramos y nos acercamos a la barra. Yo pedí un refresco, mi chica un café cargado, y el camionero se pidió una cerveza bien fría. Natalia se fue en dirección al baño, nada más decirle al camarero lo que iba a tomar; se estaba meando ya.

Mientras ella caminaba en dirección al servicio, aquel tipo no separó un instante su mirada de su trasero. Yo le vi hacerlo y, al notar cómo no se cortaba aunque yo estuviese delante, le dije:

—¿Qué?… ¡está buena, eh! —Cortado, vi cómo él cambiaba el semblante de su rostro; debió pensarse que no le habría pillado mirándole el culo así, de forma tan descarada.

Él, sorprendido por mi rápido comentario, me contestó en tono reposado…

—No está mal, no. ¿Qué es tu novia?

Yo, en un flashazo, recobrando por un instante de nuevo las ganas de morbo, le mentí:

—¡Que va, tío! Me la acabo de ligar estos días en la playa… Me la llevo a un apartamento que he alquilado para follármela.

No sabría decir muy bien por qué le dije esto ni cuál era el motivo. Quizá con ello querría quitarme un poco de encima lo de anoche. Tal vez, contándole a aquel tipo esta fantasía, la realidad de lo que pasó en la fiesta y en ese aparcamiento me parecería también lo mismo: algo fantasioso, como si no hubiera ocurrido realmente…

—¡Joder… pues aprovecha tío! ¡Menudas cacho tetas tiene la chavala! ¡¡Madre mía!! —replicó él, con su cerveza en la mano.

—Ya… ¡Y no veas además cómo la chupa! —Fuera de mí, me metí en ese papel totalmente—: Esta noche, me estuvo calentando a tope en una fiesta, y luego me la follé como a una putita en un aparcamiento… ¡Tirada dentro de mi coche!

Ese tipo soltó la cerveza, posándola en la barra…

—¡Joder tío…! ¡Qué suerte tienes! ¡Aprovecha! —me dijo, sin perder de vista la puerta de los baños, por si regresaba ella.

—Y a ti, ¿te gustaría también comerle esas tetazas… no? —le pregunté, ya desbocado de nuevo.

No sabía si, después de lo de anoche con Víctor y Riqui, aquello sería una buena idea, pero no podía evitar aprovechar cualquier excusa para morbosear. El excitarme hablando con otros sobre mi chica, era ya algo superior a mí…

—¡Sí, joder…! ¡Si la pillo en el camión, la reviento! ¡Le iba a dar por todos lados! —Esa fue la respuesta de aquel tipo, desatado por completo.

Al oírle responderme de esa forma, me di cuenta que no podía seguir con él por ese camino tan directo; aquel tipo podría llegar incluso a perder los papeles, creyéndose que Natalia podría ser una especie de prostituta o algo.

—Bueno… —Hice un gesto pidiéndole que bajase el tono y fuese discreto—. Pero tú no le digas que te conté nada de esto, ¿eh?. ¡A ver si se me va a joder el plan! Que aunque es una“lanzada” de cuidado, va de tímida y modosita…

—Ya.. ¡esas son las peores! Ya le vi el tanga de zorrita que lleva. ¡¡Dios!!… ¡se lo arrancaría con la boca si pudiese! —En ese instante, pensé que había metido la pata por completo con esta charla; ¡ese hombre era un salido total!—. ¡Menudos cuernos tendrá el novio! Y menudo cabreo debe tener… ¡No veas cómo discutía antes con él por teléfono! Se le cayó el móvil y todo después de colgarle. Por eso se le fue bajo el coche. —Con estas últimas palabras, me dio un pequeño vuelco el estómago. “¿Con quién coño discutía? Si el novio soy yo realmente”, pensé para mí.

Yo, todo contrariado y confuso por el comentario, le pregunté:

—¿Qué dices…?, ¿que habló con su novio mientras estaba sola en el coche?

—Sí… salió del coche toda alterada y como discutiendo con él. Supuse que sería su novio. Le decía: que cómo se atrevía a llamarla después de lo que le había hecho, que no la volviese a llamar en la vida… Bueno, algo así. Je je je… —Río mientras me relataba esta “anécdota”—. Riqui o algo así le decía… ¿Su novio se llama Riqui? ¡Pues menudos cuernos el tal Riqui! —continuó pasándome la mano por el hombro, como cachondeándose del hecho de que ella le estuviese poniendo los cuernos a su novio, conmigo. Yo estaba incrédulo. ¡Riqui la había llamado! ¡¡Tenía su numero!!

Ahora, ya sí que totalmente extrañado y un tanto nervioso, arrepentido de haberle dicho nada, me hice el loco con aquel tipo:

—Bueno… no sé si sería su novio, tampoco tengo claro ni que lo tenga… Yo sólo quiero tirármela. Y ya está. Y si lo tiene… ¡pues que se joda el novio, si no le da lo que necesita! —añadí yo, mientras ya veía a Natalia acercándose hacia nosotros, de regreso del baño.

—Sí… ¡callaa!, que viene ahí la chavala… —me cortó él, en voz baja, llegando ella a nuestro lado…

Sin mirar en ningún momento hacia ese hombre, Natalia se fue tomando rápido el café y nos dispusimos a salir hacía el coche para marcharnos. El camionero, por suerte, no abrió la boca, y se limitó a quedarse en la barra, pidiendo y tomándose otra cerveza. Nos despedimos de él, dándole yo la mano y de nuevo las gracias, mientras le guiñaba un ojo esperando fuese mi cómplice y no metiese la pata con lo que le había contado.

—¡Pasadlo bien, pareja! ¡Y buen viaje! —Eso fue lo único que dijo él, mientras salíamos por la puerta.

Nos montamos en el coche y nos fuimos de allí. Durante el resto del camino, Natalia no se volvió a dormir, aunque fue algo distante y sin hablar casi nada, como pensativa… Yo fui dándole vueltas a todo. Gracias a la pequeña fantasía que me había inventado sobre la marcha para morbosear con aquel camionero, había descubierto, sin querer, que Natalia y Riqui se habían intercambiado los teléfonos y que él incluso la había vuelto a llamar. Estaba claro, que todo no había quedado en un simple “rollito” veraniego. Pero no me atrevía a preguntarle… Prefería esperar y comprobar si ella misma me contaba algo, o si iba descubriendo más cosas por mi mismo. Tenía claro que quería saber más; necesitaba saber más. Y empezaba a temerme, que para conocer más detalles, debería seguir en contacto con Víctor.

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