LOLA BARNON

Nico, con el trío, disfrutó como pocas veces lo había visto hacerlo. Fue extraño, o al menos sorprendente. Y por varias razones. La primera, porque descubrí que Tania podía cambiar en intervalos de pocos minutos, de una loba voraz a una princesita de cuento. Alternaba los roles con una facilidad pasmosa. Y era excitante, claro. A Nico se lo devoró. A mí, me mimó.

Aquel viernes cancelamos una cena con unos amigos y esperamos a que saliera de su turno de trabajo a eso de las ocho. Yo me estaba arreglando. No para ir a una fiesta, pero sí para recibir a nuestra amiga como se merecía. Me puse un pantalón ajustado, tobillero de color blanco. Creo que el mismo que llevé un día que quedé con Javier y nos dimos un par de piquitos, si no recuerdo mal. Antes de aquella famosa noche de sexo loco y total que pasé con él, Sergio y Tania, mientras mi novio se iba a casa. Por encima, una camisa de algodón, simple, de botones y remetida solamente por la parte de la hebilla del cinturón, un Gucci que me había regalado yo misma un día en un mercadillo. Falso, claro.

Estaba descalza en el baño retocándome los ojos y los labios. Faltaba poco para que llegara Tania. Nico entró y me abrazó por la cintura.

—Te quiero nena.

Yo giré la cabeza y lo besé en una mejilla. Me encantaba cuando estaba así, cariñoso, tierno y atento a mí. Me tocó un poco el culo.

—Ten paciencia, cari… —le ronroneé mientras le tiraba un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja.

—No sabes lo cachondo que estoy…

Palpé su entrepierna. Si no estaba totalmente empalmado, poco le debía faltar.

—Joder… —murmuré con una sonrisa traviesa—. ¿Esto es por Tania o por mí? —pregunté dejando de acicalarme y abarcando con mi mano derecha toda su hombría.

—Por las dos… —me besaba el cuello con mucha suavidad. Él sabía que aquello me excitaba.

—¿No es por mí un poquito más? —No pude evitar un acceso de celos.

—Siempre es por ti un poco más… Preciosa, eres una maravilla de mujer. —Hizo que me diera la vuelta y me besó introduciendo la lengua muy profundamente.

Lo abracé y continué con aquella pasión repentina hacia mí. Me estaba calentando y noté que él terminaba de empalmarse. Le desabroché el pantalón chino de color azul que llevaba y le toqué la polla encima del calzoncillo. Estuve tentada de provocarle un orgasmo y que se quedara sin fuerzas para cuando llegara nuestra amiga canaria.

—¿Quieres que empecemos ya? ¿Sin Tania…? —puse un mohín de extrañeza.

—No… es verdad. —Se separó de mí—. Vamos a esperar. Sonreí.

Pero no pude evitar sentirme un poco mal. Nico me había contado, de modo totalmente inocente, que llevaba un par de días mensajeándose con dos chicas. En principio nada importante, pero no me fiaba. Y la razón era que, al menos hasta donde yo me fijaba, las que inicialmente empezaban las conversaciones, eran ellas.

Yo sabía la clave de Nico de su móvil y pude comprobar esto que digo. Sí, no eran conversaciones ni mucho menos alarmantes, las hubiera clavado un cuchillo de cocina a cualquiera de las dos, de haberlo sido. Pero detectaba que a Nico le gustaba recibir esos mensajes.

Aunque me obligaba a ser indiferente con esos comentarios, chateos y fotos que le mandaba Patricia, una runner que salía, al parecer, con él a correr casi todos los días, y otra chica del gimnasio, una tal Carla, a la que yo conocía por haberse tirado, al menos, a dos de los monitores, no era eso lo que me carcomía por dentro. Más bien era el hecho de que Nico se sintiera halagado, atractivo, demandado… No me gustaba aquello.

Y no es porque pensara que los hombres piensan muchas veces más con la entrepierna que con la cabeza. No, mis celos estaban provocados porque Nico, quizá, intentara buscar en ellas —o cualquier otra— una especie de venganza y empatar conmigo. No dejaba de ser algo absurdo, pero aquel pensamiento me mortificaba.

Salió del baño y respiré apretando un poco las mandíbulas. Lo de Tania era otra cosa. Como si estuviera más controlado, más acorde a nuestro juego. Pero lo de Carla, el zorrón del gimnasio y de Patricia, la runner, me mosqueaba más. Bastante más. Y eso que, por ahora, todas las conversaciones no pasaban de cuestiones de zapatillas, ropa deportiva, horas de quedar o de ejercicios de gimnasio. 

Tania me ayudaba. Se había convertido en una especie de consejera matrimonial o sexual para mí. No sé si hubiera aguantado sin su apoyo. Con Sergio, lamentablemente, fue distinto. Una pena, pero era verdad. Tania había acertado. Un día me llamó para quedar y tomar una cerveza a la salida de mi trabajo. Venía recién duchado del gimnasio y vestido. Recordé en ese momento que la mayoría de los minutos que había estado con él, era ambos completamente desnudos. Me pareció más mono, más niño grande.

Tras los dos besos en mis mejillas y las preguntas de rigor, fue directamente al grano.

—Mamen, me gustaría salir contigo… Pero sé que no va a poder ser. —Dijo de corrido.

Ambos nos callamos. Él me miraba, yo hacía que pensaba.

—Tengo novio, Sergio —comenté al fin tras unos segundos.

—Por eso lo digo. Y yo empiezo a estar muy a gusto contigo… demasiado. Me sería difícil compartirte, Mamen. —Me tomó una mano y yo me dejé.

—No puedo Sergio… Me encanta como te portas conmigo… Como follamos —bajé la voz al decir esto—. Pero tengo novio.

—Así es. No te culpo. Y no me extraña. Sería anormal que no tuvieras a nadie en tu vida… Eres la mujer más sexy, sensual y atractiva que conozco… No te miento. Te lo juro.

Sus ojos eran sinceros. Sergio no era tan duro ni tan frío, tal y como me había dicho Tania. Lo miré con ganas de comérmelo allí mismo.

—Por eso, si no podemos o no puedes, o no quieres o no es lo aconsejable, llámalo como quieras, tener una especie de relación, y me refiero a monógama, lo mejor es que me aleje de ti. Yo no te compartiría jamás…

Aquella última frase me impactó. Fue como un piropo descomunal, extraordinario.

—Sergio… —lo miré triste—, a mí me gustaría seguir viéndote de vez en cuando, pero…

—No podría. Sería imposible para mí. De verdad te lo digo.

Volvió a callarse mientras me seguía mirando con esos ojos tranquilos, serenos y sinceros.

—¿Vas a estar bien…?

—Sí… No te preocupes. Aún no ha pasado nada, por lo que estoy a tiempo de que no me afecte. Un par de días en que le haré vudú a Nico, o que si me lo encuentro en una manifa le romperé las piernas, pero nada más.

Sonreí y le acaricié las mejillas.

—Eres tan mono… No sé qué decirte. —En verdad no tenía las palabras que me gustaría utilizar en ese momento.

—No me digas nada. Bésame…

Lo besé. Con fuerza, metiéndole la lengua hasta donde él me dejó. Sintiendo como me abrazaba y me deseaba. Queriendo que no se fuera de mi vida y me ayudara como lo estaba haciendo Tania. Pero sabiendo que no debía. Me acordé, otra vez, de Jorge y supe que con Sergio podría caer de nuevo en aquella especie de cuelgue.

Separamos nuestras bocas y me abrazó con mucha fuerza. Sentí sus brazos en mi espalda, como si la frotara con delicadeza. Me mantuvo así al menos un par de minutos. Luego, con una sonrisa que me pareció triste, me miró de nuevo.

—Eres fantástica… Sé feliz, de la forma que tú decidas, pero sé feliz. Si un día nos encontramos, y las cosas estuvieran de otra forma, hablamos otra vez.

Me cogió una mano, la apretó, volvió a colocar esa sonrisa sin brillo y salió sin mirar atrás de aquel bar.  Estuve a punto de llorar, porque notaba que se me escapaba un pilar en el que apoyarme cuando mis sospechas acerca de los flirteos de Nico, se materializaran.

________________________________

Tania, fiel a su estilo, me había dicho que en el momento en que yo quisiera, paraba aquel trío impulsado por mi novio. Pero yo, siguiendo su consejo, me prometí que aguantaría todo lo posible. Quería que Nico volviera a ser el de antes de aquella noche en casa de Javier. Sí, era egoísta, no puedo negarlo.

Tania entró a la habitación después de mí. Yo lo hice desnuda, sin nada sobre mí y en seguida me acerqué a Nico que me recibió con un beso en la mejilla. Estaba empalmado y le acaricié su polla. Tania, unos segundos más tarde, entró a nuestro dormitorio desde el baño. Iba en ropa interior negra y mientras avanzaba a nuestra cama, se despojó del sujetador que cayó al suelo sin que le prestara la mínima atención. Gateó en la cama y le dio un beso a Nico que casi le quitó la respiración.

Yo aproveché y empecé a lamerle los huevos. En el fondo, esperaba una corrida rápida de él y que la sesión se terminara lo antes posible. A pesar de ser Tania, seguía sin sentirme confortable. Nico se quedó de rodillas en la cama ofreciéndonos a ambas su tiesa polla. Me acarició la cabeza y Tania se tumbó en la cama dejando su boca a escasos centímetros de pene de mi novio. Yo empecé a chuparlo, despacio, intentando excitarlo al máximo, pero él, en un momento dado, hizo que me la sacara y se la ofreció a la canaria, que antes de empezar me miró de forma significativa. Cerré los ojos en señal de asentimiento y Tania engulló la polla de Nico a la vez que este soltaba un suspiro largo de placer y se apoyaba con las manos detrás de sus glúteos, en la cama.

Nos fuimos pasando su polla una a otra. Era un juego que ya se estaba convirtiendo en un clásico entre nosotras. Ella, a la vez, me acariciaba, suavemente y me sonreía. Pero en su turno, la mamada que le estaba dando a Nico, era de campeonato. Volvía a ser esa mujer capaz de asumir dos roles diferentes en escasos segundos. Los ojos de mi novio se cerraban con suspiros de placer brutales. Entonces, hizo que me la metiera a mí, no dejando opción a mi novio que me la introdujo de un suave pero continuado movimiento. Yo había lubricado algo, pero no totalmente, puesto que seguía sin estar totalmente a tono.

Le pedí que lo hiciera despacio. Aun así, sentí la primera oleada de placer que me invadió con los empujes de mi novio dentro de mí. Ella, mientras, con esa sonrisa tan suya, elástica y sensual, se acercó a mi cara y sin que me opusiera, me besó dulcemente, apenas posando los labios en mí. Supe que ella quería disfrutarme igualmente y cerré los ojos. Prefería sentir a ver y enseguida noté una lengua que me recorría lenta y sedosamente mis pezones. Empecé a excitarme.

Nico, me follaba bien, como siempre. Con sus movimientos tradicionales y que yo tanto conocía. Gemí, pero supe que no iba a llegar al orgasmo de inmediato, al contrario que Nico, que ya empezaba a bufar de gusto y a acelerar los movimientos. Volví a dejarme llevar, cuando, de pronto, sentí que la sacaba y me dejaba a medias. Abrí los ojos de inmediato y vi que estaba follando a Tania, de rodillas en la cama y con su boca en mis pezones recibía excitada y con ansia el pene de Nico. Se corrió un minuto más tarde, regándonos a ambas con tres o cuatro descargas de semen. A mí me alcanzó en el vientre lateralmente, y a Tania en la espalda. Ella ronroneó de placer y sin limpiarse le colocó boca arriba a mi novio, acercando su vagina a la boca de él.

Nico empezó a lamer con verdadera pasión, mientras que las últimas gotas de semen salían de su polla ahora morcillona.  Me sentí extraña, sin saber muy bien qué hacer. Ajena a lo que ambos estaban haciendo, y sin tener muy claro cómo participar. Tania debió notar algo e hizo que me acercara. Me abrazó mientras sentía la lengua de Nico en su interior y me besó, esta vez con algo más de fuerza. Su lengua jugueteó con la mía levemente. No me salía abrir totalmente la boca y seguía sin deseos de follar con una mujer. Podía permitir tocamientos, que me acariciara, pero no ser activa ni disfrutar como una lesbiana o una bisexual.

Me acaricio las tetas mientras alcanzaba el orgasmo y se abrazó a mí, sintiendo yo los ligeros espasmos de su clímax. Luego se quedó quieta, abrazándome mientras Nico se quitaba de su vagina y se dirigía a la mía para darme la oportunidad de alcanzar ese orgasmo que me faltaba. Entre ambos me tumbaron en la cama y me volví a dejar llevar. Cerré los ojos y no quise saber qué lengua entraba en mi coño o me lamía mi ano. Sentí sus bocas, sus dedos y sus alientos en mí. Me corrí con intensidad, sin saber si había sido ella o él quien más me lo había provocado. Un ronco grito de placer me hizo convulsionar ligeramente cuando el orgasmo me llegó como un oleaje, inundándome entera. Me gustó. Y quizá, no saber quién era el que estaba lamiendo, chupando o introduciéndome los dedos, lo aumentó.

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