MOISÉS ESTÉVEZ

El apartamento de María no era muy grande. Un dormitorio con un
coqueto vestidor, una cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de
noche de diferente diseño, y debajo de un gran ventanal, un antiguo secreter
junto a una librería rebosante de ejemplares policíacos. La estancia presumía
de luminosidad, una luz natural que venía de la Gran Vía Madrileña, a la que el
sol no dudaba en castigar en aquella época del año y cuyas vistas eran
perfectas desde allí. Era seguro que aquello podía alegrar los ojos de quienes
como ella, se declaraban urbanitas incondicionales.
Como no podía ser de otra forma, la vivienda disponía de un baño, pero
en este caso bastante completo, es decir con ducha y bañera independiente,
todo un lujo para los escasos 50 metros cuadrados de aquella. Su decoración
distaba bastante de la vulgaridad, era original y te podía hacer olvidar que te
encontrabas en un escusado.
La cocina formaba parte del salón, el lugar más amplio del apartamento,
separada de este por una moderna y funcional isla en la que se insertaban tres
fogones de gas, en los que María daba rienda suelta a su afición culinaria. Una
afición que había heredado de su madre, la cual consiguió que su hija fuera
también una estupenda repostera.
A Vinc le sorprendió cómo en tan reducido espacio María había sido
capaz de colocar un frigorífico de dos puertas, de esos que salen en las pelis
americanas y que tanto le gustaban, por no hablar de un lavavajillas y un
horno, elemento imprescindible para su hobby, del que disfrutaba enormemente
en sus ratos libres.
Solía tomar una copa de vino, a la vez que elaboraba exquisitas recetas,
con las que obsequiaba a sus compañeros de trabajo cada dos por tres con
generosos táper, lógicamente, ya que ella sola era incapaz de comerse todo lo
que cocinaba, y su congelador, aunque era enorme, no daba para tanto.
Una considerable pantalla de televisión le hacía compañía
permanentemente, cuando no escuchaba música del antiguo tocadiscos,
regalo de un antiguo novio, que le permitía reproducir su rica colección de
vinilos. Todo, aquí, también estaba presidido por una gran ventana que dejaba
pasar los rayos del sol que le daban la vida, y que se hacían cómplices de una
lectura esporádica de su biblioteca particular, en un bonito y cómodo sillón
‘made in Ikea’ que pasaba desapercibido en un acogedor rincón del habitáculo,
en el que no podía faltar una gran alfombra persa, que culminaba la imagen de
confort y la sensación de placer, cuando le apetecía quedarse en su ‘hogar’.

  • Me encanta tu apartamento. Si tuviera una chimenea creo que tendría
    un orgasmo de inmediato. – dijo Vincent con una rotunda y clara sinceridad.
    María no pudo más que soltar una sonora carcajada al mismo tiempo
    que le tomaba el equipaje para dejarlo en el dormitorio. Cuando volvió se
    colocó enfrente de él, se puso de puntillas, le rodeó tiernamente el cuello con
    los brazos y le obsequió con un cariñoso beso. – Considéralo tuyo, bueno,
    nuestro… –

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