SILVIA ZALER

Mi marido

Son las once y media de la noche. Mi marido y los niños han llegado a las nueve y veinte, y se han encontrado la cena y la casa hecha. No queda rastro de semen, droga, condones ni corridas… He ventilado todo durante más de dos horas, porque la casa olía a sexo.

Mi marido se ha encargado de acostar a los niños y dejarles en sus habitaciones respectivas. Venga, a la cama ya, que mamá está cansada de trabajar estos días. No puedo evitar reírme para mis adentro. Pobre. Ni se imagina la clase de puta que tiene de mujer.

Estoy tumbada en una hamaca del porche. Hace buena noche y estoy relajada. Y bien follada… Una hora antes, Jaime me ha mensajeado. Ha aterrizado ya en Palma. Me dice que casi pierde el avión. Que porque iba con un trolley pequeño y ya tenía la tarjeta de embarque sacada, que si no, se queda en el aeropuerto. No es muy espabilado el chaval y le pierde el sexo.

Joder… lo podíamos haber aprovechado escribo para picarle. Me has dejado seco, me contesta. La verdad es que he tenido suficiente sexo esos días. De hecho, me he pasado la mano por el coño y lo tengo un poco hinchado e irritado. Debe ser de la última follada que me ha metido, el cabrón, me digo.

Como es natural, borro los mensajes. Jaime, Julián y Arturo son los únicos que tiene mi móvil real, no el que utilizo para escapadas y juergas. Ahora me está escribiendo Gabriela. Miro la pantalla impaciente para ver qué me pone.

Joder, tía, sigo más caliente que un brasero

Me río. Veo que sigue escribiendo y espero a ver qué dice. Solo de pensar la comida de culo que me has hecho, me vuelvo a mojar. Eres putísima, jajajajaja

 Sí, yo también siento que mi coño se humedece al recordar mi subida al sofá, en donde he dejado a mi marido hace un rato. Siento que me mojo al recordar mi lengua en su ano, mientras ella, boca abajo, se la comía a Jaime y este le metía mil lengüetazos en su chocho.

Sí, ha sido una pasada, escribo. No me cuesta nada recordar el pollón de Jaime en mi boca o corriéndose y Gabriela y yo besándonos. No es normal que después de haberme pasado por la piedra a tres tíos —Jaime dos veces— en estos cuatro días, tenga el calentón que de vez en cuando me viene.

Qué putas somos, jajajaja. Estoy con mi marido. Creo que me lo voy a follar. Estoy salidísima. Es tu culpa, zorra. Jajaja

Le respondo con uno de esos emoticones de risa.

Decidido, me lo voy a tirar. Yo vuelvo a mandarle el mismo emoticono y una mano con el pulgar hacia arriba.

Dejo el móvil al lado, después de borrar las conversaciones con Jaime y con Gabriela. Siempre lo hago. Nunca dejo rastro de nada que se pueda leer.

Veo que viene mi marido y se sienta a mi lado, en la tumbona que esta justo a mi derecha.

—¿De qué te ríes? —me dice con una sonrisa.

—Gabriela… que me dice que va a follar con Ernesto. —Me río un poco más aún.

Cuando quieres que te crean, lo mejor es decir las cosas, sean o no ciertas, con aplomo. Mi marido también se ríe. Nos quedamos un par de minutos en silencio. Dejando que la brisa de la noche de agosto nos acaricie.

—¿Y tú? —me pregunta de pronto con suavidad.

—¿Yo qué?

Se sienta a mi lado y me acaricia la pierna.

—¿Tú no te quieres follar a tu marido?

Sonrío y le doy un ligero toque en su antebrazo. Casi una caricia. Si supieras la cantidad de polvos que llevo en estos tres días…

—¿Tienes ganas? —le pregunto melosa.

He aprendido que nunca debes negar una follada a tu marido. Sobre todo, como en mi caso, no tengo rechazo alguno. Al contrario, me gusta follar con él. Lo que me pasa, es que me gusta también —y mucho— hacerlo con otros. Ese es la cuestión.

Me sube la mano por el muslo. Despacio. Noto que se me eriza la piel. La camisola está abierta, y se ve más de la mitad de la pierna. Acerca su mano a las bragas. El coño me pide tregua, cariño me digo a mí misma. Sonrío con mis pensamientos, pero no hago nada por quitarle la mano. De hecho, gimo ligeramente y me desabrocho un par de botones de la camisola. Mi marido no se hace esperar, deja de acariciarme en el muslo y me mete mano abarcando con su mano mi seno izquierdo. Luego pasa al derecho.

Adelanto la mano y le acaricio el paquete. Mi marido tiene una polla normal. Ni grande, ni pequeña. Casi quince centímetros. Un poco más gruesa que algunas, pero no destaca por nada. Tampoco es malo en la cama. Pero no es Jaime. Ni Julián. Ni Arturo…

        Mi incorporo un poco permitiéndole que siga con la mano en mi pecho. Nos besamos suavemente. Jugamos con las lenguas un minuto largo mientras me sigue acariciando los pezones que se endurecen al instante. Le desabrocho el pantalón corto de estar en casa y le saco la polla. La miro. Sin querer, comparo con la de Jaime. La suya es una superpolla. La de mi marido, normal.

        Acerco la cara a la de mi marido y le paso la lengua por sus labios. Despacio, sugerente. Luego, bajo la cara y se lo hago en el glande.

        —¿Aquí? ¿Lo vamos a hacer aquí…?

        Pienso en los restos de semen de Jaime hoy en mi casa. El del sofá del salón, en el cuarto de baño y en la cama de matrimonio. Los he limpiado, pero no hay que arriesgarse. Incluso, me digo, me apetece hacerlo con él en algún lugar que no me recuerde nada. No es fácil. Es como si así tuviera un poco más de respeto. Sé que es una gilipollez, pero bueno, lo pienso.

        —¿Y en la ducha? —me sugiere. A él le gusta mucho ahí.

        Niego lentamente sin dejar de lamerle el capullo. Tiene la polla totalmente empalmada. En junio, Julián me pegó una buena follada en ella, cariño. Me pongo caliente recordando su corrida en mi cara mientras me caía el agua. Y hoy es mejor que no me folles en nuestra cama. Tengo que comerme la sonrisa cuando pienso en el numerito de esta tarde o en la raya que nos hicimos Jaime y yo en la mesilla de mi marido, cuando estuvimos follando aquí también en julio. Y en la cocina, además de que nos pueden pillar los niños, seguro que me acordaría de otras cosas que he hecho. No hay sitio en la casa donde puedas hacerlo con tu marido sin que te lo hayas hecho con otro, cabrona…

        —¿No quieres aquí? —le digo con mi cara muy cerca a la suya y en voz baja.

        —Nos pueden ver…

        —¿Te importa? —me trago su polla y me contesta con un resoplido.

        Me quito la camisola y él, el pantalón corto y la camiseta. Jugueteo con la lengua en su pene y noto que me coge ambos pechos con las manos. Tengo lo pezones duros como cristales de diamante. Le acaricio las pelotas que se contraen al momento. ¿Cómo puedo seguir tan salida? Acercamos las dos hamacas un poco más al resguardo del porche y me tumbo encima de él.

        —¿Te apetece por el culo? —le pregunto insinuante y lasciva. Sé su respuesta.

        —Joder, claro…

        Es el agujero que estos días no me han follado, cielo.

        —Necesitamos el lubricante… —le susurro con una sonrisa.

        Mi marido sube raudo a nuestro dormitorio. Guardamos lubricante anal en su cajón de su maquinilla de afeitar y la perfiladora de la barba.

        Gabriela me ha vuelto a escribir.

        Este no me aguanta ni la mitad que tu chulazo. Me quedan ganas de follar aún… jajajaja. Llámale y que se venga a echarme un buen polvo!

        Mi amiga está desatada. Lo mismo, para animarse se ha metido algo, pienso. Porque no es normal esa efusividad. Escribo a Gabriela. Yo también me lo voy a montar con mi maridito.

        Copiona!! Me contesta con rapidez.Me río y vuelvo a teclear en el móvil.

        A mí me va a encular. Recibo una serie de emoticonos con risas y el de aplausos.

Qué puta eres!! Me has dado una idea, perra!!, jajajaja

Me río y vuelvo a borrar la conversación. Veo a mi marido que viene desnudo y empalmado. Trae el lubricante, que me lo da inmediatamente. Lo miro y me lo aplico con una sonrisa perversa y lujuriosa. Despacio, dejando que vea todo. Luego lo morreo con lascivia y le como la polla durante un minuto. Dejo que me lama un poco el coño que, gracias a la oscuridad, no nota la abertura e hinchazón que tienen mis labios vaginales.

—Por el culo, cariño…

De inmediato, mi marido se coloca detrás de mí. Estoy muy cachonda de nuevo. Noto que acerca su polla con cuidado y la coloca. Me masajea antes y me introduce un dedo. Luego dos. Gimo de verdadero placer. La verdad que me gusta follar con él. ¿Por qué lo engaño tanto? ¿Me lo tiraría en una de mis correrías si no fuera mi marido? Me giro y le miro. Nos damos un ligero piquito y yo saco la lengua que juguetea con la suya. Sí, me lo tiraría.

Pienso en ese momento en Jaime, en Julián. Tengo que llamarle. Noto el pene de mi marido abriéndose paso en mi culo. Despacio pero sin pausa. Lo detengo un momento y me muevo yo haciendo que se introduzca un poco más. Eso le gusta a mi marido.

—Me encanta tu culo, Elsa —me dice y me abarca con ambas manos las dos tetas—. Eres una mujer fantástica.

Me gusta mucho que me halaguen. Y me pone si me lo dicen mientras practico sexo. Follar no es solo meter la polla a toda velocidad y dejarte penetrar. En lo que a mí se refiere, necesito complicidad o esa especie de comodidad que te da estar bien con quien estás follando. Es verdad que ha habido veces que me he tirado a alguno y ni me acuerdo del nombre. Pero si me das a elegir, prefiero esto. Una follada con mimos, caricias, piropos y buen empotre.

Mi marido me besa la espalda mientras noto a su polla ya se desliza con suavidad pero sin detenerse dentro de mi culo. Noto que empieza a mover sus caderas poco a poco. La polla de mi marido entre y sale. Buen ritmo. Sin exageraciones pero sin dudar. Suspira de gusto. Yo también.

Me besa la espalda y el cuello. Giro mi boca y lo beso sacando la lengua. Noto que acelera un poco y aumenta mi placer. Pienso en todo lo que he follado esos días y que este es el mejor colofón que podía imaginar.

Soy una puta diosa

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