GAMBITO DANÉS

Acosos

La fatídica noche dejó varios tipos de cicatrices, las visibles, como la del antebrazo de Diego, y las invisibles, como las de la madre. Los siguientes meses fueron más tranquilos, pero no cesaron ni los pequeños roces ni las miradas lascivas. Los mellizos habían cumplido ya los dieciséis años, y la distancia entre ellos era cada vez mayor. Si Marina era una chica responsable, integrada y brillante en los estudios, el hermano se había convertido en un chico retraído, asocial y bastante pasota, pasando de curso en curso por los pelos. Las clases habían terminado y era un sábado especial, el de la apertura de la piscina municipal.

—¡Chicos! ¡Nos vamos en cinco minutos! —avisó Lola a gritos desde el salón.

Diego hacía rato que estaba en perfecto estado de revista sentado en su cama, uniformado con el bañador, la camiseta y las chanclas, pero la hermana seguía rebuscando entre sus sandalias las que mejor conjuntaran con su bikini de color naranja. Mientras escudriñaba en el baúl, el hermano la observaba sin perder detalle, aprovechándose se las apetecibles vistas que mostraba su cuerpo en pompa.

—Tienes mejor culo Marina, ya no eres una tabla de planchar —le dijo.

Ella alzó la vista sorprendida, puso los ojos en blanco, y siguió escudriñando entre los pares de sandalias.

—¿Qué pasa? Si lo que te he dicho es bueno.

—Eres un rarito, Diego.

Siguió la infructuosa búsqueda sin darse cuenta de que el hermano se levantaba, acercándose a ella lentamente hasta poner la mano sobre sus nalgas, acariciándolas sin pudor.

—Seguro que a Julio también le gusta tu culito —dijo mencionando al que creía que era su novio.

Marina se incorporó de un salto, alejándole la mano de un manotazo e increpándole:

—¿Qué haces?

—Joder, que no pasa nada eh, soy tu hermano. ¿Te acuerdas cuando nos desnudábamos uno frente al otro?

—¿Tú estás gilipollas o qué te pasa?

—Vale, vale, pero si solo quería tocarlo un momento —insistió él volviendo a poner la mano sobre la nalga.

—¡¡Mamá!! —gritó ella como un automático sistema de defensa.

Para cuando Lola hizo acto de presencia, el hermano volvía a estar sentado en la cama, cabizbajo.

—¿Qué pasa?

—El salidito de tu hijo, que ahora le da por tocarme el culo. Tendremos que buscarle novia o algo.

La hermana estaba ofendida, pero ni mucho menos se imaginaba la gravedad de lo que estaba pasando. La madre se lo tomó mucho más en serio, cerró los ojos con fuerza, intentando olvidar lo que acababa de oír. Volvió en sí y, saliendo de la habitación, anunció:

—Un minuto, cojo el coche y me voy.

Llegaron de los primeros a la piscina y pudieron elegir sitio, quedándose con una de las escasas sombrillas por si la necesitaban más adelante. Si la hija lucía un deseable tipito, la madre no tenía nada que envidiable, más voluptuosa, pero sin rastro de grasa a sus treinta y tres años. Marina tomaba el sol de espaldas tumbada en la toalla mientras que la madre leía una novela sentada en una de las sillas plegables, luciendo su inmejorable canalillo. Diego, para variar, intercalaba su mirada entre las musarañas y las curvas familiares, aburrido y frustrado.

—Hija —dijo la madre sin levantar la vista del libro—. Ponte crema que llevas ya mucho rato de espaldas.

—Jo, no seas coñazo, madre —contestó ella.

Al mellizo le faltó tiempo, agarró el bote de crema protectora y se acomodó al lado de su melliza, anunciando:

—Ya te la pongo yo, vaga.

Marina no sospechó nada, pero a Lola se le erizó el vello. Diego le puso un pegote de crema en la espalda y comenzó a esparcirlo concienzudamente. Los omoplatos, las lumbares, el cuello, no dejó ni un milímetro de piel sin protección. La hermana no abrió la boca, sorprendida por la generosidad del hermano, pero agradecida por no tener que moverse. Luego hizo lo mismo con las piernas, recorriendo palmo a palmo y recreándose especialmente en los muslos. Esa acción no pasó desapercibida para la receptora del masaje, que anunció:

—Vale, vale, ya está, gracias.

En ese momento el adolescente ya tenía una notable erección, difícil incluso de disimular con el bañador.

—Solo falta esto, Marina —advirtió él desabrochándole la parte de arriba del bikini—. Que luego te queda la marca esa tan fea.

Marina se dejó hacer, incómoda. Reparó entonces en que las manos de su hermano, además de repasarle la franja de la espalda, se adentraban una por cada lado por el lateral de su cuerpo, embadurnándole la axila y parte de los pechos.

—Eso es, ya casi está —informó mientras seguía manoseando esa parte del cuerpo al límite entre lo permitido y lo prohibido.

La hermana pudo notar como se le aceleraba el corazón, y la madre intentaba controlar la escena mirando de reojo, forzándose tanto que por un momento pensó que se quedaría bizca. Diego siguió con los tocamientos, cada vez más descarados, hasta el punto de colar las manos entre su anatomía y la toalla y magrearle durante un par de segundos los pechos, sintiendo el pezón de la hermana recorrer sus dedos como lo haría una púa con las cuerdas de la guitarra. La melliza se levantó rápidamente, colocándose como podía el sujetador desabrochado y regalando, a la vista de los curiosos, un improvisado y fugaz topless.

—¡Vale! Vale. Ya estoy protegida joder, me voy a bañar —dijo ella abandonando la escena lo más rápido que pudo.

La frustración volvió a apoderarse de Diego, que de rodillas en la toalla aún tenía las manos pringosas de crema y un descomunal bulto en su entrepierna. Se vio incapaz de volver a su toalla y fue directo a la madre, que disimulaba sentada en la silla, simulando seguir leyendo el libro.

—Mamá, tú también te vas a quemar.

La afirmación no tenía ningún sentido, ya que estaba resguardada completamente por la sombrilla, pero el hijo había retirado su pelo a un lado y ya esparcía la crema por su cuello. Ella se quedó inmóvil, mirando hacia los lados y tranquilizándose al constatar que nadie los miraba. Siguió la acción por los brazos y luego por el canalillo, nervioso, presionando su erección contra el respaldo de la silla como intentándola contener. Sin mucho disimulo fue ganando centímetro a centímetro hasta conseguir manosearle la parte visible de los pechos, que con su volumen y la escasez de tela del bikini era más que generosa.

—Luego te tumbas y acabo de ponerte crema —dijo él mientras seguía disfrutando del obligado masaje.

La madre había soltado ya el libro y lo único que deseaba es que su hijo tuviera el suficiente sentido común como para no montar una escena en un lugar público, pero Diego parecía no tener fin. Podía notar sus senos moverse de manera circular, al vaivén de las caricias. Al igual que con la hermana, no pudo parar. Cada vez necesitaba más hasta que adentró sus lascivos dedos y consiguió rozar sendos pezones, momento en el que ella también puso fin a la acción, apartándole las manos y diciéndole:

—¡¡Venga!! ¡Ya está! Ya está hijo, gracias. Anda, vete a dar un baño.

Obedeció. Se limpió el sobrante de crema con la toalla y fue directo a la masificada piscina, lanzándose al agua rápidamente para disimular su erección a ojos de los fisgones. Se fue haciendo paso entre la multitud que, saltándose las normas, jugaban con alguna pelota o incluso tomaban el sol encima de una colchoneta hinchable. En una de las esquinas encontró a su objetivo, su hermana. Esta no fue capaz ni de mirarle a la cara, consciente de sus tocamientos tanto en casa como en la toalla.

—¿Qué haces? —le preguntó él.

—Nada —fue la única respuesta.

Sin perder el tiempo, el mellizo se fue acercando hasta arrinconarla, consiguiendo por un momento ensordecer el grito de los niños, el ruido de los chapoteos y las conversaciones grupales.

—¿Por qué te has ido tan rápido antes?

—Por nada —contestó después de un incómodo silencio.

Diego siguió avanzando ante la pasividad de ella, hasta dejarla contra el muro de la piscina y presionar su bulto contra una de sus piernas desnudas debajo del agua. Marina fue incapaz de reaccionar, abochornada y algo asustada.

—No pasa nada. ¿Te acuerdas de niños, que nos desnudábamos? —insistió él retomando la conversación de la mañana.

La hermana intentó moverse con precaución, pero solo consiguió estar aún más prisionera y que la sonada erección de su hermano se clavara ahora en su entrepierna, sintiéndola sobre la parte de abajo de su bikini.

—Nos desnudábamos y nos tocábamos, a ti te encantaba ver como crecía mi polla, ¿te acuerdas?

Marina sintió náuseas.

—Solo fue una vez y éramos unos niños, joder, ¡Diego!

—Bueno, no tan niños. Tú ya tenías tetitas y a mí se me puso dura, aunque no tan rápido como ahora —dijo moviendo ligeramente las caderas para que la hermana pudiera notar su miembro contra su sexo—. ¿La notas?

—Diego, para. Te lo estoy diciendo en serio —advirtió ella.

—No pasa nada, es algo natural.

Le abrió las piernas consiguiendo que flotara, sujetándole los muslos con las manos por debajo del agua y ensartándola con su bayoneta contra la pared. Comenzó a besarle el hombro, pequeños y rítmicos besos que fueron avanzando hacia el cuello mientras decía:

—Es normal, siempre me la has puesto dura, Marinita. ¿De verdad nunca te has dado cuenta que por las noches me pajeo mirándote? Vamos, pero si te he llegado a llenar de lefa, seguro que eso te encanta.

—D..Di…Diego. ¡¿Qué dices?! ¡¿Qué coño haces?!

—Shh, nada, tranquila —dijo él mientras aprovechaba para sobarle el culo e intentaba besarle los labios.

—¡¡Para!! —gritó sacudiéndoselo de encima de un fuerte empujón, ganando el suficiente espacio como para salir de la trampa mortal que formaba la esquina de la piscina y el cuerpo del hermano—. ¡¿Tú estás loco o qué coño te pasa?!

Marina avanzó como pudo, patosamente por el agua entre la gente, sintiéndose perseguida por su mellizo.

—¡Marina, espera! —insistió él.

Pero no hizo caso, no fue hasta que llegó al lado de la madre que no se sintió razonablemente segura. Lola, al ver como llegaban sus hijos escalonados y con la cara desencajada, supo enseguida que algo había pasado, pero nuevamente prefirió no conocer los detalles. El resto del día de piscina fue silencioso, incómodo y tenso.

Puesta de largo

Después de lo sucedido se tomaron medidas. Madre e hija no necesitaron hablarlo, pero Marina se trasladó a la habitación de la madre. Los mellizos eran demasiado mayores para compartir habitación, pero Lola era demasiado pobre para mudarse a una casa con tres habitaciones. A esto le siguieron los pestillos en las puertas y todo tipo de precauciones para mantener al “depredador” a raya. Consiguieron, gracias a estos esfuerzos, vivir en relativa paz hasta la mayoría de edad de los mellizos.

Aquella noche era sin duda especial. En el instituto habían decido ceder sus instalaciones para los alumnos que desearan celebrar allí su puesta de largo, una disposición que era del agrado de todos. Los padres se quedaban tranquilos teniendo a sus hijos vigilados y la institución ganaba algo de dinero en concepto de vigilancia y organización. Era el turno de los mellizos. Llegaban a los dieciocho años con cierta tranquilidad y todo estaba dispuesto. La música, la bebida, los compañeros de varias aulas, los vestidos, los esmóquines alquilados, todo en perfecta sintonía para que la noche transcurriera lo mejor posible.

En casa, Lola sonreía involuntariamente feliz de haber conseguido sacar a sus hijos adelante. Orgullosa de haber capeado los momentos difíciles hasta la mayoría de edad. Recordaba el comportamiento de Diego como algo lejano, a pesar de que nunca se sintieron a salvo del todo, los últimos dos años habían sido tranquilos. Pensaba en si se lo estarían pasando bien sus hijos, confiando en que no hicieran ninguna estupidez. Aunque el alcohol estaba prohibido, todos sabían que los alumnos se las ingeniaban para beber en esa clase de fiestas.

Encontró el portátil encendido de su hijo y decidió echarle un vistazo. No buscaba nada en concreto, tan solo quería curiosear el historial de un chico de dieciocho años. No tardó mucho en llegar a las páginas de pornografía, lo cual le hizo sonrojarse, aunque le pareciese de lo más normal. Comenzó a leer el enunciado de los vídeos vistos en la última semana:

  • Madre espiada en el baño.
  • Madre forzada.
  • Madre forzada en la cocina.
  • Mamá violada.
  • Hermana violada por sus hermanos.
  • Hermana en bikini.
  • Hermana abusada por hermano.
  • Gang Bang madre.

Le heló la sangre tanta información. Las búsquedas seguían semanas, meses atrás. Siempre los mismos patrones: Violación, sexo, espiar, madre, hermana. Se desesperó al ver que su hijo había conseguido controlarse, pero seguía obsesionado con los mismos temas.

En el instituto la fiesta seguía con total normalidad. Bailes, alcohol a escondidas, profesores haciendo la vista gorda. Algunas parejitas que empezaban a buscar los rincones más íntimos para enrollarse. Diego no bebía. Ni bebía ni tenía demasiados amigos. La gente fue cordial con él al tratarse de su cumpleaños, pero lo cierto es que no se sentía cómodo en ninguno de los grupitos que se formaban. Tan sólo conservaba un amigo desde la infancia, con el que se dedicó a hablar toda la noche. Observaba a las chicas vestidas para la ocasión, pero no conseguía sentir el más mínimo interés por ninguna. Sus hormonas revolucionadas tenían dueño desde hacía muchos años, y este no era más que su hermana y su madre.

  • Corrida en la cara de su madre.
  • Madre abusada en la cocina.
  • Hermana sexy.
  • Hermana y madre en el yacuzzi.
  • Hermana abusada en el baño.

Lola siguió leyendo las búsquedas tan angustiada que estuvo a punto de presentarse en el instituto, pero logró contenerse. Se maldijo por no haberle llevado a un psicólogo, pero hay temas que son tan tabús que duelen sólo con pensarlos.

Diego seguía hablando con su inseparable compañero cuando se le acercó el profesor de matemáticas, eran casi las tres de la madrugada.

—Diego, acompáñame, por favor.

Al muchacho le sorprendió. Probablemente era de los pocos que no estaba haciendo nada malo y, además, con el profesor Roca tenía una relación bastante buena. No entendía a qué venía su rostro de preocupación. Le hizo avanzar por los interminables pasillos del recinto hasta llegar, sigilosamente, hasta una de las aulas. Desde el cristal podían ver desde fuera a Marina, visiblemente borracha y morreándose con su novio Julio. Iba vestida con un traje negro largo, pero con una marcada apertura donde se escapaba su estilizada y juvenil pierna. Apertura que aprovechaba el novio para acariciarle la pierna desinhibido.

—Bueno, esto es lo que quería enseñarte. Creo que ha llegado el momento de ir a casa, ¿no crees?

Roca, sin esperar respuesta, irrumpió en la clase vociferando:

—Bueno, chicos, es todo por hoy, hora de recogerse.

Marina y Julio casi se mueren del susto. El profesor agarró por el brazo a la alumna y se lo entregó a su hermano diciéndole:

—Cuida de ella, ¿vale?

Después, cerró de nuevo la puerta, y se quedó charlando con el frustrado chico, muy serio. Diego colocó uno de los brazos de la hermana alrededor de su cuello y le rodeó la cintura con el brazo para ayudarla a andar. La borrachera era escandalosa.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz narcotizada.

—Nada Marinita, que has bebido demasiado.

—¿Dónde está Julio? —balbuceó.

—Se ha ido ya a casa —mintió él.

Salieron del recinto y comenzaron a caminar el escaso trayecto hacia casa con bastante dificultad, perdiendo incluso la hermana un zapato de tacón que el mellizo no se dignó a rescatar. Coja, borracha y socorrida, consiguió llegar hasta el portal de casa. Diego la apoyó en el muro como si fuera un objeto, dejó la puerta abierta y nuevamente le ayudó a entrar en el portal, respaldándola ahora contra la puerta del ascensor. Llamó al ascensor y la vieja reliquia, como de costumbre, tardó en reaccionar. Ambos hermanos se miraron, riéndose sin poder evitarlo.

—¿Qué te pasa a ti? ¡Mendrugo! —dijo Marina divertida.

—Nada mujer, nada, que estás como una cuba.

La hermana se observó a sí misma, medio descalza, con la pierna escapándose por el vestido a lo Angelina Jolie, y estalló en una carcajada.

—¡Jajajajaja!

Un ruido detrás de la etílica joven anunció la llegada del ascensor, momento en el que el hermano, no sin problemas, consiguió meterla dentro. En el forcejeo pasó lo habitual, que Diego se excitó, disminuyendo el espacio dentro de la bragadura del esmoquin. Con el elevador en movimiento Marina perdió el equilibrio y se abrazó a su mellizo para no caer, acción que aprovechó él para abrazarse aún con más fuerza y pegar su cuerpo al de ella.

—Creo que voy a vomitar —dijo ella mientras el hermano la apoyaba sobre la pared, encerrándola en una trampa.

Siguió quejándose, maldiciéndose por haber bebido tanto, pero el hermano ya no la escuchaba. Manoseaba excitado su pierna libre, desnuda y descalza. Llegaron hasta su piso, pero ninguno de los dos abrió la puerta.

—Dddddd…..Diego, de verdad, no me encuentro bien.

—No te preocupes, estoy contigo no te dejaré sola —contestó el hermano colando su mano por dentro del vestido y agarrándole la nalga.

—Seggguro, ¿no? —farfulló.

—Seguro Marina, segurísimo.

Con la otra mano le agarró la cara, evitando que su cabeza diera vueltas, y le plantó un beso en los morros, todo sin dejar de magrearle el culo.

—¿Diego? —preguntó aturdida y realmente confundida.

—Sí, sí, preciosa, estoy contigo.

Se bajó el pantalón y el bóxer, liberando una tremenda erección y siguió metiéndole mano, sobándole también los pechos por encima del vestido y colocando una de sus alcoholizadas manos sobre el miembro.

—¿Dddiego? ¿Qué haces?

—Nada, mi amor, nada. Tú tranquila.

Metió los dedos por el pronunciado escote, colándolos incluso por dentro del sujetador, y le toqueteó uno de los pequeños pero sensuales pechos. Marina, instintivamente, alargó uno de sus brazos para intentar abrir la puerta del ascensor, pero el hermano fue más rápido y consiguió tocar todos los botones, aprovechándose de la memoria del elevador y mandándolo a un periplo por todos los pisos.

—Esto no está bien —dijo ella casi desmayada.

El hermano agarró la goma de sus braguitas y consiguió bajársela hasta los tobillos, le dio la vuelta con cuidado y la acomodó contra la pared de espaldas a él. Movió entonces lo suficiente el vestido hasta conseguir que la apertura le mostrase su deseable trasero y restregó su palpitante bulto por sus glúteos.

—No pasa nada preciosa, soy yo, soy Diego.

Le agarró entonces por las caderas y, colocando el glande en la entrada de su vagina desde esa posición la penetró despacio, sin demasiada dificultad, hasta que sus testículos chocaron contra las nalgas.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡¡Mmm!!!

Al estado casi catatónico de la hermana se sumó la incontrolable excitación de él, que sin más miramientos siguió moviendo las caderas, sintiendo su falo envuelto en aquel ansiado y placentero conducto.

—¡¡Ahh!! ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡Ah!!!

Con cuidado fue aumentando el ritmo, deleitándose con el clap clap que emitía sus ingles rebotando contra su trasero, soltando sus caderas momentáneamente para apretujarle los pechos desde detrás.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohh Marina!! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahhh!!

Ambos gemían, Diego de puro placer y ella sin entender realmente qué estaba pasando. El hermano siguió penetrándola hasta que irremediablemente se corrió, derramando toda su simiente en su interior y alcanzando un brutal orgasmo, penetrándola hasta lo más profundo para sentir al máximo su carne en su interior. Minutos después se vistió, volvió a darle la vuelta y le subió las bragas y le adecentó el vestido. La melliza le miraba confundida, él la observó de arriba abajo y le dijo:

—Joder, has perdido uno de los zapatos.

*Final escrito por Dulce Tentacion.

Revelación

Lola estaba al límite. Cuando sus mellizos llegaron a casa les estaba esperando al otro lado de la puerta. Marina parecía desorientada, probablemente debido a la borrachera, a pesar de que se suponía que habían acudido a una fiesta donde no se servía alcohol. Diego la agarraba por la cintura, y la arrastraba con un cuidado que le pareció extraño.  Pudo ver que su hija cojeaba.

—¿Le ha pasado algo a tu hermana? –le preguntó a su hijo.

—Ha bebido mucho y ha perdido un zapato, pero hemos venido a casa antes de que acabara la fiesta —contestó él.

Lola se mordió el labio con preocupación y se acercó a ayudar a su hija.

Juntos la llevaron a la cama de la madre, donde había dormido los últimos meses. La tumbaron, y se quedaron unos segundos mirándola con cierta preocupación, con los bucles castaño claro desparramados por la blanca almohada y el escote ligeramente desplazado del lugar original, pero sin mostrar nada. Lola suspiró.

—Bueno, gracias por traerla… Yo me quedo con ella, puedes irte a la cama, hijo.

—Vale, mamá, buenas noches —dijo Diego con una sonrisa, y le besó la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios —déjala que descanse—. Le acarició el mentón con el dorso de la mano —ha tenido una noche movidita.

La madre se quedó mirando a su hijo, intentando deducir el significado de sus palabras y de aquella sonrisa que, por unos segundos, había cruzado los labios de su hijo.

Diego salió y cerró la puerta y Lola corrió a poner el pestillo para que no volviera a entrar.

Como pudo, desnudó a su hija, con extremo cuidado. Le subió el vestido y se lo pasó con cariño por la cabeza, dejando desnudo ese cuerpecito de piel tostada. Los pechos pequeños y firmes, y una figura esbelta y moldeada. Sonrió al pensar que esa preciosidad era sangre de su sangre.

Sacó de debajo de la almohada el camisón de su pequeña y se lo colocó con cuidado, tapando su desnudez. Cómo pasaba el tiempo…su pequeña ya era una mujer.

Mientras le bajaba el camisón se fijó en un detalle que no habría percibido si no hubiese estado tan cerca. Sus braguitas, negras, lucían una mancha de un color blancuzco. Miró con curiosidad, se mordió el labio, y con cuidado, se las bajó.

Vio como de entre los labios de ese coñito perfectamente depilado escapaba un líquido blanco y espeso, el mismo que había en la ropa interior. Era semen.

Al día siguiente Marina no desayunó. Tampoco comió. Por la noche y aprovechando que Diego había salido a tal como él había dicho, airearse, Lola decidió que ya la había dejado dormir lo suficiente y fue a buscarla a la habitación.

La chica estaba tumbada en la cama, dándole la espalda a la puerta.

—¿Puedo pasar, cariño? —preguntó, entrando sin invitación.

No recibió ninguna respuesta, pero se acercó a la cama, intentando no hacer mucho ruido. Se sentó, al lado de su hija y le acarició el cabello con cuidado, para despertarla con cariño.

Marina abrió los ojos y miró vagamente a su madre.

—¿Qué pasó anoche, mi amor? —preguntó Lola, sin dejar de acariciarla.

—Mamá… —la chica se encogió y se llevó las manos a la cara —No lo recuerdo del todo, pero… —sollozó—. Diego me violó.

Ojos abiertos

Cuando finalmente salió de la habitación, Lola tenía claro lo que iba a decirle a su hijo. Con aquello había sobrepasado cualquier límite imaginable. Había violado a su hija, eso tenía que acabar.

Se sentó en el sofá, el mismo donde había empezado todo once años antes, y esperó pacientemente a que su hijo volviera. Dónde estaba y con quién era lo que menos le importaba.

Pasadas las diez de la noche Diego llegó y su madre dio un respingo, recolocándose al oír las llaves en la cerradura. Cuando entró al salón y la vio allí sentada, con un semblante terriblemente serio, supo que no presagiaba nada bueno.

—Hola mami, ya estoy en casa —dijo él, fingiendo un tono infantil.

—Hola hijo —contestó ella, gélida—. Siéntate, por favor.

Él se acercó arrastrando ligeramente los pies y se sentó al lado de la única que, alguna vez, había podido representar una figura de autoridad para él.

Ella le miró, con los ojos brillantes de ira. Nunca, jamás, habría imaginado que podría ver una mirada así en sus ojos. Tragó saliva e intentó controlarse, mantener la cabeza fría, algo que le costaba sobremanera conseguir.

Diego no pudo evitar bajar la mirada, y mientras lo hacía repasó la figura de su madre. Seguía siendo la mujer más sexy que jamás había visto, con el moreno cabello enmarcando su disimulado escote, bajo el que escondía un pecho grande y firme, la cintura de avispa, con unas caderas torneadas y un culo trabajado. Le costaba horrores mirarla sin ponerse duro.

-¿Qué pasa, mamá? – preguntó el chico, sin levantar la vista de los muslos de su madre, con voz aniñada y suave.

—¿Qué has hecho? —le devolvió la pregunta, con hielo en la voz —¿Qué coño le has hecho a tu hermana? —repitió, arrastrando las palabras, con ira contenida.

—N… N… No sé de qué me hablas —contestó él, sorprendido por el tono que estaba usando Lola.

—¿Que no lo sabes? —tomó aire —¡¿Qué no lo sabes?! —gritó —¡Has violado a tu hermana! —levantó la mano, lista para darle un bofetón.

Diego levantó rápidamente la cabeza y la miró a los ojos.

—No, mamá, te prometo que no… —empezó a decir.

—¡¿Que me prometes qué?! —gritó de nuevo ella —¡Mentiroso! —le dio una bofetada en la mejilla, Diego se llevó instintivamente la mano sobre la zona y la masajeo, mientras Lola se levantaba, sin soportar ni un segundo más estar sentada en la misma superficie que él —¡Eres un mentiroso de mierda! —levantó de nuevo la mano —¡Es tu hermana! —en vez de golpearle le cogió del cuello de la camiseta —¡Tu melliza, maldito enfermo! —le zarandeó.

Diego estaba ligeramente asustado, con la mente a mil por hora intentando comprender la situación. Sí, era verdad que se había tirado a la zorra de su hermana, pero no había sido una violación, ella no había opuesto ningún tipo de resistencia. En cuanto a Lola…por mucho que fuera su madre, no tenía ningún derecho a maltratarle de ese modo.

—¿Qué haces, mamá? —contestó él, con voz asustada, mirándola con ojos vidriosos —Yo no… nunca podría hacerle algo así a Marinita.

—Hijo de puta —le zarandeó ella, dispuesta a darle otra bofetada—. Cínico.

Diego vio su oportunidad.

—Por fin has dicho una verdad, madre —espetó con una súbita frialdad, cogiéndole la mano al vuelo cuando iba a golpearlo—. Eres una puta y Marina tu aprendiz.

La agarró fuerte del brazo y le dio la vuelta, pasándoselo por detrás de la espalda y aguantándolo con fuera, inmovilizándola. Se pegó a la espalda de su madre y le dejó notar la erección que latía bajo su pantalón de deporte. La rozó por sus nalgas duras y la llevó contra la pared mientras le mordía el cuello.

—Diego… —gimoteó la madre —para, suéltame, me haces daño.

—Claro que sí, mami —con la mano libre la rodeó por la cintura y fue subiendo hasta los senos, por debajo de la camiseta —después de romperte ese culo que tienes, yo te suelto.

Lola se quedó helada.

—Mmm, cómo he deseado esto, mamá —suspiró Diego, lamiéndole el lóbulo de la oreja y mordiéndolo después —cómo he deseado follarte como la guarra que eres.

—No, por favor cariño, deja a mamá —suplicó ella.

Diego siguió manoseándola sin compasión. La empotró contra la pared, de espaldas a él y le sujetó las manos con una de las suyas. Esos meses de gimnasio a escondidas le habían servido para ganar fuerza y musculatura, y su madre no suponía ningún problema a la hora de contener.

Le levantó completamente la camiseta y le sacó las grandes mamas del sujetador sin siquiera quitarlo. Con una sola mano, grande y firme, las juntó y jugueteó con los pezones, notándolos endurecerse tanto como, al parecer, su durísima polla que se clavaba entre las nalgas de su preciosa progenitora.

—Aaah joder…cómo quiero follarte, mamá —jadeó, apretándole los pechos y mordiéndole el hombro —. No sabes lo que he sufrido por esto, porque eres una puta calientapollas desde que soy capaz de recordar.

Le soltó las manos y le bajó los leggins que solía llevar para estar en casa. Se sorprendió al ver una atrevidísima ropa interior de color negro, de satén y encaje, que hacía tiempo que no le veía.

—¿Y estas braguitas, mami? —le preguntó al separarle las piernas, para pasar una mano por entre ellas y llegar a su intimidad.

Ella se mordió el labio.

—Son… Son para ti, mi amor —contestó ella, gimiendo.

Diego paró en seco.

—¿Cómo que son para mí?

Ella se separó ligeramente de la pared, con el pelo revuelto, la camiseta subida y los senos fuera del sujetador. Trató de buscar la mirada de su hijo.

—Me las he puesto para ti, cariño.

Diego agitó la cabeza, sin comprender demasiado bien ese cambio de actitud.

—¿Cómo dices?

-Vamos a hacer un trato —respondió Lola, respirando agitada —Yo dejo que me folles, como quieras, cuando quieras, donde quieras…Y tu dejas en paz a Marina.

Diego pareció pensarlo por unos segundos.

—No —sentenció—. Yo te follaré como quiera, cuando quiera y donde quiera… y después, me follaré a Marina.

Empujó de nuevo a su madre contra la pared y coló su mano dentro de la ropa interior de satén. Acarició sin ningún cuidado entre los labios, y los abrió ligeramente para comprobar si podía extraer algo de humedad de entre ellos. Sacó la mano, se escupió en los dedos y volvió a meterlos dentro de las bragas, para escarbar en el interior de su madre.

Lola gritaba, intentaba zafarse, escapar, apartarlo de encima de ella, pero el chico era demasiado fuerte y poco a poco fue sucumbiendo. Sintió como los dedos del que había sido su niño la abrían y la penetraban sin compasión, sin piedad, y se sintió como una hoja que bailaba al viento.

—Mmmm, mamá —jadeó el hijo.

Sacó los dedos del interior de su madre, que se había propuesto no emitir ningún sonido, y se bajó el pantalón, llevándose el bóxer con él. Colocó su polla entre las piernas de su madre y, sin meterla, empezó a embestir esos muslos entre los que había soñado estar desde que los vio desnudos por primera vez.

Le azotó el culo mientras le mordía el hombro y, con la otra mano, le sobaba las tetas, sin ninguna consideración, pellizcándole los pezones y tirando de ellos. La quería hacer gemir, gritar, aunque fuera de dolor.

—Te voy a hacer gritar, puta —dijo Diego, con rabia.

Se acabó de quitar el pantalón y, con la polla dura y tiesa, salió de la habitación en dirección al dormitorio de la madre.

Lola se quedó respirando, llorando, apretando su cuerpo contra la pared. Pero apenas tuvo tiempo de recomponerse cuando Diego volvió, sujetándole la muñeca a Marina, que estaba blanca como el papel y lloraba en silencio.

—Diego, ¿qué haces? —preguntó la chica entre sollozos.

Él no respondió, simplemente la empujó contra el suelo, donde cayó a gatas. La levantó por la cintura, le levantó el culo y, de un solo tirón, le arrancó las braguitas. Marina lloraba, asustada.

—¿Ves lo que me has obligado a hacer, madre? —dijo él, con locura en la voz, agarrándose la polla —Ahora voy a tener que follarme a la puta de tu hija porque tú eres una cobarde de mierda.

Se escupió en la polla y la colocó en la entrada del culo de su melliza.

—¡No, Diego, por favor, no! —gritó Lola, abalanzándose a él, colocándose entre la polla de su hijo y el culo de su hija —¡Déjala, por favor, déjala en paz!

Diego soltó una sonora carcajada. Se agarró el miembro y se acercó a su madre. Le dio unos sonoros golpes en la cara.

—Chúpamela y me lo pensaré —le dijo, dándole con el pene en la frente, dejándole un hilo de líquido preseminal en el rostro.

Lola tragó saliva, sintió que su hija la miraba, esperando que lo hiciera para que Diego la dejara en paz.

Y lo hizo.

Cogió la polla de su hijo con una mano temblorosa, suspiró, y metió el glande entre sus carnosos labios. Lamió la punta con cuidado, deteniéndose por unos segundos alrededor del glande, y después la dejó entrar más, sintiendo el espeso líquido preseminal en el paladar.

Succionó de la base al glande, y se la metió hasta donde fue capaz de meterla. Miró a su hijo, entrecerrando los ojos, tragándose una arcada y volvió a concentrarse en la mamada, intentando abstraerse.

Diego agarró la cabeza de su madre y empezó a marcarle el ritmo. Primero suave, y después más rápido. En un momento determinado presionó completamente la cabeza de ella, hasta que sintió su nariz en la pelvis y el glande en la campanilla. Jadeó de placer.

-¡Ooooh joder! Qué bien lo haces, puta —le tiró del pelo para apartarla, y luego volvió a clavársela hasta la garganta —¡Aaaah así! Mmm.

Marina lloraba desolada, viendo la escena desde el suelo, aunque ligeramente apartada, ya que había aprovechado que su hermano estaba ocupado para huir a gatas. Le rompió el alma ver como su mellizo se follaba sin piedad la boca de su madre.

—Joder, mamá, me voy a correr, ¡Para! —jadeó Diego, apartándola.

Ella tosió y escupió saliva y líquido preseminal, que le embadurnó parte de la camiseta y de los pechos que rebasaban el sujetador.

Ambos respiraron por unos segundos, Lola para recuperar la respiración, Diego para controlar la excitación. Pero cuando ella aún se estaba recuperando, la tiró sin ningún cuidado en el suelo, le bajó las bragas y, como un animal en celo, se la clavó, sin ninguna preparación, hasta los testículos.

Lola gimió de dolor, y encogió los dedos de los pies. Su hijo rio, porque al fin había conseguido que esa puta frígida le regalara un gemido. Empezó a follarla mientras le comía las tetas, duro, profundo, mordisqueándole los pezones hasta que ella gritaba. Movió ligeramente la postura para follarla con más fuerza.

—¡Aaaaah joder! Mamá, qué buenas estás —jadeaba, con esos grandes pechos en su boca.

Aceleró el ritmo, sintiendo como ese coño le rodeaba la polla como nunca antes lo había hecho otro. Su madre evitaba mirarlo, mientras él miraba a Marina, que se tapaba la boca, horrorizada.

—Ven aquí, Marinita…¡Aaah sí! Joder, ven —le ordenó, clavándosela a su madre hasta el fondo.

Marina aulló y se puso a llorar.

—Cómo no vengas ahora mismo te juro que te voy a romper el culo, putita de mierda —dijo él, malicioso, sin dejar de penetrar a Lola.

Marina se acercó a gatas, llorando.

—Túmbate al lado de mamá, venga —ordenó. Ella lo hizo, sin mediar palabra y sin dejar de llorar.

El chico aumentó el ritmo, rápido y en tres embestidas, salió, agarrándose la polla. Se colocó a la altura de las cabezas de su madre y su melliza, dio un par de sacudidas y empezó a correrse sobre sus caras. Fue una corrida larga, espesa, que les cayó encima con toda su potencia.

—¡Aaaaaah, mmmm, tomad, para vosotras, las putas de mi vida!

Diego jadeó y sonrió sádicamente, viendo como su leche embadurnaba aquellas dos caritas con las que tantos rasgos compartía.

Lo último que vio antes de rendirse al éxtasis fue a su hermana con los ojos fuertemente cerrados y a su madre, que lo miraba, con los ojos totalmente abiertos.

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