MOISÉS ESTÉVEZ

Malherida, asustada, miraba ansiosa a su alrededor intentando atisbar
algo en la oscuridad de aquel espeso bosque.
Respiración agitada, rápida y corta. Al inspirar apenas si le llegaba el
aire a los pulmones, por lo que su corazón, con abundantes pulsaciones,
luchaba por llevar el poco oxígeno del que disponía para repartirlo a cada
rincón de su organismo.
Manos doloridas, magulladas y sucias. Lo intuía por la sensación más
que por la visión. La negra noche se lo impedía.
Los pies, descalzos, no sabía el por qué, ensangrentados, como si
hubiera andado por una alfombra de cristales. Punzadas dañinas hacían que
cada paso fuera una cruel tortura.
La memoria amnésica bloqueaba cualquier recuerdo pasado. – ¿Dónde
estaba? ¿Qué le había ocurrido? ¿Cómo había llegado hasta allí? –
Aquel lugar que suponía inhóspito la estaba engullendo. Tenía que
pensar con premura, pues la sensación de estar en peligro era muy intensa,
tenía el presentimiento de que todo iría peor. Algo oculto la observaba, la
acechaba, el terror la atenazaba.

  • Piensa rápido. Echa a correr. Hacia dónde… –

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