GAMBITO DANÉS

Lola dio a luz a los mellizos en su último año de instituto. Marina y Diego nacieron perfectamente sanos, una tormentosa noche de septiembre. El padre, un melenudo irresponsable, tuvo claro desde el principio que aquello no iba con él y jamás los reconoció. Los padres de Lola tuvieron que convertirse rápidamente en abuelos coraje y ayudaron a su hija en todo lo que pudieron, sin reproches ni sermones.

Despertares

Tenía dieciocho años cuando Diego descubrió a las mujeres. No como personas adultas del otro sexo, o como las esposas casadas con un hombre. Diego se sintió atraído por primera vez observando a una mujer. Y como no podía ser de otra manera, encontró esa atracción en su entorno más cercano.

Era uno de los veranos más calurosos que se recordaban, Lola llegó a casa después de hacer un par de recados y encontró a su hijo en el sofá viendo dibujos animados, vestido sólo con un bañador.

—Ay hijo, hace un calor insoportable —le dijo al ver que el chiquillo vestía únicamente con un pantaloncito corto.

—¿Y Marina? —pregunto él, acostumbrado a quedarse solo en casa en espacios cortos de tiempo.

—Está con los abuelos en la piscina.

—¡Jolín! —se quejó.

La madre dejó las bolsas en la encimera de la cocina americana y se sentó a su lado con cara comprensiva.

—Sí, lo sé cariño, menudo morro, ¿verdad? Pero es que han venido a buscarla a primera hora y no hemos sido capaces de levantarte de la cama, ¿te acuerdas?

—¡Haberme despertado! —se lamentó de nuevo.

—Pero si es que no ha habido forma, mi amor, menudo berrinche te has pillado.

—¡Me muero de calor! —insistió estirándose el bañador como queriendo desprenderse de él.

La madre veía venir la rabieta y siguió con su tono conciliador:

—Mi vida, te prometo que mañana por la mañana os llevo a los tres, ¿vale?

No contestó. Se limitó a cruzar los brazos y apretar los labios. Pasó el rato y el calor era cada vez más bochornoso. La madre se quitó el top y lo lanzó a un sillón cercano, quedándose sólo con el sujetador y unos diminutos vaqueros shorts.

—Sí que hace calor, sí.

Un par de minutos después Diego ya no miraba el televisor, sus ojos enfocaban irremediablemente al cuerpo semidesnudo y sudoroso de su progenitora.

—¿Qué estás viendo? ¿Naruto? ¿Los dibujos esos de los ninjas? —preguntó ella completamente ajena a aquellos jóvenes y tempranamente lascivos ojos.

El niño no contestó. Sentía el calor aún más sofocante e incluso una extraña congoja en el bajo vientre. Contemplaba a la madre como si fuera la primera vez que la veía, sintiéndose especialmente atraído por sus piernas y su generoso busto.

—¿Son episodios repetidos o nuevos? —hablaba la madre intentando distraerle del calor y la frustración.

Pero a Diego hacía rato que no le interesaba la televisión, estaba completamente centrado en aquellas nuevas sensaciones. Experimentó, casi súbitamente, como su entrepierna se endurecía debajo del bañador y, por instinto, depositó una de sus manos sobre el bulto. Su corazón se aceleró y casi respiraba jadeando.

—¿Sigues enfadado, mi amor? —preguntó la madre girando la cabeza.

Se encontró entonces con su hijo, observándola fijamente y frotándose por encima de la ropa, con los ojos más abiertos que había visto nunca. Al principio no entendió nada, se sorprendió, pero enseguida fue invadida por una extraña sensación de pudor. Levantándose, alcanzó de nuevo el top y cubriéndose un poco en un impulso le preguntó:

—Hijo, ¿estás bien?

No respondió. Sin apartar la mirada adentró la mano por dentro de la prenda y siguió con aquellos nuevos y placenteros tocamientos. La madre, completamente desconcertada, se vistió con la camiseta y se retiró sin mediar palabra.

Curiosidades

—No quiero —afirmó Marina en el último momento.

—Vamos, me lo habías prometido —insistió Diego.

—Pues he cambiado de opinión.

A sus once años la melliza estaba ya bastante desarrollada, habiendo comenzado la pubertad mucho antes que su hermano.

—¡Me lo prometiste! —se quejó él.

—Es que no lo entiendo —replicó ella, firme pero serena.

Ambos estaban solos en casa, de pie uno frente al otro en la habitación de los dos. Por esos tiempos Marina le sacaba casi media cabeza a Diego, siendo alta para su edad. Tenía la piel bronceada y el pelo largo y ondulado, castaño claro, en contraste con el cabello moreno y liso que tenían el hermano y la madre.

—Pero si es solo curiosidad, jolín —suplicó él.

—Pues métete en internet —respondió ella sin cambiar el gesto.

—No es lo mismo…

—¡Pues te jodes!

El muchacho frunció el ceño en señal de enfado e incluso puso cara de paciencia antes de contraatacar:

—Eres una cagada. Una cagada y una mentirosa.

—¡Y tú un guarro y un rarito! —replicó.

—Sí, vale, pero lo que digo lo cumplo. ¡Mentirosa! No te creeré nunca más.

Diego miraba hacia al suelo, decepcionado y enfadado a partes iguales. La hermana no sabía la razón por la que había accedido a semejante cosa días antes ni como se había dejado convencer, pero sí era cierto que se había comprometido. Dejó los ojos en blanco en señal de derrota y dijo:

—Bueno, valeee, pero será sólo un momento, te aviso.

—Sólo un momento —afirmó él realmente emocionado.

Marina se quitó la camiseta lentamente, por pudor, no por darle emoción a la situación. Cuando la ropa volvió a permitirle ver después de pasar por su cabeza, miró al hermano y le dijo:

—¿A qué esperas?

—Sí, sí, ya voy —contestó él empezando por desabrocharse las deportivas.

En el siguiente paso fue ella quien se quitó las bailarinas para después desprenderse de la falda, quedándose ya en ropa interior. Le siguió el hermano, primero con la camiseta y después por los vaqueros. Ambos se miraron.

—¿Ya está? —preguntó ella haciéndose la inocente.

—¡Jolín! ¡Marina! No empieces.

La hermana puso de nuevo los ojos en blanco, era posiblemente su gesto favorito. Llevó las manos a la espalda y desabrochó sin dificultad el sujetador, dejándolo caer al suelo y tapándose los senos, que empezaban a desarrollarse, con los brazos. El mellizo no perdía detalle. Marina lo miró fijamente y luego bajó la vista hasta el calzoncillo, exigiéndole igualdad. Él obedeció, deshaciéndose de la ropa interior y tapándose enseguida los genitales con ambas manos. La preadolescente demoró un minuto el último paso, pero finalmente, con sumo cuidado para mostrar la menor parte de su anatomía posible, se quitó también las braguitas, haciendo equilibrios para taparse.

—¿Ya?

—No, ya no. Eso no es lo que habíamos dicho.

—¿Y tú, qué? —se quejó ella.

Diego accedió, retirando las manos y mostrando su entrepierna con bastante vergüenza.

—¿Tan pequeñita? —dijo ella al verle, con ánimos de molestar.

—¡Te toca! —replicó el hermano, enfurruñado.

Marina tragó saliva y retiró brazos y manos, mostrando su cuerpo en pleno desarrollo, con incipientes pechos y saliente vello en el pubis.

—Tú tampoco es que tengas las tetas de mamá —argumentó el descarado y ofendido mellizo.

—Mejor que ese garbancito, enano —atacó ella.

Diego pareció meditar algo, consensuar internamente si decirlo o no, para finalmente soltar:

—No siempre es así.

—¿Ah, no? —preguntó ella haciéndose la inocente.

—Pues no, ¿vale?

—Muéstramelo —le retó.

—¡Eh! Que no funciona así. No lo controlo.

—Sí, ya…seguro —siguió provocándole la hermana.

Diego se sintió un poco humillado. Decidió agarrarse el encogido miembro y juguetear con él para demostrárselo, pero éste no reaccionó.

—Sigue igual de pequeñito —dijo Marina con una maligna sonrisa en los labios.

—¡Jo! ¡Déjame! Es que tengo frío y no funciona así te he dicho —se defendió acelerando el ritmo de los tocamientos, pero obteniendo el mismo resultado.

La hermana se limitó a seguir sonriendo, burlona. Él, al borde del cabreo, llevó la otra mano a uno de los pequeños pechos de su melliza y lo manoseó sin permiso.

—Pero, ¡¿qué haces?! ¡Imbécil! —le increpó, pero sin retirarle la mano.

—¡Cállate ya, tonta! —dijo él concentrado en los dos frentes.

Siguió toqueteándola a ella y a sí mismo, pero su pene estaba perezoso y estresado. Terminó con el seno y agarró la muñeca de la hermana, llevando su mano sin previo aviso hasta su entrepierna y frotándose con ella. Marina ya no sonreía, sopesaba la posibilidad de cruzarle la cara con un guantazo, pero también se sentía algo culpable por haberle provocado.

—¿Quieres parar? Rarito —se limitó a decir.

—¡Va Marina! Por favor…tócame un poco, no pasa nada. Va…

—Pero, ¡¿qué estás diciendo?!

—Por favooooor —siguió suplicando— es para que lo veas.

A la melliza le sorprendió lo infantil que podía ser a veces y cómo había podido caer en aquellas provocaciones. Finalmente, previo poner los ojos en blanco por tercera vez, agarró el aturullado falo y lo sacudió con desgana. Diego notó rápidamente el cambio. Con los dedos de la melliza jugueteando con sus genitales experimentó un sorprendente e incontrolable placer, soltando incluso un par de gemidos y congratulándose al ver su carne triplicar el tamaño.

—¡Ah! ¡Ahh!

La hermana no era capaz de mirar, abochornada, pero no dejó de subir y bajar la piel del inexperto chico.

—¡Ah! ¡Ah! ¿Lo ves Marina? ¿Lo ves ahora? ¡Oh!

Marina observó de reojo el erecto miembro y decidió que ya era suficiente, lo soltó y sin más explicaciones comenzó a vestirse de nuevo. Diego la miró casi desconsolado, titubeante:

—Ma…¿Marina?

—¿Ya está no? Me has visto, nos hemos visto, no sé qué más puedes querer.

El hermano sabía perfectamente lo que quería, pero no tuvo el valor de expresarlo. Se quedó quieto, excitado, desnudo e inmóvil, viendo como su hermana se vestía. La frustración le duró días.

Poluciones nocturnas

A los catorce años Diego era virgen pero ya no un inocente niño. Posiblemente estaría en un hipotético cuadro de honor de expertos en onanismo, pero la masturbación, para ser realmente placentera, requería cada vez de más acción y menos imaginación. A su favor tenía dos grandes ventajas, el compartir habitación con su hermana y el sueño profundo de ella.

No era la primera vez que lo hacía, se despertó sin ayuda a las tres de la madrugada y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Se levantó entonces de la cama y, a hurtadillas, avanzó los escasos dos metros que le separaban de la de la melliza. Con sumo cuidado, la destapó lentamente. Marina era ya toda una mujer, con pechos no muy grandes, pero completamente desarrollados, cinturita de avispa y largas y torneadas piernas. Quizás le fallaba el culo, demasiado plano para su gusto, pero tumbada boca arriba éste ni se veía.

Como era habitual, la hermana ni se inmutó. Ni un pequeño amago de despertarse. Diego había conocido a marmotas con menos vocación que ella. Aún no hacía demasiado calor y se lamentó de que la vestimenta no fuera más sexy. Un simple pijama compuesto de blusa y pantalón pirata. Se bajó la parte de abajo del pijama y su miembro saltó como un resorte, libre y erecto. Comenzó a tocarse mientras la contemplaba. Poco después, incrementando el ritmo, se dio cuenta de que sería uno de esos días. Uno en el que le iba a costar correrse. Siguió masturbándose, pero la frustración empezó a adueñarse de la situación, desplazando incluso al placer.

—Joder —susurró.

Al borde del fracaso, el joven decidió correr un riesgo nunca asumido hasta entonces. Dejó las caricias y, con mucho cuidado, comenzó a desabrochar la blusa de su hermana. Botón a botón al ver que ella seguía completamente inmóvil. Conseguido el primer paso, abrió la prenda dejándole una preciosa vista del torso desnudo de su hermana, con los bonitos pechos sin más protección. Con el nuevo paisaje retomó los tocamientos mucho más animado.

—Mmm, ¡mmm! —gimió entre dientes, procurando no hacer ruido.

Poco después pudo notar como le flaqueaban las piernas, síntoma inequívoco de que el orgasmo estaba por llegar. Normalmente eyaculaba en una servilleta de la que después se deshacía, pero aquella noche se sentía más travieso de lo normal. Inclinándose, apuntó hacia los pechos de su hermana y se derramó sobre ellos entre espasmos que casi le hacen perder el equilibrio. Se cercioró de que estuviera dormida y, al ver que seguía impasible, decidió cerrarle la blusa, pero sin abrocharla de nuevo, tapándola luego con la sábana. Le pareció muy morboso ver su reacción en unas horas, mal vestida y pegajosa.

A la mañana siguiente, Marina, se despertó completamente atontada y, sin ni siquiera dar los buenos días, fue directa la ducha. Diego pudo ver de refilón uno de sus pechos al salir de la habitación, escapándose entre la blusa abierta, pero ella pareció no darle ni la más mínima importancia.

Se levantó él con intención de ir a la cocina y desayunar, cuando en el salón se encontró a su madre dormida en el sofá, con el televisor aún encendido. Le pasaba habitualmente. Se quedaba hasta tarde viendo la tele tumbada y tapada con una manta y decidía que no valía la pena irse al dormitorio por unas horas. Se acercó un poco más y comprobó que tenía los ojos completamente cerrados. La manta se había desplazado hasta la cintura y mostraba un espectacular canalillo por encima del camisón. Su pelo, alborotado, le cubría la frente y se amontonaba casi en un moño.

Los últimos años el objeto de perversiones del muchacho había sido su hermana, pero aquella imagen le pareció irresistible y, aunque solía necesitar más tiempo antes de volver a apetecerle, notó como su entrepierna se endurecía rápidamente. Sus ojos seguían clavados en el espectacular escote, en las dos generosas mamas que parecían suplicar ayuda para salir y liberarse. Sin darse cuenta una de sus manos ya frotaba el bulto por encima del pijama, sin perder detalle de la espectacular mujer de treinta y un años que era su madre.

No pudo resistirse, se bajó el pantalón y comenzó a masturbarse, empezando lo que sería una fulgurante paja.

—Mmm ¡Mmm!

Estaba más excitado de lo que recordaba en los últimos meses, a punto de perder el control.

—¡Mmm! ¡¡Mmm!! ¡Oh!

Poseído por el deseo, se acercó un poco más a ella y retiró la maltrecha manta, mostrando ahora sus esbeltas y sensuales piernas y parte de su espectacular nalga que el camisón no conseguía cubrir.

—¡Oh! ¡Ohh!

Volviendo al lugar donde se sentía seguro, justo detrás de su cabeza, prosiguió con los placenteros tocamientos. Pero aquella última acción había sido demasiado arriesgada. Lola no tenía el sueño tan pesado de su hija, y poco a poco fue abriendo los ojos. Aturdida, no tenía visión de su hijo, pero podía oírlo detrás de ella, intentando ahogar sus gemidos. Miró al frente recordando el enorme espejo que decoraba una de las paredes, idea de los abuelos para que la casa pareciera más grande. Pudo ver con bastante claridad como su hijo se pajeaba sin dejar de mirarla.

La escena le horrorizó tanto que fue incapaz de reaccionar.

—¡¡Ohh!! ¡¡Mm!! ¡¡Mmmm!!

Diego continuó un par de interminables minutos en los que la madre estuvo a punto de tener un ataque de pánico. Finalmente eyaculó, impactando directamente contra el cabello de Lola, cerrando ella los ojos como si no quisiera mirar su ejecución. Complacido, sin saberse descubierto, se vistió de nuevo y fue a la cocina para desayunar.

Límites

Los quince años de Diego fueron, sin duda, los más difíciles hasta el momento. Sintiéndose abandonado por su hermana que pasaba más tiempo con sus amigas que con él, y por su madre que tenía novio oficial desde hacía meses. Aquello le reconcomía por dentro. Se sorprendió el viernes por la noche completamente solo en casa y dispuesto a comerse una pizza poco antes congelada. El aburrimiento dio paso, poco a poco, a la ansiedad. Andando por el pequeño piso sin ganas de hacer nada, maldiciendo a su familia.

Lola llegó a casa algo antes de las doce, saludando desde la entrada amistosamente.

—¡Buenas!

Enseguida se encontró con los ojos acusadores de su hijo.

—¿Marina no está? ¿Duerme en casa de Sofía? —preguntó la madre mientras cerraba la puerta con llave.

—¡Y yo qué sé! —dijo él, ofuscado.

—Bueno hijo, vale —fue lo único que respondió avanzando por el recibidor en dirección a la cocina, deduciendo ya que algo iba mal.

Dejó el bolso en la silla y abrió la nevera dispuesta a servirse una copa de vino, intentando normalizar una situación extrañamente enrarecida.

—¿Y qué has hecho tú?

—Nada.

—¿Y eso?

Hubo un incómodo silencio. Diego observó de arriba abajo a la madre y su enfado fue in crescendo, casi podía sentir como su sangre hervía. Llevaba puesto un top gris y una falda demasiada corta a su parecer que dejaba seguir sus piernas hasta unas botas estilo country marrones.

—¿Y tú, mamá? Con tu novio, ¿no?

La madre dio un trago a su copa estudiando a su hijo e intentando descubrir la razón de tanta hostilidad.

—Sí, estaba con Óscar. Hemos ido a cenar al sitio nuevo de al lado de su casa.

—A cenar, ¿no? —repitió Diego.

—Sí Diego, sí, a cenar.

—Y luego a follar un poco y para casa, ¿verdad? Por eso te has vestido como una puta.

La afirmación cayó como un jarro de agua fría sobre la madre, que incluso dejó la copa sobre la encimera antes de responder:

—¿A ti qué te pasa, niñato? ¿Quién te crees que eres para hablarme así? Si estás amargado no lo pagues con los demás, ¿vale?

No gritó, su tono era contenido pero contundente.

—¡A mí lo que me pasa es que me jode que cualquiera se pueda tirar a mi madre! ¡¿Vale?! —contraatacó Diego.

Ambos se acercaron, amenazantes. Midiendo cada gesto.

—¿Qué te pasa? —insistió Lola intentando no perder el control.

—Ya te lo he dicho.

—Sí —dijo ella—. Y si vuelves a insultarme te daré un tortazo que lo recordarás toda tu vida, ¿entendido?

—¡¿Ah sí?! —preguntó el hijo burlón.

—Ponme a prueba.

El adolescente meditó unos segundos y acabó diciendo:

—¡Puta guarra!

Esta vez no se lo pensó. La joven madre armó el brazo y le giró la cara con un sonoro bofetón. El chico aguantó estoico, sintiendo como le ardía la mejilla reprimió el llanto. Abrió uno de los cajones y sacó un cuchillo de considerables dimensiones, apretó la punta contra su antebrazo y mirando al a madre le dijo:

—¿Eso es lo que quieres? ¿Hacerme daño?

—Di… Diego, cariño… —balbuceó Lola.

No tuvo tiempo a emplear la psicología. Diego apretó el acero contra su piel hasta que la sangre empezó a brotar. La madre pensó en abalanzarse sobre él, pero tal y como estaban colocados creyó que era incluso más peligroso.

—¡Diego!

—¡¡Cállate, joder!! ¡Mira lo que me has hecho! ¡¡Eres una guarra!!

Siguió con el corte hasta que el cuchillo cayó al suelo, momento que aprovechó la madre para tirarse a por él y arrebatárselo. El hijo agarró una servilleta y presionó la herida intentando controlar la hemorragia. La madre seguía en el suelo, desconcertada y con el corazón desbocado. Él, sin previo aviso, descolgó el antiguo teléfono de pared de la cocina y marcó:

—Sí, por favor, vengan a casa, mi madre me ha atacado con un cuchillo.

Quince minutos después la calle no era más que sirenas y vecinos cotillas asomados a los balcones. Dos agentes y un paramédico interrogaban a madre e hijo en estancias separadas, a ella en la cocina y al joven en el salón. Por protocolo, después de que el muchacho confirmara su historia, tuvieron que esposar a Lola que, desesperada, contaba a los agentes lo que había pasado de verdad. Estuvieron más de cuarenta minutos entre preguntas e improvisadas evaluaciones psicológicas. Uno de los agentes, algo incrédulo, habló por última vez con Diego:

—Muy bien, lo tenemos todo. ¿Seguro que no quiere cambiar su versión?

—Seguro.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo el agente sentándose a su lado en el sofá y poniendo un tono confidente—. Mire, ¿es consciente de que nos tendremos que llevar a su madre detenida y que luego todo quedará en manos de un juez y de servicios sociales?

—Lo soy —contestó él consciente, por primera vez, de que la cosa había llegado demasiado lejos.

—Está bien, está bien. Oiga, ¿quiere hablar a solas con ella antes de que nos vayamos? Le daremos total intimidad. Está esposada y con un aviso entraremos rápidamente en el salón.

Diego tenía la mirada perdida en el suelo, pero fue capaz de acceder con un movimiento de cabeza.

—¡Muy bien! —exclamó el agente—. ¡Santi, tráela aquí un momento!

Sentaron a la madre al lado del hijo, con las manos esposadas en la espalda y la cara desencajada. Cumpliendo con lo dicho se encerraron en la cocina, dándoles total intimidad. Ambos se miraron preocupados, una con los grilletes y el otro con un apósito en el brazo, cortesía del paramédico.

—Hijo… —comenzó ella al fin—. ¿Por qué me haces esto? Sabes que puedes contarme cualquier problema que tengas…

Diego no contestó, pero parecía más receptivo que un rato antes.

—Yo te quiero, mi amor —continuó ella—. Sea lo que sea, lo podremos solucionar.

El chico volvió a mirarla de arriba abajo. Allí, sentada a su lado en el sofá, su falda aún parecía más corta. Ansiedad, enfado, dolor, tristeza. Era un buen resumen de su estado anímico aquella noche. Siguió estudiando a la madre que se disculpaba sin saber muy bien por qué. Diego se preguntó si los agentes habrían fantaseado con meterle mano a la supuesta agresora. Ansiedad, enfado, dolor, tristeza…¿lascivia?

—Diego, yo te quiero más que a nada en el mundo —insistió ella.

El hijo depositó la mano sobre su muslo desnudo, en un gesto que la madre interpretó como cariñoso.

—Buscaremos ayuda si hace falta, hijo.

Con la mano en la cara interna del muslo, acomodó también la cabeza sobre sus generosos pechos, de manera casi infantil.

—Oh mamá…¿te acuerdas cuando era niño y veíamos la tele juntos? Me acurrucaba sobre ti, así, y me sentía el niño más protegido del mundo.

Restregó la cara sobre los pechos como un bebé que busca el pezón de la madre para amamantarse. Su mano siguió acariciándole la pierna, circularmente y avanzando lentamente hacia su entrepierna, replegando por el camino la escasa falda.

—Joder —susurró ella intentándose contener.

—Me sentía tan protegido entre tus pechos, mmm.

El adolescente continuó metiéndole mano, llegando incluso a acariciarle el sexo por encima de las braguitas mientras comenzaba a besarle el cuello.

—¡Joder, Diego!

—Shh, mamá, tranquila. No querrás que nos oigan los polis, ¿verdad? —dijo sin detenerse.

Fue subiendo con sus labios hasta intentar llegar a los suyos, pero ella se defendía moviendo la cabeza de lado a lado. El hijo le frotaba excitado la entrepierna a la indefensa madre, que seguía con las manos esposadas y consciente de que una palabra más alta de lo normal terminaría con ella en el calabozo y un juicio por la custodia.

—Yo también te quiero mamá —dijo él mientras que, sin olvidarse de sus partes íntimas, atacaba con la mano libre los senos, manoseándolos por encima del top.

—Por favor, por favor, por favor…

—Tranquila mami, tranquila. ¿No te ha tocado tu novio las tetitas hoy? Mmm.

Diego estaba excitadísimo, casi dispuesto a desnudarla allí mismo, pero el ruido de una puerta abriéndose les interrumpió, alejándolo de su presa en un acto instintivo.

—¿Y bien? —preguntó el agente—. ¿Han podido hablar?

Lola, con la falda mal puesta y el top arrugado, miraba fijamente el techo completamente abochornada mientras que el hijo respondía:

—Está todo solucionado, ha sido un malentendido.

El policía los miró inquisitivamente, pero lo que menos le apetecía era una noche de papeleo, así que dio por buena la afirmación:

—Así me gusta. Tú tendrás que ir en la ambulancia para que te miren ese brazo. Usted, señora, queda libre. ¡Santi, quítale las esposas a la señora!

*Este relato ha sido coescrito con Dulce Tentacion. Autora a la que admiro y a la que, después de horas de charla, considero mi amiga. No solo lo ha corregido, sino que ha escrito los dos últimos capítulos íntegramente. Ojalá podamos volver a colaborar juntos, no solo has sido mi apoyo moral, sino también mis manos.

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