M. BUENAHORA

Desprovisto de mejores ideas y situaciones —al igual que los demás—, aceptó el trato. Manuel se inscribió con los otros tres, pasaron a un saloncito más bien pobretón, le tendió la mano al hombre que parecía estar a cargo, después ese mismo se largó, ingresó uno nuevo, más aseado y de una apariencia seca, como si necesitara remojarse un día entero para recuperarse de algún maleficio de roca.

—Atención —dijo la roca—. Soy José Increo, van a llevar a cabo una tarea sencilla en su primer día. No sabemos si van a quedarse con nosotros. Suerte.

Pero la roca se marchó sin explicar nada. Manuel se avispó y preguntó a alguien si sabía qué había que hacer. Lo miraron como si hubiese echado a perder todo… luego empezaron a contestarle.

—Es evidente que ahora habrá que descubrirlo—dijo uno con tono displicente.

—¿Te refieres que por nuestra cuenta?—inquirió Manuel.

—¡No se haga el distraído! Ahora que usted pregunta qué hay que hacer, vamos a tener que llegar a saberlo —y agregó mirando casi muriendo por dentro, como si todo fuera fatal— sea como sea.

Un sujeto se presentó interrumpiendo todo junto a su llegada. Los saludó animosamente, parecía querer decir algo alegre, una noticia fortuita. Lo dejaron hacer libremente… y quizá eso fue lo peor, ya que así como entró, se largó. Manuel hizo notar que hubieran hecho bien en hablarle, todos asintieron, el grupo empezaba a reunirse, Manuel sabía que había llevado él solo, las dos iniciativas del grupo, la pregunta sobre qué debían hacer y el comentario crítico de recién. Soy un líder nato, pensó… es hora de realizar un movimiento victorioso.

Uno del grupo apellidado Rodríguez los abandonó, o eso trató. Primero, Manuel lo sofrenó, este lo escuchó un instante, Manuel sospechó que un espíritu tan endeble quizá era un peso muerto para el grupo… fingió estar más abierto a que Rodríguez decida lo que quiera, que era libre… pero solo quería que se vaya. Rodríguez, por alguna razón, cambió de opinión y se mantuvo con ellos.

—Si vamos a estar juntos como grupo —empezó Manuel—, debemos buscar un mejor lugar.

—Hay gente muy lista, el mundo está llena de gente muy lista… si hubiera menos gente en el mundo, se las arreglaría para argumentar que necesitan más espacio, y siempre nos arrinconarían en este salón desagradable —dijo Higoy, un hombre de sesenta años aproximadamente, muy ceniciento, tanto en su ropa como en su piel y gestos.

—Yo quiero encontrar un mejor lugar, vamos —dijo Josefina Acart.

—Rodríguez define —¿quién lo había dicho? Ya casi no se percibía la separación entre cada integrante del grupo.

—Que hable Rodríguez —Poco se entendió y nadie llegó a ver que alguien mueva los labios para decir aquello.

—¿Quién dijo eso? —preguntó Manuel.

Todos dijeron a su manera que no habían sido ellos. Un momento extraño se gestó en el salón que querían abandonar. Manuel se indignó porque como líder estaba quedando ridiculizado, y si atinaba en el propósito del que hacía esa broma auditiva, debía atribuirse esas palabras sin dueño porque suponía que querían socavar su poder, y nadie sabía excepto esa persona, quién había dicho aquello… ¡podía mentir sin problema! Estaba la posibilidad de que alguien más estuviese involucrado, si era así, tomando tal decisión estaría acabado, pero eran posibilidades casi inexistentes debido a que no se conocían de antes entre ninguno y estuvieron muy poco tiempo juntos, en un lugar hacinado y de escasa ventilación.

Se echó a reír con soltura y se adjudicó las palabras a él mismo. Miraron a Manuel, todo era un poco forzado, pero era una broma y nadie de los presentes se consideraba un grande en el humor, por lo que al fin y al cabo, todo quedó en Rodríguez, porque como bien había sugerido alguien, debía definir con su voto si buscar un lugar mejor o padecer el bochorno que era ese interior decrépito.

—Pero tomemos un descanso —sugirió Manuel pensando en hablar con todos por separado, para descubrir a su enemigo.

Rodríguez, se descomponía de los nervios, lo dejó para lo último porque no le interesaba, si era su amigo o enemigo, lo cierto era que el mismo Manuel se consideraba de por sí un poco enemigo de Rodríguez, que no le resultaba capaz ni de vencer a un niño.

Se aproximó a Josefina y cayó en la cuenta de que la voz había sido femenina… eso fue, o eso creo, pensó. Entonces fui ridiculizado, estoy dando solo malos pasos… pero dejó de pensar y con mucho odio hacia Josefina, inició una fingida charla sin intereses. Al principio solo decían cosas del clima, lo habitual, pero lo decían con tanto talento que el trópico no parecía ese tan poco querido de siempre, sino uno muy interesante. En efecto, con el calor y la humedad que reinaban en aquellos días, era tanto lo que se sentía que no estaba mal comentarlo… era un poco aliviante. Luego Josefina habló de justicia. Manuel le comentó que su primer nombre era Marcos, Josefina dijo que sus dos nombres juntos eran una injusticia, y allí mismo, con una gran ira totalmente esmaltada para que no se notara, Manuel dijo que mintió, y que se llamaba Manuel Trida —con una sonrisa perversa, creyendo que Josefina caía y perdía todo—. Se aseguró que todos escucharan. “Suelo mentir… qué se le va a hacer, hace un momento dije que yo era quien dijo esas palabras, pero no fui yo… supongo que fuiste tu”. Todos escucharon, todos se voltearon, esperaron, Josefina abría los ojos, y finalmente, sin pensarlo, con un poco de susto admitió que no. Ella no había sido. Sin querer quererlo, todos sintieron una especie de terror porque, aunque no querían, en el fondo eran fieles creyentes de los fantasmas y el destino… las magias, los nigromantes, los rezos… las supersticiones, etc.

—Bueno, bueno… sí fui yo… ¿ves? A veces miento para entretener a la gente un momento…

Pero esta vez nadie le creyó a Manuel. Rodríguez se sulfuraba en el rostro como si estuviese a punto de vomitar, de seguro por la falta de aire. Josefina rechazó a Manuel, que se acercó a Higoy, el hombre algo mayor y gris. Pero la charla fue más larga que la anterior. Primero, hablaron sobre las mentiras. Manuel se esforzó en ver los gestos de Higoy, era una persona envejecida y viscosa, como si una capita de humedad lo mantuviera siempre en vilo. La postura de Manuel fue para que las mentiras sepan a humor y risas… pero Higoy contestó con una pausada carcajada y aseguró que era un hombre de moral, que las mentiras no eran buenas. ¿Sin grises? pensó Manuel… ¿justo el hombre gris piensa así? Luego hablaron sobre la presunta debilidad del jovencito Rodríguez… lo mataron… prácticamente, estaban planeando (sin explicitarlo) cómo exiliar a ese peso muerto del todo, quizá, en un par de horas, coincidieron ambos sin formularlo en palabras, sea muy posible. Es un yunque, se decían cada rato, se le ocurrió a Higoy, y Manuel lo repetía como rectificándolo.

Se agradaron por congeniar, pero no se percataron de que eran seguramente, los que debían enfrentarse hasta que alguno de los dos quede como el líder final. Llegaron a hablar del tema pendiente… acá Manuel tenía desventaja ¿qué debían hacer? El superior “Roca” dijo que era algo sencillo. En eso estaban de acuerdo (en eso y en llamar a su superior “Roca”). No era necesario, pese a la pregunta (que él había hecho al comienzo de la jornada), decía Manuel, saber qué hacer. Higoy —con maestría en el discurso— le hacía saber que el grupo no era de esa opinión, y que lo veían como el tema más lóbrego del mundo… que era mejor que se lo resuelva y se supere… las heridas se van —decía consolador, jugando con las frases como un malabarista— y luego ya no están más como dolor. Manuel, con optimismo forzado, aseguró que intentaría cambiar la mente de todos, pero era un asunto casi cerrado y no quería lucir como un necio. Si me dejo pisar por el grupo, pensaba, no tendré autoridad, les debe joder, capaz eso sea bueno, luego tendrán un respeto natural y súbito hacia mí. Cambiaron de tema después de difamar un poco más a Rodríguez alias el yunque, cosa que les encantaba. Ahora hablaban de Josefina, era un poco molesta, pero eso lo pensaba Manuel que no pudo llevarse con ella, Higoy hasta estaba enamorado de la mujer. Pero era cierto que no era muy fresca… todo lo hacía desde atrás. Como si pusiera un protector y Josefina con eso se asegurara de no mancharse. Higoy, le perdonó sinceramente a Manuel el hablar mal de Josefina. Hablaron del clima, Higoy se sentía un poco indiferente, era viejo y ya no rezongaba porque para eso hay que tener energía. Manuel sostuvo que si tuviesen ventilador, Rodríguez se sentiría mejor, pero Higoy no terminó de entender aquello que quería decir, básicamente, que Manuel se animaba a sufrir el calor con tal de que le repercutiese en algo a Rodríguez.

Finalmente, luego de unos cuarenta minutos, Manuel se acercó a Rodríguez con aire de superación. Rodríguez le preguntó cómo se encontraba. Bien, contestó Manuel ¿y tú, amigo? Mal, respondió Rodríguez, con su cara que se volvía una caldera hervida. Algo le pasaba, claro estaba, pero a nadie le importaba como para preguntarle puntillosamente y entonces encargarse aunque sea mínimamente o humanamente. Entonces, Rodríguez quiso saber si ya podían decidir qué hacer, que ya tenía su voto en la mente. Ah, contestó Manuel… tu voto… es un mundo muy loco el que tenemos que transitar, donde desertores prematuros que ni siquiera se animan a llevar a término sus convicciones, luego votan de igual a igual con los Higoyes… con las Josefinas y los Manueles. Rodríguez explotó de rabia ante esos dichos, pero Manuel dio a entender que no era más que una broma… que estaba encantado de que se haya quedado con ellos. Pero lo dijo en tono irónico y Rodríguez no pareció molestarse, continuaron hablando, poco, sin fluidez, de Higoy… quizá tenga cincuenta, quizá sesenta… de Josefina… quizá sea más simpática (cuando se la conoce), quizá menos (cuando se la conoce más). Hablaron del día, de que tenían un tema pendiente, y entonces Manuel supo que Rodríguez era un insoportable virus que se extendería con su abominante mal estado de salud y peor aún, de espíritu. Sin dejar que Rodríguez termine de decir lo que sea que estuviera diciendo, Manuel habló al grupo, los reunió y pidió a Rodríguez que vote.

Prestaron atención. La sala era una cosa odiosa, pero no sonaba disparatado pensar como Higoy y resignarse a ella, a estar allí porque el mundo ya se encontraba ocupado, aunque eso fuese admitir que no eran tan listos como los demás que sí tenían mejores lugares. Rodríguez miró un tanto de lado a lado, su cara se había aliviado, recobró un poco el color normal de su tez, y dijo que apoyaba a Higoy. Manuel sonrió. Ese Rodríguez, pensó, se hace el buenito, el débil, pero es un monstruo.

—Ahora, Higoy, ya que te apoyan… ¿qué hacemos? —preguntó Manuel esperando cambiar las cosas en pocos minutos.

—Lo mismo que antes. El mundo está lleno, nos quedamos aquí.

—El problema, —dijo Josefina—, es que hay que desempatar y no cambio de opinión. ¿Y tú, Manuel?

—Caramba, quisiera hablar un momento con Higoy antes de decir nada.

—Hablemos entonces —respondió Higoy.

—¿Y qué piensas del tema pendiente?—preguntó Manuel.

—Que fue muy malo haberlo planteado…

—Pero Higoy, las cosas tienen que hacerse.

—Eso no es lo que pensamos todos, Manuel.

—Quizá, pero no quita que hayan que hacerse.

—Está bien, pero si no las hacemos, no se hacen y entonces shazam, somos libres de hacerlas salvo que vengas y preguntes por ellas y nos veamos obligados a llevarlas a cabo.

—Estoy de acuerdo —contestó Manuel— en que no se hagan las cosas que son muy pesadas. Por eso, ya que haremos algo, sería estupendo hacer algo que al menos queramos algunos de nosotros. Y si no me equivoco, Josefina y yo, estamos queriendo hacer algo: buscar un mejor lugar para el grupo… sé que a la larga todos lo agradecerán. ¿Por qué no hacerlo entonces? Si tú y Rodríguez no se sienten muy listos para hacerlo, yo con Josefina nos hacemos cargo, casi no tendrán que hacer nada.

Todo eso convenció a Rodríguez y cambió de voto, pero Higoy lo cambió por no quedar como opositor. Entonces ingresó la Roca cuando estaban por irse.

—¿Siguen aquí? —preguntó— lo siento chicos, tengo que comunicarles que no hicieron bien su trabajo, de verdad lo siento, pero deben irse, ya no trabajan más para nosotros.

El ex grupo sintió alivio y odio. Manuel, ya en la calle, preguntó a todos quién había hablado… porque él no había sido. Josefina repitió que no había sido ella. Higoy preguntó qué caso tiene averiguarlo ahora. Rodríguez dijo que seguro fue Higoy, porque él no fue. Higoy tuvo que explicar que no tenía caso, pero que él no había sido, y estaba casi seguro de que había sido Manuel. Manuel le juró que no había hablado. Se pusieron a razonar unos momentos.

—Qué lista es esa maldita Roca…

—Sí, coincido, era su voz.

—¿No quería que hagamos algo que lo perjudique? —preguntó Rodríguez.

—Tenía que sabotearnos, era evidente que si lo veíamos por los pasillos buscaríamos ascender trepándonos sobre él.

—Nos espiaba, eso es seguro. Entró justo cuando nos íbamos. Hizo que salir por la puerta sea para no volver cuando lo que queríamos era meternos más y más en ese lugar.

—Podríamos demandarlo… fue todo ilegal.

—Solo le daríamos fama… crédito… todos sabrían lo listo que es y le conseguiríamos un mejor salón.

Todos se disgregaron como partículas por la ciudad, al menos tenían un poco más de experiencia para esos trabajos llenos de rocas.

Fin.

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