JESÚS ABREU

Él olía a vida, a piedra escalada, a ratón de biblioteca informática, a salitre y arena en verano, a lana en invierno, a libro en otoño y a joven y luz en primavera.

Su madre guarda su fragancia en sus ropas metidas en cajas bien cerradas, para que no se escape ni una partícula.

De vez en cuando ella y yo, ella o yo, sacamos al azar una pieza de su ropa y la olemos intensamente para tratar de materializarlo en nuestras mentes, aunque él está siempre latente en nuestro pensamiento. Y lloramos juntos, y lloramos solos y gritamos su nombre, como cuando era pequeño y se alejaba de forma temeraria, esperando que obedezca y vuelva a nuestro lado.

De vez en cuando vamos a sus lugares de escalada, en barrancos secos del sur, en paredes de piedra y moho del norte,  y gritamos su nombre para que nuestro grito se haga eco y su no presencia no se sienta sola, en un irracional consuelo.

De vez en cuando se nos aparece su aroma de bebé.

Aquella criatura de risas y llantos olía a galleta de vainilla, a flores de colonia, a recién salido de fábrica, a queso de buche. Mi quesito lo llamaba.

De vez en cuando ella me pregunta si esto es una pesadilla, y con lágrimas y una mirada de rabia me grita ¡DESPIÉRTAME, VETE A BUSCARLO, TRAE A MI NIÑO QUE TIENE QUE ESTAR ASUSTADO!

De vez en cuando rodeo con mis brazos su desesperación, que es la mía, e intento absorber  su dolor, aplacar la ira de lo no solucionable y poco a poco volver a lo eterno de la oscura realidad del resto de nuestras vidas.

De vez en cuando deseo morir y muero más, cuando me asalta la imagen de él, sin estar él,  pendulando en su acto drástico, definitivo, suyo e intransferible.

Él era un romántico, noble, un idealista transparente, sensible de mundos mejores.

De vez en cuando me hago recurrentes preguntas ¿cobarde o valiente? y me hundo en eternos  ¿Y sí…? y me culpo con la culpa, que los padres nos culpamos, cuando no reconocemos que los hijos son de ellos.

Y me culpo,  de haber estado ciego, por decirle que todo tiene solución cuando, un año atrás,  un ictus le difuminó su identidad.

El otro día entró  en mi habitación un gorrión. Abrí más la ventana para que recuperara su libertad, pero él se quedó, picoteo los papeles que estaban cerca de mi mano, picoteó el lápiz y la goma.

Yo lo deje y seguí escribiendo.

Cuando acabé este relato, él, se fue volando.

No se dejó despedir.

Y saboree la falacia  del alma que cambia de contenedor.

De vez en cuando comprendo su decisión.

Un comentario sobre “A él

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