SILVIA ZALER

Jaime acaba de irse pitando. Como no se apure, pierde el avión. Al final, todo ha resultado más fácil y lógico de lo que en un principio parecía. Nos ha echado dos buenos polvos. Uno a cada una. Bueno, podemos decir que los hemos compartido todos, aunque los divido según con quien ha alcanzado el orgasmo. Gabriela se ha duchado, y también salió para su casa hace un ratito, ya más tranquila.

Después de la ducha, mi amiga y yo nos quedamos charlando durante cinco minutos en el mismo baño mientras se viste con una camiseta mía y unos shorts que le hacen unas piernas espectaculares. No le dejo entrar en muchos detalles de culpabilidad. Si se quiere ir, lo mejor es que lo haga. Yo no la voy a obligar.

Luego, ya vestida, pero ambas descalzas, nos vamos al salón y nos sentamos en el sofá, mientras yo lío el porro de maría. Ella, más calmada, pero aun con la resaca de la culpa, me cuenta que tiene que parar, que aquello es un desmadre total. Que un día se nos va a ir de las manos y que los tiros de coca, los porros y todo lo que nos metemos es una locura. Que, sí, que le gusta follar, pero que hay que poner freno.

Enciendo el porro y la dejo hablar. Tiene razón, todo lo que dice es obvio. Lo mismo que también disfruta con todo esto. Sí, yo también le confieso que me voy a poner límites, sobre todo en lo de meterme por la nariz. En eso, sí que estoy dispuesta a reducir. En las pollas, no. Ni una, le digo con una sonrisa y tras la primera calada.

En ese momento, me llaman al móvil. Es Jaime y me levanto para abrirle por la puerta del camino vecinal. Mientras voy, me culpo por sentir en ese momento un deseo de follármelo en cuanto entre, pero tengo a mi amiga aún con su rollo. Me digo que, o bien follamos los tres, o Gabriela se termina por ir a su casa y yo tendré que esperar a que lo haga para tirarme a mi chulazo.

En cuanto entramos, Jaime me morrea con lascivia y yo le correspondo, pero le digo que por ahora, tenemos que esperar, que Gabriela está allí y que tiene una buena rayada. Pienso, le digo, que en una media hora o así, se irá a su casa, por lo que tendríamos tiempo de echar un par de polvos.

Cuando entramos en el salón, Gabriela le estaba dando una buena calada al porro. Se ha fumado un buen trozo del peta, me digo. Aquello me hace sonreír abiertamente.

Una cosa lleva a la otra. Primero, las risas, luego la relajación y, de remate, el segundo porro bien cargado con el resto de maría que me queda. Ahí, en ese momento, ya veo claro que Gabriela está de nuevo suelta, sonriente y en la cabeza, aunque le queden todavía remordimientos, se van escondiendo poco a poco.

Fumamos, y Jaime se quita la camiseta dejando su torso al descubierto. El tío tiene un cuerpazo y yo no me privo de acariciar el pecho depilado y tonificado de gimnasio. Repaso sus tatuajes del brazo derecho y me pongo a morrearlo mientras sostengo el canuto con una mano. Noto que Gabriela me lo quita. Yo ya estoy desatada, me voy a tirar a Jaime con o sin Gabriela, delante de ella o no. Me da igual. En ese momento solo deseo su polla.

Se la toco por encima del pantalón y sonrío a mi amiga. Le cojo a Gabriela su mano libre con lentitud y la llevo a la entrepierna de Jaime que en ese momento da un par de buenas caladas a la maría. Se lo pasa a Gabriela, pero esta está ensimismada en el bulto que se la marca. Insisto en llevar ahí la mano de mi amiga, que finalmente, y a pesar de mover la cabeza negativamente un par de veces termina cayendo en la morbosa tentación que le ofrezco.

Le dejo palpar y yo me concentro en besar a Jaime, mientras me quito la camisola y me quedo en pelotas, tan solo con la braguita, que también me dura poco. Cierro los ojos y siento su lengua jugando con la mía. Ambos empezamos a jadear pidiéndonos más sexo.

Gabriela mantiene la mano en el contorno del pollón de Jaime. Pero como veo que no se decide a pesar del magreo al que está sometiendo a Jaime, le quito el pantalón corto que lleva y el calzoncillo, de una tacada. Su fabulosa tranca queda al descubierto, ya empalmada y dura como una viga de acero. Gabriela se tapa la boca con una sonrisa nerviosa. Pone cara de asombro y musita un joder, que parece un claro prólogo de lo que estaba a punto de suceder.

—Madre mía… —me dice divertida ya agarrándola con su mano derecha.

Jaime avanza su boca a la de Gabriela que se deja besar mientras yo enfilo la mía a su polla. Me quedo de rodillas en la alfombra. Le separo sus piernas, mientras me concentro en lamerle las pelotas, el glande y todo el tronco. Mi amiga se besa con lujuria con él, se quita la camiseta y sus dos tetas morenas quedan al aire. Yo sonrío llena de malicia.

Gabriela termina el porro con una sonrisa, mirándome engullir aquel pedazo de polla. Veo en sus ojos deseo incontrolado y ganas de volver a pecar. Jaime sonríe, contento y ufano de tener a dos hembras como Gabriela y yo dispuestas a follar con él.

Le guiño el ojo a Gabriela y me comprende enseguida. Se despoja del short y se deshace con rapidez del sujetador y las bragas, quedándose de inmediato desnuda y mostrando todo su esplendor. Jaime lo celebra con una mirada de deleite inmenso. Hay bastante ropa diseminada alrededor. Ninguno hemos mirado de quitárnosla y colocarla. Se ha quedado en el lugar donde ha caído. Desparramada.

Veo la cara de Gabriela al lado de la mía, a su mano derecha coger la polla de Jaime, y metérsela en la boca sin dudarlo. Yo le dejo hacer y asciendo quedándome de pie en el sofá y flexionando las piernas. Mi coño se queda a altura de la cara de Jaime, que también entiende mis intenciones. Con sus manos, abarca los cachetes de mi culo y lo empuja hasta que mi depilado pubis queda rozando los labios de su boca. Mezclando dedos y lengua, empieza a chuparme y a lamerme. Estoy caliente y noto que el orgasmo se me avecina rápido. Gimo de placer y agarro su nuca para sentir todo lo que me hace más adentro. Veo a Gabriela chuparle la polla como nunca la había visto hacérselo a ningún otro. Cierro de nuevo los ojos y jadeo de gusto, de placer y de morbo.

—Sigue, cabronazo… Sigue —le digo entre dientes y una sonrisa de pura lujuria.

Le dejo hacer, mientras Gabriela se traga varias veces las tres cuartas partes de la polla de Jaime en un movimiento lento pero profundo. La cabrona sabe chuparlas… Tres o cuatro minutos más tarde, me sobreviene el primer orgasmo, y siento que me abandono a la idea de que ya todo me da igual. Si en ese momento hubiera aparecido mi marido y los niños, no me habría movido de donde estoy. Me veo en la puta gloria, disfrutando de un macho que me sube al cielo cada vez que follamos.

Tengo que detener a Gabriela que le está comiendo la polla a Jaime de tal forma, que va a conseguir que se corra demasiado rápido. Saco uno de los dos condones que todavía estaban en mi tirada camisola, y se lo doy a Jaime. Gabriela, de inmediato, se sienta a horcajadas sobre él, haciendo que la polla desaparezca enseguida en su coño, mientras ella emite un prolongado y morboso suspiro de puro éxtasis.

Les dejo follar y me voy a beber un poco de agua y a comprobar el móvil. No tengo más mensajes de mi marido ni de los niños, por lo que sigo tranquila. Sí tengo, en cambio, de la gilipollas del trabajo. Pero ni lo abro. No voy a parar lo que estoy haciendo por esa imbécil.

Pienso en mi familia. Yo sí les pongo un mensaje para comprobar por dónde van. A los dos minutos, mientras yo ya estoy de nuevo sentada al lado de mi amiga que sigue ensartada en la polla de Jaime, y empieza a gemir demasiado alto, llega la contestación. Todo sigue igual. Le tapo la boca a Gabriela con un morreo, que me corresponde. Hago que rebaje el nivel sonoro con una sonrisa que me entiende enseguida.

La muy puta cabalga de vicio a Jaime que está a punto de explotar. En ese momento me llega un nuevo mensaje de mi marido confirmándome que, como pronto, hasta las nueve o nueve y media no llegarán. Sonrío pensando en que nos queda un buen rato de follada. Es imposible que se imagine lo que estoy haciendo en nuestro salón con Jaime y Gabriela.

Yo quiero que mi amiga alcance un corridón de esos que se recuerdan aunque hayan pasado muchos días y muchas pollas por ti. Así que, acompaño sus gemidos con uno de mis dedos humedecidos en su culo. Se lo meto despacio, pero sin compasión. Más de dos falanges, y noto un respingo y una gran sonrisa en mi amiga.

—Joder… —dice acompasando sus caderas, no solo a la polla de Jaime, sino a mi dedo anular derecho—. Sigue, puta… —me dice, provocando que acelere la entrada de mi dedo en su ano.

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