JUAN LUIS HENARES

Desde pequeño tenía la costumbre: al escuchar el sonido de los motores, partía raudo al patio para verlos volar. Corría apasionado casi sin ropa desde su cama, o cubierto con la toalla si estaba en la ducha. A menudo se mojaba bajo la lluvia y, en días de sol, hacía visera con sus manos y se cubría de los rayos que le molestaban e impedían observar sus piruetas.
Al principio los hizo en papel; luego con cartón mejoró sus modelos. Pronto su padre le fabricó uno en madera que pasó a ser su juguete preferido; estas máquinas voladoras que deseaba algún día pilotar, eran su vida y soñaba —dormido o despierto— con ellas.
Un atardecer de abril al oír los motores marchó a la calle; volaba toda una escuadrilla, mas algo era diferente: no llevaban en su cola el habitual lila, rojo y amarillo, sino que portaban cruces negras bajo sus alas. La gente del pueblo corría sin rumbo, se escuchaban gritos y explosiones; su madre salió de la casa e intentó detenerlo.
—Vuelve aquí hijo mío —le suplicó.
De repente un objeto cayó del cielo, proveniente de sus amados pájaros de metal, y despedazó el cuerpo de la mujer. La vio envuelta en un ardiente río de sangre, observó los aparatos que victoriosos se alejaban de Guernica y entró aturdido a la casa.
En su habitación, entre lágrimas, destrozó su avión de madera contra la pared.

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