SILVIA ZALER

El día después

Son las doce y media de la mañana. No he dormido mucho, pero es que no me debo demorar. Mi marido llega con los niños esa tarde. No sé exactamente la hora a la que ha salido, pero según me dijo ayer, tenía pensado hacerlo después de la siesta. Tengo tiempo, porque pararan a echar gasolina o a que descansen nuestros hijos. Me lo tomo con calma para que todo esté en orden cuando vengan.

Aunque me lo he pasado bien, la noche con Jaime ha sido mejor. Bueno, nenas, fue bestial, la verdad. Creo que estoy un poco enganchada a ese tío. No es que me vaya a dar la ventolera de irme con él, pero en cuanto lo veo, me agarro a su bragueta. Me pone mucho y sé que yo a él, también. Me río yo sola pensando que hacemos una buena pareja follando.

Me noto algo embotada aún y me doy una ducha larga y de varias temperaturas para espabilarme. Mientras me seco, miro los mensajes en el móvil. Tengo cuatro. Uno es de mi marido que me dice que van a salir a eso de las seis de la tarde. Mejor, más tiempo. Es decir, llegarán sobre las nueve y media, entre la parada de descanso para que los niños no se pongan pesados en el coche, calculo. Eso me deja margen suficiente, me digo, para dejar todo listo, sin rastro de folladas, maría, coca, condones o lo que sea.

Me reviso la ropa de ayer, bolsillos, bolso, y la ropa que llevaba. Todo en orden. Bueno, echo en menos mis bragas, que las debí perder. Joder, pues eran bonitas, me digo meneando la cabeza. Lo echo todo a lavar y coloco los taconazos en el armario, guardo la bolsa de maría en mi escondite habitual, junto al par de condones que llevo siempre en el bolso y el espermicida. Nunca se sabe. Me paso la mano por el coño, que está mojado. Sonrío y vuelvo a menear la cabeza mientras me muerdo el labio inferior asintiendo que ha sido un auténtico desmadre. Y si sumo las dos folladas con Marcos el último día que me dio la maría, más todavía. Ha sido la caña, me digo divertida.

El otro mensaje es de Menchu que me dice si hemos llegado bien. De Marta no sé nada, pero entiendo que, o bien sigue durmiendo, o ha vuelto a follarse al que metió en el dormitorio ayer. Menchu, pienso, debe estar con el señor cuarentón, porque el mulato se fue nada más echarme el último polvo. Y ha debido dormir poco, porque cuando Menchu se encoca, le dan las mil. Y no para de follar. Lo mismo le ha agradecido a Dimitri o a los dos gorilas lo de anoche, me digo con una sonrisita.

El tercer mensaje, me encanta y me pone cachonda. Es de Jaime y me dice si nos podemos ver antes de que se vaya. Se me acaba de arreglar la noche de ayer, me digo. Tiene el vuelo a las cinco y media de la tarde. Eso me deja dos horas y media hasta que venga mi marido con mis hijos. Algo justo, pero solo de pensar en su polla, me hace mojarme. Le contesto y le digo que tiene que venir ya, que no se entretenga y que le abro por la puerta del camino vecinal. Ha estado ya en mi casa, con lo que conoce esa entrada, ajena a miradas indiscretas. Por algo me empeñé en ponerla yo ahí…

El cuarto, es de trabajo, y no le hago ningún caso. Es la pesada de Sandra que se cree la reina de Saba y no pasa de choni de gasolinera. Una petarda que solo quiere medrar y subir.

Escribo un mensaje a mi marido, preparando la excusa para la sesión sexo que me espera en nuestra propia casa, y le digo que no le puedo llamar que estoy terminando una reunión. Que comeré, además, fuera. Me confirma que llegarán a las nueve y media. Hay algo de tráfico, me indica. Bueno, mejor, me digo a mí misma, pensando en el polvo que nos vamos a echar Jaime y yo en cuanto llegue.

Saco de nuevo la bolsa de maría y los dos condones del escondite donde los guardo. Me meto todo en el bolsillo de la camisola que llevo puesta No llevo sujetador y solo unas braguitas blancas de algodón. Compruebo que me queda para dos o tres canutos como mucho. Dos buenos, tres malos… Asiento y cojo también un mechero. Así, si nos la fumamos, no quedará nada que guardar y menos peligro. Los mismo que los condones… Vuelvo a reírme yo sola. Pienso en Jaime y me empiezo a mojar como una colegiala.

Me acuerdo de Gabriela, que no la oigo y no sé qué hace. Los tres años que se ha quedado en mi casa después del fiestón, se ha duchado y se ha ido a la suya, con su marido y sus hijas. Con lo que asumo, que tras levantarse, hará eso mismo. Me acerco a su habitación.

—Elsa… —Me llama cuando estoy a punto de entrar, con una especie de lamento triste.

Entro en el dormitorio y veo que mi amiga tiene los ojos llorosos. Le abrazo. Está sentada en la cama, abrazada a sus rodillas y conozco esa cara de remordimiento. Lo pasa mal, la verdad. Me da pena, porque no sabe disfrutar de lo que tiene, que ya sé que es una traición, infidelidad y todo eso, pero también se lo pasa de puta madre y no ha asesinado a nadie. Dejo que llore y se desahogue. Me mira. Vuelvo a abrazar a mi amiga. Me toca dar consuelo, y aunque estoy cachonda como una perra en celo solo de pensar en Jaime, ella está antes.

—Elsa, lo siento, pero me he acordado de mis hijas y me he rayado… —se seca los ojos con la mano.

En el fondo lo entiendo. A mí me pasó las primeras veces. Ahora ya no. No tengo remordimientos ni sentimiento de culpa. Soy así, y punto. Superé esa barrera del pudor, la culpabilidad y el rechazo a mí misma. Insisto, no hago nada malo a nadie. Sí, diréis, a mi marido y a mis hijos. Ellos son pequeños, con lo que no se enteran, y mi marido no sospecha nada, por lo que, aunque lo veáis como una desfachatez, no sufre. Ya sabéis eso de los ojos que no ven y el corazón que no siente… Es la puta verdad, queridas. No quiero parecer que soy buena, porque no. Sé que hago mal, pero no me voy a hacer trampas al solitario. Si me lo hicieran a mí, no tendría piedad. Soy egoísta, inmadura o cara dura. Pero es lo que hay.

Vuelvo a abrazar a Gabriela y le acaricio la espalda. Ella corresponde a mi cariño. Noto que imprime fuerza y que se calma un poco la llorera. Sé cómo voy a tratar esto. Más que nada, porque conozco por propia experiencia lo que sucede en la cabecita de mi amiga.

Cuando está más calmada, un minuto o dos más tarde, la miro a los ojos y seco sus lágrimas con mis pulgares.

—Gaby, cielo, no te mortifiques.

—Elsa… Me paso mucho… —me dice compungida.

—No es para tanto…

—Joder, ayer me tiré a dos tíos…

—Yo también… Era una fiesta. Se nos fue el tema un poco de las manos, reina.

—Dos tíos a los que no había visto en mi vida. Iba colocadísima… —murmura como si no comprendiera lo que hicimos ayer.

—Tranquila, cielo. Todas lo hicimos. Nos metimos de todo y nos acostamos con gente… Igual que todos los años. Es una especie de tradición —sonrío.

—No sé Elsa… es demasiado.

—Nena, pues ahora viene Jaime —añado como si fuera lo más normal del mundo.

—No jodas… Pues me voy corriendo y te dejo sola con él —me dice sorprendida y hace además de salir de la cama con prisa.

—Tranquila. —La calmo con mis manos y vuelvo a abrazar a Gabriela—. Tú te quedas aquí conmigo. Jaime puede esperar o irse con el calentón a Palma. Eres mi amiga y punto. Mi marido hasta las nueve y media no llega, así que tenemos tiempo para charlar o lo que sea.

—¿Te lo vas a follar? —me pregunta con los ojos muy abiertos.

—Era mi intención… Y tú, si quieres, también —digo con toda naturalidad—. Pero si estás rayada, no. Ya me lo follaré otro día.

—Estás loca… —Me sonríe—. Yo me voy a mi casa.

—Tranquila, bonita. —Le abrazo de nuevo—. Mira… ahora te vas a dar una buena ducha y te quedas más relajada. No pienses en nada, que el mundo no se va a terminar. ¿de acuerdo? —Saco la bolsa de maría de mi bolsillo—. Nos vamos a fumar esto que es lo último que me queda y no quiero desperdiciarla con nadie que no sea contigo. —La detengo con mi índice en su boca un inicio de protesta—. Te relajas, te metes unas caladas conmigo, y luego haces lo que quieras.

—Elsa…

Vuelvo a calmarla con mis manos y una caricia en su mejilla derecha.

—Gaby, tranquila. Haces lo que te apetezca. Tranquila, reina. Tú ahora dúchate, mientras lío uno de estos para ti y para mí. Nos lo fumamos y si te quieres ir, te vas a tu casa. Pero este, te lo aprietas conmigo, que me apetece un relaxing de amigas.

—Eres tremenda, tía… —me dice con un inicio de sonrisa—. Pero yo no voy a hacer nada. Me lo fumo contigo si quieres, pero me voy a mi casa luego. Te dejo aquí, con Jaime, y te lo tiras tranquilamente. Yo… ya he tenido suficiente.

—Como quieras, bonita. Date esa ducha, ventilamos el cuarto, hacemos la cama para que no se note nada, y nos metemos el peta. —Sacudo la bolsita de plástico con la hierba justo delante de sus narices. Le hago sonreír. Si se queda, perfecto, y si se va, al menos, lo hará más con una sonrisa.

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