ANDER MAIS

Capítulo 9

La Fiesta: Encuentros

Entramos, pedimos en la barra dos gin tonics a una de las camareras que había, y nos sentamos en la ultima mesa libre con sofás que quedaba, el uno frente al otro. Desde donde estábamos se divisaba casi todo el bar. Natalia quedaba de frente a la entrada y a la barra, y yo de espaldas a ellas. A la izquierda de mi chica, a unos pocos metros, se encontraba la puerta de los lavabos y, detrás nuestro, había una pequeña zona de baile, donde se divertían varias parejas al son de la música. Había bastante gente, pero el ambiente era tranquilo y agradable, lo que permitía poder hablar más o menos cómodamente; era el local ideal para mis planes.

Ojeé entre la gente: vi que casi todo eran parejas, pero que había también algunos pequeños grupos de tíos solos en la barra, como buscando ligar. Yo estaba deseando poder enviarle ya un mensaje a Víctor, confirmándole que estábamos allí.

—Voy un momento al baño, amor. No te dije nada hasta ahora, pero llevo casi desde que llegamos al pueblo meándome —comenté a Natalia al poco de acomodarnos.

Ella asintió con la cabeza y me levanté en dirección al lavabo. Y desde allí, nada mas entrar, le mandé un whatsapp a Víctor:

—Sí, claro que hemos venido. No te pude enviar mensaje hasta ahora. Estamos en el bar La Otra Noche o algo así… Era probable que él estuviese un tanto ansioso a la espera de un mensaje mio, pues casi no me había dado ni tiempo a desabrocharme por completo el pantalón y sacarme la polla para mear, y ya vi cómo me entraba su respuesta…

Mientras orinaba, metí mi mano en el bolsillo y saqué de nuevo mi móvil para leerlo…

—OK, GENIAL… Ya creí que no vendríais… Que te habrías rajado o que ella no habría querido venir. En un momento me paso por ahí… Esperadme.

Me guardé la polla y le puse otrowhatsapp:

—Ya verás qué vestido se ha traído mi chica!! Ya te contaré lo que acabamos de hacer en el restaurante cenando, y luego viniendo hacia aquí en el taxi… Qué morbo ufff!!!

—Genial…. jejeje… Esto empieza bien —me contestó.

—OK… pero eso sí, como dijimos eh… Discreción total!!!…

—Sí claro… por eso tranquilo. Además, me acompaña una chica… Tu novia no va a sospechar nada.

Antes de salir, decidí mandarle la foto que le acababa de sacar en el puerto a mi chica acompañada de este texto:

—Qué te parece…? No está preciosa hoy?

Ahora tardó un poco más en contestar que a los anteriores mensajes. Seguro estaría mirando detenidamente la foto. Pero, al cabo de un instante, aquella foto tuvo por fin su respuesta:

—Bufff tío!!! Cómo está hoy de jamona!! Voy para allá enseguida…

Me guardé el móvil y me dispuse a salir del baño; mi chica ya tendría que estar preguntándose por qué tardaba tanto en mear; llevaba al menos cinco minutos adentro. Salí del servicio y, desde la puerta, miré hacia donde mi novia estaba sentada; desde allí la veía por un costado. Miraba hacia la barra, con cara nerviosa, aunque en su mirada percibí cierto morbo; con un semblante parecido al que tenía en el restaurante mientras le quitaba el tanga. Permanecí unos segundos quieto, mirando hacia ella; la vi hacer varios movimientos raros con su cuerpo, sentada en el sofá como estaba. No entendí si eran de nerviosismo o de excitación. Sin más dilación, caminé a su encuentro. Ella se giró y, al verme llegar, hizo rápido un gesto, cambiando la postura en la que estaba sentada…

—Hola, amor, ¿qué pasa? —le dije al sentarme a su lado de nuevo.

—Nada, cariño, estaba preocupada… Tardabas mucho en el baño. Creí que quizá te encontrases mal o algo. —Su forma de hablar la noté extraña. Percibí en su expresión, que me estaría mintiendo en algo.

Miré tras de mí y, en la barra, vi a tres chicos de una edad similar a la mía sonriendo y mirando sin parar de reojo hacia nosotros. Creí tal vez descubrir lo que pasaba: seguramente, Natalia no se habría acordado que estaba sin bragas y, en algún cruzado de piernas o cambio de postura, habría dejado al descubierto y al desnudo su coño, totalmente rasurado. Aquellos chicos, se habrían pensado que era una “guarrilla” que buscaba “guerra”,luciendo tetazas con aquel escotazo, y encima sin bragas…

Ella, por momentos, parecía seguir nerviosa. No pregunté más sobre el asunto y decidí cambiar de tema, hablándole sobre lo que haríamos a partir del día siguiente, en la casa de sus tíos, en la última semana que nos quedaba de vacaciones. Charlaba con ella pero, a ratos, no podía olvidarme de Víctor; seguro no tardaría en aparecer. Con los nervios cada vez aflorando más dentro de mí, fui apurando la copa, intentando que el efecto del alcohol me los fuese mitigando. Aún temía lo qué pudiese suceder al aparecer él.

Llevaríamos ya un rato hablando sobre sus tíos y su prima, cuando noté cómo Natalia cambiaba el semblante de su rostro, mirando hacia la barra, asombrada.

Al instante, me cortó lo que yo estaba diciendo y exclamó:

—Luis… oye… —Estiró su mano hasta tocar mi brazo y avisarme—. ¡Mira quién acaba de entrar y está en la barra!

Me di la vuelta, miré a la barra como me pedía, y vislumbré a Víctor acompañado de una mujer, besándola y acariciándole el trasero, mientras pedían algo de beber. Me hice el tonto y, dándome la vuelta, le contesté a mi chica:

—¿No sé?… ¿quién coño está? ¿Tú conoces a alguien de ahí?

—¡Sí, joder!… ¡mira bien! El tío de la camisa azul celeste; el que está con esa tía morena: ¡es el tipo de antes!… ¡el de la playa! ¿No lo ves?

Continué haciéndome el tonto, e insistí:

—No, tía. ¡Cómo no me digas algo más!… No le recuerdo. ¿Qué tipo?, ¿el del chiringuito? ¿El camarero del chiringuito?… ¿el que te vio el pezón?

—¡No joder!, ¡que pareces tonto!… ¡El del pollón! ¡El de la playa nudista! El que te conté que me había saludado cuando me quedé sola en topless. No te hagas el tonto, que sé que te acuerdas de sobra —replicó ella, sin dejar de mirar a ratos hacia él y su compañera.

—Pues no le reconocía, la verdad. Pero ahora, veo que tú sí que te acuerdas perfectamente de toda su anatomía… o eso parece—añadí soltando una pequeña carcajada pícara.

Ella agachó la mirada dándole un nuevo trago a su copa. Yo lancé mi mirada nuevamente hacia Víctor, y él, al divisarnos, se quedó observando hacia nosotros fijamente, como si así pretendiese demostrar que nos conocía y que le apetecía saludarnos.

Entonces, decidí comentarle a Natalia:

—Pues…. parece que él también nos reconoce a nosotros. ¿Qué hacemos?… ¿le saludamos y así le conocemos? Bueno… tú ya le conoces. —Reí.

—¡Qué le voy a conocer, si sólo me preguntó por el tiempo! —respondió ella, aún disimulando, dando pequeños sorbos a su cubata— No sé… no parece mal tipo. Le saludamos y así, si se acerca a conocernos, nos tomamos algo y no estamos solos toda la noche…

Natalia alzó la vista, le miró, y levantando la mano le saludó. Él le devolvió ese saludo con una sonrisa amable y guiñándole un ojo, demostrando reconocerla al momento. Unos instantes más tarde, después de comentarle algo al oído a la mujer que lo acompañaba, se acercaron los dos muy decididos hacia nuestra mesa.

—Hola, Natalia… —saludó Víctor, con gran naturalidad, nada más llegar a nuestro lado—, ¡qué sorpresa que te acuerdes de mí! Antes, en la playa, te saludé sin querer, confundiéndote con otra amiga que hacia tiempo no veía. ¡Sois clavadidas! —Miró a su compañera, como buscando su asentimiento.

Yo, mientras Víctor decía esto, le observaba mientras me reía por dentro; la forma tan creíble con la que mentía de forma tan descarada era digna de admirar. ¡Qué temple!

—¿Éste supongo que será tu novio? —continuó preguntándole a mi chica, mientras le daba dos castos besos como saludo—. Encantado… ¡Hola, soy Víctor! —Ahora hizo el paripé, presentándose a mí, frente Natalia, muy educadamente y dándome la mano.

Casi sin darnos ni cuenta, ya nos había salido ese “encuentro casual” que habíamos “planeado” antes.

—Yo soy Luis… Ella Natalia… —intercedí—. Pero… parece que vosotros ya os conocéis —añadí luego, mirando a aquel tipo a los ojos, con una falsa sonrisa de sorpresa. Fingí así no conocerle de nada más, que de haberle visto de refilón por la playa.

—Bueno, os presento… —prosiguió Víctor ahora—, ella es Sandra… una amiga. —La mujer que lo acompañaba, decididamente, se presentó también dándonos dos besos a cada uno.

Sin pedir permiso, se sentaron en nuestra mesa, comenzando a charlar de forma rápida y muy suelta con nosotros. No paraban de preguntarnos de dónde eramos; qué tal lo estábamos pasando esos días por allí; sobre las playas; sobre los restaurantes de la zona…. La facilidad de conversación que tenían los dos era extraordinaria. En poco más de 15 o 20 minutos charlando, ya parecía que nos conociésemos de antes; lo único que me extrañaba, era que no comentaban nada acerca de su relación: de si eran sólo amigos, pareja o algo más… Parecía como si quisieran evitar ese tema.

—¿Nos tomamos otra copa?, ¿os apetece…? Invito yo —interrumpió Víctor por un instante la fluida conversación, mirándonos sucesivamente a Natalia y a mí.

—Sí… ¿no? —le respondí yo, lanzando una mirada consultiva a mi chica, que me hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Vale… por nosotros perfecto —le confirmé.

Natalia, ahora parecía estar muy a gusto, había cambiado ese gesto nervioso y serio que tenía antes de su llegada allí, por uno mucho más alegre y despreocupado; la noche estaba transcurriendo genial hasta ahora…

—Sandra, por favor… ¿Te importaría ir tú a pedir las copas? —le pidió Víctor a su amiga, mientras se sacaba un billete de su cartera y se lo daba.

Aquella mujer se levantó y, estando ya de pie, le pidió a mi chica con tono amable:

—Natalia, guapa… ¿me acompañarías para ayudarme a traerlas? Yo sola con las cuatro no voy a poder… ¡Soy muy torpe!

Mi novia, sonriente, se levantó con total naturalidad, como si se conociesen de antes, y juntas se dirigieron a la barra. Parecía que habían hecho buenas migas en tan solo esos escasos minutos que pudieron charlar. Sandra era una mujer madura, de una edad similar a la de Víctor o quizás un poco más joven, pero no mucho más; yo le echaría unos 42 o así. Era bastante morena de piel, y un poco más alta y más delgada que mí chica. Llevaba unos vaqueros muy ajustados, de esos tipo desgastados, que le marcaban un pequeño pero redondo y respingón culo, y una blusa de tirantes que casi dejaba transparentar un poco sus pezones; parecía no llevar sujetador debajo. Tenía unas tetas bonitas, pero al lado de las de mi chica, y más con el espectacular escote que lucia aquella noche, parecían más “normales” y algo más pequeñas: de una talla 80 o 85, calcularía. Eso sí, lo mejor de ella era sin duda la cara de viciosa que tenía; de esas tías que, al verlas, intuyes que deben follar como unas autenticas “leonas”.

—Bufff, tío… ¡Qué buena está hoy tu chica con ese vestido, amigo! —me sorprendió Víctor con esas palabras, mientras ojeaba yo a su amiga—. ¿Cómo la conseguiste convencer para traerse ese escotazo? ¡Diosss!…. Mira ahí en la barra, a esos tíos a su lado… cómo no le quitan ojo. —De forma descarada y sin cortare ni un pelo, empezó a hablarme sobre Natalia, mirando hacía ella, mientras las dos esperaban que las atendiesen; ahora, había llegado más gente, y la barra estaba mucho más saturada que antes.

—Ya, bueno…. —balbuceé nervioso ante esos comentarios suyos tan directos—. Pues, si te digo la verdad, tampoco la tuve que convencer mucho; fue ella misma la que se lo puso con agrado. Además… hoy se ha arreglado mucho más que de costumbre —le fui diciendo, mirando hacia él. Víctor no le quitaba ojo a Natalia desde allí—. Hoy está con ganas de gustar y se le nota. Esta noche la veo distinta, con más morbo. Serán estas vacaciones y el ambiente de este pueblo, que la está animando a soltarse. Y eso me gusta…

—¡Sí, diosss!…. ¡Qué tetones, tío! —me cortó él de nuevo, sin apartar la vista de mi novia—. Es que no puedo dejar de mirarlas. ¡Son sublimes! Desde que la vi la otra noche en el restaurante, me pone malo… ¡Qué morbo me da que te guste exhibirla y que no te importe que la miren! A mí, esto de mirar a las mujeres de otros y que me dejen hacerlo, me vuelve loco. Bufffsss… —Aquel cuarentón bufaba del morbo que parecía despertar en él que yo le dejase hablarme así de mi novia. Yo, al instante, intenté rebajar un poco su ímpetu:

—Bueno… pero tampoco te pases mucho, ¡eh!, no se vaya a enterar ella… ¡y la armemos! —No podía dejar que se desmadrara demasiado—. Y bueno… Sandra no está nada mal tampoco, es distinta… más madurita… pero esta cañón también. ¿Qué es tu pareja? —me decidí a preguntarle, aprovechando para hacer lo mismo que él con mi novia: mirar de arriba abajo, con morbo y sin cortarme ni un pelo a su compañera.

Víctor puso una sonrisa pícara, un tanto maléfica, y con un enorme tono de sarcasmo, me contestó:

—NO… NO, no es mi pareja… ¡que va! —Soltó una gran carcajada—. ¡A mí me gustan demasiado las mujeres para tener sólo una esposa o novia fija! Sandra es la mujer de un amigo.

Con enorme sorpresa y confusión, le pregunté de nuevo:

—¿Y él?… ¿dónde está?… ¿No ha salido con vosotros?

—Je, je, je…—Una nueva carcajada de sarcasmo salió de su boca—. No… él esta noche se ha quedado en el hotel. No le gustan mucho estas fiestas. Prefiere que salga yo con su chica y se la divierta —dijo con una normalidad pasmosa, persistiendo en su rostro esa sonrisa maléfica.

Yo, al escucharle contarme esto, me quedé un poco extrañado, recordando cómo antes estaban ellos dos juntos, en la barra, comiéndose la boca y él magreándola por completo de arriba abajo. Víctor debió notar mi cara de extrañeza y me dio más detalles de aquello:

—A ver… ¿Cómo te lo explico sin que te asustes demasiado?… Su marido… es… digamos que…. un marido consentidor. —La perplejidad de mi rostro hizo que Víctor concretase más—. Vamos… qué le gusta que yo me la folle y que la haga disfrutar. Lo pasamos muy bien los tres con esto. Tienen una relación muy liberal… ¿Nunca has oído hablar de los parejas swingers? Pues algo así…

A mí, con sus palabras, en un segundo, se me puso la piel de gallina… De repente, como en un fugaz y repentino recuerdo, volvió a mi mente la visión de aquella Carmen, la profesora madurita con la que tuve aquel “encontronazo” años atrás. Volví a mirar hacía Sandra y, en ese momento, me recordó en cierto modo a Carmen; pensé si esta amiga de Víctor y su marido serían una pareja como aquel otro matrimonio que “conocí” años atrás. Entonces, al escuchar esa confesión de la boca de Víctor, pude descubrir, que parecía ser verdad aquello de que existían realmente ese tipo de parejas, como me había dicho mi amigo Alex; no era sólo una fantasía de “tipos raros”, como yo me pensaba hasta ahora.

Una enorme sensación de excitación y miedo recorrieron todo mi cuerpo en ese instante. ¿A ver si al final me estaba yo convirtiendo también en uno de ellos? Hasta ahora, yo pensaba que lo que sentía era sólo el morbo por ver de forma inocente cómo otros miraban a mi novia, pero… ¿quién sabe?

Retorné la mirada hacia Natalia y la vi allí, junto a Sandra, en la barra, rodeada de tíos que no perdían ojo de su escotazo, sonriendo tan alegremente mientras charlaban las dos. Al instante, agarré lo poco que me quedaba del gin tonic y me lo bebí todo de un trago. Sin nada ya en la copa, miré de nuevo hacia Víctor para preguntarle:

—Pero… a ver… no puedo llegar a entender bien lo que me dices, cuéntame más… ¿Cómo es eso?

Víctor, por la forma en que comenzó a explicarme, parecía estar loco por contarme más detalles:

—Bueno, pues… que, como hoy, yo salgo con su mujer y nos divertimos mientras él nos espera en la habitación del hotel. A veces, me la follo a solas y luego ella le cuenta todo al volver; otras veces regresamos y la follo delante de él… En algunas de esas veces participa, otras sólo mira… depende del día; de vez en cuando hacemos también tríos con otros hombres… Bueno, de todo —me iba contando Víctor, con tono tranquilo, mientras apuraba su copa, como si para él fuese algo totalmente normal y rutinario.

—Y todo esto…. ¿lo hacéis desde hace mucho? —le volví a preguntar, todavía un poco asombrado por lo que me contaba este “amiguete vacacional”que me había echado.

—Más o menos, a Sandra y a su marido los conoceré desde hace tres, cuatro años o así… Los conocí un poco como a vosotros: un verano aquí mientras paseaban por la playa. Ella, ahí donde la ves ahora, con esa pinta de loba que tiene —rió con malicia—, antes no se atrevía ni a quitarse el bikini en la playa. Ahora, ¡no veas la de guarradas que hace! Ayer, hasta hicimos un trío…

Al segundo, los dos giramos a la vez la mirada hacia ellas, y descubrimos juntos cómo se dirigían de vuelta hacia nosotros, ya con las copas. Llegaron a la mesa y, sorprendentemente, Sandra se situó a mi lado, obligando así a que mi novia se tuviese que sentar junto a Víctor. Natalia, mirándome antes, como comprobando si eso me podía parecer mal o no, se colocó al momento tranquilamente y como si nada a su lado. A mi izquierda, Sandra se había sentado pegada a mí, rozando sus muslos contra los míos.

—¿No os importa que hayamos cambiado las posiciones, no? Lo he hecho instintivamente… Nosotros solemos hacerlo mucho cuando conocemos a parejas nuevas. Es para ir así entablando amistad más fácilmente —comentó Sandra, como queriendo explicarse y darle normalidad a aquel repentino cambio de asientos.

—No… no pasa nada —la excusó mi chica, aunque de forma muy tímida.

Natalia se había colocado al lado de Víctor, no de forma tan pegada a él como Sandra a mí, ella se sentó dos palmos alejada de él, recostada en el sofá. Así, desde esa posición, ya sentada sonriente y tranquila, miró hacia Víctor, después a Sandra y luego hacía mí, de una forma, como creyendo que Sandra podría estar interesada en ligar conmigo o algo.

Natalia siempre había sido bastante celosa y desconfiada cuando otras chicas me hacían gracietas o me saludaban muy efusivamente. Pero hoy no, hoy estaba muy distinta. Me daba a entender que esta noche aquello no parecía importarle. No parecía para nada preocupada y estaba siguiendo la situación como algo muy natural. Además, incluso parecía que fuese algo que estuviese deseando: tener gente desconocida con quien divertimos y charlar, para no estar solos como estuvimos durante toda aquella semana de vacaciones.

Sandra no paraba de hablar; las palabras le salían por los codos, sobre todo, conmigo; relatándome sobre lo genial que era esta zona para veranear, y qué, ella, desde la primera vez que vino, ya no quería ir a otro sitio que no fuese a éste y tal… Nos recomendaba hacer lo mismo a nosotros.

Natalia, mientras todo esto, casi no hablaba, sólo asentía con la cabeza muy atenta a las conversaciones, pero sin comentar casi nada. Víctor, mientras tanto, disimulando y camuflado en la conversión de su amiga, descubrí cómo se había acercado mucho más a mi chica, y estaba ya casi tan pegado a ella como Sandra a mí. Pude ir comprobando cómo se ponía las botas mirando el escote de mi novia. Primero, comenzó de reojo, de forma discreta, pero luego, a medida que notaba que Natalia no se daba cuenta, que no decía nada o que no parecía molestarle, fue observándolo con más descaro.

Entonces, Natalia, de repente, en medio de una conversación de Víctor con su amiga, en la que ésta le contaba una anécdota tonta que le había ocurrido esa misma tarde en la playa, la interrumpió llevando la mirada hacia Víctor:

—Yo, bueno… nosotros —precisó Natalia mirando hacia mí—, también, como anécdota, podríamos contar cómo nos encontramos sin saberlo con una playa nudista. Víctor allí… parecía muy tranquilo paseándose desnudo… Yo no creo que fuese capaz de desnudarme totalmente y estar tan tranquilamente así, a la vista de cualquiera…

—Ja, ja, ja… Ya tía… —la cortó Sandra con una carcajada—, pero Víctor tiene mucha experiencia en eso —le guiñó un ojo a Víctor de forma cómplice—. Yo tampoco al principio me atrevía. Pero ahora, me encantan un montón las playas nudistas. Ademas, bueno… tú habrás podido descubrir, que con eso que tiene, ¡como para no enseñarlo! —contó ella, sin reparo alguno, mirando a Natalia con otro guiño cómplice y luego pasándome a mí la mano por el antebrazo, como pidiéndome permiso para hablarle a mi chica sobre la polla de Víctor.

—Sí… la verdad… que sí —asintió Natalia, de forma un tanto avergonzada, al haber comentado abiertamente el nudismo de Víctor. Luego, me miró a mí, tal vez esperando que no me enfadase por ello. Yo sonreí, dejando claramente a entender que en absoluto me habían molestado esos comentarios sobre los atributos de Víctor. Es más, quise echar un poco mas leña al fuego, y exclamé dirigiéndome a mi chica:

—Si yo tuviese una polla como la de él, también me gustaría lucirla a todas horas. —Solté un risa un tanto avergonzada—. Además, Natalia, ahora no te avergüences, que no pasa nada. ¡Bien que estuviste fijándote en ella cuando cruzamos esa playa nudista! Me di cuenta y lo hablamos… Y lo veo normal. Llama mucho la atención.

Natalia, un poco sonrojada, miró hacia abajo mientras intentaba disimular su vergüenza dando otro trago a su copa. Entonces yo, de reojo, vi como mi chica no pudo evitar llevar su mirada hacia la entrepierna de Víctor que, allí sentado, con los ajustados pantalones blancos que llevaba, marcaba un buen “paquete”. Yo intuí, que incluso podría habérsele puesto ya algo morcillona; seguro provocado por la visión tan cercana de las tetazas de mi novia.

—Bueno, Luis… y ya que estamos… siendo yo también sincero, he de confesarte, que en la playa también me he fijado en las tetas de tu chica. Allí, en topless, en esa playa, lucían genial —prosiguió Víctor la conversación, mirándome primero a mí, pero luego dirigiendo su mirada de retorno hacia mi novia—. Y bueno… tú, Natalia, si me lo permites y me disculpa también tu novio, he de decirte, ¡qué tienes unos pechos preciosos! —Sus ojos, ahora, se clavaron directos en sus tetas—. Es una delicia que te guste lucirlos en la playa. ¡A ver si un día os animáis los dos a hacer nudismo! Ya veréis cómo os gusta… Al principio, a casi todo el mundo le da corte, vergüenza o lo ve como algo extraño y raro, pero es genial. Si lo probáis, os digo que repetís seguro —volvió a comentar, dirigiéndose en exclusiva a Natalia.

Víctor tenía un encanto especial; aunque casi no le conocieses de nada, tenía una forma de ser que te hacía sentirte cómodo y tranquilo con él casi al instante. Se le notaba un tipo muy abierto y amigable.

Natalia, sintiendo claramente los ojos de Víctor sobre su escote, parecía sumida en una mezcla de nervios y excitación. Pero se percibía que estaba a gusto allí, piropeada por aquel hombre, sintiéndose deseada y con ganas de fiesta. Ya casi se había terminado su copa; ella era la que más vacía la tenía de los cuatro. La verdad, que a mí me empezaba a preocupar un poco que pudiese pasarse con la bebida; no estaba acostumbrada a beber tanto, y ya iba algo “contentilla”; se lo podía notar por esa manera de comportarse de forma un tanto desinhibida. Y eso, en ella, sólo era algo normal cuando bebía…

Al momento, Víctor echó la mano a su bolsillo, parecía sonarle el móvil…

—¡Creo que me llaman! —exclamó—. Voy a salir fuera un momento a hablar. ¡Vengo ahora! ¡Perdonadme! —nos dijo, mientras se levantaba con su móvil sonando en la mano.

Mientras pasaba por delante de mi chica para salir, noté cómo acercaba su entrepierna con disimulo al rostro de Natalia. Vi que ella no lo esquivó demasiado, sino que aprovechó ese pequeño instante para ojeársela sin ningún tipo de reparo y a lo descarado.

Al “pasarle” el paquete frente a la cara, casi rozándola, vi claramente a Natalia fijarse en el enorme bulto; el tío iba medio empalmado y no le importaba que se le notase.

Nada más Víctor ir acercándose a la puerta de salida del local, Sandra nos comentó:

—Le habrá llamado algún amigo… Creo que antes me comentó que había quedado con uno.

Natalia y yo nos miramos, y ella, en ese instante, aprovechó para hacerme un gesto, insinuándome si yo preferiría mejor que se volviese a sentar a mi lado. Pero yo le devolví el gesto, indicándole con señas que eso no era posible, a no ser que Sandra se levantase.

Aquella mujer siguió charlando con nosotros como si nada, mientras Víctor seguía fuera. Hasta que, unos diez minutos después, Víctor regresó de su charla y se sentó de nuevo al lado de mi chica.

—¡Ya estoy aquí! He salido a hablar un segundo con un amigo —Hizo un gesto cómplice, sonriendo de forma pícara a Sandra, como si los dos supiesen de qué amigo se trataba.

Natalia, en ese instante, después de mirarme a mí, nos comentó a los cuatro:

—Disculparme a mí ahora un segundo… pero tengo que ir al baño, ¡que me meo!

—Yo voy contigo, guapa… ¡Qué estoy igual! ─replicó Sandra rápido, al oírla, levantándose casi a la vez que mi chica.

Se dirigieron juntas al baño, y en la mesa nos quedamos de nuevo solos Víctor y yo, mirándolas como bobos mientras caminaban en dirección el servicio. Nada más entrar las dos dentro, él me preguntó con tono intrigado:

—¿Qué era eso tan morboso que me decías que habíais hecho viniendo? ¡Vamos, cuenta!

Volví a mirar hacia la puerta del servicio, cerciorarme que Natalia había entrado ya dentro, y le respondí:

—¡Bufff! Fue en el taxi… de camino hacía aquí. La vine sobando todo el trayecto. Me dejó sobarle el coño dentro del taxi y todo… a la vista del taxista. Y bueno, antes, en el restaurante… ¡qué gozada también en el restaurante!

—Pero… a ver, ¿qué pasó en el restaurante? Dime… —me insistió.

—Pufff… ¡fue un pasote el morbo! Nunca me había dejado hacerle algo así. Se dejó que le quitase el tanga… allí sentada en la mesa. ¡Yo creo que se enteró el camarero y todo!

Nada más comentarle esto, me metí la mano en el bolsillo y, mirando de nuevo alrededor, no fuesen a volver las chicas, saqué el tanga que antes le había quitado a Natalia y se lo enseñé, posándolo encima de la mesa, al lado de su copa…

—¡¡Joder, tío!! ¿No me jodas… qué encima ahora anda la muy guarra por aquí sin bragas? —exclamó Víctor, mientras cogía ese tanga y se lo acercaba a su nariz para olerlo—. ¡¡Dios, qué morbazo!!

Después de olfatearlo unos segundos, hizo un movimiento con una de sus manos colocándose la entrepierna; seguro se habría empalmado al visionar a mi chica en su cabeza, con ese escote y ese vestido que llevaba… y ahora encima sin bragas.

—¡Guárdala!… ¡te la regalo! Además, ella en estos momentos se cree que se la dí al camarero del restaurante. No sabe que aun la tengo —le conté, mientras podía observarle la enorme cara de lujuria que se le había quedado, como si estuviese de nuevo visionando en su mente una imagen de mi chica desnuda…

Sin dudarlo se guardó aquel tanga en el bolsillo.

Al instante, mirándome a los ojos y con tono serio, me preguntó:

—Oye… a ver, una pregunta: ¿qué te comentó tu chica cuando le sugeriste lo de venir hasta la fiesta? ¿Cómo se lo tomó?, ¿te costó convencerla?… ¿o aceptó rápido?

—No, bueno… si te digo la verdad, aceptó a la primera. Y eso me sorprendió un poco…. Fue algo así como si ya estuviese deseando venir. No sé… ¿por qué lo preguntas? —le dije. No sabía por dónde iba.

—A ver… Yo creo, que ella ya sabía de antemano que hoy había aquí una fiesta. Incluso, casi te diría, que quedó con alguien para verse. ¿Tú no sabías nada?

Yo me quedé un poco sorprendido por sus palabras, y le respondí extrañado:

—No… ¡para nada! No sé por donde vas… ¿Con quién coño iba a quedar? Cómo no fuese contigo…

—Bueno, no te iba a comentar nada, pues no sabía si sería del todo cierto… Pero viendo ahora lo morboso que estás y todo lo que estas compartiendo conmigo y, cómo veo que no te vas a mosquear, te lo contaré… —Fue diciéndome mientras bebía de su copa.

—Dime… a ver sí, ¡cuéntame! ¿Pero qué pasa? —Empezaba a estar cada vez más intrigado y nervioso.

—A ver cómo te lo cuento para que no te asustes demasiado; creo que, tu chica y Riqui, puede que hayan medio quedado ya esta noche para encontrarse por aquí… por esta fiesta. —Víctor me miraba a los ojos mientras me lo contaba—. Por eso quizá tu chica aceptó encantada y sin preguntarte nada lo de venir aquí. ¡Se lo pusiste en bandeja!, no tuvo ni que proponértelo ella y que tú sospechases algo.

Yo estaba muy sorprendido; jamás habría pensado algo así de Natalia. Sinceramente, aquello me parecía sólo una fanfarronada por su parte… No le creía.

—¿Y tú, si ya sabías todo esto?, ¿cómo no me dijiste nada? ¿Qué eres cómplice de ese tal Riqui? No me está gustando ésto… ¡Me dijiste que se podía confiar en ti! —le interrogué, con un tono de voz un tanto nervioso, y con el semblante de mi rostro serio, demostrando algo de enfadado.

—Bueno… yo no te engañé para nada. Sí sabía que Riqui estaba desando follarse a tu chica, me lo dijo la misma noche que os vimos en su pub… —me iba diciendo Víctor. Parecía sincero—. Pero bueno, eso, ¡que tío no lo desea!, con esos melones y lo jamona que está. Pero, lo de que había quedado con ella, eso, te juro que no lo sabía hasta hace un instante. Me acabo de enterar ahora mismo; me lo comentó hace un momentito que me acaba de llamar y yo le conté que estabais aquí los dos conmigo. Acaba de terminar su turno en el pub y se viene para acá.

—Joder tío… La verdad, que todo esto no me lo puedo ni creer. Aunque, bueno, quizá por eso se puso sin rechistar este vestido, y se arregló tanto y se maquilló tan estupendamente —le comenté yo, terminando mi copa ya mediada—. Pero aun así… no sé si me hace mucha gracia todo ésto. Estoy a gusto contigo, sí, y me da mucho morbo que me hables de ella y que la mires… Pero no sé, seguir adelante me parece peligroso. ¡A ver si me voy arrepentir luego de todo esto! —añadí.

—¡Tu verás, Luis!, es tu decisión. Pero a ver, voy a hacerte una pregunta muy clara: ¿a ti te podría dar morbo que se follasen a tu chica? ¿Sí o No?… —Se me quedó mirando con rostro serio y morboso—. Que te gusta que la miren y que te digan cosas sobre ella, eso ya lo veo, ya se que sí. Pero… ¿te daría morbo algo más? —preguntó de nuevo.

Yo, pensativo y nervioso, pero a la vez enormemente excitado y curioso, pensé durante unos segundos qué contestarle. Una parte de mí tenía una curiosidad enorme por ver hasta dónde sería capaz de llegar mi chica, y si era verdad todo aquello que me contaba ahora Víctor:

—Buaa, tío… Eso no lo sé. Es muy fuerte lo que me propones —iba respondiéndole, a trompicones, midiendo bien cada palabra que decía—. No te voy a negar, que alguna vez sí que me he pajeado y fantaseado con esa idea, pero… de ahí a dar el paso. No sé… —Dudaba—. Bufff, por un lado… ¡joder qué morbo! Pero no sé… estoy en dudas. Además, no creo que ella quisiera llegar nunca a tanto; es muy tímida y recatada, aunque hoy la veas así vestida y algo lanzada. ¡No la conoces bien! Natalia no es así, no es como Sandra —le fui diciendo esto, en cierto modo, queriendo auto convencerme a mi mismo de que seguir adelante con aquello no era arriesgado. Una parte de mí lo deseaba, pero a la otra, la más racional, le daba mucho miedo…

—Bueno… tienes razón, no la conozco aún casi nada. Pero, esta noche ella se ha preparado a conciencia para salir, ¿no?, y te ha ocultado que medio quedó con este chico, Riqui, ¿no? Pues yo veo bastante claro que algo tiene en mente; no sé si será sólo tontear o llegar a follar con él, no me atrevo a afirmar tanto, pero seguro que algo… algo sí que planea. Si no, ¡no te habría ocultado que habló y medio quedó con él!, ¿no te parece? ¿Te lo habría contado, no? —comentó Víctor, también acabando ya su copa.

—No sé… Bufff… igual tienes algo de razón. Pero no sé, quizá sea por eso que dices: sólo por tontear un poco y sentirse guapa y deseada por otro que no sea su novio. A mí me quiere mucho y yo a ella. No concibo que le apetezca follarse ni ligarse a nadie que no sea yo —le volví a decir, cada vez con mayor morbo por comprobar si ella había quedado en verdad con aquel chico, ese tal Riqui, y hasta dónde pudiese tener en mente llegar. Estaba seguro, qué mi Natalia no iba hacer nada con nadie que no fuese yo; como mucho, tontear un poquito. Quizás, ni eso.

—Mira, te propongo un trato… —insistió Víctor unos segundos después, viendo que me había quedado en silencio y muy pensativo—. Si no quieres que Riqui haga nada con tu chica, yo le digo que se olvide de ella y no intente nada. Pero, si te da morbo ver hasta dónde puede llegar ella con todo esto… yo te ayudo a planear algo morboso con Riqui, para que disfrutes viendo hasta dónde es capaz tu chica de llegar con él. ¿Qué te parece?… ¿Aceptas? Será morboso. ¿Y qué tienes tú que perder? Mañana ya os vais, ¿no?

Yo me quedé otro segundo pensativo, la idea era ciertamente morbosa y, la verdad, era algo que llevaba fantaseado tiempo. Estábamos en un pueblo, donde nadie nos conocía y a donde quizá no volviésemos jamás… Quizás nunca más se me presentase otra ocasión tan propicia para morbosear de ese modo y con esta idea. Así qué, decidí aceptar. Pero con una pequeña gran condición:

—Vale, acepto, pero… eso sí, sin forzar para nada la situación. Si mi novia no quiere o se siente incomoda, detenemos todo y nos vamos. Y además, yo tengo que enterarme de todo. No vale que Riqui se la lleve al baño e intente meterle mano sin yo enterarme. ¿Entendido?

—Sí… claro, por supuesto… Se me está ocurriendo algo para hacer ésto mucho más morboso y excitante, y que tú puedas vivirlo, enterándote de todo. ¡Tú confía en mí! —Víctor mostraba una cara de vicio enorme, que hacía que me intrigase qué pensamientos estarían rondando su cabeza.

En esto, de repente, vimos salir ya a las dos chicas de vuelta del baño. Venían ambas muy sonrientes y haciéndose bromas la una a la otra. Esta vez, Natalia sí que se sentó a mi lado, y Sandra, antes de sentarse, comentó algo en alto mirándonos a mí y a Víctor:

—¡Joder con la tía! ¡Tiene a los tíos locos con ese escote que lleva! Mientras hacíamos cola en el baño, por lo menos tres intentaron ligar con ella. ¡Vigílala Luis, que hoy te la levantan! —Se dirigía a mí, con tono de broma, mientras se iba acercando a Víctor para susurrarle al oído algo en bajito. Éste, le contestó con una sonrisa cómplice, como si ya supiese lo que le estaba contando.

—Bueno, ahora me toca a mí pagar las copas. ¿Os apetece otra, no? —les propuse a Víctor y Sandra.

—Sí, venga, Luis… ¡dame dinero!, que vamos Sandra y yo a por otras cuatro —me apuró Natalia, muy decidida, y haciéndome un gesto con la mano para que sacase pasta rápido…

—Vale, amor… ¡pero tranquila!, ¡qué te voy notando ya muy lanzada! —le repliqué, mientras le daba un billete de 50 euros para que pagase las copas.

—Tranquilo, cariño, no pasa nada… ¡estoy genial! ¡Vamos, Sandra!! —Con una mano, ayudaba a su nueva amiga madurita a levantarse del asiento.

Así pues, nos quedamos nuevamente solos Víctor y yo…

—Oye… ¡cómo está hoy de lanzada tu chica, eh! ¿La has visto? Me parece que aquí hay algo… Je, je, je…—intentaba él provocarme de nuevo, con voz y risas pícaras.

—Ufff… no sé… ya veremos —respondí, mirando hacia ellas, que habían llegado ya a la barra y esperaban alegremente por las copas de espaldas a nosotros…

Al momento, Víctor giró su cabeza hacia la puerta y, al unísono, vimos entrar a dos chicos, los dos de sobre mi edad, de unos 29 o 30 años.

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