MOISÉS ESTÉVEZ

Sentada en una hamaca, diseñada para estar tumbada y que el
entregarse a los brazos de Hypnos fuera muy fácil, debajo de un viejo y
frondoso cocotero, Rachel se relajaba mirando el mar, mientras la brisa
tahitiana le acariciaba su hermoso rostro.
Habían pasado varios días desde que abandonó La Gran Manzana y a
pesar de lo radical del cambio: en su vida, en su día a día, el entorno, la
gente… no le estaba siendo demasiado difícil el adaptarse, aunque era
consciente que todavía estaba lejos de conseguirlo.. era demasiado pronto.
Pudo alquilar una pequeña casa, bastante coqueta y funcional, con lo
básico para ir tirando, nada de lujos, ya lo era el que la mismísima entrada,
estuviera a escasos cinco metros de la playa, o al menos eso pensaba ella.
A pesar de que llevaba poco tiempo en aquel paraíso, empezaba a
preciar ciertas cosas que en la caótica Manhattan sería harto difícil.
Leía plácidamente una de las dos novelas que pudo guardar antes de
salir pitando de su casa, con la amenaza de muerte pisándole los talones, en el
exiguo y ligero equipaje en el que también metió lo que ahora eran sus únicas
pertenencias.
No obstante, a penas si podía concentrarse en la lectura, ya que cierta
intranquilidad e inseguridad le podía. Había abandonado una lugar en el que se
defendía bien, una rutina que más o menos le hacía sentirse cómoda…

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