LOLA BARNON

—¿Y al de Ibiza? ​

No contesté de inmediato, pero mantuve la cara de extrañeza.

—Joder Nico… no te entiendo. Te llamé una docena de veces, te puse mil mensajes… Ni caso, ni una contestación, nada de nada, ¿y ahora me entero de que estabas pendiente de dónde estaba?

—Sé que quizá debería haberte contestado… Pero estaba muy confundido, muy cabreado, muy dolido…

No dije nada y respiré hondo.

—¿Estuviste con él?

—No, Nico, no estuve con él. Me fui a cenar, me tomé un par de copas y nada más. —Mentí.

Algo me decía que Adrián e Ibiza era la barrera ante la cual estaba a punto de desbordarse mi relación con Nico. Y si tenía que faltar a la verdad, lo iba a hacer.

—¿Sola?

—Sí, sola… Obviamente me entraron tíos, claro. Y sí, hablé con alguno, incluso tonteé con alguno de ellos… pero qué quieres que hiciera, joder, Nico, yo también estaba dolida, jodida, enfadada, no entendía nada…

—Vale, vale… De acuerdo. Está bien —me dijo intentando calmarnos a los dos—. No conduce a nada remover la… el pasado. Ambos nos mantuvimos en silencio durante unos segundos que se hicieron muy largos y densos.

—¿Y ahora qué hacemos…? —le dije.

—Bueno… vamos a intentar solucionar esto.

—¿Vas a venirte aquí?

—Sí, volveré y lo hablaremos con tranquilidad. Pero no sé, Mamen… No sé cómo podemos enfocar esto.

—¿Quieres que siga viendo a otros? Y por favor, dímelo en serio, sé honesto conmigo, no me marees empujándome a hacer una cosa para luego recriminármela.

—No te recrimino nada, nena. Nada. Yo soy el culpable que no he medido bien mis deseos. Quiero que sigas follando con otros, porque me excita y sé que te apetece.

Fui a hablar pero me detuvo con la mano.

—Si vamos a ser sinceros, quiero que tú también lo seas. Te he visto y conozco tus reacciones, tus caras… Disfrutas teniendo sexo con otros, Mamen. Eso es innegable.

Calle y tragué saliva. Sí, era cierto. Absolutamente cierto.

—Te diría que podríamos seguir como hasta ahora, pero sé que eso es imposible. Tú has tomado las riendas de tus aventuras, de tus… amantes. Ya no es una persona que viene, follas con él, yo participo y se va. No, ahora, lo buscas. Te apetece ser tú la que lo incite, la que decida con quién, cuándo y cómo. Y yo eso no sé si lo puedo dominar… —se encogió de hombros—. Eso me da miedo.

Volvimos a quedarnos en silencio. Yo lo miraba incapaz de decir nada. Me hubiera tirado a sus brazos prometiéndole que nunca más iba a estar con otro, jurando que todo esto se acabó. Y en mi interior sabía que era la solución más acertada. Pero no podía. Recordaba la polla de Adrián entrando en mí, adentrándose, llenando toda mi vagina esa segunda noche, y como tras el primer polvo, pensé en Nico.

Aquella imagen de mi novio, con su cara de niño mono grande, su cuerpo delgado pero sin muscular, si rostro excitado cuando me veía con otro… Pero todo aquello no me detuvo para follar una segunda vez con Adrián la noche que me quedé sola en Ibiza.

—¿Y si te pido estar yo con otra? ¿Lo admitirías? —Me preguntó de pronto, y por segunda vez.

—¡Claro! —respondí demasiado deprisa y de forma irracional—. Ya te he dicho que no me podría negar…

Yo me sentía culpable. Como si hubiera cometido algo parecido a una infidelidad. Bueno, era justo eso. Para mí, le había sido infiel. Con Sergio dejando que me la metiera por el culo y con Adrián follándomelo dos veces aquella última noche de Ibiza. Ambas cosas se las había ocultado a Nico.

—Cari, ¿cómo me voy a negar? ¿De verdad que te apetece? —Pregunté a su vez rogando porque me dijera que no.

—Pues no lo sé… No es algo que me lo hubiera planteado antes, pero quizás nos venga bien.

—¿Por qué piensas eso? —No lo entendía. O mejor dicho, no quería entenderlo.

—No puedo explicarlo bien… Ni siquiera estoy seguro de ello. Pero se me ocurre que si yo hago lo mismo que tú, ambos nos podremos entender, cuidar los límites de lo que nos molesta, no excedernos, ser cautos… ¿Te parece una tontería?

—No lo sé, Nico. Por una parte sería justo… Por otra, echarle más gasolina al fuego…

—Me hago cargo de ello, Mamen… pero si no estamos al mismo nivel, creo que alguno saldrá dañado. Siempre hay alguien que sufre más, y si nos equiparamos, pues… puede que nos cuidemos más el uno al otro. Que seamos más conscientes de que nos podemos hacer daño… Quizá es una tontería… pero no veo otra manera.

—Podemos probarlo… —me escuché a mí misma, sin dar crédito a que fuera yo la que abriera aquella puerta. Lo que en ese momento deseaba era que mi novio volviera conmigo a casa. Sonreí. Pero en mi cabeza empezaba a atronarme una pregunta: ¿Por qué Nico ahora proponía estar con una chica distinta a mí?

Me encontraba muy nerviosa en aquel bar. Si de mí hubiera dependido, no habríamos quedado con Sergio y Tania. No era por el hecho de que Sergio pudiera hablar sobre aquella noche en casa de Javier. De hecho, estaba bastante confiada en que él no le diría a Nico nada referente a ese día. Y Tania, menos.

No, mi nerviosismo partía de que, a pesar de la presencia de Tania y de que Nico quería acostarse con ella y probar a que yo viera como follaba con otra, también estaba Sergio. Y al verlo, supe que aquel chico me atraía. No como Jorge, ni por ahora había riesgo de quedarme colgada de él, pero me preocupaba que mi novio notara que era, digamos, algo especial.

Nico pensó que, para facilitar las cosas, y se me hiciera más fácil admitir a una mujer con él, empezáramos con una pareja, así yo pudiera tener mi parte de placer. No le faltaba sentido, pero no paraba de pensar en cómo reaccionaría yo ante ese hecho cuando lo viera.

La idea de Nico tenía su lógica si todo este juego de perversión y excitación fuera cerebral y calculada. Pero no era así. De hecho, empezaba a pensar que lo que menos tenían estas relaciones, era lo lógico. Se movían a través de impulsos de lujuria, de excitación, de egoísmo o de mero placer.

Incluso fue él quien propuso que Sergio y Tania fueran esa pareja. A fin de cuentas yo ya había estado con él, y Nico conocía a la policía de la fiesta de Javier. Que por cierto, ya estaba en un curso de mandos policiales porque lo destinaban a otro puesto en Toledo, según ellos mismos nos dijeron y a mí me dejó caer el día que nos vimos saliendo del gimnasio.

Una vez nos sentamos y empezamos a charlar, todo resultó bastante fluido. Tania empezó a hablar con mi marido como si nada. Sergio, fiel a su estilo, estaba pendiente de mí. Si me faltaba bebida, si necesitaba una servilleta, si estaba cómoda… En su contra, y a pesar de sus atenciones, yo no podía dejar de mirar a mi novio y a Tania, riéndose continuamente y creando una química muy especial entre ambos.

Parecíamos dos parejas normales, de las típicas, solo que si la gente hubiera apostado algo, no tengo duda de que emparejarían a Tania y Nico y a Sergio conmigo. Intenté relajarme y hacerle algo de caso.

—¿Estás bien? —me dijo por tercera vez.

—Sí… bueno, es raro, porque es la primer vez que voy a estar con Nico mientras él… ya sabes.

—Tranquila… Yo te ayudaré. —Me cogió la mano y la besó. Luego me dio un ligero abrazo rodeando mis hombros.

Ciertamente, entendía que a Nico le atrajera Tania. Llevaba unos vaqueros ajustados y llenos de rotos, que le sentaban estupendamente, haciéndole un culo magnífico y unas piernas eternas. Un top de color blanco que le dejaba un par de centímetros de su cintura morena al aire y que le redondeaba las tetas de forma muy sensual. En los pies, unas sandalias blancas de tacón bastante alto y uñas pintadas de rojo pasión, como las de las manos. Tenía el pelo más largo de cuando habíamos estado en casa de Javier aquella noche de sexo total y desenfrenado, e iba con sombra de ojos remarcando aquella mirada de pantera que tenía.

No hubo hombre de aquel bar que no la desnudaran con la mirada. Yo, en cambio, iba más modosa. Mi pantalón era azul, también con varias rasgaduras y llevaba una blusa estampada por fuera, salvo en la parte de la hebilla del cinturón, que la llevaba remetida, tal y como se estilaba últimamente. Zapato de verano plano y un bolso grande de color blanco, bastante parecido al de Tania, solo que el de ella más oscuro, como de color hueso. El pelo suelto y apenas un poco de sombra en los ojos. Cuando me había arreglado en el baño, no había sentido esas ganas de agradar que casi siempre me asaltaban.

En contra, Nico se había esmerado y llevaba una camisa nueva, pantalones tobilleros y zapatos de ante también nuevos. No podía ocultar ese punto de molestia al saber que se arreglaba para ella y no para mí.

Nos montamos en el coche Sergio y yo y Tania y Nico para ir haciendo ya las parejas con las que íbamos a estar. Cuando arrancó el coche de Nico y enfiló unos metros saliendo de la fila de los que estaban aparcados, Sergio me tomó una mano y me la besó de nuevo.

—Me apetece mucho estar contigo… —me dijo.

—Gracias, eres un sol —susurré—. No sé si hoy estaré a la altura.

—Siempre lo estarás… —Me atrajo hacia él y posó sus labios en los míos. Me dejé besar—. He estado tentado de ponerte mil mensajes…

—¿Tienes mi teléfono? —indagué extrañada. Yo no se lo había dado.

—Sí… Se lo pedí a Javier.

—Bueno… no es que me importe, pero no lo suelo dar.

—Fue mi culpa. Yo insistí, pero lo borro si ahora mismo quieres.

—No, no seas tonto —sonreí—. No me importa que lo tengas.

Arrancó, pero mantenía su mano derecha en mi pierna. El coche era automático, por lo que no la necesitaba para cambiar. Me iba acariciando

—¿Hubieras contestado a un mensaje mío? —me preguntó unos instantes después.

—Depende del tipo de mensaje…

—Te hubiera pedido quedar…

—¿Solo quedar…? —Sonreí mirándole a los ojos, aunque él no los quitaba de la calzada. Su mano seguía ahí, en mi pierna y yo no estaba haciendo nada por quitarla.

—Eso lo habrías decidido tú. Pero sí. A cenar, a hablar, a tomar una copa… Me gustas. No puedo negarlo.

Me quedé pensativa. Me caía bien Sergio y me agradaban las atenciones que dispensaba a la pareja, lo atento que siempre estaba y lo educado que era. En la conversación del bar me dijo que había estudiado Derecho y que estaba en el curso de inspector. Que pronto, y si no se torcía nada, también iría destinado a algún sitio.

—No sé qué hubiera pasado… —contesté volviendo al tema de la cita. Él me sonrió un momento y enseguida volvió la mirada a la calzada.

—¿Qué tal en Ibiza? —cambió la conversación pasados unos instantes.

La imagen de Adrián volvió como un torbellino a mi cabeza. Su chulería, su arrogancia, su forma de actuar con las mujeres tan distinta a la de Sergio. Y su polla tan colosal.

—Bien… en Ibiza lo pasamos bien. —Miré por la ventanilla empezando a rozarle yo también con mis dedos su antebrazo.

No me insistió más. Sonrió un par de veces mirándome. Me hizo sentirme bien. Entramos en casa y los tacones de Tania sonaron con una contundencia que me recordaron a los clarines y timbales de las corridas de toros cuando anuncian que va a dar comienzo el festejo.

—¿Queréis tomar algo? —dije.

—Yo estoy bien —dijo Tania.

—Yo tampoco quiero nada —secundó mi novio que empezaba a tener evidentes muestras de nerviosismo e impaciencia.

—Ni yo —terminó Sergio.

—Pues entonces… —me encogí de hombros y sonreí un poco forzada—, al lío, ¿no? —Creo que me salió un poco torpe.

—¿Dónde hay un baño, Mamen? —me preguntó Tania.

—Por aquí… —y le conduje al que estaba al lado del salón. Una vez allí, hizo que entrara con ella, pidiéndome que bajara la voz.

—Mamen… ¿hasta dónde puedo llegar con tu chico? —Me preguntó cuando nos quedamos a solas.

—No sé… —Dudé.

Creo que me notó intranquila. Ella metió la mano en su bolso y sacó el spray y el lubricante que yo ya conocía. 

—¿Puedo? —su cara estaba más bien seria, y sus ojos fijos en mí. No estaba jugando en ese momento. Quería saber si yo estaba dispuesta a ver aquello.

—No sé si Nico… —intenté evadirme.

—Mi niña, no es cuestión de tu novio. Él seguro que se pondrá nervioso al principio, pero ya nos encargaremos de tranquilizarlo. Me refiero a que si a ti te importa… —Y volvió a agitar con sus manos el spray y el lubricante.

No sonreía. No contesté y me quedé mirando aquellos dos artilugios que conocía de la noche en casa de Javier.

—No lo sé… —admití en voz muy baja.

Dejó ambas cosas en la repisa del lavabo. Me abrazó con dulzura.

—Mi niña… vamos a pasarlo bien. Como aquella noche. Deja que tu novio experimente lo que tu hiciste y disfruta. No te lo voy a quitar, ni permitiré que haya más que puro sexo, sin más. Puedo parecer una arpía, pero soy de fiar. Te lo juro. —Me acarició las mejillas y sonrió ligeramente.

—Gracias… —asentí despacio.

—Solo sucederá lo que tú desees, ¿de acuerdo?

Volví a mover afirmativamente la cabeza, lentamente.

—Y cuando quieras experimentar con una mujer, llámame, por favor. Me muero por tenerte, mi niña —me dijo en voz muy suave, al lado de mi oído, haciendo que se me erizaran todo el vello de mi cuerpo.

—No soy lesbiana… —protesté ligeramente, pero sin quitarme de su abrazo.

—Ni yo, corazón —me apretó más fuerte—. Ni yo. Me gustan los hombres, no sabes cuánto… pero hay algunas mujeres que me encienden. Y tú eres una de ellas. —Me miró a los ojos—. No eres consciente de la sensualidad que tienes, mi niña —me dijo posando un ligerísimo beso en mis labios. Luego sonrió, y me acarició la mejilla derecha—. Ni siquiera la sospechas, y eso me pone aún más. —Me pasó de nuevo su índice izquierdo por mi cara—. ¿Vamos con los chicos?

Entramos al dormitorio y nos desvestimos con bastante normalidad. Cuando Tania se quedó desnuda, y se colocó de rodillas en la cama, en el centro, supe que era ella la que mandaba allí esa noche. Era una mujer que irradiaba sexo y lujuria por cada poro de su piel.

Noté la excitación de Nico, su cara de deseo cuando la miraba y su polla totalmente estirada. Yo me coloqué a su lado y acaricié la de Sergio según se acercó a nosotras. Tania, sin embargo, dejo que mi novio se aproximara y sin tocarlo, le dio un beso lento, pasional, en donde sus lenguas se juntaron durante largos segundos. Extasiada, vi sus bocas juntas, y a Nico disfrutar.

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