JORGE MARÍN

Es el día trigésimo primero del décimo segundo mes de un año aparentemente
normal. Casi. La gente corre en la calle, nerviosa y apresurada. Los veo por una
ventana llena de símbolos, mientras limpio por cuarta vez uno de los muchos
relojes de cerámica. Son digitales.
Pienso en lo extraño de la situación. Acostumbrado a lo ordinario, los estantes de
estos pasillos deberían estar repletos de manos pegajosas. Es una lástima, hoy
nadie quiere saber del tiempo. Profeso que es una alarma.
Siendo honesto para mí da lo mismo, no obstante la rutina de mi costumbre se
muda menos tediosa, viendo los rostros de las personas que se debaten entre el rojo
y el azul. Aún después de acentuarse la eternidad de la monotonía, sigo esperando
el hecho fantástico. Ahí viene una señora. Corrección: es un hombre trayendo
consigo un paquete bajo el brazo.
La puerta rechina al abrirse, suena la campana que pondría a mis compañeros en
alerta. Por esta ocasión, debo ser yo quien acepte la solicitud. Justo cuando el
cuerpo de madera traza su ruta de regreso, uno de mis ojos se dispara a las chispas
de colores, entretanto salen del marco, como fuegos artificiales hacia los rincones
del lugar. Eso no es todo; mi otro ojo, el pendiente, recorre en curvas lo que a mi
juicio aparenta ser un reptil de aguijón.
El hombre de hace unos segundos medía sólo unos centímetros más que yo, ahora
me saca cuatro cabezas. Su piel de diminutas líneas sobrepuestas tiene un aspecto
viejo, verde. De su frente surgen dos conos oblicuos.
Mis dilatadas pupilas vuelven a su postura correcta. En ese momento rivalizan con
la mirada de la criatura amenazante. De pronto, su explosiva llama empieza a
causar estragos, el aire se torna insoportable. Doy media vuelta y comienzo a
galopar sobre el pastizal de vasto terreno.
A toda velocidad siento la frigidez del entorno. Una sombra se aposenta sobre mí.
Me percato al sentir el aire golpeándome no sólo de frente, mi visión se ha
mantenido en forma perpendicular.
Lo inevitable se presenta. La bestia se prepara para el ataque, su garganta carraspea
y el calor de su furia resbala a través de sus colmillos para desaparecer en su presa.
La teclas hacen su repiqueteo habitual, se sacuden el polvo. Algunas se traban por
la edad. Una parte del rollo blanco emerge con suma lentitud. Lo corto, lo
envuelvo en un billete de diez, extiendo el brazo y se los entrego al señor de
expresión larga, que espera impaciente

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