JUAN LUIS HENARES

El que te dije comenzó a notarlo unos meses atrás: le pareció que al deambular por las calles las personas que encontraba lo evitaban. Primero pensó que eran simples locuras que se le ocurrían: la conciencia de ser diferente —la ropa vieja, el pelo largo y la barba suelen molestar a los demás— solía jugarle una mala pasada. No obstante, con el correr de las semanas se convenció de sus sospechas. Confirmó que algunos al verlo aproximarse cruzaban a la vereda de enfrente; los menos, solo miraban en dirección opuesta. Pronto se percató de que varios ordenaban a sus hijos que de inmediato ingresen a sus casas, otros lo observaban de reojo y cuchicheaban entre ellos. Más tarde escuchó las burlas de los pibes que lo señalaban con el dedo índice y los gritos ofensivos que provenían del interior de los vehículos al pasar.

Mas el que te dije decidió ignorarlos. Prosiguió con sus diarias caminatas por el pueblo, en tiempos de pandemia, con el barbijo colocado en su rostro.

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