SILVIA ZALER

Cuando llegamos a casa de Menchu, está ya tiene las pupilas un poco dilatadas, lo mismo que un par de chicos con los que charla animadamente. No me queda duda de que lleva ya algún tirito.

La mecánica es simple. Te diseminas por la fiesta, hablas y te ríes con la gente. Menchu te va diciendo quién ha preguntado o se ha interesado por ti, o si con el que estás te conviene por los gustos que cada una tenemos. A ojos de cualquier que nos viera, la sensación es de ser una fiesta tan normal. Poco a poco, y si te va gustando alguien, se le propone ir a las habitaciones. Cada una tenemos la nuestra asignada —con llave—, para que no haya confusión ni errores. Y si hay quien quiere compartir, pues perfecto. Todos los dormitorios tienen camas de matrimonio enormes. Con amplitud suficiente como para que tres o cuatro personas se dediquen a follar sin problema de espacio. Yo ya lo he comprobado con Marta el año que perdí el sujetador.

La cosa ha ido muy bien, salvo por un momento en que dos de los que han terminado sin compañía femenina, se pusieron tontos. Ahí salió Dimitri con otros dos rusos tamaño oso polar de gimnasio. Si a su acento de gánster, que ya da miedo, se le suman las dos manazas que les salen a los tres al terminar los brazos, se entiende la rapidez con que los perdedores han salido de la casa de Menchu. En un par de minutos, consiguen reconducir todo.

Yo, sin embargo, no he elegido bien. Me he dejado llevar por una cara guapa y un cuerpo fantástico. Pero al final, mucha fachada y poca empatía. Hemos echado un primer polvo, bastante mediano. Se me ha puesto a esgrimir excusas y a darse importancia, con lo que me ha cansado. No estoy para aguantar estupideces, la verdad. Lo despido suavemente, con una sonrisa más falsa que un euro del Monopoly, y salgo de la habitación para ver si hay algún otro disponible. Me pesa, pero no quiero desaprovechar lo que queda de noche. Y eso que es muy mono, tiene mejor cuerpo que el de los bomberos, y le he hecho de todo para que termináramos echando un par de buenos polvos. Al final, uno, y, como he dicho, de mercadillo. Pero eso no es lo que me ha molestado, sino su petulancia y la estupidez. Y de eso, tiene lo mismo que de atractivo. Bastante.

Le he dicho que ya no quería más y, aunque con cara de pocos amigos, se ha terminado por ir al ver de nuevo a Dimitri mirarle como un témpano de hielo. No me apetecía seguir con él. Me miro el reloj y me doy cuenta de que, de quedar algo, serán las sobras. Joder…

No me las prometía nada felices, pero encuentro refugio en Menchu. Me voy al salón y allí esta, metiéndose una buena raya. Va, otra vez, a follarse a dos. La cabrona les ha cogido el gusto a los tríos, pienso. La cosa es que me invita, me meto yo también algo de perico y sin esperar respuesta, empiezo a morrearme con uno de los que está con ella. En un momento dado, nos vamos los cuatro a su dormitorio y ella comienza, en pocos segundos, a comerle el rabo y a follar como una descosida con el más mayor, un señor de unos cuarenta y pocos años, pero en muy buena forma, muy serio y concentrado. Bastante educado y caballero, la verdad. La polla no es muy grande y para mi gusto, algo estrecha. En cambio, la del mulato, sin ser ni de lejos la de Jaime o Julián, tiene mejor pinta. Me la meto en la boca y decido que me lo tiraré.

Al final, la noche se nos ha ido a todas un poco de las manos. No solo por la coca o la maría que nos hemos metido y fumado, sino por el descontrol que al final surgió con correrías por los dormitorios. Siempre sucede algo parecido y eso es parte del cachondeo que nos traemos cuando lo recordamos. Pero esta vez, Dimitri y los dos gorilas de camiseta negra tres tallas más pequeñas, han tenido que poner un poco de orden.

Gabriela, a pesar de sus remordimientos, ha sido la primera en desnudarse e irse con uno a su dormitorio. Allí estuvo, según me dijeron, más de hora y media dale que te pego. Ya solo salió para tomarse alguna copa, meterse algo o para cambiar de pareja, porque ese día, que yo sepa, se tiró a dos. Por lo menos, que yo viera. Es verdad que el tema se nos fue de las manos, no solo con la coca, sino con el sexo. Yo me tiré primero, al que no me gustó mucho, se la chupé al cuarentón y me follé al mulato, un colombiano simpático de nombre Freddy. Menchu, entretanto, se tiraba al señor e intentaba participar en nuestra follada. A las cuatro de la mañana, tras un nuevo porro de maría, que nos fumamos Freddy y yo a solas, como dos adolescentes que se esconden, me lo follé de nuevo, antes de que se marchara. No estuvo mal, pero tampoco fue lo que deseaba, la verdad. Os va a parecer algo extraño, pero las pollas negras no me van mucho. Y no es por la raza, que hay morenitos que están cañón y calzan una buena verga. El problema, al menos para mí, radica en que muchos tienen lo que se suele llamar polla de carne y no de sangre. Es decir, es grande, pero no por el bombeo sanguíneo, sino porque lo que les cuelga es un lomo embuchado. Pero, o al menos a mí me ha pasado con los dos que me he follado, no terminan de tenerla dura de verdad. Y me la metieron, en ambos casos, un poco floja. No me gusta mucho eso, niñas. Yo prefiero una buena polla dura, con su capullo como una roca y firme como el mármol, aunque sea de menor tamaño. No sé, es posible que hay tenido mala suerte, pero así os lo cuento.

En el caso de Freddy no fue así. Tampoco tenía ahí colgando la octava maravilla del mundo. Era normalita, decente. Y no sé si es que la maría le amodorró o que Menchu le había dejado seco. Me figuro lo segundo, porque cuando vimos a Menchu con las pupilas dilatadas de algún tirito previo a la fiesta, Freddy ya estaba con ella. A Menchu, en cambio, sí le gusta lo interracial. Bueno, Menchu es especial. Para todo. Y la va la marcha y la fiesta como no he visto a nadie más en mi vida. Es una puta máquina de follar, fumar y esnifar…

El polvete que echamos Freddy y yo a solas, tras apurar el canuto de maría, fue también muy normal. Estándar, que diría Marta. Y su corrida, cuando sacó la polla enfundada en el condón, tampoco fue para tirar petardos por las calles. No pasa nada… Ya me compensare a mí misma esta noche tan prometedora y que al final se ha quedado en, simplemente, correcta.

Marta creo que estuvo con uno toda la noche. No sé si con alguno más, pero no lo vi. Aunque suene extraño, nuestra Martita parece ser que fue la menos promiscua y la que se concentró en uno, que me dijo fue muy bueno. Echaron tres polvos, como tres soles, según sus propias palabras. Recuerdo que la vi, un momento, en la cocina, yo ya vestida y presta para irme a mi casa, mientras Gabriela seguía enganchada dándose un morreo al último con el que había estado. Iba más colocada que yo, la verdad. Me estoy refiriendo a Marta y Gabriela. Ambas. Nuestra bióloga vigoréxica ahí fue cuando me dijo que se lo estaba pasando de cine, la cabrona. Tenía los ojos desorbitados y un movimiento continuado en la mandíbula. Se debía haber metido una buena raya poco antes. Me reí con ella cuando me dijo que este no sale vivo hoy de aquí. Nuestra Martita, siempre exprimiendo el limón hasta la cáscara.

A pesar de mi experiencia no totalmente satisfactoria, la fiesta, como siempre, fue bestial. Y aunque terminara siendo un desmadre, nos reímos, follamos como lobas y disfrutamos como hacía tiempo que no lo hacíamos.

A eso de las cinco y media, Gabriela y yo nos fuimos a mi casa. Yo, ese último día de desmadre y folleteo, prefiero ya estar en mi casa, por si acaso mi marido adelanta el viaje o me intenta localizar. El fiestón ya me lo había corrido, así que tengo que concentrarme en volver a parecer una esposa modélica.

Por suerte, mi casa está relativamente cerca de la de Menchu, apenas quince minutos conduciendo, por lo que el trayecto en coche lo hacemos, aún colocadas, pero despacio y sin sobresaltos. 

Un comentario sobre “Mis días de sexo (10)

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