ANDER MAIS

Capítulo 8

Una Cena Peculiar

Al cabo de unos minutos más, abandonamos ya el hotel y nos fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo. Como el otro día, las miradas a mi chica se sucedían. Pero esta vez, sí que eran realmente alabando el buen modelito que lucía aquella noche. Aunque el escote era muy pronunciado y bastante descarado, aquel vestido le daba un estilo mucho más elegante que la blusa y los leggings que sacó la noche anterior que salimos. Aquel día, sí que iba más de “zorrón”, la verdad…

Caminamos un rato más, hasta sentarnos en la terraza de una vinatería a tomarnos algo. Pedimos dos copas de vino, y nos quedamos allí un buen rato a hacer tiempo antes de cenar; estaríamos allí al pie de una hora, en la que nos tomaríamos dos o tres copas de vino cada uno…

Cansados ya de estar en aquella terraza, nos levantamos y salimos hacia un restaurante que ya habíamos ojeado antes. Pedimos mesa y nos sentamos. A mi chica ya se la notaba un poco “chispada” por el vino.

El camarero, nada más acomodarnos, se acercó, simpático y decidido, entregándonos las cartas. Mientras se la daba a mi chica, ésta le sonrió educada y él le devolvió la sonrisa fijándose descaradamente y sin cortarse un pelo en su escote. Mi chica, al darse cuenta, levantó la vista hacia mí, y yo miré al camarero guiñándole un ojo con un “gracias”. Era un tipo de unos cuarenta años, bajito pero con mucha gracia. Al segundo, se dirigió a mi chica para preguntarle:

—Mire, señorita… le podría recomendar, si su novio me lo permite… —se acercó a ella, casi rozándola, indicándole con el dedo un punto de la carta—, la parrillada de mariscos de la casa, es para dos personas y lleva de todo…

—¡Vale! —exclamó Natalia, al instante, bastante decidida—. A mí me apetece marisco… ¿A ti amor? —me preguntó, mirándonos sucesivamente a mí y luego al camarero .

—Sí… a mí también. La noche va a ser larga y algo de marisco nos vendrá bien. ¡Así… con sus almejitas y tal!…Je je je…—comenté ahora yo, guiñándole otra vez el ojo al camarero, que rápido entendió mi tonto y facilón sarcasmo, sonriendo y mirándonos a ambos.

—Vale… entonces… traigo una parrillada de mariscos para dos, ¿no?

—Sí, y una botellita de vino blanco de éste… —contesté yo, sonriéndole a mi chica, y apuntando en la carta el vino que quería.

El camarero se fue, y allí nos quedamos solos charlando Natalia y yo:

—¡Qué sensual y sexy te pones cuando bebes vino, cariño! Se te ilumina la sonrisa y todo… ¡Cómo has puesto al camarero!, ¿te fijaste? —le comenté, de forma morbosa, mientras por debajo de la mesa empezaba a acariciar sus muslos y le subía un poco la falda, lentamente.

Ella, esbozó una risita tontorrona, y me agarró la mano para ayudarme a que se la fuese acercando, poco a poco, recorriendo sus muslos hasta casi llegar cerca de su coño. La fui deslizando, suavemente, llegando a rozar su tanga, y aproveché para sobárselo disimuladamente por encima de la tela, estirando mi brazo todo lo que podía…

Y así, seguí un instante, hasta que nos sorprendió el camarero que llegaba ya con el vino; se tuvo que dar cuenta de todo, pues lo vi sonreír mientras ojeaba, una vez más, el escotazo de mi chica al rellenar de vino su copa. Nada más marchase él, seguimos charlando:

—Natalia… no sé lo qué me pasa hoy, pero estoy cachondo perdido. ¡Qué ganas de morbosear tengo hoy, por dios! —le dije, mientras daba mi primer sorbo al vino.

—Sí… la verdad, que yo también me estoy poniendo algo cachondita, otra vez… como en la playa. Siempre me pasa igual… ¡no sé que pasa, que el vino me pone tonta! —respondió, medio entre risitas, mientras se recolocaba en su sitio la falda que antes casi llegué a subirle del todo.

Iba a volver a meterle mano, cuando vi llegar al camarero con la bandeja de mariscos…

—¡Buen provecho, pareja! ─comentó, mientras me sonreía pícaramente a mí, refiriéndose a la comida, pero también al manoseo que seguro notó que nos estábamos dando bajo la mesa.

Miré hacia atrás mientras se alejaba, y vi cómo comentaba algo a uno de sus compañeros que estaba al lado de la barra. Se rieron juntos, y miraron los dos hacia nuestra mesa con disimulo.

Natalia y yo, sin más, comenzamos a comernos esa parrillada y, copa a copa, fuimos casi terminando la botella de vino. Natalia iba ya algo borrachita…

—No, amor, ¡no pidas más vino… que me sienta mal! No quiero beber más… que ya voy bastante achispada—dijo, al ver que tenía la intención de pedir otra.

Fuimos terminando los mariscos y, con la bandeja ya vacía, llamamos al camarero para preguntar por algo de postre. Miramos un momentito la carta, y decidimos pedir dos trozos de una tarta con helado que tenía una pinta exquisita. No nos apetecía tomar café, por lo que no lo pedimos aunque nos lo ofreció el camarero.

Mientras esperábamos por los postres, volví a llevar mi mano bajo la falda de Natalia. Al llegar otra vez a su tanga, quise tirar de él, como intentando quitárselo…

—¡Para! ¿Pero qué haces, tío?, ¡¿estás loco?! ¡Qué nos van a ver! —exclamó ella, como apurada y avergonzada, pero a la vez un tanto excitada por el innegable morbo de la situación.

Yo ahí empecé a notar, que con lo “achispada” que estaba ya gracias el vino, no se negaría del todo, así qué, insistí sutilmente tirando un poco más de su tanga, agarrando la tela desde el principio de su muslo izquierdo.

Natalia, al sentir mis manos intentarlo de nuevo, miró a los lados, comprobando si nos vigilaba alguien y, suavemente, fue levantando despacio su culito de la silla, para facilitarme así que le bajase el tanga hasta casi la mitad de sus muslos.

De repente, antes de que pudiese llegar más abajo con él, nos sorprendió el camarero con los postres y, mi novia, avergonzada y nerviosa, sabiendo que estaba allí con su ropa interior bajadas hasta la mitad de sus muslos, le miró con timidez mientras él posaba como si nada los dos platos sobre la mesa. De la boca de Natalia, sólo salió un muy tímido “gracias” mientras se marchaba…

—¡Dios, Luis!, ¡qué nerviosa me he puesto!… Creí que se daría cuenta —replicó , entre susurros, mientras miraba nerviosa hacia el platito de postre que tenía delante.

—Buafff,cariño… ¡Qué gozada!, ¿no sientes tú también, como una adrenalina por el morbo? ¡Dios… yo estoy a mil! —le dije, entre leves bufidos de excitación, mientras volvía a llevar mi mano bajo su falda para terminar lo que había empezado…

Poco a poco y, mientras ella se iba comiendo ese pequeño trozo de tarta sin alzar la vista de su plato, le fui bajando lentamente el tanga hasta llevarlo a la mitad de sus pantorrillas. Cómo en ese momento ya no había más clientes en las mesas contiguas, ya solamente el único que nos podría ver sería el camarero o como mucho algún que otro de sus compañeros. El tanga al fin llegó a sus tobillos y, ella, con un sensual movimiento de pies, lo dejó caer por completo al suelo…

—¡Bufff, dios, cariño!… ¡Está el tanga tirado bajo la mesa! ¡Recógelo, por favor! No sé cómo me dejo hacer estas cosas… —replicó Natalia, nuevamente entre susurros, medio nerviosa medio excitada, pero demostrando que le agradaba la morbosidad de aquello tanto como a mí.

Yo, disimuladamente, me agaché a recogerlo y luego lo posé sobre la mesa.

—Voy a dejarlo aquí… ¡Que lo vea el camarero cuando venga con la nota! —dije, mirándola fijamente.

—¡Estás loco!, ¡ni se te ocurra, eh! —exclamó nerviosa, mirando al frente por si volvía.

—Sí… Tú tranquila… que no pasa nada —le contesté al segundo, mientras le hacía una señal al camarero para que nos trajese la cuenta.

Aquel hombre hizo un gesto afirmativo con su cabeza y, al momento, se vino dirección a la mesa con la nota. Cuando estaba ya casi llegando, mi chica miró nerviosa hacia el tanga que estaba aun sobre el mantel, y su cara se desdibujó en una enorme semblante de pánico, al ver que el camarero iba a descubrirlo seguro. Instintivamente, en un notorio gesto de apuro, cogió la servilleta de tela y la colocó encima para taparlo, sólo un segundo antes de que llegase a posar el camarero la bandeja con el ticket. Casualmente, la cuenta quedó a centímetros escasos de donde estaba el tanga tapado por esa servilleta; asomándose todavía un poco por fuera de ella el fino hilito que hacía tan solo unos segundos surcaba su culo.

Saqué la tarjeta, y se la di para que nos cobrase. Mientras, mi chica le miraba con una sonrisita tonta, aún nerviosa, sabiendo lo que tenía sobre la mesa. Se fue el camarero a por el datáfono, y aproveché para decirle Natalia:

—Vaya… ¿Por qué lo has tapado? ¡Menudo morbazo hubiese sido que lo viese!

—No… Uffff… —resopló sofocada—. ¡Casi me muero de la vergüenza!

Al momento, regresó el camarero para terminar de cobrarnos, nos dio las gracias y nos fuimos; no sin antes, agarrar yo disimuladamente el tanga y metérmelo en uno de mis bolsillos.

Cuando pisamos la calle, di media vuelta hacia el restaurante…

—Pero… ¿a dónde coño vas ahora? —me preguntó Natalia.

—Voy a volver dentro… Con todo ésto, al final se me olvidó dejarle algo de propina. ¡Ahora vengo! Espérame aquí fuera…

Entré, y le pregunté al camarero por el servicio de taxis. Le comenté que queríamos ir hasta la fiesta del pueblo de al lado. Me lo explicó todo amablemente, y luego le di unos euros de propina y las gracias. Al sacar las monedas de mi bolsillo, sin querer, asomé también el tanga de mi novia. Él, al verlo, me sonrió pícamente mientras le daba las monedas, guiñándole un ojo.

Al salir, me volvió a preguntar mi chica:

—¿Le has dado la propina?, ¿cuánto le dejaste…?, ¡serias generoso, no! Después de todo lo que hicimos y no nos dijo nada…

—Uno o dos euros… Era todo lo que tenia encima suelto. Y bueno… algo más.

—¿Qué algo más…? —me preguntó intrigada.

—¡Tú tanga!! —dije con tono firme y serio.

—¡¿No, no serías capaz?!

Al decirme ella esto, le devolví una mirada y una risa morbosa y maléfica, y afirmé con la cabeza:

—¡Sí!… se lo he dado. Al principio, se sorprendió un poco… pero luego lo cogió de buen grado. ¡Ya le había notado yo que era morbosillo el tío!

—¡Estás loco, Luis…! ¡Como una cabra! ¡Eres un enfermo! —me respondió ella, sorprendida, fingiendo indignación y llevando su mirada dentro del restaurante, descubriendo cómo el camarero miraba hacia ella con una sonrisa pícara, haciendo así que ella se creyese lo del tanga al 100%.

Le conté en ese instante esa mentira piadosa, por que no quería que le entrase la tentación de querer volver a ponérselo.

Un rato después, montamos en un taxi y le pedimos al conductor que nos llevase hasta la fiesta, hasta Trelises. El taxista era un tipo más bien joven, algo mayor que yo, pero no llegaba seguro a los cuarenta años; era delgado, espigado y, la verdad, algo “feíllo” y con pronunciadas entradas. Eso sí, tenia la típica gracia y facilidad de conversación que tienen los taxistas, propia del continuo trato con clientes.

—Entonces… ¿a Trelises?, ¿a la fiesta, no… pareja? ¿Qué estáis por aquí de vacaciones? —nos preguntó él, instantes después de arrancar.

—Sí… Mañana ya nos marchamos y hoy hay ganas de fiesta —le contesté, mientras besaba a mi chica que, la verdad, desde el momento que se montó en el taxi, la notaba pensativa, como inquieta por algo; lo que me hacia pensar qué podría ser…

—Pues vais algo justos para llegar a ver los fuegos artificiales… Hay aun como 8 km desde aquí para llegar… —nos comentó el conductor, indicándonos con el dedo hacia el reloj de su taxi, que marcaba las 23:38 minutos— Pero bueno… creo que llegaremos bien… Os dejaré lo más cerca posible del puerto, para que lleguéis a tiempo de verlos.

Por el retrovisor, yo podía ver cómo el tío no perdía detalle del escote de mi chica; parecía tener ya una habilidad estudiada para situarlo en una posición ideal para observar a las chicas que se sentaban en la parte de atrás. Debió de colocarlo al entrar nosotros, seguro con la destreza propia del hacerlo habitualmente. Él iba, a partes iguales, atento a la carretera y al escotazo de mi chica…

Natalia parecía ahora algo apagada y seria, muy distinta a cómo salió de la cena. Decidí que tenía que hacer algo para remediarlo. Me acerqué a ella y le comencé a besar el cuello… Al llegar a lamerle un poquito una oreja, aproveché para comentarle entre susurros:

—Mira… ¡fíjate!, el taxista no para de mirarte por el espejo. ¡Vamos a divertirnos un poquito!

Ella, miró hacia él, haciéndose la interesante, aunque no muy alegre. Yo, al verla, subí mis manos hacia sus pechos y, ella, al sentirlas, movió su cuerpo intentando apartarme y evitar que la tocase. Yo seguía muy excitado después de lo del restaurante, así que, le metí una mano bajo la falda, alcanzando rápido su sexo. Comencé a acariciarlo. Ella, sabiendo que estaba sin bragas, rápida e instintivamente apretó sus muslos para evitarlo. Yo, entonces, le volví a susurrar al oído, con una voz muy suave, mientras le planté un beso en la mejilla:

—Venga, tía… vamos a seguir con el morbo del restaurante… ¡Déjame sobarte!

Natalia me miró y, en sus ojos, le entendí una mirada temerosa pero excitada a la vez. Mientras tanto, el chófer parecía intentar disimular, no dándose cuenta o fingiendo no hacerlo, pero a la vez, notaba cómo tampoco se perdía detalle de nada; cómo si no quisiera que nos sintiéramos incómodos, para que así siguiésemos adelante con el manoseo que habíamos empezado.

—¡Para, Luis! ¡Por dios…! ¡Aquí no! No sigas… Ufff… —repetía ella, entre leves susurros, demostrando en parte lo caliente que ya empezaba a estar de nuevo.

Tumbada contra el asiento como estaba, la comencé a besar con fuerza. Uní mi lengua con la suya en un intercambio láscivo de fluidos, intentado levantar su calentura y su morbo. Y sin dudarlo, a la vez, empecé a sobar sus tetas…

Primero, tímidamente y con una mano, le apreté una; luego, lenta y sutilmente, le fui sobando las dos, metiéndole mi otra mano por el canalillo y llegando hasta su pezón derecho. Al acariciarlo, hice un tímido el intento por sacarle un pecho, pero ella me detuvo rápidamente con su mano. Entonces, Natalia, arrastrada por mi insistencia y la excitación del momento, abrió un poco las piernas, con su falda subida por encima de la mitad de sus muslos, y yo, acariciándoselos lentamente, fui llegando hasta su coño, comenzando a sobarlo mientras la morreaba y le seguía agarrando un pecho por debajo del vestido…

El taxista seguía sin decir nada, aunque seguro divisando la escena, a cada instante que podía levantar la vista de la carretera.

Cuando vi que el conductor miraba de nuevo al frente, le fui levantando la falda a Natalia, hasta que intuí que su coño ya tendría que estar comenzando a asomar; noté que lo llevaba totalmente depilado, por lo que con eso pude descubrir, que se lo había estado retocando para esta noche. Por la tarde en la playa no lo llevaba así, tan rasurado.

—¡Para… por favor! ¡Esto ya es demasiado!, me va a ver —me volvió a susurrar ella, queriendo mostrar algo de vergüenza, pero a la vez dejándose hacer, ya totalmente cachonda y con la boca entreabierta, esperando mis labios y mi lengua.

Ese espectáculo, para el conductor, debía de ser estupendo, pues continuaba callado y sin comentar nada, y contrastaba con lo charlatán que se mostraba según nos subimos a su coche.

Seguí mi magreo con ella y, al mirar por la ventanilla, comprobé que ya estábamos entrando en el pueblo. Observé al taxista, y descubrí que intentaba decirnos algo, aunque parecía no querer detener nuestra escena.

Pero, al cabo de unos segundos y unos metros más, nos interrumpió ya, de forma disimulada:

—Cof… cof… —fingió toser—. ¡Perdonad pareja!… pero ya casi llegamos. ¿Dónde os dejo?

Mi chica, al oírle, se estiró apurada la falda, apartó mis manos de sus muslos y le contestó con voz decidida:

—Déjanos lo más cerca posible del puerto, ¿no…?, ¿no es por allí la fiesta?

—Ok, vale… —contestó el conductor.

Yo, nada mas decirnos esto, miré hacia afuera, e inmediatamente le pregunté:

—¿Desde aquí donde estamos falta mucho?

—No mucho… Sobre unos trescientos metros, más o menos…

Era una calle estrecha, cuesta abajo, y por la que no pasaba nadie en ese momento. Le respondí sin dudarlo:

—Vale. Mira… pues para aquí… ¡que nos bajamos ya!

Al escucharme, el taxista detuvo el coche acercándose lo más que pudo a la derecha de la calle. Yo, al momento, le pregunté cuanto le debíamos, colocándome entre los dos asientos delanteros.

—Son doce euros… —me contestó, mirando nuevamente por el retrovisor a Natalia, cómo queriendo echarle un ultimo vistazo a su escote antes de que nos bajásemos.

Le di quince, y le pedí que se quedase con el cambio.

—¡Por ser tan amable!… y traernos rápido para que pudiésemos llegar a los fuegos —añadí, sonriéndole.

—¡Gracias! Ahora, seguid de frente, calle abajo, y ya podréis ver enseguida por dónde es la fiesta… ¡Qué os divirtáis! Sois una pareja encantadora —nos contestó él, guiñándome a mí un ojo.

Dándole otro “gracias”mutuo, abandonamos Natalia y yo ese taxi, y comenzamos a caminar calle abajo. Al dar unos cuantos pasos más, noté, a mi espalda, cómo aquel taxista parecía hacer tiempo, sin poner en marcha todavía el coche. Pensé que seguro estaba detenido para poder observar cómo nos alejábamos…

Volví la vista atrás, y vi que, efectivamente, estaba aún parado, siguiéndole el paso a mi chica con la mirada fija en su culo. Pude observarle un semblante, como de calentura por lo espectacular de sus curvas y, a la vez, también como de envidia hacia mí por llevar a una mujer así como acompañante.

Entonces, yo, como premio final para él, en un gesto rápido, decidí levantarle a Natalia la falda del vestido, quedando su culo por unos breves segundos a la vista de aquel tipo. Ella, en un respingo instintivo, se la bajó de un tirón, dándose la vuelta hacia el taxista mientras a mí me daba un pequeño aunque sonoro tortazo en un brazo…

—¡Pero mira que estas tonto hoy, eh! ¡Qué me acaba de ver todo el culo! —exclamó, mientras se volteaba y veía al taxista mirándonos.

—Tranquila, cariño… Después de ésto y de lo de antes, apuesto a que no llega de vuelta a su parada sin antes detenerse para hacerse una buena paja a tu salud.¿No viste la pinta de necesitado que tenia el pobre? Seguro que le habremos alegrado la noche y todo… —le dije, entre carcajadas, antes de darle una nueva palmadita en el trasero a mi chica.

—¡Dios…! —exclamó, y rió de forma resignada—. ¡Sigo diciendo que estas enfermo!

Al instante, comenzó a acelerar su paso, comentando de forma apresurada:

—Son las doce menos diez, cariño… ¡Vamos, rápido!… ¡qué no llegaremos a ver comenzar esos fuegos!, y me apetece verlos.

—Mira, amor… debe de ser desde ahí donde se ven… —exclamé, al segundo y al caminar unos metros más, indicándole con el brazo una zona donde se veía a mucha gente apostada, donde parecía empezar el paseo marítimo.

Llegamos allí, y nos situamos de pie apoyados a una larga barandilla para ver los fuegos…. Dejamos por un rato aparcado el tema del morbo, y tuvimos un momento relajado y romántico mientras veíamos aquellos fuegos artificiales. Aunque no eran nada del otro mundo, el momento y el lugar en donde estábamos los hacían algo idílicos.

Casi al terminar éstos, me pareció notar la vibración de mi móvil. Disimuladamente, lo miré, y vi que me había entrado un whatsapp…

Mi chica, al verme meter la mano en el bolsillo para sacarlo, me preguntó:

—¿Te han llamado?

—No, amor… que va… Es solo una notificación de facebook. Nada importante.

Al segundo, hice intención de mirarlo y, sin que ella me viese, conseguí leerlo. Como me imaginaba, era de Víctor:

—Al final, ¿habéis venido? Dime algo…

Al leer el mensaje, una sensación de morbo recorrió de nuevo todo mi cuerpo. Había traído a mi chica hasta esa fiesta, con un vestido espectacular, luciendo como nunca sus imponentes pechos, y había sido expresamente para que aquel tío maduro la viese. En cierto sentido, era como si de algún modo la estuviese compartiendo ya con él, aunque fuese solo morbosa y visualmente.

Terminados por completo los fuegos, y viendo que la gente ya comenzaba a dispersarse, le propuse a mi chica mientras la besaba:

—Cariño, ponte ahí… de espaldas al mar… Voy a hacerte una foto de recuerdo. Hoy, estas brutal con este vestido y quiero inmortalizarlo.

Le saqué una foto. Estaba rompedora. ¡Qué escotazo y qué mirada de picara puso para la foto!

—Venga, ¿qué te parece si vamos a tomarnos algo a un bar? ¡Tengo una ganas locas ya de una copa! —le comenté con ansias.

—Sí… vamos…. Pero de tranqui, eh… No quiero pasarme. Que ya me tome mucho vino cenando, y no quiero emborracharme mucho más. ¡Qué ya ves cómo me pongo si bebo! —contestó a mi propuesta de la copa, seguro insinuando que era el alcohol lo que la hacía desinhibirse a veces.

Fuimos caminado, atravesando el paseo marítimo de esa localidad, y llegamos a una zona de bares y pubs. Había mucho ambiente; los locales estaban casi todos a rebosar y, al fondo del puerto, se podía distinguir la explanada donde estaba la fiesta y donde tocaba una orquesta. Mucha gente se dirigía hacia allí.

Natalia, pasando por delante de varios locales, me propuso de entrar en uno. Pero a mí ese no me gustó nada de nada; era bastante grande, casi tipo discoteca, de ambiente demasiado juvenil y estaba súper lleno, entrar allí lo vi casi agobiante. Para lo que yo tenía en mente esa noche, buscaba uno mucho más tranquilo. Pero, eso sí, al yo decirle que no me apetecía entrar ahí, me sorprendió cómo Natalia se quedó un poco decepcionada. Me resultó aun tanto extraña la forma en la que miró entre la gente de ese local, como si buscase a alguien con la mirada… Quizás no hubiese ninguna extraña razón en aquello, pero me pareció muy raro en ella.

Al cabo de un rato más, paseando y mirando más bares dónde poder entrar, ella, ya algo nerviosa, me preguntó:

—¡Venga, Luis! ¿Qué?… ¿hay alguno que te guste para entrar o no? ¡Decídete, amor, ya! Mira, ¿entramos en ese?

El pub que ella me indicaba con la mano me gustó; sería uno de los más tranquilos que se veían por allí, de tamaño medio y más tipo para parejas y tal. No estaba tan masificado como los otros. Decidimos entrar.

Se llamaba, “La Otra Noche”

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s