QUISPIAM

Continuación de Por un error

Dolor, angustia, frustración. A cada segundo que pasaba, a cada minuto que transcurría, todas esas sensaciones se iban acumulando. Con cada llamada no contestada, con cada mensaje no respondido, mi congoja aumentaba.

Las cuatro y nada. Ni rastro de Juan. Nerviosa, me senté en el sofá y mandé el enésimo mensaje preguntándole donde estaba y cuando pensaba venir a casa. Nada. Sin respuesta. Con el teléfono en la mano, mirando la pantalla como una boba, esperando algo, lo que fuera.

Me levanté y caminé hacia la ventana, mirando a través de ella, esperando verlo en cualquier momento, en cualquier instante. Pero en vano. La calle estaba desierta, vacía, ni un alma en ella. Resoplé. Maldito Miguel. Todo aquello era culpa suya.

Hasta unos días atrás, antes de su repentina aparición, yo era feliz. Estaba casada con el hombre más maravilloso del mundo, un hombre al que quería con locura y del que estaba profundamente enamorada. Por él lo había dejado todo, mi familia, mi hogar, mis amigos, mi trabajo. Lo había seguido sin dudar cuando le habían ofrecido aquel traslado, sin importarme nada ni nadie. Solo él y mi hijo, nuestro hijo. ¿Importaba algo más?

Pero sus palabras, sus ruegos, sus súplicas, pese a haberlas rechazado de plano, de malas maneras, de haber amenazar con llamar a la policía si seguía molestándome, si seguía mancillando el nombre y la reputación de mi marido, del hombre que amaba, habían germinado en mí, plantado la semilla de la duda.

Sacudí mi cabeza tratando de apartar aquellos pensamientos de mi mente. No, era imposible. Mi Juan nunca haría algo así. Era un buen hombre, un buen esposo y un buen padre. ¿Cómo iba a ser Juan como me había dicho Miguel que era? Un mujeriego, un vividor, alguien acostumbrado a salirse con la suya.

No, estaba equivocado. Él no lo conocía como yo. Me amaba, mucho. ¿Cómo me iba a ser infiel, a engañarme con otra? Y, sin embargo, aquel pensamiento, seguía abriéndose paso en mi interior, emponzoñándome, carcomiéndome, corroyéndome.

¿Pero y si lo fuera? ¿Y si todos esos días que su jornada laboral se alargaba y llegaba tarde a casa era por otros motivos? ¿Y si esos viajes, donde pasaba días fuera de casa, aparte de reuniones comerciales tenía otra clase de reuniones digamos más personales?

Todo aquello era una locura. Maldije a Miguel y a su mujer, aquella con la que supuestamente mi marido pensaba engañarme, alguien de su pasado, alguien de quien nunca me había hablado.

De nuevo el sofá, de nuevo el teléfono en mi mano, de nuevo nada. ¿Y si le había pasado algo? ¿Un accidente o algo peor? Eso explicaría porque no me había dicho nada, porque no contestaba mis llamadas, mis mensajes. Una creciente angustia se apoderó de mí. No, eso no. No podía perderlo, no podría vivir sin él.

Mis manos empezaron a temblar y tuve que abandonar el teléfono que cayó sobre la alfombra del salón de nuestro piso. Tenía que calmarme antes de cometer una locura. Si llamaba a la policía, a los hospitales y luego él aparecía sano y salvo, sin ningún rasguño, me sentiría como una tonta y seguro que lo avergonzaría.

Y eso no me lo perdonaría jamás. Tenía que mostrarme serena, firme, digna de él, estar a su altura, de lo que se esperaba de mí. Ser la esposa perfecta, no la chiquilla nerviosa, histérica, perturbada que estaba demostrando ser. Volví a resoplar y me dirigí a la cocina con la intención de tomarme una tila con la que calmarme, apaciguar esos nervios alterados que me estaban haciendo enloquecer.

Allí, mientras la taza giraba dentro del microondas, viendo la hora que avanzaba sin descanso, sin tregua, los nervios volvieron a aflorar y mil ideas, cada cual más descabellada, pasaron por mi mente. Un secuestro, un atraco, una pelea, un ajuste de cuentas donde él, pasando por allí, se convertía en víctima colateral. Cualquier cosa menos el engaño, menos la infidelidad.

Eso no, jamás. Él me amaba. Lo hizo desde el primer momento en que me vio aquella noche en aquella discoteca, cuando me invitó a una copa, cuando me agasajó, cuando me encandiló con su sonrisa, cuando me conquistó con sus palabras, con sus leves caricias. A mí, que ni era la más guapa, ni la más exuberante ni la más lanzada de mis amigas. ¿Eso debía ser amor, no? ¿Tenía que significar algo, verdad?

El pitido del microondas alertando que la tila estaba lista me sacó de mis pensamientos, cogiendo la taza caliente y dando un sorbo al líquido con el que pretendía ahuyentar mis temores, mis miedos. Mientras lo hacía, cerré los ojos y traté de recordar aquella noche cuando nos conocimos, cuando estuvo junto a mí tratándome como una princesa, haciéndome sentir especial.  

Sonreí ante ese recuerdo. Él cogiéndome de la mano al salir, preguntándome si podía acompañarme a casa, yo montándome en su coche y dejando que me condujera hasta mi hogar, hasta donde vivía. Y el beso. ¡Qué beso! Húmedo, profundo, intenso, vibrante. Nadie besa así a alguien que no quiere. Al menos, a mí nunca me habían besado así. Claro que tampoco es que antes  me hubieran besado mucho, todo hay que decirlo.

Y su mano. Sentir su mano recorriendo mi espalda en una suave caricia hasta casi donde ella pierde su nombre, casi rozando el principio de mis nalgas mientras con la otra me atraía por la nuca hacia él, profundizando aquel beso. Si Juan hubiera querido, aquella misma noche me hubiera hecho suya.

Pero no lo hizo. Porque me quería. Si no lo hiciera, lo habría intentado aquella misma noche, allí mismo, dentro de su coche, delante de la casa de mis padres. Y no me hubiera llamado al día siguiente para verme otra vez. Y así toda la semana hasta el siguiente fin de semana donde, en su apartamento, me entregué por completo a él.

Sentí un cosquilleo en mi bajo vientre al recordar aquella noche en que, en su cama del apartamento donde vivía, me poseyó por primera vez. Un sexo duro, intenso, placentero donde acabé por rendirme a sus encantos, a enamorarme definitivamente de él.

El recuerdo, para mi desgracia, se emborronó enseguida al pensar que esa noche había sido otra y no yo la que había sido poseída por él, otra la que había disfrutado de una noche de pasión, de sexo y no yo, su mujer, su compañera de vida.

Vacié el resto de la taza por el desagüe mientras, más frustrada que antes, regresaba al salón para reanudar otra tanda de llamadas, mensajes y volvía a plantearme la posibilidad de llamar a la policía, los hospitales y donde hiciera falta para conocer su paradero.

El ruido al otro lado de la puerta, detuvo mi avance. Rauda, me dirigí hacia allí y abrí la puerta, encontrándome a Juan al otro lado. Borracho. No me dijo nada, como si yo no estuviera, ignorando mi presencia, como si la puerta se hubiera abierto sola.

Avanzó tambaleante hacia el salón, quitándose la chaqueta por el camino, dejándola caer al suelo. Yo lo seguí, tratando de alcanzarlo, tratando que me diera alguna respuesta, tratando que me diera alguna justificación. No lo hizo. Su paso vacilante lo llevó a nuestro dormitorio donde se tiró sobre la cama, quedando dormido al momento.

Y yo, de pie junto a la puerta, no supe si sentirme alegre por tenerle allí de vuelta, sano y salvo, o maldecirle por el mal rato que me había hecho pasar, por llegar en ese estado a casa, por no darme ninguna clase de explicación a lo que había pasado esa noche.

Un suspiro se escapó de mis labios y me acerqué a la cama, desvistiendo a mi marido, cubriéndolo con la sábana y saliendo de nuevo al salón donde recogí la chaqueta con la intención de meter todas esas ropas en la lavadora. Apestaban. A alcohol, a tabaco y a otros olores que era incapaz de identificar.

Fue entonces, al coger su chaqueta del suelo del salón, que su móvil cayó sobre la alfombra que cubría esa parte de la estancia. Titubeé, vacilé, dudé pero la tentación era demasiado grande y mi resistencia demasiado débil. Sabía que estaba mal pero, aun así, lo hice.

Conocía de sobras su patrón de desbloqueo, lo introduje y, sentada en el sofá, empecé a buscar dentro de su teléfono alguna pista, alguna señal que resolviera mis dudas, que confirmara que no había pasado nada, que todo aquello solo había sido un malentendido, una calentura provocada por las habladurías maldicientes de Miguel.

Pero no lo eran. No tardé en encontrar lo que buscaba y más, mucho más de lo que esperaba y de lo que deseaba encontrar. Vídeos, fotos, todos de evidente contenido sexual y yo, ingenua de mí, aun tratando de justificarlo, aun tratando de negar lo evidente, quise pensar que no era él, que debían ser descargados de internet o algo así.

Mi dedo se movió de forma automática al último de ellos y la vi, a ella, a la que supuse debía ser la mujer de Miguel, recostada sobre el sofá y él, mi marido, mi Juan, penetrándola mientras la grababa. Con cada embestida, con cada empujón, algo se rompía dentro de mí, algo se moría.

Y a pesar de eso, cuando el vídeo llegó a su fin, a pesar de creer haber reconocido sus manos y su miembro mientras eyaculaba sobre las nalgas desnudas de ella, seguí negándome a creerlo, a tratar de buscar alguna justificación. Quizás no era él, no se le veía la cara. Puede que alguien le hubiera cogido el móvil y lo hubiera usado para grabar aquello.

Esperanzada, agarrada a aquella ilusión como a un clavo ardiendo, volví a reproducir el vídeo, buscando cualquier detalle que me hiciera descubrir la identidad de él, cualquier cosa que exonerara a mi marido.

-Métemela –escuché que le pedía ella mientras él, no mi Juan, era imposible que fuera él, la torturaba sin acabar de penetrarla.

-Mírate, haciéndote la dura y a las primeras de cambio estás suplicando que te folle. Eres igual de puta que las demás.

Todo se vino abajo en ese momento. Aquella voz, burlona, dirigiéndose a ella con sorna, era inconfundible. Era él. Juan. No cabía duda. Los apenas dos minutos que duraba la grabación transcurrieron sin que ya no viera nada, con los ojos surcados por las lágrimas, el corazón roto y el alma quebrada.

No lo entendía. ¿Por qué? ¿Por qué me había hecho algo así? ¿En qué había fallado? ¿Qué había hecho mal? Era incapaz de comprenderlo. Todo, se lo había dado todo y eso era lo que recibía a cambio, que me engañara, que me traicionara.

Sabía que no debía hacerlo, que era mejor dejarlo así, no seguir hurgando en la herida pero mi dedo, de forma autónoma, hizo caso omiso a mis deseos y siguió hurgando entre el resto de vídeos y fotos que Juan, de forma totalmente confiada, almacenaba de forma descuidada en su teléfono.

Compañeras de trabajo, amigas, esposas de sus compañeros, incluso la mujer de su jefe. Una a una las fui reconociendo, una a una las fui viendo en diferentes tesituras, posturas o poses, todas pornográficas, todas obscenas, todas vomitivas.

Todo había sido una farsa, él nunca me había querido y ahora era consciente de ello. Mi vida era una mentira, una gran mentira. Una ilusión, un sueño del que acababa de despertarme y eso me sumió en una tristeza absoluta, haciendo que rompiera a llorar en un llanto desconsolado, desgarrador, lastimero.

Todo mi mundo se vino abajo. Sola, con un hijo pequeño, con un marido infiel y que nunca me había querido, lejos de mi familia, en una ciudad ajena, sin amigos, sin trabajo, sin dónde ir. ¿Qué iba a ser de mí, de mi hijo? ¿Qué futuro me esperaba?

Mientras todo se desmoronaba a mi alrededor, unos golpes contra la puerta me hicieron volver a la realidad. Extrañada, miré el reloj y vi que eran poco más de las cinco, horas nada habituales para hacer una visita.

-Abre la puerta, cabrón.

Aquella voz, algo pastosa por el alcohol, me era vagamente familiar y eso hizo que, temerosa, me acercara a la puerta, que mirara por la mirilla y viera a quién menos me esperaba encontrar esa noche. A Miguel.

Abrí y allí estaba él, algo bebido pero nada que ver con  el estado en que había venido Juan momentos antes, enfadado, mucho y con los ojos con evidentes signos de haber llorado. Me miró, sorprendido, como si no esperara verme allí, contemplando mi rostro desfigurado por el llanto, por el dolor, supongo que dándose cuenta que yo también lo sabía, que por fin había abierto los ojos.

-Perdón –dije disculpándome por como lo había tratado, por no haberle creído, por el daño que mi marido le había ocasionado.

No sé por qué lo hice pero avancé hacia él y lo abracé a la vez que reanudaba mi llanto pero, para mi sorpresa, él correspondió el abrazo y me acunó como a una niña pequeña, acariciando mi cabeza con ternura mientras sentía sobre ella como sus lágrimas también corrían de forma libre mejillas abajo.

En aquel momento, éramos dos almas rotas, dos espíritus vacíos. Nos lo habían arrebatado todo, lo habíamos perdido todo, no nos quedaba nada. Solo aquel abrazo donde ambos nos habíamos refugiado, un oasis en medio del desierto.

Su enfado de había disipado, su borrachera parecía que también y, si había ido allí con alguna intención, parecía haberse olvidado de ella. Un hondo ronquido procedente del interior, nos hizo volver a la realidad. Al menos, a mí sí. Juan. Él era el culpable de todo, el causante de nuestro sufrimiento.

Dicen que del amor al odio, solo hay un paso y que no hay nada peor que una mujer despechada. Doy fe de ello. En aquel momento, me pareció justo que Miguel se cobrara su venganza conmigo y cogí su mano, arrastrándolo hacia el interior del piso.

Dentro, en el salón, con Miguel con cara de no comprender nada, me fui hacia el sofá y me recosté en él, como había visto en el vídeo que Juan había hecho con su esposa. Me ofrecí. Era lo justo. Levanté el camisón y mis braguitas de algodón, clásicas, poco sofisticadas, poco sugerentes, quedaron a la vista.

No me atreví a mirarlo, la vergüenza me lo impedía. Yo no era así, nunca lo había sido pero, en aquel momento, me pareció lo correcto. Algo nerviosa, esperé a que él se acercara, se deshiciera de mi ropa interior y me usara como Juan había hecho con Lara pero, para mi angustia y desconsuelo, nada pasaba.

No lo pude evitar. Empecé a sollozar. Después de haber descubierto la doble vida de mi marido, ahora ese rechazo, me acabó por hundir. ¿A quién quería engañar? Ni era guapa ni tenía un cuerpo de modelo ni vestía con ropas sugerentes. Ni para un polvo rápido servía.

En aquel momento, mientras sollozaba avergonzada por mi actitud y hundiéndome en mi autocompasión, sentí su mano pero no en mis nalgas como esperaba sino sobre mi mano. La cogí y Miguel, sin decir nada, me ayudó a levantarme, a recuperar mínimamente mi maltrecha dignidad.

-Perdón –dije incapaz de mirarlo, no queriendo ver lástima o pena en su mirada.

Miguel no contestó, solo alzó mi mentón e hizo que lo mirara. En él no había nada de eso, ni pena, ni lástima ni nada remotamente parecido. Había ternura, cariño, afecto y eso me emocionó, haciendo que las lágrimas volvieran a brotar de mis ojos.

Sus dedos limpiaron mis mejillas de forma suave, plácida, sintiendo sus ojos clavados en los míos. Aparté la mía, nerviosa, agitada, avergonzada pero él volvió a asir mi mentón y nuestros rostros quedaron de nuevo frente a frente, solo que ahora más cerca.

Me besó, de forma suave, tenue, ligera, provocándome un estremecimiento por todo el cuerpo. Hacía años que otro hombre no lo hacía y pocos en mi vida habían sido los que lo habían hecho. Lo hacía de forma cuidadosa, como si fuera una frágil muñeca que pudiera romperse en cualquier momento, cosa que, en las circunstancias en las que me hallaba, era cierto.

Cerré los ojos, queriendo dejarme llevar por aquellas sensaciones que me embargaban, sintiendo como su mano recorría mi espalda hacia mis nalgas, haciendo que mi mente volviera a recordar aquella primera vez con Juan en su coche pero enseguida aparté ese recuerdo de mi mente. Miguel no se lo merecía. Y Juan, tampoco.

Cuando sus manos abarcaron mis dos nalgas, demasiado grandes para mi gusto, sentí como me atraía hacia él, como pegaba nuestros cuerpos, pudiendo sentirlo, pudiendo notarlo. Duro. Por mí. En aquel momento deseé que Juan despertara, que me viera así, abrazada a él, con sus manos colándose bajo el camisón para acariciar mi culo por encima de mis braguitas, besándonos, rozando suavemente nuestras pelvis para sentir nuestros sexos el uno contra el otro.

Miguel se separó, dejándome huérfana, vacía y algo angustiada por si había cambiado de parecer pero solo fue un espejismo, una mera pausa para hacer deslizar los tirantes del camisón y que este cayera al suelo del salón. De nuevo, aparté la mirada. Estaba prácticamente desnuda ante él y no muy orgullosa precisamente de mi cuerpo.

Cuando volvió a cogerme del mentón para que lo mirara de nuevo, lo vi sonreír.

-Eres preciosa –dijo con una voz ronca que delataba su excitación y que hizo que mi estómago se removiera.

Sus labios contra los míos y sus manos sobre mis pechos, acariciándolos, cubriéndolos, masajeándolos, haciéndome enloquecer, volviendo a desear que Juan despertara y me viera, casi desnuda y con las manos de Miguel sobre mis pechos, esos que ya no iban a ser nunca más suyos.

Miguel me condujo hacia el sofá donde sabía que iba a ocurrir, que me iba a entregar a él. Ya no había vuelta atrás, es más, lo deseaba. Nadie, jamás, me había tratado con tanta ternura, con tanto cariño y, solo por eso, ya estaba valiendo la pena.

Tumbada sobre el sofá, contemplando como Miguel se quitaba su camisa mientras me miraba con deseo mal disimulado, nerviosa ante lo que estaba por venir, deseosa también porque ocurriera, por sentir su cuerpo sobre el mío y sentir como me hacía suya, me pregunté cómo sería, si tierno y delicado como hasta ahora o bien duro y rudo como lo hacía Juan.

Delante de mí, de pie, Miguel lucía desnudo y no pude evitar fijarme en su erección. Era algo más pequeña que la de Juan pero, no sabía porque, me gustó. Quizás por la excitación, quizás por la novedad, quizás porque estuviera así por mí.

Se acercó a mí y llevó sus manos a los bordes de la braguita, única prenda que conservaba y otro conato de timidez me asaltó. Sin mirar, sentí como la tela descendía por mis piernas hasta dejarme desnuda, expuesta, indefensa, vulnerable.

Sus fuertes manos abrieron mis muslos para luego recorrer la piel de su cara interna, en una suave caricia que me hizo suspirar, esperando y temiendo el momento en que se colocara entre ellos y me penetrara. Pero, para mi sorpresa, no lo hizo. Lo que sentí fue algo húmedo recorrer mi velluda vulva, provocándome un estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo.

Abrí mis ojos, viendo como Miguel había enterrado su rostro entre mis piernas, recorriendo con su lengua mi sexo, haciéndome sentir cosas que nunca había sentido ya que era la primera vez que alguien me hacía algo así. La vergüenza se esfumó, el pudor se evaporó y me dejé llevar ante aquella avalancha de sensaciones que me embargaban y me aturullaban.

Gemí, grité, aullé de puro gozo mientras Miguel me daba placer con su boca, sin importarme que Juan se despertara, sin importarme que Juan me oyera. Ojalá lo hiciera. Así vería como otro hombre me hacía sentir cosas que él nunca había sabido o querido darme.

Y me corrí. O Creí hacerlo. Porque lo que experimenté bajo los hábiles manejos de Miguel fue mucho  más intenso, más profundo y más duradero que lo que experimentaba en mis encuentros con mi marido. Y si había sentido eso con su lengua ¿cómo sería con su miembro en mi interior?

Lo iba a averiguar enseguida. Mientras aún seguía en éxtasis, aturdida por el orgasmo alcanzado, sus labios recorrieron mi cuerpo de forma ascendente hasta llegar a mis labios donde me besó de nuevo, notando su pecho contra el mío, mis pechos comprimidos contra su torso con mis pezones erguidos rasgando su piel, su pelvis contra la mía, notando su erección recorrer mi vulva de forma impúdica, lujuriosa.

Lo miré de forma anhelante mientras seguíamos unidos en aquel beso, mientras mi cuerpo seguía asimilando las sensaciones recién descubiertas, abriendo aún más mis piernas, esperando, deseando, que me clavara de una estocada su miembro como solía hacer Juan, a lo que estaba acostumbrada.

Nada más lejos de la realidad. Entró de forma exasperadamente lenta, sintiendo como me abría, como recorría cada centímetro de mi cavidad, como me torturaba con aquella penetración a cámara lenta. Besándome mientras lo hacía, mirándome mientras me horadaba.

Las comparaciones son odiosas y, en aquel caso, mucho más. Mientras Juan ya me la habría clavado y estaría a punto de culminar, Miguel seguía entrando en mí en aquella martirizante penetración que, cuando por fin culminó, provocó un inesperado y sorpresivo orgasmo, leve, tenue pero orgasmo al fin y al cabo.

Dulce venganza. Enlacé mis piernas a su cuerpo y lo apremié a moverse, a que iniciara aquel vaivén que, a tenor de lo vivido hasta ahora, prometía ser apoteósico. Y lo fue. Incansable, infatigable, a ritmo pausado pero constante, sin descanso, sin tregua, su pelvis arremetía contra la mía en un incesante mete saca que me llevaba una y otra vez al borde del paroxismo.

Tenía que haber conocido a Miguel, tenía que haber descubierto que mi vida era una mentira, que Juan era un cretino, para descubrir lo que era ser amada. En aquel sofá, con mi marido durmiendo borracho a unos metros de mí, descubrí la diferencia entre follar y hacer el amor. Y no quería que aquello acabara. Jamás.

Con nuestros cuerpos pegados, sintiendo su respiración agitada y cálida contra mi cuello, yo incitándole con mis gemidos, mis manos recorriendo la piel de su espalda, clavando mis uñas en sus hombros, apretando con mis pies sus nalgas desnudas alentando aquel empuje incesante, que no parecía acabar nunca y que deseaba que nunca lo hiciera.

Y mientras sentía aquel hombre llenándome, amándome como nunca me habían amado, me acordé de su mujer, de Lara, haciendo que me preguntara qué debía haber pasado por su cabeza para cambiar alguien como Miguel por un patán como Juan y, en el fondo, alegrándome porque lo hubiera hecho, porque lo hubiera traicionado. Si no lo hubiera hecho, yo no estaría allí, con él, con Miguel, descubriéndome un mundo impensable hasta esa noche y recompensando todos los sinsabores por los que había pasado.

Y al contrario que con Juan, cuyos orgasmos me alcanzaban de forma tenue, efímeros y de sopetón, con Miguel fue como una ola gigante que se acercaba de forma inexorable, imparable, que veías como se acercaba y sabías que en cualquier momento te podía alcanzar, que no podías huir y tampoco querías hacerlo. Solo recibir el impacto, brutal y dejarte llevar, que pasara lo que tenía que pasar.

Y llegó. Como un tsunami, arrasando con todo. Una intensa corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo, devastando con todo mi ser. Mis ojos se cerraron, mi boca se abrió buscando el aire que me faltaba, todo mi cuerpo se estremeció y sentí como todo mi sexo se licuaba mientras, dentro de mí, el miembro de Miguel se vaciaba, sintiendo cada palpitación que daba, como su semen golpeaba el interior de mi vagina, haciéndome sentir llena, completa, feliz.

Lo que vino a continuación, toda una revelación. Acostumbrada a Juan, que se salía y se dormía casi al instante, fue una sorpresa sentir su cuerpo sudado contra el mío, como me besaba, como me acariciaba, como me hacía sentir como la princesa que creí ser y que ahora era.

Y cuando por fin nos separamos, con las primeras luces del alba entrando por las ventanas, supe que ya nada sería igual, que todo había cambiado y que una nueva vida empezaba para mí. No sabía cómo ni dónde pero no allí, no con él. No con Juan, que seguía roncando, borracho, ajeno a que su mujer acababa de hacer el amor con otro hombre a escasos metros de él.

-¿Y ahora qué? –me preguntó Miguel mientras se vestía, contemplando mi cuerpo aun desnudo, aun reposando el orgasmo experimentado.

-Me voy –le contesté con seguridad –lo dejo. Me merezco algo mejor.

Nos miramos. Los dos acabábamos de salir de una relación y no era el momento de intentar nada, ambos éramos conscientes de ello. Suspiré con pesar. Nada me hubiera gustado más que iniciar esa vida con alguien así, con alguien como Miguel pero ni era el momento ni estábamos preparados para ello.

-Al menos podemos ser amigos –dijo él leyendo mis pensamientos y asumiendo lo mismo que yo.

-Eso dalo por hecho –dije levantándome y dándole un ligero beso en los labios –para bien o para mal, esta noche nuestras vidas han cambiado y eso ha creado un vínculo entre los dos que no quiero perder… el futuro, ¿quién sabe lo que nos deparará?

Seis meses después

Han pasado seis meses desde el día en que me fui de casa de Juan y, en este tiempo, las cosas han cambiado mucho. Me he divorciado, he vuelto a trabajar y soy relativamente feliz. Aquel día, cargada con mis cosas, con mi hijo y acompañada por Miguel, regresé a casa de mis padres. Quise que me dejara en la estación de tren pero él insistió, conduciendo durante horas hasta dejarme en aquella ciudad a la que creí que no iba a volver pero, ironías del destino, allí estaba de nuevo.

No voy a negar que fue duro, mucho. Volver a vivir con mis padres, con más de treinta años, un hijo a cuestas y un divorcio tormentoso a mis espaldas, sin trabajo, sin amigos, sin nadie cerca en el que apoyarme, fue complicado pero, poco a poco, todo fue recuperando una cierta normalidad.

Conseguí un trabajo con el que poder pagar un pequeño apartamento, algunas amigas que nada tenían que ver con mi anterior vida, amigas cuyas fotos también vi en el móvil de Juan y a las que no quise volver a ver más y, lo más importante, recuperé mi autoestima perdida.

Aquellas horas que pasé con Miguel, me hicieron descubrir que valía más de lo que yo misma creía. Él me hizo abrir los ojos, que me valorara y me quisiera por cómo era y eso era algo que nunca podría agradecerle lo suficiente. Empecé a gustarme. Cambié mi forma de vestir, de comportarme, de ser. La chica tímida, vergonzosa, poco atrevida, insegura murió aquella noche bajo los brazos de Miguel.

No voy a negar que lo echo de menos. Durante estos meses he salido con otros hombres, incluso me he acostado con alguno de ellos pero nadie me ha hecho sentir lo que experimenté con él. Y ya no puedo ni quiero conformarme con menos. Es lo de único que me arrepiento, de haberlo alejado de mí.

Los primeros días, nos escribimos y nos llamamos para saber cómo nos iban las cosas pero, tenerlo presente de aquella manera en mi vida en un momento en que no estaba preparada para nada más, creí que no era justo ni para mí ni para él. Dejé de responder sus mensajes, de contestar sus llamadas, cortando el único vínculo que nos unía. Fue doloroso pero lo mejor para los dos. Aunque no hay día en que no me arrepienta de ello.

Como ahora, sentada en el banco del parque viendo jugar a mi hijo, con la resolución del divorcio en la mano que atestigua que, por fin, ya no soy la mujer de Juan, siento que algo me falta y sé muy bien lo que es. Miguel.

Me gustaría que estuviera aquí, a mi lado, poder compartir con él mi victoria, el haber conseguido lo que quería. Y no ha sido fácil hacerlo. Aún recuerdo sus amenazas, sus insultos, su querer quitarme a lo único que me queda que es mi hijo.

Puedo entenderlo. No debe ser fácil despertarte, con una resaca tremenda y descubrir que tu mujer y tu hijo se han ido, que te han dejado. Encontrar tu móvil abierto con las carpetas donde guardas las pruebas de tus continuas infidelidades y, junto a ellas, las bragas de tu mujer embadurnadas con el semen del hombre que me salvó esa noche. Quizás fue un gesto innecesario pero, en aquel momento, me pareció legítimo.

Y ha sido eso mismo, su testarudez, su empecinamiento en seguir jodiéndome la vida lo que me llevó a actuar, a tomar cartas en el asunto. Sí, los vídeos y fotos. Los copié en mi teléfono y, viendo la situación, los envié a sus maridos, a sus clientes, a sus jefes. De forma anónima, claro. Y lo hundí. Sin trabajo, sin amigos, sin dinero, sin amantes, sin nada, no le ha quedado otra opción que aceptar mis condiciones. Yo gano, tú pierdes.

Pero es una victoria agridulce, como digo. No tengo con quién compartirla. Cierro los ojos, me dejó acariciar por la suave brisa mientras mi mente me hace regresar a aquel sofá, a volver a sentir sus besos, sus caricias, su dureza palpitar dentro de mí. Y lloro. De rabia, de pena, de frustración.

Pero dura poco. Alguien se sienta junto a mí y me recompongo como puedo, avergonzada, sofocada. Siento su mirada sobre mí pero yo no me atrevo a mirarlo, soy incapaz de hacerlo. Su mano coge mi mentón y gira mi rostro hacia él, hacia esos rasgos que veo en sueños, hacia esos ojos que sonríen al verme, hacia esos labios sugerentes que se aproximan inexorablemente.

El mundo se detiene. No existe nada más. Solo esos labios surcando los míos, haciendo el sueño realidad. Pero ¿es real? Abro los ojos que con el beso he cerrado, con temor, y lo veo, a él, a Miguel, que me mira y sonríe. En sus manos, una carpeta como la mía, una carpeta que atestigua que es libre como yo, que ha dejado su pasado atrás y que ha venido en busca de su futuro. De mí.

-¿Te he dicho ya que eres preciosa? –dice antes de volver a besarme.

Y yo rio, lloro, antes de sentir sus labios junto a los míos. Estoy completa. Soy feliz.

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