ROSA LIÑARES
El agua empapaba los cristales del parabrisas. Corrían las gotas sobre el cristal como las lágrimas por sus mejillas. Había aparcado el coche al borde de un acantilado. Desde allí podía observar el mar embravecido. La lluvia era intensa y a pesar de que aún era de día el cielo estaba muy oscuro.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí; quizá una hora, quizá dos. A pesar de que no cesaba de llover, se bajó del coche y se acercó al borde del acantilado. Llevaba una rosa roja en la mano con una pequeña nota que ponía “te querré siempre”. La acercó a su pecho y estuvo abrazada a ella durante unos minutos. Finalmente le dio un suave beso y la lanzó al mar. Su corazón se aceleró y las lágrimas empezaron a brotar con fuerza. Observó cómo la flor caía al agua y se alejaba, arrastrada por la marea. Al cabo de unos minutos, cuando la rosa ya había desaparecido de su campo de visión, respiró hondo y volvió al coche. Estaba empapada pero ni se había dado cuenta.
Hoy era el cumpleaños de Javier. Hacía ya cuatro meses que el mar se lo había llevado y desde entonces Ana no sabía vivir. Era su gran amor. Había compartido con él los últimos siete años y habían sido los más felices de su vida.
Aquella fatídica mañana de verano Javier había salido a nadar, como siempre. Era un experto nadador, pero aquel día el mar estaba un poco revuelto. No se sabe cómo (y ya nunca lo sabrían) el mar le arrastró a las rocas y no pudo escapar de una corriente traicionera. La búsqueda duró veinticuatro interminables horas. Su cuerpo apareció a poco más de un kilómetro de dónde le habían visto por última vez. Con el bañador rasgado, igual que el corazón de Ana cuando recibió la noticia.
A veces pensaba que todo era un sueño del que iba a despertar. Pero el sueño se convirtió en pesadilla y cada mañana se despertaba en su cama vacía; se quedaba quieta esperando una caricia que nunca llegaría.
Desde entonces, cada día iba al acantilado y allí pasaba minutos y horas. Perdía la noción del tiempo. A veces le hablaba en voz alta. Los primeros días no hacía más que llorar, pero poco a poco sus lágrimas se fueron secando. Aquello se convirtió en un ritual y cada día iba a contarle cómo había sido la jornada. Siempre había un punto de tristeza en su relato pero a veces conseguía contarle alguna anécdota graciosa y lograba esbozar una sonrisa. Sabía que Javier también se estaría riendo en algún lugar.
A aquel acantilado solía acudir alguna pareja con su coche buscando intimidad. En un primer momento a todos les llamaba la atención aquella mujer sola y finalmente optaban por irse a un lugar más alejado.
En una ocasión se encontró allí a otra mujer que también había acudido sola a ver el mar. Le extrañó, pero no le prestó más atención. Luego volvió a verla en varias ocasiones y terminaron entablando conversación. Había vivido una situación parecida a la de Ana. A su marido también se lo había llevado el mar, cerca de allí, y a veces le gustaba acercarse a aquel lugar perdido que le traía tantos recuerdos. La historia de aquella mujer fue como un pequeño bálsamo para ella. No estaba sola.
Ana apenas sabía nadar. Se mantenía a flote y daba alguna brazada (o intento) pero siempre donde hacía pie. El mar le producía cierto miedo; o, más bien, mucho respeto. A pesar de ello, le encantaba escuchar el ruido de las olas y la visión del horizonte con ese mar infinito le relajaba mucho.
Se sentía una privilegiada por vivir en una ciudad con mar. Le gustaba en verano y le gustaba en invierno. Cuando se sentía muy agobiada con el trabajo iba a pasear a la playa. Sentir la arena y ese masaje de agua bajo sus pies era algo que le hacía sentirse muy bien. La mejor terapia.
Cuando Javier salía temprano del trabajo aprovechaban para ir a darse un paseo a la orilla del mar. Allí dejaban todas las tensiones y volvían a casa más relajados. Ana siempre le decía que era como un pez porque disfrutaba mucho en el agua; incluso practicaba submarinismo. Cada momento que tenía libre se iba directo al mar. En verano, cuando estaban de vacaciones, se dedicaban a recorrer kilómetros de costa. Cada año descubrían un nuevo lugar o alguna pequeña playa con encanto. Mientras Ana tomaba el sol, Javier se iba a disfrutar de su pasión. No necesitaba más.
Uno de los buzos que participó en el rescate conocía a Javier, pues habían practicado el submarinismo juntos en muchas ocasiones. Él mismo se sorprendió al reconocer el cadáver y no entendía cómo alguien tan experto podía haber sido llevado por la corriente y acabar de ese trágico modo. Pero el mar sigue siendo un misterio y uno nunca puede fiarse de él. Es bello y traicionero, como esa bella rosa del rosal que si te despistas al cogerla te puede hacer sangrar con sus enormes espinas. Claro que eso tiene fácil solución.
Los meses fueron pasando lentamente y la opresión de su pecho fue desapareciendo. Las visitas al acantilado seguían siendo diarias pero eran mucho más relajantes. El trabajo, la familia y los amigos habían hecho que Ana no se derrumbase. Todavía no sabía cómo lo había logrado, pero allí estaba. Después de su muerte, creía que no podría seguir viviendo sin él, pero lo estaba logrando. Era duro, sí, muy duro, pero era un episodio de su vida que le había tocado vivir y ella no podía elegir. Lo único que podía escoger era seguir viviendo.
Llegó el verano y las primeras jornadas de playa. Al principio, Ana no se sentía capaz de bajar a la arena. A veces observaba a los bañistas desde la barandilla del paseo y se le encogía el corazón. Empezó sus vacaciones y se encontraba totalmente perdida. No se atrevía a pisar la playa. Su amiga Julia la convenció un día y sin mucho ánimo preparó los bártulos y se fue con ella. La sensación de sentir la arena bajo sus pies hizo que los ojos se le llenasen de lágrimas. Pero se contuvo. Le costó llegar a la orilla y cuando finalmente se decidió y se adentró en el agua las lágrimas corrieron por sus mejillas a borbotones. El mar estaba en calma y apenas había oleaje. Se dejó mecer por el suave vaivén del agua. Y, de pronto, una enorme paz se apoderó de su cuerpo y se dejó llevar. Se sentía libre y ligera. Como si se hubiese despojado de una enorme carga que había llevado a cuestas durante meses. Y sintió alivio. Julia la llamaba desde la orilla, aconsejándole que saliese un rato del agua, “que se iba a arrugar”. Pero Ana estaba feliz. El agua la mecía como si de los brazos de Javier se tratase.
A partir de entonces, cada día iba a bañarse a la playa. Incluso se apuntó a un curso de natación y a medida que iba avanzando se iba sintiendo más feliz. El mar le había devuelto la vida.

www.lallavedelaspalabras.wordpress.com

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s