NEUS SINTES

Todos tenemos a nuestro alrededor gente invisible; personas, «entes» que están
allí, que existen, pero que nos pasan totalmente inadvertidas o simplemente
ignoramos su presencia. Son nuestros invisibles.
Sandra había pasado todo su niñez en un orfanato. Actualmente tenía casi 18
años; edad en que debía abandonar el calor del hogar para emprender un camino
que las puertas del orfanato le habrían al mundo de afuera. Un mundo donde
debía aprender a conocer y a vivir por su cuenta. En el orfanato le habían
enseñado todo y cuanto debía saber. En vistas de que nadie la había adoptado,
siguió viviendo en él. Pero su tiempo había terminado. Ya no era una niña.
Desde el día en que llegó por vez primera a las puertas del orfanato, era apenas
un recién nacido, que se encontraba llorando en un cesto, arropado por una
manta, de la cual asomaba una carta. Una de las monjas, al abrir las puertas la
condujo adentro y desde el día de hoy ha sido el hogar que le dio cobijo.
Muchas eran las ocasiones en las que pensaba en que le gustaría ser invisible.
Ahora se encontraba en una de esas ocasiones en las que su mente lo deseaba.
El temor a a qué hallaría en el mundo de afuera, en el qué pensaría la gente de
ella…Los temores se iban apoderando de Sandra. En un día se vería alejada de lo
que conocía.
Aunque siempre fue una niña muy suya y no demasiada comunicativa, tampoco
se metió en demasiados líos con los demás. Muchas eran las veces, en que la
soledad era su única compañía y a la que ella había ido a buscar en su mente.
Dejando la mente en blanco, sin pensar en nada. Simplemente, pasando
desapercibida.
Pero ahora, huir no era solución. Debía aprender a desenvolverse en las calles.
Sobrevivir ante los comentarios de la gente, intentando no dar importancia del
qué dirán…
-Hay algo que debo darte antes de marchar, Sandra – le dijo la madre superiora –
entregándole una carta.
-¿Qué es? – preguntó – con el ceño fruncido
-Léela. Es una carta. Es para ti – Cuando en la puerta te encontramos, junto al
cesto donde te hayamos; esta carta iba destinada a ti, – únicamente para cuando
fueras mayor y tuvieras edad para comprender, te la debíamos entregar. – Escrito
así está.
Sandra la miró estupefacta, aún con la carta en la mano, sin comprender.
-Deberías leerla a solas; en tu habitación. – le indicó la madre superiora
-Así lo haré – Gracias.
Una vez a solas, en la soledad de la habitación. Reflexionó sobre lo que le había
contado la madre superiora. Sujetaba la carta, mirando el papel, casi amarillento
y gastado por el tiempo transcurrido. Se trataban de casi 18 años.
Querida hija;
Con lágrimas en los ojos, empiezo a escribirte en esta carta, con manos
temblorosas, lo que en un futuro quiero que leas.
Pasaran años desde que llegue a tus manos, pero igualmente, debes leerla y
saber. Saber del motivo del porqué tuve que abandonarte, con el corazón
destrozado.
Naciste en un año donde reinaba un viento invernal. Y enfermé. Sin recursos ni
médicos que pudieran atenderme, caminé lo más rápido que mis piernas podían
soportar. Mi intención era protegerte del frío y que tuvieras un hogar caliente,
donde sabía que te acogerían. Mi idea de separarme de ti era insuperable, pero
apenas tenía fuerzas y la vida me iba consumiendo cada segundo más…iba a
desaparecer y no podía hacerlo sin antes dejarte a buen recaudo.
No sé si algún día me perdonaras, pero ambas estábamos solas; sin nadie a
quien acudir. Mis días están contados y mi fiebre aumenta por momentos. No
podía cuidar de ti, si ni siquiera podía hacerlo yo de mi misma. Me aferré a la
desesperación por protegerte, para que pudieras sobrevivir. En esos momentos
solo me preocupabas tú. Durante el camino mis fuerzas se iban debilitando,
hasta llegar a las puertas del primer orfanato que vi.
Fue el momento más doloroso que partió mi corazón herido. Sin querer
abandonarte, debía hacerlo; por tu bien.
A raíz de ese momento, nuestras vidas se verían separadas. Aunque no estaría
mucho en abandonar la tierra para irme al lugar donde vagan las almas.
Siempre contigo; Sandra.
Tu madre; que te quiere y siempre te querrá.
Tras terminar de leer la última línea, una lágrima fina resbaló por la mejilla de
Sandra. En el sobre de la carta había algo más. Una fotografía de una mujer
joven. La de su madre. Se parecía mucho a ella. De facciones morenas y ojos
grises. En la foto aparecía con una sonrisa jovial y dulce. Se encontraba rodeada
de flores y parecía ser feliz.
Quedó contemplando el rostro de su madre, hasta apretar fuertemente, sin
doblar, la fotografía que le había llegado al alma. Por fin, un recuerdo de su
madre.
-¡Madre! – si pudieras estar aquí, conmigo – pensó para sí misma.
Hoy era su última noche. Tenía un pequeño equipaje, suficiente para subsistir.
Esa noche, tuvo su primer sueño con su madre. Un sueño en el que se contaron
muchas de sus confidencias y muchas de las cosas que no se pudieron decir en
vida. Fue un extraño sueño, aunque también tranquilizador para el alma de
Sandra, que tanto había sufrido, bajo los efectos de la soledad.
-Sandra, te hemos enseñado todo cuanto hemos sabido – ahora ha llegado el día
en que debes seguir tu camino – le dijo la madre superiora – abrazándola y dando
sus mejores bendiciones.
-Gracias por todo – respondió Sandra – con un nudo en la garganta – tras tantas
años y momentos compartidos.
-¡Suerte! – le dijeron al unísono las demás. – mientras veían marchar a aquella
muchacha que desde recién nacida había formado parte de la familia en el
orfanato.
Durante unos días, Sandra acostumbró a sus ojos a ver un mundo cosmopolita
en el que el ir y venir de la gente, al principio le alarmaba. Poco a poco, fue
acostumbrándose a aquella vida tan distinta de la que provenía. Encontró trabajo
de camarera y pudo compartir piso con otra chica. La vida era mas dura. Entre
trabajo y saber ahorrar y no perderse por los caminos que le marcaba la vida, se
encontraba en ocasiones perdida. Bajo los efectos del miedo que la acorralaba,
sin motivo alguno.
Acostumbrarse a una nueva vida era difícil, a nuevas caras, a saber comunicarse
con los demás, sin que pareciera extraña o que pareciese que tuviera poco
interés. Con quien más se comunicaba era con su compañera de piso, pues a raíz
de todo, convivían juntas.
Tomar decisiones era algo que se le daba mal. Siempre con ese miedo que la
paralizaba y no le dejaba respirar tranquila.
-Sandra – Sé que no eres de ciudad, pero en ocasiones te veo como aturdida. – Si
necesitas ayuda; aquí estoy ¿de acuerdo? – le consoló un día su compañera
Julia – cuando la vio con las manos en la cabeza, sin saber qué era lo que le
pasaba.
-Gracias, Julia ; todo esto es nuevo para mí. – Te lo agradezco. – respondió con
una leve sonrisa.
Como todas las mañanas, se levantó para arreglarse e ir al trabajo. Mientras
caminaba, pensaba en todas las cosas que todavía tenía por descubrir y por
aprender y de las cuales aún, algunas, temía. Caminaba distraídamente, cuando
el semáforo se puso en rojo y Sandra solo pudo distinguir un sonido de un
claxon y ruidos a su alrededor y una luz rojiza que le advertía de que se
encontraba en peligro.
Cerró los ojos con fuerza, y tras lo que casi fue una muerte inminente, su cuerpo
dejó de estar visible al mundo. Sobrevivió a la muerte, tan solo en el momento en
el que los vehículos pasaron por encima de ella, su cuerpo dejo ser una materia
física, para convertirse en una persona invisible. El cómo lo hizo, aún es un
misterio.
Comprobó que la gente podía escucharla y ella tocar las cosas. Por ello decidió
solo hablar cuando estuviera sola. Para no alarmar, ni hacer fluir sospechas entre
los ciudadanos.
No se le ocurre “hacerse presente”, mostrarse, pedir, expresarse asertivamente.
Pero esta situación también obedece a las expectativas de temor. Aunque deberá
de enfrentarse a sus miedos. Sandra se da cuenta con el tiempo que permanecer
invisible no es una solución; es más, se da cuenta a través de uno de sus sueños
que permanecer en ella pueda volverse peligroso.
En su mente las palabras de una voz femenina; las de su madre, acechan en su
mente constantemente.
«Encuéntrate en una gota de lluvia, en los colores de un arco iris, en el azul del
cielo, en la fortaleza de la tierra, pero encuéntrate”. Permaneceré siempre a tu
lado y podrás tocar y sentir mi mano cuando el miedo venga a apoderarse de tu
mente. Aléjalo de ti. El miedo solo existe en tu imaginación.
El miedo a no ser recordados es, en el fondo, un temor a ser ignorados. Si nadie
nos ve, ¿existimos?
Sandra volvió a cerrar los ojos y en una fría cama de hospital despertó,
confundida y aturdida. Los médicos, asombrados, dieron cómo un milagro que
Sandra hubiera salido con vida. Consciente de nuevo, recordó todo lo ocurrido a
raíz del accidente. Los médicos, le hicieron un par de pruebas más, antes de
darle el alta y finalmente, le dieron el alta. Dando por concluido que Sandra, sin
saber cómo, había logrado sobrevivir.
Su compañera de piso se alegro muchísimo al recibir la noticia, había llorado
noches sin saber que sería de su amiga. Cuando fue a entrar en la habitación se
aferró a Sandra con fuerzas.
-Eres más fuerte de lo que imaginaba, amiga mía – dijo con un hilo en su
garganta.
-Me alegro de que estés aquí – le sonrió Sandra. Mientras abrazaba a su amiga,
sostenía con uno de sus finos dedos los dedos largos y delicados de su madre.
Comprendió que no solo se había salvado, sino que su madre también le había
dado las fuerzas para sobrevivir. Dándole a entender que todavía no había
llegado su hora. Tenía toda una vida por delante por vivir y vivirla sin miedo. Ella
a su lado estaría en sus momentos de soledad. De esta forma Sandra nunca
volvió a acudir a la invisibilidad. No tenía motivos para tener miedo; ahora tenía
la seguridad y la confianza en sí misma. Todo gracias al apoyo de su madre; que
solo ella podía notar su presencia

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